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Full text of "El Gran Jaguar. Novela de Bernardo Valderrama Andrade"

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BERNARDO VALDERRAMA ANDRADE 


EL GRAN 
JAGUAR 


Obra Ganadora 
VIl Concurso Nacional de Novela 


PLAZA 8 JANES 


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EDITORES 


Primera edición: junio de 1991 


Dirección de producción: Germán Leal 
Fotografía carátula: Bernardo Valderrama Andrade. 
Amanecer sobre un templo kogi 


en la Sierra Nevada de Santa Marta. 


Mapas: Pilar Parra. 


O 1991 Bernardo Valderrama Andrade 
O 1991 PLAZA é£ JANES 
Editores Colombia Ltda. 
Calle 23 N” 7-84 Bogotá Colombia 


ISBN: 958-14-0215-2 


Preparación editorial: Divulgar Editores Ltda. 
Impreso por Editorial Presencia Ltda. 
Printed in Colombia. 


A Lucy, mi esposa. 


A los Mamas Manuel Lasana e 
Inocencio Lasana, 

del Centro Ceremonial de Moraca, 
en su camino a Nean-Biró, 

La Gran Puerta de Ir 


“En los tiempos antiguos vino Kashindukua. El era un Her- 
mano Mayor y provenía de la sangre menstrual de La Madre 
y se convirtió en Jaguar. Eso contaron los Padres...”. 


Testimonio del Mama Miguel Nolavita. 
Die Kágaba. Konrad Theodor Preuss. 


LOS UBATASHI 


Según los relatos de los kogi, actual grupo indígena de la Sierra Nevada 
de Santa Marta, considerados los descendientes más directos de los anti- 
guos taironas, en los “tiempos míticos” arribó a las costas de la Vertiente 
Norte, en inmediaciones de la desembocadura del Hukumeiji-Tukue (hoy 
Río Palomino), la “gente de los ojos azules”, llamados ubatashi (de 
uba = ojo; y tashi = azul o verde), con los cuales se libró una guerra 
de exterminio. El origen de estos visitantes no se conoce, y el dado por 
el autor en la novela El gran jaguar, es de su libre interpretación. 


LOS CARIBES 


Llegaron a las costas de América del Sur, y según los investigadores, 
penetraron en sus territorios, provenientes de las Antillas. Los kogi de la 
Sierra Nevada los citan en sus relatos etnohistóricos y etnográficos, ya 
en lo considerado como “tiempos históricos”, posteriores a los “míticos” 
y anteriores al arribo de los europeos. A ellos se hace referencia en esta 
novela, como los duanabuká (la gente del pelícano); los kashingui; los 
gulamena (de gula = brazo; y mena = arrancar); y los sangaramena (de 
sankalda = cabeza; y mena = arrancar). 


VOCABULARIO INDIGENA 


El vocabulario indígena presentado en esta novela como tairona, en rea- 
lidad pertenece a la actual lengua de los kogi, cuyos mamas, o sacerdotes, 


Bernardo Valderrama Andrade 


utilizan en ciertas ocasiones un idioma ceremonial que ellos dicen era el 
hablado por sus antepasados, los tairona. A este respecto se considera 
importante consignar aquí lo expresado por el profesor Gerardo Reichel 
Dolmatoff en su libro Los kogi (tomo 1I-17- El Idioma Ceremonial. 
Pág. 149). “... Los kogi usan en muchas de sus canciones ceremoniales 
un idioma que ellos llaman Téijua, y del cual aseguran que fue la lengua 
de sus antepasados y de los tairona. Al recopilar una lista de palabras 
de este idioma ceremonial, que verifiqué luego con un gran número de 
informadores, pude observar que hay un evidente parentesco entre el 
Téijua y el idioma kogi actual.. ” 


EL “PAIS DE LOS TAIRONA” 


El concepto “país de los tairona” adoptado en esta novela, considerado 
como una unidad política, socioeconómica y religiosa, que al parecer 
rigió para algunos de los grupos indígenas de la Sierra Nevada, tales 
como los tairo (tairona), kogi, aldu-guiji, matunas, bondas, chairamas, 
posigiúieycas, etc., no debe tomarse con los mismos elementos de compa- 
ración de nuestra perspectiva “occidental” ; sin embargo, por la experien- 
cia en la región durante varios años del autor, estudiando el urbanismo 
de los tairona, y luego de analizar las diversas técnicas, sistemas, bases 
y normas relacionados con la arquitectura, la ingeniería y el urbanismo, 
se puede concluir que todo ese conjunto de expresiones sólo pudieron 
darse mediante la existencia de una unidad cultural, más que de una 
heterogeneidad. En consecuencia, en la novela El gran jaguar se adopta 
el concepto de “país de los tairona” o país de la Montaña Blanca (Keka- 
Bunkua), con la seguridad de estar interpretando mejor la verdad y la 
realidad de estos antepasados precolombinos. 


INDICE DE PERSONAJES 


TAIRONAS 
NAOMAS h 
Naoma-Kavi Muru nakubi o Sacerdote Mayor 
Naoma-Doa Naoma de Ponkeica 
Cotocique Naoma de Buritaca 


Mama Ubalangui Naoma del Mal del Cerro Buritaca 
Mama Teyuna  Naoma de Teyuna (La Ciudad Perdida) 
Mamanosensio  Naoma de Moraca 


CACIQUES 

Seoname-maku Cacique de Ponkeica y Tayronaca 
Nomaregúey Cacique de Tayronaca 
Toronomala Cacique de Posigileyca 

Gitamaku Cacique de Buritaca 

Gama Cacique de Bonda 

Hando Cacique de Betoma 

Guregiiey Cacique de Cincorona 

Buihona Cacique de Ulueiji 


Gitogare Cacique de Chairama (Pueblito) 


OTROS 


Nyuba-Aluna 
Bama 
Ula-yang 
Meli-ang 
Haba-nay 
Sa-ang 
Segi-ang 
Nemi-yang 
Kankui-maku 
Nivemacu 
Lazama 
Malabú 


Avincuo 


Chole 
Kashín 
Ulaban 
Gula 
Sangama 


Ubatashi-thor 
Conoh 

Od 

Walla 

Tori 


Bernardo Valderrama Andrade 


Espíritu de Oro de los Taironas (Nyuba-yang) 
Esposa de Naoma-Kavi 

Esposa de Seoname-maku 

Mujer de Ubatashi-thor y hermana de Seoname-maku 
Madre de Ula-yang 

Mujer del ubatashi Od 

Mujer del ubatashi Tori 

Mujer de Kashín 

Jefe antiguo de Savijaka 

Biznieto de Kankui-maku y hermano de Sa-ang 
Cacique Mayor de los kogi (en Mamaice) 
Cacique Mayor de los aldu-guiji (en Bongá) 


CARIBES 


Cacique Mayor de los duanabuká 
(La Gente del Pelícano) 
Emisario de Avincuo 
Cacique de los kashingui en Palanoa (líder oficial) 
Líder natural de los kashingui en Palanoa 
Líder de los gulamena (Arranca-brazos) 
Líder de los sangaramena (Arranca-cabezas) 


UBATASHIS 
(Gente de los ojos azules) 


Líder de los ubatashi 
Guerrero ubatashi 
Guerrero ubatashi 
Guerrero ubatashi 
Guerrero ubatashi 


—A-kinga ma-a-a: así dijeron los Antiguos: está próximo el tiempo 
de Kavi-Tama. 

Murmura para sí Naoma-Kavi. Sale de la nunhuañkala, casa ce- 
remonial, y se dirige a pasos lentos por la amplia terraza enlosada, 
donde en sus cuatro puntos cardinales resaltan las figuras talladas 
en piedra de extraños animales con cabezas, cuerpos y extremidades 
en curiosa mezcla de jaguares, aves y reptiles. 

Es el atardecer. Dominante sobre los contornos, el lugar es bien 
significativo: un cono escalonado y trunco de dimensiones ciclópeas, 
que al servir de plataforma a la nunhuañkala, emerge sobre las copas 
enmarañadas de los árboles, a esa hora sonoras por el rugido de los 
monos de viento al despedir el día con sus voces huracanadas. 

Pese a su avanzada edad, los pasos de Naoma-Kavi son seguros, 
conservan todavía mucha de la agilidad de otros tiempos. Con los 
ojos puestos en las estrellas, no necesita mirar dónde pone los pies: 
desde su juventud y casi a diario, ha recorrido en una y otra dirección 
toda la superficie de la terraza-observatorio. Llega hasta una tarima 
de piedra elevada en el extremo oriental, sube las tres altas gradas 
y se sienta en la kalauka, antigua banca ceremonial, cuyos decorados 
y tallas muestran algo de la magnificencia artística que hace tan 
célebres a los taironas. 

En su rostro afilado y cobrizo, en la piel apergaminada, en los 
ojos hundidos de pupilas hipnóticas de carbón, Naoma-Kavi refleja 
la persistencia de sus vigilias para mirar el cielo y consultar las 


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12 Bernardo Valderrama Andrade 


estrellas. Le son tan familiares todas ellas, con su parpadeo ininte- 
rrumpido, con sus puntos luminosos que al ser unidos en la imagi- 
nación forman las míticas figuras de las constelaciones: ¡Uxa... 
Suvalyi. Nebbshiya... Seku... Huso.. Ahu! O con sus movimien- 
tos, imperceptibles para quien no sea astrónomo como él. Son tantos 
los misterios del universo descubiertos al estudiar estos cuerpos 
celestes, y tantas las predicciones hechas al interpretar el mensaje 
de los astros, que ello le permite ser conocido en la Sierra Nevada 
como el Naoma muru nakubi, el sacerdote mayor de los taironas. 

Esta noche sus ojos no siguen el esplendor solitario de Enduksama, 
el hijo del Sol; ni la dirección hacia Mu, el Oriente, señalada por 
el Jaguar Largo Neb-Siji; hoy, tampoco quiere adivinar los peligros 
que pueden sobrevenir al Mundo cuando la cola de Seikuchi-Nugi, 
el Alacrán, intensifica su brillo. No: esta noche evitará augurar las 
veleidosas intenciones de las mujeres de Surli, el Sol, y por un 
tiempo sólo tendrá ojos, sabiduría y pensamiento para buscar al 
Gran Jaguar, a Kavi-Tama, del cual deriva.su nombre jerárquico y 
es razón de todas las acciones de su vida. 

Sentado en la kalauka, muy erguido, Naoma-Kavi sostiene entre 
sus manos el bastón-calendario de sa-xavalda, labrado en fina y 
pulida madera negra, rematado por feroz cabeza de felino con los 
colmillos cruzados, obra magnífica de los orfebres taironas, de an- 
tigúiedad remontada a tiempos de leyenda. Sobre la delgada caña 
pulida de este bastón, y lo recuerda como si acabara de ocurrir, vio 
hacer a su antecesor esa pequeña muesca que, exacta como las otras 
allí grabadas, además de testificar la gran anterioridad del bastón-ca- 
lendario, señalan una y otra vez el paso periódico por el cielo de la 
estrella del Gran Jaguar, después del transcurso de ciento cincuenta 
y dos solsticios más. Entonces él era muy joven, apenas un kuivi, 
aprendiz de naoma; y por ello recibió de su maestro, además del 
nombre que hoy lo distingue y enorgullece, el encargo de registrar 
la próxima aparición de Kavi-Tama, para predecir los grandes suce- 
sos que suelen ocurrir en el Mundo, a su paso por el firmamento. 

Sin dejar de atisbar a lo alto, Naoma-Kavi busca entre esa miríada 
de estrellas, cuerpo luminoso de la inmensa Avenida de los Cielos: 
en algún punto de ella, agazapado, al acecho, escondido todavía, 
debe estar Kavi-Tama; y mientras se esfuerza por descubrirlo, él, 
el sacerdote mayor, el Naoma muru nakubi, pasa una y otra vez las 


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El gran jaguar 13 


yemas de los dedos por el negro y fino bastón-calendario, y al 
hacerlo siente una fruición especial, una conciencia que lo libera de 
su realidad presente y corporal, y lo transporta a una dimensión en 
el tiempo, sin límites hacia el pasado y el futuro, y le infunde 
poderes de sorprendente sabiduría. 

Para la medianoche, con los miembros ateridos por el frío que 
baja de los nevados, se incorpora y vuelve sus pasos a la nunhuañ- 
kala. Levanta la cortina de piel de danta y entra al bohío acompañado 
de la brisa helada, proveniente de las lejanas cumbres: se avivan de 
incandescencia las brasas de los cuatro fogones sagrados, símbolos 
de los primeros hijos de Haba Séinekan, la Madre Universal; de la 
oscuridad emergen en medio de rojos resplandores los enormes e 
inclinados postes de laurel, estructura principal del templo tairona, 
abrazados por círculos de majagiito, representación de los cuatro 
Mundos míticos superiores. Naoma-Kavi da un vistazo al interior 
de la nunhuañkala, se dirige sin vacilar al montón de vasijas ceremo- 
niales, toma una de ellas, bebe con ansiedad su contenido: cierra 
los ojos... le estallan luces en la cabeza; y como otras veces sucede 
al escanciar ese líquido virtuoso y mágico, salado y tibio, con sabor 
y consistencia de savia o de sangre, lo asaltan visiones... 

Estoy rompiendo el tiempo: retrocedo a un pasado sin fronteras 
de dioses y fuerzas creadoras: veo relámpagos y truenos cósmicos: 
surgen y adquieren contornos definidos: multitud de seres debatién- 
dose entre avalanchas de rocas ígneas, convertidas luego en cascadas 
de agua, fragorosas, en desbordamientos de semillas y frutos, en 
estampidas de animales, en nubes ululantes de aves, en ciclones de 
estrellas apretujadas en el firmamento, para formar la inconmensu- 
rable Avenida de la Luz. Y, sobre todo ello, entre cantos y danzas, 
voces y conmociones telúricas, distingo a Haba Séinekan, La Madre, 
la Gran Creadora, con su cuerpo desnudo y vital, que se yergue 
gigantesca como la misma Sierra Nevada, con sus formas generosas 
y el rostro plácido, de párpados semicerrados y sonrisa enigmática. 
Y de ella, a manera de ropajes, miro cómo se desprenden las vertien- 
tes de las montañas, y los ríos, y los valles. 

Algún tiempo después Naoma-Kavi torna a salir de la nunhuañka- 
la, regresa a la kalauka y a sus observaciones astronómicas. Cuando 
Munseishi, el Amanecer, comienza a insinuarse por Mu, la rigidez 
momentánea en la postura del sacerdote parece romperse: salta una 


14 Bernardo Valderrama Andrade 


y Otra vez, levanta y agita los brazos descarnados, sus facciones 
hieráticas adquieren iluminada expresión, de sus labios escapa un 
grito: las mismas uauhú, las lechuzas, se sobresaltan: es que en las 
alturas infinitas, casi en aluna-kaka, el cenit, entre sus parpadeantes 
constelaciones.. allá, cruzando por medio de Uxa, las Pléyades, 
ha creído divisar el resplandor alargado distintivo de Kavi-Tama, 
la Estrella del Gran Jaguar. 


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Cuando nyuiji, el murciélago, visita esa noche a Ula-yang y le chupa 
la primera sangre, la muchacha tairona comprende que desde ese 
momento su vida ya no será la misma: ahora es mujer de verdad y 
entrará a formar parte del ciclo vital de la naturaleza; ahora ella 
será como una imagen pequeña de Haba Séinekan, Creadora del 
Universo, principio del Mundo y de la Sierra Nevada. En el fondo 
de su alma, al saberse con poder hacedor de nuevas vidas, Ula-yang 
siente una grata sensación, una fuerza naciente acompañada de ilu- 
siones y expectativas. 

Y llega Munseishi, el Amanecer: aquí y allá se escucha el estri- 
dente griterío de kua, la guacamaya roja, habitante en los bosques 
de contorno al pueblo tairona de Ponkeica. Ula-yang, orgullosa por 
sentir esa presión dolorosa en su vientre, se incorpora del camastro 
de esteras y pieles, con movimientos silentes se desplaza por el 
recinto circular de la nunhúe, sale y se deleita al respirar el aire 
mañanero: brisas salobres y tibias del mar, mezcladas con vientos 
fríos bajando de las cumbres nevadas. 

Las gentes de Ponkeica aún duermen. En sus linderos, escondidos 
entre las espesuras que cubren las colinas de los alrededores, forman 
un cerco estratégico los centinelas del cacique de la comarca, Seo- 
name-maku: día y noche, sin descanso, protegen al pueblo contra 
los ataques sorpresivos de los enemigos de los taironas, venidos de 
tierras y mares lejanos, ahora establecidos en algunos parajes de la 
franja litoraleña, cerca de las bocanas de los ríos, para disputarles 
su territorio y la libre salida al mar, además de robarles sus mujeres. 

Desde la llegada de estos intrusos, entre quienes están los comba- 
tivos ubatashi, de curioso aspecto por su cabello rubio, piel blanca 


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El gran jaguar 15 


y raros ojos azules; o los intrépidos y sanguinarios sangaramena, 
también conocidos como arranca-cabezas; o los aguerridos y antro- 
pófagos gulamena, apodados arranca-brazos, ambos temidos por las 
torturas a que suelen someter a Sus prisioneros; o los audaces € 
inteligentes kashingui, con sus portapenes de caracol de mar y pe- 
nachos de plumas, la paz antes reinante en las regiones de la Sierra 
Nevada y en cercanías a Nyi, el Mar, se ha visto alterada como en 
ninguna otra ocasión. Debido a ello los naomas consultaron las 
estrellas, invocaron a los Padres y Dueños, todopoderosos hijos de 
La Madre, dieron encargo a los caciques de levantarse en armas, 
vigilar las fronteras y prepararse a la guerra. 

Con pasos ágiles, Ula-yang baja hasta la tukua: sigue la ancha y 
pendiente gradería que viene de las grandes terrazas, donde se efec- 
túan reuniones públicas: la escalera remata con sus losas talladas al 
borde mismo del curso de agua, sitio donde hay una poceta para 
las abluciones presididas por el Naoma-Doa. AMí, lajoven se despoja 
de la túnica de algodón con incrustaciones de pedrería, de los collares 
de cornalina y jadeíta, de las pulseras y ajorcas de oro y cuarzo, e 
imprime a sus ademanes sentimientos ineluctables de novedosa ad- 
miración hacia sí misma: se frota fugazmente los senos y el vientre, 
se sumerge en las aguas a esa hora tibias, permanece como en 
éxtasis, los ojos fijos en las distantes cumbres nevadas, respira 
profundo, sus pechos erectos apuntando a La Madre, las manos bajo 
el agua. y sobre su cuerpo concientizando sus nuevas formas; y las 
facciónes hasta ayer signadas por gestos infantiles, con un aire 
nuevo, especial, de mujer completa, atractiva, exuberante: imagina 
en los arreboles que pintan el amanecer, una concordancia con el 
reciente estado de su ser integrado a la divinidad creadora y procrea- 
dora. Y desde ya empieza a soñar con Nyuiji-Hube, la Casa del 
Murciélago, donde será desflorada. 

Cuando Surli principia a correr su luz sobre las copas de los 
árboles, sale de la quebrada, cubre su cuerpo con la túnica blanca 
y se coloca otra vez las alhajas. Para entonces la asalta la impresión 
de ser observada: se vuelve y descubre al viejo naoma de Ponkeica, 
contemplándola con rostro sereno € inmutable, desde su trono de 
enormes sillares; pero no es el anciano quien aviva su interés: es su 
acompañante, de tiempo atrás centro de sus secretos deseos, joven, 
admiración de doncellas no sólo del pueblo, sino de las regiones 


16 Bernardo Valderrama Andrade 


circunvecinas: es Seoname-maku, el Jaguar Negro, aguerrido y 
nuevo cacique de Ponkeica, convertido por su valor en las luchas 
contra los enemigos de su raza, en héroe de esta región, ahora 
acuclillado al lado del Naoma-Doa y de su trono: también la mira 
con fijeza, en actitud quieta, los músculos tensos, blanqueándole 
los dientes; ve en él una semejanza con la postura de los jaguares 
antes de arrojarse sobre sus presas en la selva. 

Los ardientes y hambrientos ojos de Seoname-maku se cruzan 
con los provocativos y sensuales de Ula-yang: se atraen con intensas 
miradas y el naoma de Ponkeica las sabe elucidar: ve al poderoso 
jaguar negro de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca, saltando sobre 
los finos y nerviosos flancos de segi, el venado. Con ademán signi- 
ficativo y trascendental, el viejo sacerdote levanta los brazos, los 
agita, hace sonar sus pulseras de cuentas de cuarzo y figuritas de 
oro, su mirada está fija en los picos nevados cuando pronuncia 
sentencioso: E 

—Haba Séinekan ha expresado su deseo: Seoname-maku y Ula- 
yang intercambiarán kaggaba-kuitsi; y arlunyi Nyuiji-Hube: se ama- 
rán en la Casa del Murciélago. 

Desde ese momento Ula-yang es gaya, prometida del Jaguar 
Negro. 

Por la noche, con gran ceremonia y en presencia de los habitantes 
de Ponkeica, Ula-yang recibe del Naoma-Doa, como sewá o amu- 
letos de la iniciación, un volante de huso en piedra de basalto negro 
decorado, una afilada aguja de oro, y la ebbi-kuitsi, roja piedra de 
cornalina sin perforar, símbolo de la primera menstruación. Por su 
parte, Seoname-maku guarda en una mochila de algodón atada al 
cuello, la piedra-akatu, el sewá del acto sexual: con ella, en el 
momento debido, hará ofrendas a Takan-kukui, Padre del Semen, 
y a Arldaul-due, Padre de la Piedra-Coito. 


10 


Las cuatro naves de alta y esbelta proa rematada en espiral, semejan 
grandes y adormilados pajarracos flotando en la inmensidad del 


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El gran jaguar 17 


océano, ahora con apariencia de espejo por la prolongada quietud 
de las aguas a través de toda la última fase de la luna. 

Rodeados de una bruma asfixiante, cálida y pegajosa, que en el 
día limita toda vista sobre el horizonte, y en la noche impide con- 
templar el mapa de las estrellas, los viajeros permanecen somnolien- 
tos, estáticos como sus embarcaciones, a la espera de la voz del 
viento: ella será la señal para recobrar su incansable actividad y 
continuar la travesía, unos empuñando los cuarenta remos dispuestos 
a babor y a estribor, otros aparejando la gran vela de forma e insignia 
ya reconocida en los mares del Norte, como de la expedición de 
Ubatashi-thor. 

Un cielo plomizo, de nubes bajas, impropio de aquellas latitudes, 
hurta su atractivo color azul a las aguas del océano: parece con sus 
tonos grises, más propio de las lejanas regiones de donde son origi- 
narios estos navegantes de ojos azules, ahora, y quizás por primera 
vez, visitantes del Mar Caribe. 

Comienza a oscurecer y el cielo continúa encapotado. Se aprestan 
a Otra noche de inmovilidad y sofoco en ese mar vuelto un raro 
espejo líquido. Sólo los capitanes de cada navío permanecen en 
vigilia, atentos y con la esperanza de un poco de viento que corra 
las nubes y les permita ver las estrellas; así podrán ubicarse dentro 
de esta inmensidad oceánica. ¿Acaso alguna desconocida corriente 
marina los habrá desviado de curso, desde cuando los encerró la 
bruma y quedaron prisioneros en esta interminable calma? 

En su larga espera, fundido como una escultura de bronce a la 
banca empotrada con espigos de arce al puente de mando, Ubatashi- 
thor distrae su mente con los recuerdos... 

Desde cuando partí de mi país, he tocado tierra en muchas costas. 
Sobre estas apartadas comarcas del Poniente, ya tenía noticias escu- 
chadas a algunos audaces aventureros, así fueran referencias desdi- 
bujadas por la exageración de las fábulas y las leyendas; debido a 
ello, poseído de incontenibles deseos por desentrañar la verdad a 
este lado del mar, reuní y aparejé cuatro barcos, me aseguré de su 
capacidad de carga y flotación, con cuarenta remeros cada uno, 
crucé el océano y llegué hasta donde ya otros adelantados habían 
puesto pie en Tierra Firme. Con todo, no me sentí satisfecho de 
admirar los paisajes o conocer a las gentes del Norte: quería seguir 
adelante: hacer lo que ninguno se había atrevido: y bordeé costas 


18 Bernardo Valderrama Andrade 


antes nunca visitadas, siempre hacia el Sur, hasta encontrar climas 
cada vez más cálidos, vegetaciones exuberantes, fauna de una varie- 
dad pasmosa... ¡Era el prodigio del Trópico! ¿Un nuevo mundo? 

El bamboleo repentino del barco lo arranca de sus pensamientos 
y lo pone en alerta: siente el soplo de la brisa en el rostro, y en la 

lejanía un rumor apagado, sordo, en aumento. Se incorpora. Cono- 
cedor de los caprichos del mar ya sabe de las tormentas siguientes 
a las grandes calmas oceánicas. 

Apenas tiene tiempo de aprestar a la tripulación para el combate 
con la naturaleza, cuando ya está sobre ellos la tempestad: viento 
huracanado y horrísono, relámpagos iluminándolo todo de blanco, 
lluvia copiosa, escándalo de truenos desencadenados en una oscuri- 
dad compacta y sucesiva. Y ese oleaje, monstruo en libertad, que 
los trae y los lleva, que los levanta y los sumerge. 

Como una pesadilla entre el rugir de la borrasca, aferrado con 
desespero a la caña del timón, escucha las voces de sus hombres, 
de sus compañeros. iracundas, esforzadas, y al final clamando con 
desespero. De pronto, ante sus ojos, los relámpagos le descubren 
la cercanía peligrosa de otra embarcación: los remos se entrelazan 
como dedos, se quiebran, se rompe la madera con el choque... los 
envuelven surtidores de agua, astillas que vuelan, gritos de náufra- 
gos, olas, cataratas de espuma, simas, montículos líquidos... todo 
lo sacuden y producen vértigo. Es el fenómeno embravecido del 
mar, en medio de ininterrumpidos resplandores. 

Con el amanecer viene la calma. Acá y allá, flotan dispersos los 
restos del naufragio: trozos de madera, velámenes aún con los cor- 
deles amarrados, paletas de remos, arcones de abeto forrados de 
cuero, cabezas de sobrevivientes perdidos en la inmensidad acuática. 

Se reagrupan... reúnen restos de navíos posibles de serles útiles, 
improvisan balsas y trepan a ellas; unos a otros, doblegados por el 
impacto de la tragedia, se reconocen: más de un centenar fueron 
devorados por las aguas. 

Sale el sol. Les calienta y reconforta los miembros ateridos. El 
cielo está otra vez limpio y las aguas de un hermoso color azul. 
Cuando levantan la vista hacia el Sur, la línea imperturbable del 
horizonte marino se ve recortada por un espléndido paisaje de tierra 
firme. La congoja se transforma en esperanza... y por primera vez 


PURA ORAROA 


El gran jaguar 19 


divisan las cimas de Keka-Bunkua, la Montaña Blanca, destellante 
de claridad como si estuviera coronada de diamantes. 


EXXR 


Ubatashi-thor recorre la playa con mirada rabiosa y desesperada. 
La arena gruesa, revuelta con hojuelas de mica, corales y conchas, 
cruje al paso de sus impacientes zancadas de prisionero, en una 
tierra convertida en la cárcel más inconcebible: no tiene paredes, ni 
rejas, los horizontes pueden ser infinitos, pero les ha sido imposible 
escapar. 

La cabellera rojiza y la barba tupida se le llenan de reflejos de 
sol y hacen ver más bronceada y velluda su piel. Tiene el ceño 
fruncido, los labios apretados, los ojos azules iracundos cuando mira 
hacia el Noreste, al lejano horizonte marino curvado: por allá, llegó 
acompañado de dos centenas de hombres y ahora apenas si pasan 
de cincuenta. 

Como jefe de la expedición y avezado navegante, es tal vez el 
único de los sobrevivientes con posibilidades de encontrar la ruta 
del retorno, si algún día pueden disponer de un barco para cruzar 
el océano. Pero con el curso del tiempo y de los acontecimientos, 
esta eventualidad se está volviendo remota. Con la llegada de la 
noche, abrumado por la realidad, el solitario líder de los ubatashi 
se encamina pensativo al grupo de chozas levantadas a un centenar 
de brazas de la orilla marina, a la vista de la desembocadura de un 
caudaloso río llamado Hukumeiji por los nativos de estas costas. 
Allí mismo, al pie de las rústicas edificaciones, para no dejar perder 
la esperanza de regresar algún día a su país de origen, ordenó iniciar 
la construcción de una nueva nave. Pero esta empresa sólo sirvió 
para romper en poco tiempo la armonía con los taironas; y como si 
acabara de pasar, recuerda el primer encuentro con los naturales... 

Los vimos aparecer en el lindero del bosque, recelosos primero, 
curiosos después, portando sus largas lanzas de madera negra casi 
tan dura como el metal, y esos potentísimos arcos que requerían 
gran fuerza y destreza para usarlos. De menor estatura, musculosos, 
piel cobriza-amarilla, el distintivo característico eran sus cabellos y 
ojos color de carbón. De eso ya pasó mucho tiempo: habíamos 


20 Bernardo Valderrama Andrade 


hecho amistad con los indígenas y pudimos visitar dos de sus pobla- 
dos más cercanos: Aldagúiji y Savijaka, situados adentro de la bo- 
cana; allí conseguimos hachas, así fueran de piedra, y otras herra- 
mientas para derribar árboles y sacar las primeras piezas de madera; 
también adquirimos telas para los velámenes e hilo indispensable 
en la fabricación de cordelería. Los aborígenes eran hospitalarios y 
generosos. Lo que no estuvo dentro de nuestros propósitos fue cómo 
reaccionaríamos a la vista de las nativas, hermosas, de piel canela, 
ligeras de ropas y adornadas con abundancia de alhajas. Ese día, 
de regreso a la soledad obligada de nuestras chozas, la tentación 
por volver a probar goces carnales con las mujeres se convirtió en 
apremiante obsesión: yo mismo no quería resistirme.. así, al actuar 
con precipitud, temiera cambiar en rechazo la aceptación hasta ahora 
brindada por los taironas. Esto lo argumenté en forma vehemente 
en reunión convocada por los más excitados: no quisieron oírme: 
—¡Necesitamos mujeres! —contestaron a mis consideraciones: las 
razones no valieron: se desconoció la autoridad, se violaron las 
normas acordadas para sobrevivir en esta tierra extraña, se forjó un 
precipitado plan de asalto a las aldeas cercanas... Así yo me negara 
a ser parte de la expedición, ésta se ejecutó al amparo de la noche: 
armados con lanzas, cuchillos de macana y hachas de piedra facili- 
tadas por los mismos naturales, se realizó con éxito: ellos no espe- 
raban tal traición de nosotros: fueron secuestradas cerca de medio 
centenar de mujeres y se dio muerte a los hombres que intentaron 
oponerse y defenderlas. 

Ya de regreso al campamento las sortearon en improvisado y 
bullicioso festín. Sólo yo, por mi condición de caudillo principal, 
gocé el privilegio de escoger a gusto entre las prisioneras. Desde 
entonces y a partir de este hecho, la supervivencia se tornó azarosa 
en extremo: la construcción de la nave quedó estancada, porque se 
hizo necesario consagrar tiempo y energía a la erección de un cercado 
para brindar la indispensable protección al lugar. Por eso ahora gran 
parte de nuestra gente permanece en guardia, alerta contra los con- 
tinuos ataques de los indígenas. Las expediciones de caza, recolec- 
ción, pesca en el mar o en el río, se volvieron riesgosas. Algunos 
de mis hombres han caído asaeteados, y el futuro lo veo cada vez 
más incierto. 

Ubatashi-thor se detiene ante la abandonada armazón del navío 


El gran jaguar 21 


en proceso: se alza y blanquea como gigantesco esqueleto arrojado 
allí por un insólito mar de leva. Ahora, en su soledad y deterioro, 
recuerda la existencia lejana de su país, de sus aguas frías, de los 
cielos grises pintados de auroras boreales, de su vegetación oscura 
que, tal vez, jamás volverá a ver. 

El día está en su final. Los últimos rayos del sol espejean con 
tonos dorados en el ruidoso y revuelto oleaje, al embatir contra los 
playones. Su fragor le evoca el fatídico naufragio en el Mar de las 
Escolleras. Ubatashi-thor suelta una imprecación, colérico mira el 
alto cerco de protección a las chozas de su aldea, rudimentaria 
arquitectura rectangular tan diferente a los nunhúes, bohíos circulares 
de los habitantes de Keka-Bunkua. En las cuatro esquinas de la 
fortificación, ensartadas en lanzas de macana, lucen las cabezas 
descarnadas de los enemigos capturados o dados de baja en las 
continuas refriegas. 

—¡Esta es una despiadada guerra a muerte! —murmura entre 
dientes y tiene para sí y. su gente un reproche por haber cedido a la 
tentación de robar las mujeres. Fue un daño sin reparo. 

Desde entonces, los aborígenes no pierden oportunidad de acosar- 
los y hacerles la vida difícil y precaria. 

Cuando la noche comienza a envolverlo todo, cree distinguir los 
movimientos sigilosos de sus adversarios: se corren a la sombra de 
los almendros y los trupillos. Para evitar ser sorprendido, Ubatashi- 
thor acelera la marcha, entra al ámbito cercado del campamento, 
los guardias cierran presurosos la puerta, apenas con el tiempo justo 
para evitar lo alcancen las flechas envenenadas: acompañadas de 
gritos guerreros, se clavan vibrantes en los maderos. 

Sopla la brisa, trae rumores del mar. En el recinto de los ubatashi 
alumbran las fogatas y se ven cruzar ante ellas las siluetas atemori- 
zadas de las mujeres: llevan a los niños al interior de las chozas 
para evitar la lluvia silbante de las saetas, con su olor nauseabundo 
por el mortal veneno. Los hombres, con las rodelas sobre las cabezas, 
se agazapan sobre las plataformas defensivas, desde donde repelen 
los ataques. Desafiantes alaridos rubrican otro día de ataques y 
sobresaltos. 

Ubatashi-thor corre y entra a su vivienda. Desde un rincón lo 
observa su mujer nativa. Por su rostro pasan sentimientos encontra- 
dos. En los brazos sostiene un chiquillo de cabello liso y castaño, 


22 Bernardo Valderrama Andrade 


ojos grises y hermosa piel satinada; sin saberlo, el pequeño tiende 
un puente de comprensión entre dos seres, pertenecientes a mundos 
distintos. 


Tm 


Seoname-maku, jefe Jaguar Negro, y su prometida o gaya, Ula-yang, 
libres, risueños, entusiastas, avanzan sin prisa por el sombreado y 
ancho camino, que al seguir el filo tendido de la montaña habrá de 
llevarlos hasta Haggi-Ateima, la cima mayor, la piedra grande y 
negra, dominante sobre todos los contornos: el picacho es uno de 
los lugares donde en determinadas épocas del año fija su residencia 
Naoma-Kavi, el sacerdote mayor de los taironas, con mando sobre 
todos los otros naomas del país. Ante él deben presentarse Seoname- 
maku como cacique de Ponkeica, y Ula-yang, su prometida, para 
recibir el beneplácito que les permita realizar los coitos ceremoniales 
en Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago. 

Esa mañana, tan pronto aclara, Seoname-maku se presenta a la 
puerta del nunhué de Ula-yang; ella ya lo espera y no se sorprende 
de verlo sin sus imponentes atavíos de cacigue: reconoce satisfecha 
que así, casi desnudo, apenas con un taparrabo como vestido, se 
ve más joven y apuesto, más cercano a ella, más acorde con sus 
mutuos sentimientos. 

—Vamos, el Naoma-Kavi nos espera. 

Se miran uno a otro, con afecto y aprobación, hirviéndoles la 
sangre en deseos. Le tiende Seoname-maku las manos, Ula-yang le 
entrega las suyas. 

—Sí... vamos. 

Sonríen. También ella se ha despojado de sus alhajas. Para dedi- 
carse a los coitos ceremoniales sólo requieren de la capacidad de 
amarse, de la vitalidad de sus cuerpos y de la aquiescencia de Haba 
Séinekan, la Madre Universal. Así, ligeros de ropas, con agilidad 
y alegría de juventud, a la vista de las gentes de la ciudad, echan 
a andar por el camino-gradería que habrá de llevarlos hasta las 
afueras de Ponkeica, donde cruza una ruta a la Serranía, con sus 


lomas 
negra 
rectos 
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de: 
naon 


El gran jaguar 23 


lomas cubiertas de espesa selva y rematada en la descomunal y 
negra Haggi-Ateima. El sendero se desarrolla en tramos largos y 
rectos de suave pendiente, alternados por otros cortos de brusco 
ascenso, donde la calzada se transforma en zigzagueante escalera, 
todo el tiempo bajo el palio fresco y tupido de los árboles que 
protegen de los ardores de Surli, el Sol. 

En el lindero de la selva los dos prometidos se detienen: de las 
mochilitas de mulda sacan dos kalgua-kuitsi, cuentas tubulares rojas 
veteadas de negro, sewás, que servirán para hacer ofrendas a Kanin- 
pana, Padre de los Arboles, y a Kaldyikukui, Madre de las Plantas, 
por cuyos dominios deben pasar para llegar hasta Haggi-Ateima. 
Con los amuletos en las manos miran a su alrededor en busca del 
gigante mitabvi, el caracolí, o de la corpulenta seijua, la ceiba; 
cuando los descubren, van a ellos, se hincan, cavan entre Sus pro- 
tuberantes raíces, dejan allí las rojas y brillantes cuentas. En esta 
labor ritual sus manos se entrecruzan, sus rostros se aproximan, las 
pupilas los hipnotizan, se les encienden los deseos: Seoname-maku 
se recrea al enredar los dedos en el largo y sedoso cabello de Ula- 
yang, o en correr las manos sobre su piel caliente y tersa. 

Cuando el deber los hace sobreponerse al llamado que los incita 
a la posesión, buscan el nacimiento de tukua, la quebrada, y en sus 
aguas dejan caer una pequeña cuenta de cristal de roca, ofrenda a 
Kaxshikuama, Madre de los Arroyuelos; y abrigados por una sensa- 
ción no conocida hasta ahora, se internan a través de los parajes 
umbrosos. La marcha es lenta, sin prisa, recreados con la explosiva 
vitalidad de la vegetación, incentivo al calor que abrasa Sus COrazones 
y hormiguea con estímulos de delicia por toda la piel. Cuando ven 
al kauxau, bejuco ojo de venado, de bellas flores rojas, estrechando 
y queriendo asfixiar el tronco de taiji, el guayacán, ellos a su vez 
se contagian, se enlazan, se acarician, se descubren secretos del 
cuerpo y se olvidan en el tiempo. 

—;¡Nagluñi, Ula-yang! — ¡Te quiero! 

Ya no les importa la distancia por recorrer para llegar donde el 
naoma. 

—¡Y yo a ti, Seoname! 

Otras veces se detienen, apenas tocándose con la punta de los 
dedos, y se extasían con el revoloteo iridiscente de los sindulyi, los 
colibríes, entre el prodigio multicolor de las flores; con las acrobacias 


24 Bernardo Valderrama Andrade 


de las picarescas hibaxa, ardillas de empenachada cola anaranjada; 
o con las grandes mariposas azules. Cuando la penumbra de la 
espesura comienza a ser menos densa, advierten la cercanía de 
Haggi-Ateima. Se miran excitados, se dan un último y prolongado 
beso, se prodigan fugaces caricias, sin soltarse de las manos, aceleran 
la marcha. Entre las ramas, como una alegre y policroma despedida, 
castañuelea con su enorme pico uassal-dei, el yátaro, o repiquetea 
bin, el pájaro carpintero-penacho rojo. Aquel día y como nunca 
antes, la vida ha sido para los jóvenes enamorados un portento de 
sensaciones. Agradecidos dan una mirada final a la selva, coronan 
las últimas eminencias de la Serranía y salen a un claro, donde sin 
impedimentos calienta Surli con todo su intenso esplendor de trópico. 
Ahora, frente a ellos y como la mayor altura de la montaña, se alza 
Haggi-Ateima, la piedra grande y negra de flancos escarpados, que 
deberán escalar para cumplir su cita con el Naoma-Kavi. 

Sin pensar en detenerse más, por una senda tallada en la roca, 
inician el ascenso aferrados a las rugosidades de la piedra para no 
caer en el abismo. Cuando alcanzan la cima, se abre a sus ojos el 
panorama de los contornos patinados con rayos dorados de atardecer. 
Nunca antes habían estado allí y se pasman con la vista del horizonte 
marino dilatado en incendios por Mamashkaxa, la Boca de Fuego, 
el lugar donde se acuesta Surli, nace la noche y se quema el agua 
sobrante del Mundo. Luego se vuelven a mirar hacia el Sur, hacia 
Noa-Nashika, de donde viene el calor sexual, y quedan todavía más 
admirados: allá en las alturas, bajo un cielo pintado con tonos vio- 
letas, están los picos de hielo, morada sagrada de Haba Séinekan. 
Entonces, en forma espontánea, reflejado en los ojos el amor, Seo- 
name-maku y Ula-yang se hincan de rodillas y ponen la frente sobre 
la piedra del piso, en gesto de veneración hacia la Madre Universal. 


ES 


Así los encuentra el poderoso Naoma-Kavi, quien a la llegada del 
atardecer abandona su refugio entre los peñascos de Haggi-Ateima, 
donde dormita durante las horas del día, porque en las noches es 
imperiosa la vigilia, la meditación y la mirada a las estrellas. 
—Los esperaba: Naoma-Doa de Ponkeica me avisó su llegada. 


El gran jaguar 25 


Seoname-maku y Ula-yang se incorporan, lo miran con respeto, 
no extrañan que, aun sin visitarse personalmente, los naomas puedan 
comunicarse cuanto deseen y necesiten: tales sus poderes mentales 
y de telepatía. 

—Hánchika —saludan a un tiempo los jóvenes y se inclinan 
reverentes. 

Los ojos del viejo, pese a su penetrante mirada, tienen una expre- 
sión afectuosa, no concordante con el resto de sus facciones hieráticas 
y rígidas, ni con sus ademanes solemnes e intimidantes. 

—Uá, uá —contesta, y esboza por fin una sonrisa. 

Con su: andar estudiado echa a caminar en dirección al refugio 
rocoso, compuesto por un saliente adaptado a recinto triangular, 
abierto en uno de sus vértices para permitir el acceso. En la penumbra 
de su interior, acurrucada frente a una fogata, está Saxa, la mujer 
del Naoma-Kavi, tan vieja como él, ocupada en la preparación de 
alimentos y brebajes mágicos; se vuelve a mirarlos, hace un gesto 
de bienvenida, y en las pupilas chispea una luz que sólo Ula-yang, 
como mujer, sabe entender. 

Por invitación del sacerdote, Seoname-maku toma asiento en una 
de las banquitas de madera tallada, que con unos cueros son el único 
mobiliario; el viejo hace otro tanto y se queda mirando fijo a Saxa, 
su mujer de toda la vida, a quien ya no necesita hablarle para que 
capte sus pensamientos. Ula-yang muestra simpatía y atención para 
con la anciana, se apresta a colaborarle, y entre las dos sirven a los 
hombres porciones de hongos, caracoles, jiju secos o pescaditos de 
río, y tubi fritos o larvas de cucarroncitos, en platos de cerámica 
negra muy pulida y decorada, distintiva de los utensilios ceremonia- 
les de los naomas. 

En silencio, mirándose unos a otros, saborean la frugal comida. 
Cuando terminan, Saxa y Ula-yang ofrecen en sendas copas un 
líquido espirituoso: lo beben en cortos sorbos y otro tanto hacen 
ellas. Tan pronto consumen el licor, ya la noche está afuera, acom- 
pañada por la fosforescencia de las luciérnagas, el croar millonario 
de las ranas, los gritos intermitentes de las uauhú, las lechuzas, y 
los cantos sugerentes de los guacaó, pájaros negros de la oscuridad: 
con estas voces nocturnas se cuela por la estrecha entrada del abrigo 
una brisa tibia y salobre: aviva las brasas y en ellas se concentran 
las miradas de los presentes; sienten los efectos de la bebida igual 


26 Bernardo Valderrama Andrade 


a un calor repartido con celeridad por el cuerpo; y se transportan a 
otra dimensión, no física sino mental: ninguno despega los labios... 
no lo necesitan para iniciar esa curiosa conversación telepática pro- 
movida por el Naoma-Kavi. Seoname-maku y Ula-yang hacen con- 
fesión y reciben consejo para su vida, a partir de los coitos ceremo- 
niales en Nyuiji-Hube. Luego, llevados por los extraordinarios po- 
deres mentales del sacerdote, emprenden un vertiginoso e inconce- 
bible viaje a los primigenios tiempos de la humanidad, a las regiones 
legendarias de las Lagunas Sagradas en el pie mismo de los nevados, 
donde en el primer horizonte todo comenzó: ¡Todo!... Cuando sólo 
había agua: agua y mucha agua. Y todo era noche porque no existían 
Surli, el Sol, ni Saxa-ti, la Luna; ni gente, ni animales, ni plantas. 
¡Nada!... Pero el agua ya estaba allí, en todas partes, en el aire, en 
las nubes y después en el mar, en los ríos, en las lagunas. En ese 
entonces el mar era La Madre. Ella era pensamiento: Ella era memo- 
ria: Ella era espíritu de lo que iba a venir. Y tomó cuerpo. Y era 
una mujer. Y su mirada fue día. Y su aliento fue viento. Y su saliva, 
y su sudor, y sus lágrimas, fueron ríos. Y su menstruación fertilizó 
la tierra... Y tomó en sus manos a doana, el palillo del poporo, y 
con él se fecundó, una, dos, tres, cuatro, muchas veces. Y así nació 
Sintana, Señor del Fuego y Dueño de los Animales; y así nació 
Seijankua, Señor de los Temblores y Dueño de la Tierra y de las 
Plantas; y así nació Sehukukui, Señor de la Noche y Dueño de las 
Sombras; y luego nació Kunchavita-ueya, Señor del Trueno y Dueño 
del Agua.. Y posteriormente concibió a sus hijas Jalyubang, Mul- 
kuavandyang, Mulkuaneyumang y Kulchavisang, para que cohabi- 
taran con ellos y poblaran la Sierra Nevada. Y a todo el mundo.. 
a todo. 

Para medianoche Seoname-maku y Ula-yang tornan a la realidad. 
Y mientras en un rincón del refugio Saxa instruye a la muchacha 
sobre el comportamiento a seguir en sus relaciones con el cacique 
de Ponkeica, éste sale en pos de Naoma-Kavi hacia la cúspide de 
Haggi-Ateima, a donde se accede por unos peldaños tallados en la 
roca. Allí, como curioso remate, resalta a manera de escultura la 
kalauka, banca de piedra con adornos laterales de cabezas empluma- 
das de paujil con fauces de jaguar. Sentado en ella es donde el 
sacerdote, noche a noche, hace sus observaciones astronómicas, 
analiza las conjunciones estelares, y ahora sigue atento, con pasión 


a "ón 


El gran jaguar 27 


y deleite, la aparición y los movimientos de Kavi-Tama, la estrella 
del Gran Jaguar. 

Con ademanes pausados y seguros, expresión suma de satisfac- 
ción, Naoma-Kavi toma asiento en la banca e invita al cacique a 
situarse a su lado; levanta la vista a las estrellas, a un punto deter- 
minado, extiende uno de sus descarnados brazos y explica: 

—Allá está... allá viene... ¡Kavi-Tama! 

Seoname-maku sigue con ojos ávidos la dirección señalada por 
el sacerdote: entre la miríada de puntos luminosos advierte uno 
diferente, alargado, una pincelada de luz, resplandeciente en tonos 
blanco-azules. Sí que es una estrella distinta... y su cauda la convierte 
en el cuerpo celeste más hermoso de la noche. 


IV 


Porque Meli-ang y las otras mujeres raptadas sabían qué deseaban 
de ellas los ubatashi.. les entregaron sus cuerpos. Estos invasores, 
de pronto actuaban como los sangaramena o los gulamena, quienes 
trataban bien a las mujeres taironas, en comparación con el destino 
cruel deparado a los hombres: de ahí su apelativo de arranca-cabezas 
O arranca-brazos. 

Así fueran tan distintos en su físico y con unos hábitos diferentes 
a los suyos, las mujeres se dieron por satisfechas con el comporta- 
miento de los extranjeros de cabellos rubios, quienes solían ser en 
sus actividades diarias unos seres taciturnos y con frecuencia agre- 
sivos, en especial si miraban al mar en dirección a Mu, por donde 
nace el sol; en cambio, cuando estaban en intimidad con ellas, se 
tornaban sonrientes, juguetones, y en el amor eran de nunca acabar, 
con formas sorprendentes para seducirlas y complacerlas. Ello con- 
tribuyó a que las cautivas dejaran de extrañar su vida anterior entre 
los de su raza. 

Esta disposición favorable de las taironas hacia los ubatashi, vino 
desde cuando se presentaron de visita en los poblados de Aldagúiji 
y Savijaka, y se sintieron atraídas por sus esbeltas figuras de piel 
clara y cabello gauksé, color de fuego, o por esas miradas azules, 


28 Bernardo Valderrama Andrade 


curiosas con cuanto los rodeaba, hambrientas cuando se posaron en 
ellas. 

Después, una noche irrumpieron en sus pueblos con la fiereza 
silente de los kaxshigugulu, los jaguares rojos de la selva: no tuvieron 
contemplación hacia los hombres, y en acción traicionera e injusti- 
ficable no aprobada por ellas, dieron muerte a quienes se les opusie- 
ron. Con todo, sintieron una secreta complacencia: el rapto implicaba 
ser poseídas por los enviados del Padre Sintana, Dueño de la Luz 
y del Día, según la creencia enseñada por los naomas. 


Es la noche. Recostada en el pecho de Ubatashi-thor, Meli-ang 
acaricia su piel velluda de kaxshigugulu. Con interés y curiosidad 
le oye narrar historias de su país, descritas con lujo de detalles, así 
él, al hacerlo, no pueda impedir la tristeza y la nostalgia ahogándole 
la voz. Por suerte ama a su mujer tairona, lo único grato en su nueva 
y precaria vida; y como ella ha aprendido su idioma, siente gusto 
de contarle sobre el mundo de donde vino; y también, porque al 
hacerlo y así sea mentalmente, vuelve a visitar su tierra de origen, 
a sus familiares, a sus amigos. Luego vendrá la compensación: en 
la medida en que Meli-ang perciba su congoja, se la ahuyentará 
volviéndose atrevida e ingeniosa en sus caricias; y él podrá devolvér- 
selas con creces, recorrerá con manos y besos toda su piel nativa, 
descubrirá sus intimidades, la sentirá incendiarse, palpitar, gemir 
por los deseos de la entrega, la poseerá en secuencias interminables. . 

y en el éxtasis alocado del amor, podrá tirar por la borda, como lo 
hace todas las noches, su vida pasada. Así, en el tibio silencio de 
la madrugada, con el rumor de las olas llegando en la distancia, 
Ubatashi-thor reconoce que la felicidad sólo está dada para él en 
este presente placentero. 

En otras ocasiones los relatos están a cargo de Meli-ang, para 
informar a Ubatashi-thor sobre el País de los Taironas: le cuenta de 
las vastas regiones que dominan en la Sierra Nevada, de Tayronaca, 
de Posigieyca, los dos principales centros gubernamentales, tan 
populosos como para en caso de emergencia poner sobre las armas 
a veinte mil guerreros cada uno, y de la ordenada organización 


El gran jaguar 29 


social, con el Naoma-Kavi muru nakubi, sacerdote mayor sabio y 
justiciero, acatado por todos. Esto lo narra Meli-ang, porque dentro 
de su corazón quisiera conciliar dos sentimientos: el amor a su país, 
a su gente y a su cultura, y el nuevo cariño por el ubatashi, ahora 
comprometido con la presencia de Suku-thor, el hijo recién nacido. 
Y para completar la información, le revela la reciente presencia de 
los gulamena y los sangaramena, violentos invasores con quienes 
ya se libran encarnizadas batallas, diferentes a los kashingui, inteli- 
gentes y pacíficos. 

Otras. veces los relatos de Meli-ang se relacionan con su vida 
antes de la captura. Así él se entera del linaje de su mujer, uno de 
los más altos en la sociedad tairona, y del parentesco con Seoname- 
maku, uno de los principales jefes de Keka-Bunkua, la Montaña 
Blanca. Esta circunstancia, a su vez, es motivo de temores por parte 
de la muchacha: el día menos pensado vendrán los suyos a rescatarla. 

Afuera clarea la luna, resalta contrastes de luz y sombra en el 
cercado ubatashi, mantiene despiertos a los encargados de vigilar 
desde las plataformas. Por encima de las rústicas techumbres de 
palma revolotean y emiten prolongados chillidos los uánkawo, aves 
nocturnas de aquellas regiones del trópico. Apretujada contra Uba- 
tashi-thor, somnolienta, Meli-ang sonríe satisfecha y agradecida: 
pese a ser él un enemigo de su raza, al escogerla como su mujer y 
por su condición de jefe de la gente de los ojos azules, evitó fuera 
mancillado su linaje. 


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Después del anochecer, en el campo de los ubatashi se organizan 
grupos para una actividad diaria: ella consiste en salir a intervalos, 
furtivos, en misión de pesca, caza o recolección de frutos. Quienes 
deben conseguir alimentos en el mar, y cuando el oleaje lo permite, 
se internan a nado hasta los bajos, donde sumergidos recogen cara- 
coles grandes para obtener de su interior abundante y nutritiva carne; 
si el mar está revuelto, sólo deben contentarse con perseguir cangre- 
jos azules en la playa. A veces, por temporada, la labor reviste 
especial suspenso: son las noches de luna, cuando bulu-kuna, la 
tortuga grande, llega montada sobre las olas a desovar en los arenales. 


30 Bernardo Valderrama Andrade 


En las misiones de pesca a la bocana del río Hukumeiji deben cargar 
unas ligeras canoas robadas a los taironas, mantenidas dentro del 
cercado; sólo las emplean en estas ocasiones que revisten muchos 
riesgos: si lo hacen muy cerca del mar es preciso cuidarse de maunsa, 
el tiburón, insaciable y al acecho entre las turbias aguas del estuario; 
y si se adentran por el río, la amenaza está en ser descubiertos por 
los naturales, también pescadores en la oscuridad. La caza en la 
selva, tierra adentro y ya sobre las primeras estribaciones de la 
Serranía, les atrae, así implique otra clase de peligros: en algo 
recuerdan las partidas por los bosques umbríos de su lejano país. 
Quienes tienen por encargo la recolección de frutos, cumplen dos 
objetivos: unos se internan entre los laberintos de las palmeras, 
trepan a ellas y se proveen de cocos; otros lo hacen en la primera 
franja montuosa para llenar las mochilas con piñuelas y vainas de 
trupillos y guamachos, o nísperos, marañones y guamos de delicioso 
sabor. 

Los componentes de las partidas de recolección, caza y pesca, 
cuando abandonan la seguridad del cercado, sólo cuentan para cum- 
plir su labor con la complicidad de la noche: por experiencias poco 
gratas, saben que tan pronto comience a aclarar se reiniciará el 
hostigamiento de los taironas. 

Esta noche, Ubatashi-thor no forma parte de ninguno de los grupos 
que dejan el refugio en procura de provisiones. Por los relatos de 
Meli-ang ha creído conveniente observar con propios ojos cuanto 
ella afirma sobre la realidad de los habitantes de la Sierra Nevada; 
y en audaz misión, acompañado de dos escogidos voluntarios, partió 


desde la medianoche a reconocer los parajes del Valle de Tairona, 
al interior de la Serranía. 


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Cuando las aguas del río Hukumeiji se vuelven sonoras y rápidas, 
porque hasta allí no llega el represamiento ocasionado por el flujo 
dei mar, Ubatashi-thor y sus compañeros Conoh y Od, confirman 
haber cruzado con éxito las líneas avanzadas de los taironas y estar 
dentro de su territorio. 

Desde la amplia bocana dei río, unas veces caminando por los 


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El gran jaguar 31 


playones, siempre los pies en el agua para no dejar huella de su 
paso, otras a nado para no ser descubiertos desde los puestos de 
vigilancia, silentes como los animales de presa, logran llegar al 
primer gran meandro del Hukumeiji: el valle seivático es angosto, 
se recoda entre las montañas entrecruzadas como nudillos. Para 
entonces ya comienza a clarear, salen del agua, se internan por el 
bosque, buscan uno de los árboles más corpulentos y sin vacilar 
trepan a él, ayudados de lianas que a manera de cortinajes festonados 
con parásitas florecidas, cuelgan de las extendidas ramazones. 


No acaban de acomodarse en una de las horquetas, ante la protesta 
y estampida de los monos de viento, cuando abajo escuchan el 
movimiento de una patrulla tairona, en su temprano y habitual reco- 
rrido por las márgenes del río. Agazapados, ocultos entre las frondas, 
divisan al grupo de nativos armados de largas y aguzadas lanzas de 
macana, en el cinto las hachas de piedra, y en la espalda aljabas 
donde portan flechas emponzoñadas. El jefe de la partida es un 
espigado rabón, cubierto el pecho, rostro, antebrazos y pantorrillas 
con aderezos dorados, símbolo de sus actos de valor; el cabello muy 
largo, en forma de cola pretinada, le imprime un aspecto feroz. 
Quienes lo siguen, vestidos con taparrabos de algodón o piel de 
jaguar, muestran en la mayor o menor cantidad de alhajas de oro, 
su veteranía en las batallas. 

Como si un sexto sentido les advirtiera de la presencia de extraños, 
los indígenas se detienen recelosos al pie de las bambas del higuerón, 
cuchichean entre sí, miran a los contornos; a una orden del jefe 
algunos inspeccionan los alrededores. Ubatashi-thor y sus compañe- 
ros permanecen inmóviles, casi sin respirar, escondidos tras las 
gruesas ramas cubiertas de musgos y parásitas. De ser descubiertos, 
su arriesgada misión al País de los Taironas concluirá allí mismo, 
ante el poderío de sus enemigos. 


La suerte está de su parte: los expioradores regresan sin ningún 
resultado; el rabón da una última mirada en contorno, levanta los 
ojos y permanece observando por largo tiempo las altas ramazones. 
Desde su escondite, Ubatashi-thor adivina los pensamientos del gue- 
rrero de largo cabello, amarrado a manera de cola pretinada con 
cintas de oro y cuentecillas en piedra de colores. El comandante 
tairona considera la corpulencia del higuerón como un escondite 


32 Bernardo Valderrama Andrade 


apropiado; al final desecha la posibilidad y da orden de partir por 
la orilla del río, hacia abajo. 

Ubatashi-thor, Conoh y Od se miran con expresión alegre y de 
momentánea tranquilidad. Atenidos a las advertencias de Meli-ang 
de desplazarse en las horas de la noche o las siguientes a la media 
tarde, permanecen en el árbol, así el hambre y la inmovilidad em- 
piecen a urgirlos. Instalados sobre las horquetas del higuerón, dejan 
pasar el tiempo en medio del ambiente cada vez más cálido de la 
selva y del suplicio provocado por hordas de moscos y zancudos. 
Las aves tornan a posarse en las ramas a prudente distancia, e igual 
hacen las ardillas y los monos; se diría que todo ha vuelto a la 
normalidad y así lo ve y siente la patrulla aborigen cuando, después 
del mediodía, regresa de su recorrido, camino al poblado de Alda- 
gúiji, ya conocido de los ubatashi por haber robado allí algunas de 
sus mujeres. 

Cuando pasa un tiempo prudencial y calculan lejanos a los nativos, 
Ubatashi-thor ordena descolgarse por las lianas, bajan a tierra y 
emprenden el ascenso a las laderas orientales de las Lomas de Ma- 
roma, para en rápida travesía evitar los otros dos meandros del río 
y buscar una alta cuchilla desde donde, según Meli-ang, podrán 
tener una primera visión del Valle de Tairona. 

Al atardecer, cansados y hambrientos, pero satisfechos por no 
haber tenido más encuentros con patrullas, coronan los escarpados 
filos de la Cuchilla Nusukua. En efecto, desde allí tienen una pano- 
rámica de lo que es, en esta parte, el inmenso País de los Taironas, 
confinado entre la gran montaña cubierta de nieve, y la serranía y 
la llanura litoraleña. - 

En silencio, maravillados, pese a ser aquella la tierra de sus 
enemigos, contemplan la majestad de los nevados patinados de oro, 
donde según sus mujeres viven los dioses y se llega a Noabi-due, 
el Más Allá. Por asociación, esas cumbres los vuelven nostálgicos 
y los transportan en pensamiento a su país de origen: la congoja les 
hierve en el pecho, es una rabia incontenible por estar allí capturados, 
en la cárcel de Keka-Bunkua, sin paredes, barrotes, fosos ni cadenas. 

—¿Volveremos algún día? —pregunta Od, el más joven de los 
exploradores, casi un muchacho, y su mirada refleja angustia por 
conocer la verdad. Ubatashi-thor cruza la vista con Conoh, el más 
veterano de los tres, un gigante de piel velluda y rojiza, sobreviviente 


El gran jaguar 33 


de muchas aventuras. Se les endurece el rostro, se entienden sin 
hablar. 

—Lo intentaremos, Od... lo intentaremos. Pero antes debemos 
conocer bien en dónde estamos y cómo son en realidad estas gentes. 
—Y después de una pausa—. Y también es preciso saber de los 
kashingui, y de los gulamena y los sangaramena. Para ser fuertes 
quizás debamos aliarnos a algunos de ellos, gozar de un tiempo de 
paz y acabar de construir el navío para el regreso. 


La noche sorprende a Ubatashi-thor encaramado en el más alto 
peñasco de la Cuchilla Nusukua: profundas cavilaciones le tensionan 
los músculos de la cara y le vuelven dura la mirada. 

Cuando una a una se prenden las constelaciones, por corto tiempo 
puede recrearse con la visión deslumbrante del carro y los caballos 
de la Osa Mayor, apenas asomados sobre el horizonte... 

Ahora añoro cuando desde el puente de mando de mi embarcación 
me orientaba con los cuerpos celestes. En esos días lejanos y por 
aquellas latitudes del Hemisferio Norte, hasta el mapa de las estrellas 
era diferente: una prueba del distanciamiento de mi país lo confirmé 
al ver en el cielo la aparición de nuevas constelaciones; así, algunas 
de las figuras con las cuales aprendí a navegar, se desplazaron y 
gran parte de ellas se perdieron de vista, mientras otras, tal el caso 
de la Osa Mayor, ya apenas si puedo divisarlas por un corto período 
de tiempo en el comienzo del anochecer; es como si estos puntos 
de luz del firmamento, todavía siguieran mostrándome el camino 
de retorno. 

Tras el horizonte desciende la última estrella que pinta en las 
inmensidades el carro y los caballos mitológicos: Ubatashi-thor deja 
de mirar el cielo, se le escapa un rugido atragantado, baja la vista 
a las vertiginosas vertientes de la Sierra Nevada, donde parpadean 
otras diferentes constelaciones: las fogatas de los taironas indicando 
por centenares los poblados asentados en los filos y laderas de este 
país. 

—Sí: Meli-ang tenía razón. El poderío de estas gentes es muy 
grande —murmura para sí al recordar a su bella, ardiente y a veces 


34 Bernardo Valderrama Andrade 


misteriosa mujer; y evoca esa expresión que transformó su rostro 
apacible, cuando le confió sus intenciones de hacer esta correría. 

A partir de entonces ella se tornó pensativa en extremo y hasta 
enigmática. Ubatashi-thor se sintió espiado en todos sus movimientos 
dentro de la aldea, reparó cómo Meli-ang procuraba escuchar sus 
conversaciones cuando se reunía con Od y Conoh, ya escogidos por 
compañeros en su futura expedición al interior. Así mismo advirtió 
una costumbre nueva en ella: todas las noches salía de la choza y 
por un tiempo se quedaba mirando las estrellas; o al atardecer y al 
amanecer, estaba pronta para establecer por qué puntos del horizonte 
se ocultaba y salía Surli, como ella llamaba al sol. Desde entonces 
presintió: Meli-ang conoce muchos secretos de la naturaleza.. y se 
lo comentó. La joven se quedó mirándolo, seria, y se limitó a 
responder: 

—Todavía no es tiempo. 

Cuando un día lo encontró a media mañana dentro de la choza, 
inspeccionando sus armas, repitió: 

—;¡Aún no! 

—¿ Cuándo? 

No contestó de inmediato. 

A la noche, en la intimidad del lecho y ante sus preguntas insis- 
tentes, le previno: 

—Si deseas tener éxito, debes cumplir mis recomendaciones; no 
hacerlo, significará la muerte irremediable para ti y tus compañeros. 
Confía en mí. 

Por los informes de su mujer, el jefe ubatashi supo que sólo 
dispondría de tres días con sus noches para recorrer el Valle de 
Tairona en la parte comprendida en los ríos Hukumeiji y Sekaimaka; 
en este corto lapso, en especial en las tardes y en las noches, la 
gran mayoría de los hombres estarían concentrados en los pueblos 
mayores, cumpliendo determinados ritos y celebraciones, y ellos 
podrían desplazarse sin tanto peligro. 

Una tarde, después de confirmar la caída del sol por un punto 
determinado del horizonte, Meli-ang anunció: 

—Esta noche es la indicada... es tiempo de Uxa. 

De inmediato Ubatashi-thor puso sobre aviso a Od y Conoh, 
alistaron armas y provisiones, luego se encerraron en sus chozas 
para despedirse de sus mujeres, poseyéndolas con inusitado ardor, 


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El gran jaguar 35 


porque podría ser la última vez; así lo hacían en su país cuando 
partían para la guerra, o antes de esas largas y arriesgadas expedi- 
ciones. 

Trepado en el alto peñasco de la Cuchilla Nusukua, Ubatashi-thor 
da una postrera mirada a las fogatas de los taironas, parpadeantes 
como estrellas rojizas caídas del cielo sobre las montañas y valles 
de la Sierra Nevada. La mayoría se ven muy distantes, otras lo están 
cerca, tanto, que cuando soplan fuerte los vientos del nevado, alcan- 
zan a traer rumores de muchas voces dedicadas al canto. 

Sobre las cumbres orientales de Keka-Bunkua, más allá del río 
Hukumeiji, asoma la Luna Llena y todo lo aclara con su luz blanca. 
Ubatashi-thor rebulle a Conoh y Od adórmilados a sus pies, les da 
orden de levantarse y seguir adelante: si quieren triunfar en su misión 
y regresar otra vez a la aldea, deben emprender la travesía hacia el 
Oeste, en busca del río Sekaimaka. Ya de una cosa están convenci- 
dos: del poderío tairona, manifestado en sus grandes extensiones 
cultivadas, y la multitud de poblados dispersos por todo el territorio. 


v 


Aquella noche de estrellas, Naoma-Kavi muestra a Seoname-maku 
algunos de sus conocimientos sobre los astros, y le da una lección 
en el tablero del firmamento. Con amplios ademanes de los brazos 
parece abarcar toda la inmensidad de los cielos. Su voz es grave, 
en ciertos pasajes chillona, esa su forma de expresar la vehemencia. 
—Seoname-maku, Cacique de Ponkeica: allá se ve:todo... todo: 
los Antiguos, los animales, la gente. Allá entre Mu, donde nacen 
el día y el color blanco, y Se, donde nacen la noche y el color 
negro; allá entre Noana-Mashika, de donde viene la humedad del 
mar y se origina el color azul, y Noa-Nashika, de donde vienen el 
color rojo y el agua fría del nevado. Sí, allá está todo, todo: en Mu 
se encuentran la guarida y los cotos de caza de Nebbi, el Jaguar, 
en pos de Tayassu, el Cerdo Salvaje, que es como su mujer y por 
eso le sirve de alimento; en Se, hace vigilia, grita y cuida la noche 
Toubu, el Búho, mientras acecha a su predilecta Takbi, la Culebra; 


36 Bernardo Valderrama Andrade 


allá en Noana-Mashika, la astuta Maktu, la Zarigileya, acosa sin 
cesar a Nuui, el Armadillo, cuando sale de su cueva; en Noa-Nashika, 
Kaxshigugulu, el hambriento Jaguar Rojo, ruge, salta y se come a 
Segi, el Venado; y en Aluna-kaká, el cenit, cuando es de día, ese 
mujeriego de Surli, el Sol, se sienta a descansar, a mascar hojas 
tostadas de coca, a comer bollos de maíz preparados por sus esposas 
las estrellas; o si es de noche, como ahora, se acuesta con ellas, 
con una y otra en una orgía de nunca acabar, en especial con Saxa-ti, 
la Luna, la más bella de sus amantes, quien a veces sale y nos mira | 
de frente con su cara redonda, manchada con la ceniza arrojada por 
Seldabauku, primera y celosa mujer de Surli; en otras ocasiones, 
como Saxa-ti es veleidosa, nos mira de lado, o se esconde y oculta 
del todo su faz. 

Naoma-Kavi calla, mira con atención a Seoname-maku para ase- 
gurarse del efecto de sus palabras; luego prosigue: 

—Surli, como Sintana, son hijos de Haba Séinekan. El primero 
siempre usa una máscara de oro, despide rayos sobre la tierra para 
calentarla, así hace germinar las semillas y crecer las plantas. Y 
pese a que Seldabauku lo sigue a todas partes, ello no impide sus 
amoríos con Saxa-ti, la Luna, ni con Mukui, el Sapo, o Takbi, la 
Culebra; y también con Neb-Tashi, el Jaguar Azul, y con Neb-Siji, 
el Jaguar Largo; y por equivocación con su hijo Enduksama, conver- 
tido en mujer por sus poderosos enemigos. Así, con todas las estrellas 
ha procreado, y muchos de los puntos luminosos del manto celeste 
son sus hijos e hijas, mientras él sigue mascando coca en su inmensa 
Nunhañkala, y cuando asoma a su puerta es de día, y si no lo hace, 
como ahora, es de noche, porque cerró la puerta y está adentro, en 
arlunyi, cohabitando con alguna de sus amantes. 

Naoma-Kavi hace otra pausa, mira de reojo a Seoname-maku, 
dedicado a seguir sus indicaciones en el espacio estelar. Continúa: 

—Sí., esta es noche de aprender. De saber dónde están las dos 
puertas grandes del firmamento, la de Mu y la de Se, por donde 
sale y se oculta Surli, visitando unas veces a Uxa y otras a Ahu... 

El viejo naoma señala ahora otros conjuntos de estrellas: sus 
movimientos, conjunciones, apariciones y ausencias, le permiten 
predecir acontecimientos o determinar los tiempos que rigen los 
ciclos vitales de todos los seres de la naturaleza. Así, Seoname-maku 
aprende a reconocer cuáles puntos luminosos componen a Uxa, las 


El gran jaguar 31 


Pléyades, figura estelar encargada de señalar a los taironas la llegada 
del solsticio estival, cuando ocupa un lugar determinado en el firma- 
mento, comienzo del nuevo viaje-de Surli por el gran País de las 
Estrellas; luego, el brazo descarnado por las vigilias y los ayunos, 
indica unos tras de otros, cuerpos luminosos en distintos lugares, 
mientras su voz gangosa pronuncia nombres de animales: sai.. 
sukui.. tejaku... kamaualdyi, culebras todas ellas de la Sierra Ne- 
vada: o seku, el alacrán, y siseke, el águila, reunidos en Ahu, donde 
pasado un tiempo concluyen el viaje y la inclinación de Surli, y con 
ello se anuncia la llegada del solsticio invernal. 

Entre Uxa y las Pléyades, y Ahu o Escorpión, dos importantes 
constelaciones para los astrónomos de la Montaña Blanca, Naoma- 
Kavi se recrea en identificar otras con especial significado en las 
actividades y creencias de su pueblo: son para él como amigas, O 
hermanas; con ellas se encuentra, dialoga todas las noches cuando 
el cielo está despejado: allá ve a Mulda, el Cangrejo Blanco; a 
Suvalyi y Auika, en cuyo honor se efectúan bailes con máscaras; a 
Seiku, el Escorpión; a Tami, el calabacito para el ambil; a Muluna, 
el Molendero; a Djí, el Gusano; a Maktu, la Zorra. 

Naoma-Kavi hace una pausa más, y con movimientos que conlle- 
+=n una estudiada solemnidad, vuelve a la kalauka: sus gestos lo 
Swestran satisfecho con sus enseñanzas. Ya para su exposición no 
necesita pasearse de un lado a otro de la cúspide de Haggi-Ateima: 
sentado en la banca ceremonial, echa atrás cabeza y espalda, apoya 
sus manos en los paujil-jaguares, fija la vista en otro sector del 
espacio lleno de luces. 

—i¡Seoname-maku!: ha llegado el momento de conocer la gran 
Constelación de los Jaguares: donde están Neb-siji, el Jaguar Largo; 
Neb-tashi, el Jaguar Azul; Nebbshija-Abushi-tema, el Jaguar Blanco; 
Nebbi-atseshi, el Jaguar Rojo; y Seiname, el Jaguar Negro... —Y 
los va localizando con el brazo y el índice extendidos. 

— Nuestros nombres, nuestras acciones, nuestras vidas y destinos, 
pertenecen a la Constelación de los Jaguares. ¡Yo, Kavi!... ¡Tú, 
Seoname! También somos jaguares. Lo somos desde cuando así lo 
dispusieron Haba Séinekan y sus hijos nuestros Padres. Así sucedió 
con los antepasados en todos los tiempos, así será con nosotros 
cuando sea conveniente para la nación y la gente tairona. Así está 


38 Bernardo Valderrama Andrade 


dispuesto en las alturas... así. Y esta noche, tú, Seoname-maku, 
Cacique de Ponkeica aquí presente, recibirás de mí el encargo más 
importante de tu vida. Será misión imposible de ceder a otro. La 
ejecutarás en persona, y al realizarla, cumplirás los designios reve- 
lados en los astros. 

Naoma-Kavi cambia la dirección de su mirada y de su brazo, gira 
a la derecha e indica la vecina constelación de Uxa: 

— Allá, por Uxa, está entrando a la Casa de los Jaguares, en otra 
de sus periódicas visitas, la estrella del Gran Jaguar, Kavi-Tama, 
de quien yo, Naoma-Kavi, soy su mensajero y revelador 

Embuido de orgullo, con entusiasmo delirante, el sabio sacerdote 
muestra al cacique el cuerpo luminoso, alargado. Su presencia la 
descubrió no hace muchas noches, entre la miríada de estrellas 
parpadeantes. Para esta visita estelar consagró su vida desde niño. 
Para la llegada de Kavi-Tama debió esperar paciente, noche a noche, 
estudiando los movimientos de los astros y su ubicación exacta. 
Así, al presentarse la estrella del Gran Jaguar, no ha tenido la menor 
vacilación en identificarla. Se hizo viejo en esta espera, tranquilo, 
convencido de lo trascendental de su misión; y ahora, al cumplirse 
su destino, se siente poseído de inmensa felicidad y paz. 

También embelesado con la visión de la estrella del Gran Jaguar, 
Seoname-maku escucha reverente las predicciones y encargos trans- 
mitidos por Naoma-Kavi: ahora su voz suena monótona, hipnótica: 
se ha sumido en profundo trance para interpretar el mensaje estelar. 
El cacique a su vez se siente embargado de sentimientos heroicos. 
Según el mandato de los dioses y las estrellas, deberá levantar un 
poderoso ejército, como nunca antes ha existido en Keka-Bunkua, 


hará respetar las fronteras y librará batallas hasta expulsar a los 
invasores. 


Naoma-Kavi calla. Su misión está cumplida en la muesca hecha 
al bastón-calendario, y en sus vaticinios y encargos impartidos a 
Seoname-maku. Como si fuera de piedra, se inmoviliza en la kalau- 
ka. Por el lado de Mu el cielo comienza a llenarse de claridad y las 
estrellas a apagarse. De entre las sombras emergen los filos y las 
arrugadas vertientes de la Sierra Nevada precipitándose al mar. El 
predestinado cacique se pone en pie frente al muru nakubi, levanta 
los brazos en dirección a la Constelación de los Jaguares y hacia el 


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El gran jaguar 39 


alargado y esplendoroso Kavi-Tama. Después se vuelve a mirar los 
picos nevados... 
Entre las arboledas ya cantan los primeros pájaros. 


vI 


Cuando sobre la franja de arena y las cintas de espuma principian 
a volar ondulantes filas de duanabuká, los pelícanos, en busca de 
ramas altas para pasar la noche, en la cima mayor de Haggi-Ateima 
inicia el Naoma-Kavi los preparativos del rito antecedente a los 
coitos ceremoniales de Seoname-maku y Ula-yang. 

Saxa ya ha instruido a la muchacha en cuanto deba saber y hacer, 
y también la acompañó a las abluciones en el nacimiento de la 
quebrada Palanoa; ahora la anciana permanece en el interior del 
refugio, acurrucada cerca de la entrada, inmóvil todo su cuerpo, 
semejante a una momia flexada; sólo muestra rasgos de vida en el 
chispeo de sus ojos: denuncian el interés y la curiosidad femenina 
por estos actos; no quiere perderse ni un detalle de la celebración; 
tal vez recuerda con satisfecha nostalgia cuando en su juventud ella 
fue protagonista de un hecho similar 

Con movimientos revestidos de solemnidad, Naoma-Kavi con- 
voca a los futuros esposos frente al abrigo rocoso, en un espacio 
que también sirve de mirador. En el centro de esta terraza ha dis- 
puesto un recipiente de cerámica negra decorado con cabezas de 
nyuiji, murciélagos, y dentro de él un puñado de kuitsis de colores, 
colgantes de hueso, pitos de cerámica y un cacique de oro. El luce 
ornamentos distintivos a su alto cargo: cinta de oro laminado alrede- 
dor de la frente para sostener un espectacular tocado, representación 
del animal sagrado de la noche con las alas extendidas; completan 
sus arreos las abultadas orejeras de medialuna en tumbaga, nariguera 
en forma de mariposa, tembeta en el labio inferior, pectoral de 
espirales sobre el pecho y colgante antropozoomorfo, collares y 
ajorcas de cuentas semipreciosas combinadas con figuritas y casca- 
beles de oro, todo ello con el motivo principal de las cabecitas de 
nyuiji; el toque final a su atuendo son la capa de piel de jaguar con 


40 Bernardo Valderrama Andrade 


abotonaduras de cuarzo, las sandalias y perneras, y en las manos 
sendos bastones de mando, uno en piedra, otro en macana, con 
remates dorados y plumas policromas. 

Si la presencia del Naoma-Kavi basta para inspirar respeto, ahora, 
cubierto de alhajas e insignias de gran sacerdote, lo convierten en 
un personaje admirable. Seoname-maku y Ula-yang se sitúan en el 
lugar indicado y el anciano inicia la ceremonia: muy erguido, de 
cara a Noa-Nashika, el Sur, y hacia los picos nevados, entona un 
canto alto y nasal, en el lenguaje de los sacerdotes: presenta a la 
Madre Séinekan a los dos jóvenes, y pide aquiescencia a su despo- 
sorio; complementa el rito con una danza rítmica, de movimientos 
discontinuos, acompañados por el sonido argentino de los shiminku, 
cascabeles de oro atados a su ropaje, y las notas de la kuidzi, flauta 
de carrizo hembra, tocada por Saxa con singular maestría. Al termi- 
nar el baile, Naoma-Kavi hace una reverencia a las cumbres nevadas, 
patinadas de visos anaranjados, reflejo de Mamashkaxa, la boca de 
fuego del Poniente. Luego, de la copa de cerámica toma el cacique 
de oro y algunas cuentas-kuitsi de ágata y jadeíta, se encamina a 
Ñuiyashkue, el Nororiente, envuelve-todo en una hoja fresca de 
maíz y los deposita en una bandeja de cerámica; en forma simultánea 
alza la voz gangosa en un canto a Sintana, primer Padre del Mundo, 
y a Sei-nake su mujer, representación de la tierra negra, la buena, 
la fértil: así la fuerza y vitalidad del primero, y la fecundidad de la 
segunda, se posesionarán de los cuerpos de Seoname-maku y Ula- 
yang. A continuación, Naoma-Kavi vuelve al centro de la terraza, 
toma los silbatos y otras cuentecillas, los lleva en dirección a Ñuibaje, 
el Suroriente, donde pronuncia otro de sus cantos, esta vez en invo- 
cación a Haba Teyuna, Madre de los Taironas, y pide protección 
para quienes a partir de ese momento serán llamados a cumplir 
importantes servicios á la nación. Con su andar solemne y estudiado, 
en el rostro una mueca de tensa concentración, regresa Naoma-Kavi 
al punto central, e imprime a los brazos movimientos levitatorios: 
quiere parecerse a nambo, el cóndor, cuando bate las alas y busca 
las mayores alturas de la Montaña Blanca. Pero lo más notable y 
atractivo en Naoma-Kavi son sus ojos, de mirada profunda, domi- 
nadora: ante ellos nadie puede resistirse; y ahora, durante esta cere- 
monia, al avistar hacia el frente, en la distancia, pareciera traspasar 
las montañas y la dimensión temporal. Toma una tercera porción 


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El grañ jaguar 41 


de cuentas y se encamina a lagakenka, el Suroccidente, donde a 
gritos llama a Axaldanshisubeya, el Dueño del Pene, y ante su 
presencia invisible gesticula con viveza, conversa, deposita como 
ofrenda las kuitsi de cornalina en nombre del cacique de Ponkeica, 
al tiempo de pulverizarlas con una mano cilíndrica de granito: y 
pide vitalidad y poder para muchos años de su vida. La quinta 
ofrenda es en dirección a Jadlakahoisha, el Noroccidente, con cantos 
y danzas a Naboba, Madre de la Vagina, y a Seatakan, Madre del 
Coito: ellas deberán inspirar a Ula-yang a partir de esa noche, cuando 
ingrese con Seoname-maku a la Casa del Murciélago, donde será 
desflorada y poseída en el primer coito ceremonial. En esta última 
ofrenda y acto, lo secunda en el baile Saxa, acompañada del ritmo 
cadencioso de su flauta hembra de carrizo. Para entonces, en Ma- 
mashkaxa relampaguean los últimos fuegos del atardecer, y por Mu, 
el Oriente, el cielo se pinta de tonos violáceos: comienzan a prenderse 
las primeras estrellas, anuncio para el sacerdote de otra noche de 
vigilia y observaciones astronómicas. 

La ceremonia de las ofrendas concluye. Sólo falta a los desposados 
intercambiar las kaggaba-kuitsi, piedras amuletos que por el resto 
de sus días llevarán consigo. En forma simultánea, sacan de las 
mochilitas, él una cuenta perforada, ella otra no taladrada, las true- 
can, y tomados de las manos, sin dejar de mirarse, las pupilas 
llameantes, se encaminan a Nyuiji-Hube, la Casa del Murciélago. 


ES 


Cuatro placenteras noches y días han pasado en Nyuiji-Hube, desde 
cuando Naoma-Kavi los guió por el angosto y retorcido sendero en 
dirección a este escondido lugar, más que gruta profunda, nicho 
abierto en los paredones de roca. Allí Saxa, con anticipación, los 
proveyó de un tendido de esteras, provisiones y bebidas. 

Con las kaggaba-kuitsi guardadas en mochilas de algodón, Seo- 
name-maku y Ula-yang pasan la mayor parte del tiempo dando 
complacencia a sus cuerpos, poseyéndose una y otra vez; para ello 
se cuidan de colocar cerca a las caderas la gaul-kuitsi, redonda 
cuentecilla roja, ofrenda a Seatakan, Madre del Coito. En otras 
ocasiones, entre risas, bromas y retozos, se dedican a probar la 


42 Bernardo Valderrama Andrade 


comida ritual afrodisíaca, proveída por Saxa con preconcebida abun- 
dancia: gusanos dji, cangrejos verdes y azules, carne de pava ulí, 
y bebidas espirituosas. También aprovechan el tiempo en conversa- 
ciones íntimas: hasta ahora nunca lo habían hecho y es una forma 
de conocerse. 

—Desde cuando eras niña me gustabas. ¿Te diste cuenta? 

Los ojos de Ula-yang chispean sonrientes al contestar: 

—Y tú también... Sí, lo noté: poreso, cuando estabas en Ponkeica, 
procuraba rondar los lugares frecuentados por ti. Haba-nay, mi ma- 
dre, a veces me reprendía: No tienes edad, y estas elecciones las 
hacen los naomas. Sólo entonces se debe aprender a amar —decía—. 
Pero yo no le hice caso y te amé en secreto. 

—Y yo... 

Ríen entonces, halagados por la mutua atracción, y Seoname- 
maku corre sus manos por la piel de Ula-yang, y se vuelven a 
encender en deseos. Otras veces los temas son trascendentales: 

—El Naoma-Kavi me lo dijo: hace mucho, mucho tiempo, antes 
que lo imagináramos, nuestros destinos estaban marcados en las 
estrellas: yo para ti. . tú para mí. Y también esta misión de comandar 
los ejércitos contra los invasores. Por eso ahora pienso con más 
frecuencia en Meli-ang. ¿La recuerdas? Por ella, por rescatarla 
cuanto antes, siento apremio de iniciar los preparativos de la guerra. 
Y por vengar a mi padre: en sueños, con frecuencia, vuelvo a verlo 
colgado de los pies, sin brazos, desangrándose. ¡Lo vengaré! 

En estas ocasiones, Ula-yang lo observa con una mezcla de admi- 


ración y curiosidad: le cuesta armonizar como una misma persona, 


a su tierno y joven enamorado, y al Jaguar Negro, temerario e 
Implacable guerrero, 


vu 


Los cultivos de maíz y algodón, vistos desde las Lomas de Maroma, 
son para Ubatashi-thor motivo de reflexión: 

—Ahora comienzo a entender... ——Comenta pensativo al recorrer 
con la vista, de Oriente a Occident , las vastas y fértiles plantaciones 
de los taironas. 


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El gran jaguar 43 


—¿Entender qué? —urgen a una Od y Conoh, escondidos también 
entre los matorrales. 

—.... Que a la existencia de estos cultivos deben los nativos mucho 
de su poderío. —Y extiende el brazo hacia el Poniente, por donde 
se prolonga el Valle de Tairona sin mostrar confines. 

—Campos y más campos. aldeas y más aldeas. Ya lo estoy 
creyendo: la única manera de sobrevivir será buscando otra vez la 
amistad de estas gentes. 

Conoh y Od asienten con la cabeza; también para ellos es indis- 
cutible la realidad de los habitantes de Keka-Bunkua. Y a los tres 
los asalta en forma simultánea el recuerdo del rapto de las mujeres 
en las aldeas de Savijaka y Aldagúiji: comprenden que en esa acción 
determinaron su destino. Como consecuencia, Ubatashi-thor expresa 
con incertidumbre: 

—Si lo hubiéramos imaginado, no habríamos actuado así. 

Dan un amplio rodeo para evitar otra de las aldeas mayores, donde 
por esos días se hallan concentrados los naturales en la celebración 
del solsticio de verano, con cantos acompañados de instrumentos 
musicales de viento y de percusión. La curiosidad y una audaz 
decisión los mueven a arriesgarse y bajar hasta el propio Valle de 
Tairona: quieren ver de cerca las plantaciones; para ello se mimetizan 
entre los matorrales, salen al borde de los apretados maizales, y 
aprovechan para llenar las mochilas de mazorcas tiernas. En otro 
campo cercano tienen la oportunidad de palpar las motas blancas 
de algodón, y en los alrededores de una aldea solitaria descubren 
plantas desconocidas para ellos, cargadas con frutos de agradable 
sabor 

Para el atardecer del segundo día escuchan un rumor ya aprendido 
a distinguir: el fragor de los ríos mayores de la Sierra Nevada. 

—¿Será el Sekaimaka? —pregunta inquieto Od. 

A este ubatashi la juventud aún no le permite ser tranquilo como 
su gigantesco compañero Conoh, quien en las actuales circunstancias 
reduce sus requerimientos a mantener el estómago lleno y estar 
presto a responder un ataque sorpresivo. Mientras avanzan, el coloso 
ubatashi no deja de meter la mano en la mochila para sacar de ella 
frutas hurtadas en los huertos; con el ají ya se llevó una sorpresa: 
su carne roja y picante lo obligó a buscar con desesperación el agua 
de los arroyos, ante las risas y burlas de sus compañeros. A la 


44 Bernardo Valderrama Andrade 


pregunta de Od, Ubatashi-thor responde entusiasta, con un pensa- 
miento agradecido hacia su mujer: 

—Sí... debe ser el Sekaimaka: las indicaciones de Meli-ang se 
cumplen con exactitud. Ahora debemos apresurarnos y aprovechar 
la última claridad para llegar esta noche a su orilla. 

Aceleran la marcha. 

Por un estrecho y pintoresco valle, prolongación lateral del de 
Tairona, enrumban hacia el río Sekaimaka. Su rumor cada vez más 
intenso hace presumir la proximidad. Para no dejar huellas, siguen 
otra vez el lecho de una quebrada, arteria de este paraje cultivado 
en forma intensiva, y donde la densidad poblacional se aprecia en 
la cantidad de viviendas construidas a lado y lado en las riberas. 
Así estén solitarias, avanzan sigilosos, alertas: los únicos signos de 
vida son algunos cerdos encerrados en corrales; o libres y correteando 
por un lado y otro, unos perros de cuerpo alargado y pelambre 
rojizo, sumidos en raro silencio, con todo y haber descubierto su 
presencia. 

—¡No ladran! —comenta Conoh extrañado. 

—¡Parecen mudos! —concluye Od. 

Más adelante, el humo filtrándose por el ápice de uno de los 
bohíos, y un provocativo aroma a comida, atraen su atención. 

—¿Averiguamos? —pregunta Conoh a Od, con un chispeo infantil 
en los ojos. Y acompañando la palabra con la acción, espía a través 
de los muros de estantillos de la vivienda y descubre a una anciana 
frente al fogón, atenta a la preparación de un asado. Los dos ubatashi 
se miran con el apetito desbocado de repente: su pensamiento es el 
mismo: pueden entrar por sorpresa, cubrir a la vieja con unos cueros 
que han visto cerca de ella, y robar la carne sin alcanzar a ser 
identificados. Las manos de Ubatashi-thor apretadas sobre sus hom- 
bros como unas garras, y su mirada iracunda y centelleante, los 
interrumpe en sus imprudentes propósitos. 

—¡Sigamos! —susurra y rechina los dientes. Od y Conoh, resig- 
nados, dan una última mirada a la carne sobre las brasas, cuando: 

—¡Hánchika! —saluda alguien a sus espaldas. Se vuelven sorpren- 
didos y quedan enfrentados a otra anciana de cabello largo y grisoso, 
tan' desconcertada como ellos. Los ubatashi se miran entre sí: su 
presencia ha sido descubierta y las consecuencias pueden ser impre- 
visibles: aprietan nerviosos las lanzas: piensan: lo prudente sería... 


"aru 


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El gran jaguar 45 


—;¡No!... ¡No! —se apresura a decir Od. Ubatashi-thor y Conoh 
están de acuerdo. Sería vergonzoso. Y sincronizados en una venia, 
responden: 

—;¡Hánchika! —en la característica forma de saludo tairona. 

El tiempo parece detenerse. Los ubatashi y la anciana se miran 
sin atinar a hacer nada más. De su perplejidad los saca la otra vieja, 
al ofrecerles sendas porciones de carne desde la puerta del nunhúe; 
Conoh se apresura a tomar la suya. Ubatashi-thor y Od lo imitan, 
se inclinan como muestra de agradecimiento y parten a la carrera, 
saltando sobre los perros mudos. Las ancianas se miran y sonríen, 
sin ninguna muestra de temor. 

Adelante, la confluencia de la quebrada con el río Sekaimaka se 
transforma en otro espectacular paraje selvático poblado de aves y 
de monos. Como en ocasiones anteriores, buscan un árbol grande, 
esta vez un caracolí, y se ocultan entre sus ramas. 


Las horas que pasan trepados en el árbol vuelven a servir a los 
ubatashi para meditar sobre su futuro en estas tierras de Keka-Bun- 
lua. Acaballados sobre las horquetas del caracolí, cada uno con sus 
propios pensamientos, esperan la salida de la luna, momento cuando 
rermprenderán la marcha río Sekaimaka abajo, en busca de su unión 
con Del Ulueiji, uno de los cursos de agua más importantes del País 
de los Taironas. 

Obsesionado con el episodio de las ancianas, Od comenta de 
pronto, convirtiendo en alta voz su razonamiento: 

—No puedo dejar de pensar en ellas: se sorprendieron pero no 
mostraron miedo; y su generosidad... aún no la entiendo. 

Ubatashi-thor comparte estas apreciaciones con un movimiento 
afirmativo de cabeza; en cambio Conoh se encoge de hombros y 
hace con los labios un gesto despreocupado: 

—Todavía no me inquieto por ellas: contamos con una noche y 
un día para volver a nuestra aldea antes del regreso de los taironas 
a su poblado: sólo hasta entonces será revelada la visita que hemos 
hecho a este lugar. 


46 Bernardo Valderrama Andrade 


—También lo creo así —confirma Ubatashi-thor haciendo cálcu- 
los. 

Conoh se muestra satisfecho con la corroboración de su jefe; 
chasquea la lengua y asume un aire paternal cuando se dirige a Od: 

—Quizás, por inmediata seguridad, hubiéramos debido matarlas 
y simular un ataque de las fieras: pero nos habríamos sentido mal. . 
no acostumbramos asesinar mujeres. Así que... a dejar atrás el 
pasado y a preocuparnos por el presente: éste, con la vida, es lo 
único seguro y cierto para nosotros en estas tierras. Ahora, por 
ejemplo, de nada te sirve pensar en esas ancianas y romperte la 
cabeza por lo que se hizo o no. Come más bien algo de tus provi- 
siones, descansa, pero antes... —y mira con atención las ramas del 
árbol— es preciso evitar nos sorprenda un tigre de esos que, como 
nosotros, les gusta subir a esconderse... —y suelta una risita conte- 
nida. 

Tranquilo con su reconocimiento, se dedica a deshojar con sus 
dedazos el capacho de las mazorcas e hincar los dientes en los tiernos 
y lechosos granos. Cuando calma su apetito, busca mejor acomodo 
entre las horquetas del caracolí y se sumerge en un estado simultáneo 
de sueño y alerta; así recupera las energías sin perder la noción del 
peligro. Ubatashi-thor lo mira con aire de aprecio: él no comparte 
en su totalidad la forma de pensar de Conoh, pero siempre lo escoge 
como compañero en las misiones de más riesgo. 

Od es diferente: apasionado desde niño por escuchar relatos a 
viajeros y marinos en su arribo a los puertos de su país, portadores 
de exóticos botines, recibió permiso de sus padres para acompañar 
a Ubatashi-thor. De esto ya han pasado varios años, se ha hecho 
fuerte en los trajines marineros y en los recorridos por las costas de 
un continente nuevo. Esta noche, trepado en el caracolí, acompañado 
de Ubatashi-thor y de Conoh, pero en realidad solitario, debido a 
su temperamento introvertido, se siente también invadido de nostal- 
gias y sentimientos encontrados: conserva de su tierra y de su gente 
un bello e idealizado recuerdo, donde sobresale la visión de su 
madre, silenciosa, triste pero a la vez llena de orgullo, haciéndole 
los aprontes del viaje... Es una imagen cariñosa, protectora, de 
facciones finas, ojos dulces, piel blanquísima y cabellos dorados, 
visitante en sus sueños, desde cuando emprendieran esta peregrina- 
ción por suelos y mares extraños; ahora, tal fantasía empieza a 


. 
AAC uaa ec“ A 


El gran jaguar 47 


desdibujarse, a sustituirse por otra: Sa-ang, la chica indígena con 
guien aprendió los secretos del amor, ella, cuando está lejos, a su 
wez le hace visitas mentales. Por eso, desde su sitio en la horqueta 
del caracolí, Od quisiera haber terminado esta expedición y estar 
de vuelta en la aldea, para descansar de nuevo en los brazos de su 
niña-mujer. Es entonces cuando evita mirar de frente a Ubatashi-thor, 
y en silencio lo reprocha por elegirlo como compañero y alejarlo 
de ella. 

Las cavilaciones de Ubatashi-thor tienen por centro las recientes 
imágenes del Valle de Tairona; y trepado en el caracolí, compara 
la vida de los taironas, organizada y próspera, con la precaria de 
ellos, acosados en la aldea. Mira a Conoh: dormita imperturbable, 
un ojo cerrado y otro abierto, alerta como las fieras en la selva. Od 
en cambio luce pensativo, soñador en el día y en la noche. Sí... 
ellos, como él, como todos los ubatashi, tal vez sean unos condena- 
dos a muerte en este país de la Montaña Blanca. 


vHIl 


Es Tayronaca el centro habitacional y de gobierno más importante 
de la vertiente norte de la Sierra Nevada, donde por tiempo de Uxa, 
o del solsticio de verano, y estar presididas por el Naoma-Kavi, las 
conmemoraciones suelen ser las más solemnes y concurridas. En 
estas circunstancias temporales de los solsticios de invierno y verano, 
tiempos de Ahu y Uxa, y también debido a convocaciones especiales 
hechas por el sacerdote mayor, el muru nakubi, allí se congregan 
naomas y caciques de todas las otras poblaciones del País de los 


Taironas. 


En esta ocasión los festejos revisten significativa importancia y 
solemnidad, por su coincidencia con otro gran acontecimiento: la 
aparición periódica en los cielos nocturnos de Kavi-Tama, la estrella 
del Gran Jaguar, presente cada ciento cincuenta y dos solsticios, 
hecho que determina cambios decisivos en el rumbo de la nación. 
En épocas pasadas su aparición fue recibida con entusiasmo y gratitud 
unas veces, otras con recelo y hasta verdadero espanto. Para estas 


48 Bernardo Valderrama Andrade 


noches, Kavi-Tama ya ocupa su lugar preferencial dentro de la gran 
Constelación de los Jaguares: allí se destaca por su brillantez y larga 
cauda, y atrae, admira y sobrecoge indistintamente a quienes la 
descubren en las insondables alturas del firmamento. 

Según se ha corrido la voz por toda la Sierra Nevada, con motivo 
de la visita de la estrella del Gran Jaguar, el sacerdote mayor hará 
trascendentales revelaciones; ello despierta expectativas y moviliza 
a las gentes de Keka-Bunkua, tanto de la vertiente norte como de 
la occidental: el pueblo entero interrumpe por un tiempo el ritmo 
normal de vida, deja solitarias las poblaciones, en multitudes acuden 
de todos los rincones de la Sierra hacia Tayronaca, la capital, em- 
plazada sobre las riberas del río Ulueiji, desde donde controla al 
gran Valle de Tairona y gobierna un sector muy vasto del País de 
la Montaña Blanca. En las poblaciones y aldeas quedan los impedidos 
físicos, los muy ancianos, o las patrullas encargadas de los puestos 
fronterizos. 


Tayronaca, asentada sobre parajes de ladera a lado y lado del río, 
comunicada en su interior con un puente colgante que resalta su 
desarrollo urbano, en estos días está congestionada por la afluencia 
de tantos visitantes. Entre los espacios dejados por los nunhúes, 
bohíos de altos conos de palma, algunos tan amplios como para 
alojar a más de trescientas personas cada uno; o por los camellones 
empedrados, sobre las terrazas escalonadas, en las grandes plazole- 
tas, una de ellas triangulada, donde suelen efectuarse concentracio- 
nes humanas en días de mercado, o sirven para celebraciones o 
ritos, y hasta en las afueras, discurren los taironas venidos de todas 
partes: pasean por la ciudad, forman grupos, conversan sobre temas 
de interés, se distraen en juegos y competencias de fuerza o tiro al 
blanco, algunos aprovechan la oportunidad para ofrecer mercaderías 
y proponer trueques, otros simplemente descansan y esperan los 
anuncios del Naoma-Kavi. En tanto los chiquillos corretean, retozan, 
meten bulla, se distraen con pet, juguetes fabricados de palitos y 
semillas. : 

La mayoría de los recién llegados congestionan los espacios ale- 
daños a las nunhuañkalas, templos de la ciudad, donde en forma 
permanente se hallan reunidos los naomas en la práctica de vigilias 
y ayunos, acompañados de bailes y cantos, vestidos con máscaras 


El gran jaguar a 


y atuendos ceremoniales, actividades que a veces hacen públicas y 
forman parte del espectáculo en los festejos del tiempo de Uxa. 

Aquí y allá se reúnen los hombres con sus trajes blancas, deco- 
rados a rayas pintadas o bordadas en vivos colores; estos ropajes 
hacen contraste con su piel cobriza, sirven con los gorros de variadas 
formas para identificarlos según los linajes. Ceremoniosos, intercam- 
bian unos y otros la fórmula habitual de saludo: 

—Saki shivaldau, hayu-hai. ¿Cómo estás? Aquí está coca. 

A lo cual la respuesta siempre es: 

—Uá, uá... bien, bien. 

Y se ofrecen hojas tostadas de hayo portadas en sus mochilas, se 
las llevan a la boca para masticarlas gustosos, revueltas con la cal 
extraída de los poporos, mediante palillos labrados en diferentes 
maderas, blancas, negras, rojas, amarillas,según el lugar de proce- 
dencia. 

Ante la admiración de los hombres y sus comentarios sugestivos, 
pasan las mujeres jóvenes en permanente ir y venir, hermosas, 
alegres, risueñas. Las hay serranas de piel clara, y cobrizas de las 
tierras cálidas, tímidas o desparpajadas, ya provengan de las mon- 
tañas o del litoral. Las unas visten túnicas y mantas de algodón 
pintadas y bordadas con pedrería, mientras las otras apenas se cubren 
son insinuantes faldillas. En las joyas todas compiten: diademas de 
Dro y plumas, collares de cristal de roca, pulseras y ajorcas, que 
por su riqueza artística despiertan exclamaciones, elogios y compa- 
raciones. 

Los caciques suscitan diferentes grados de admiración: rodeados 
por el halo de la fama, miden ésta en la cantidad de adornos de oro 
sobre el cuerpo; cada acto heroico les dio derecho a colocarse un 
collar más, otra vuelta de pulsera, o un pendiente adicional, tinti- 
neando en las narigueras, orejeras, diademas o pectorales. Rodeados 
de escoltas, también van tras ellos las comitivas de sus mujeres, los 
consejeros, los asistentes y los servidores; a su paso por Tayronaca 
levantan rumores y comentarios acordes con sus proezas; en ocasio- 
nes detienen la marcha para atender el saludo de un admirador, las 
palabras de un conocido, escuchar una solicitud o recibir un obse- 
quio. Entre ellos está Toronomala, principal cacique de Posigijeyca, 
sabio y anciano gobernante del otro centro de la Sierra Nevada, ya 
sobre la vertiente occidental; él comparte con Nomaragiey de Tay- 


S0 Bernardo Valderrama Andrade 


ronaca, los honores y la responsabilidad del manejo de la nación; 
su séquito, el más numeroso de todos, se acompaña de soldados, 
músicos, bailarines y cantores. Otro es Gama, reconocido guerrero 
y cacique de Bonda, región dependiente de Posigieyca, estratégica 
por su ubicación alta, dominante sobre el mar, de fronteras comunes 
con Betoma, donde gobierna el indomable Hando, ya en la esquina 
noroeste de Keka-Bunkua. También atrae la atención el cacique de 
Cincorona, Guregijey similar al de Bonda, pero bajo la jurisdicción 
de Tayronaca: él, con su gente, aliado a Gitamaku de Buritaca, 
controla la entrada por el Oeste al Valle de Tairona. El más popular 
por aquellos días es el cacique de Ponkeica, Seoname-maku, el 
Jaguar Negro, seguido de su bella esposa Ula-yang; lo acompaña 
una impresionante escolta de rabones, capitanes de sus victoriosos 
ejércitos en los enfrentamientos contra los gulamena, más conocidos 
como los arranca-brazos. También visitan a Tayronaca otros caciques 
menores, a su vez sujetos a la gran autoridad del Naoma-Kavi muru 
nakubi. 

Los rabones, profesionales de la guerra, despiertan especial admi- 
ración entre las doncellas y los chiquillos: jóvenes, semidesnudos, 
luciendo envidiable fortaleza, enjoyados por los actos de valor rea- 
lizados, su mayor atractivo son las colas de cabello pretinadas con 
cintas de oro y pedrería: a cualquier movimiento de la cabeza, estos 
rabos parecen adquirir vitalidad propia, igual al meneo de las colas 
de los jaguares, cuando agazapados acechan a sus presas. 

Llaman la atención los comerciantes kashingui, nunca vistos antes 
por muchos de los visitantes a Tayronaca: pertenecen a otra raza; 
altos, de piel quemada por Surli, musculosos, desnudos, sobre la 
cabeza lucen penachos de plumas de paujil y guacamaya, y portape- 
nes sostenidos con cinturones enjoyados. Venidos a las costas de la 
Sierra Nevada hace algún tiempo, de más allá del mar, conforman 
con los duanabuká, los únicos grupos extranjeros relacionados en 
forma amistosa con los taironas. Por ello les permitieron establecerse 
entre las bocanas de los ríos Ulueiji y Mutaiji; desde entonces, estos 
navegantes y pescadores surten a las gentes del Valle de Tairona de 
sal y pescado, y a los naomas de artísticas máscaras y bancas cere- 
moniales de madera tallada. 

En otros puntos de la ciudad los espectáculos son diferentes según 
las actividades: en lugares altos cercanos a las quebradas están los 


El gran jaguar 51 


talleres de los alfareros, admirados por su habilidad creativa; allí se 
pueden obtener piezas utilitarias o ceremoniales; se destacan las 
vasijas de contornos redondeados y sensuales, los voluminosos tina- 
jones decorados, las enormes urnas funerarias adornadas con caras, 
brazos y sexos prominentes, las bandejas y los platos, los asadores, 
las copas y los vasos, los cilindros, las pintaderas y los ofrendatarios, 
resultado de la maestría de estos trabajadores de la arcilla. 

Otro lugar de la urbe reúne a los orfebres con sus centros de 
fundición: allí se dominan las técnicas de la metalurgia del oro y la 
tumbaga. Muy visitados por sacerdotes, caciques, guerreros, y tam- 
bién por las mujeres, en estos talleres adquieren las joyas los de 
altos linajes para adornarse con opulencia; y en menor escala y 
cantidad, las gentes de los estratos intermedios e inferiores de la 
sociedad tairona. Para unos las alhajas sirven de símbolos jerárqui- 
cos: religioso, militar, civil; en las mujeres es de imprescindible 
adorno; y para todos, sin excepción, las piezas de orfebrería son 
elementos que habrán de acompañarlos en sus tumbas y posteriores 
viajes ultraterrenos. 

También están las industrias donde se trabaja la piedra: granito, 
esteatita, basalto, materiales empleados en la fabricación de instru- 
mentos de uso diario en los hogares: hachas, cinceles, metates, 
manos de moler, pulidores, cucharas; o aquellos que cumplen fun- 
ciones en las ceremonias religiosas: bastones de mando, placas so- 
najeras, máscaras, hachas rojas y verdes. Ocupan lugar preponde- 
rante dentro de estos artífices de la piedra, los encargados de la 
fabricación, horadación y pulimento de las cuentas-kuitsi, para ador- 
nos, collares, sewá, ofrendas y ritos. Entrenados en estas técnicas 
en la legendaria Teyuna, allí se tallan ágatas, cornalinas, jadeítas 
y cuarzos, en piedras amuletos. Estos artesanos, dirigidos por nao- 
mas, son muy numerosos en Keka-Bunkua ante la gran demanda 
de sus productos. 

En sitios de las afueras de Tayronaca, sobre las orillas del río 
Ulueiji, o de los riachuelos, resaltan las grandes cicatrices de las 
canteras, donde se rompen peñascos enormes con ingeniosos siste- 
mas: recalentamiento con fuego y enfriamiento inmediato con agua 
para provocar fracturamientos; percusión; cuñas hinchadas; pulido 
y raspado; todo ello para obtener lajas y bloques, con destino a la 
construcción de enlosados, graderías, caminos, o muros de filtro- 


= Bernaráo Valderrama Andrade 


contención, característicos de las obras de arquitectura e ingeniería 
de los taironas. 

En un sector determinado de la ciudad están los textileros con 
telares para la fabricación de mantas y vestidos, ayudados por agujas 
de oro, hueso o macana; alternan con las tejedoras de fajas, mochilas, 
gorros y hamacas, actividades propias de uno y otro sexo; y los 
encargados de la cestería, del trabajo en cuero, los armeros, los 
constructores con piedra o madera, y ya en las afueras, los dedicados 
a labores agropecuarias, como los apicultores y los labriegos. 

Todos ellos, en Tayronaca, muestran el cuadro completo de los 
diferentes oficios, artesanías e industrias, propios no sólo de esta 
gran urbe, sino representativos de las profesiones especializadas de 
una nación en proceso de desarrollo. 


ES 


Las festividades del tiempo de Uxa se prolongan por tres días con 
sus noches, con cantos, bailes de uakaiki, máscaras y ofrendas a 
Mamagakve, Padre del Algodón; a Kualdanehumang, Madre del 
Maíz; a Duginavi, Padre de la Auyama; y a Nani-Surli y Seijaveya, 
Dueño, y Madre del Verano; a Monsaui y Misevalyue, Padre, y 
Madre de la Lluvia; y a Malkua-Kukue, Padre del Sol. La tercera 
noche culminan con espectacular y multitudinaria marcha de antor- 
chas que hacen de los caminos de Tayronaca, ríos ascendentes de 
fuego hacia Nahua-xalda, el cerro donde está la Casa Ceremonial, 
la Nunhuañkala Mayor, sobre una gran terraza encinturada con mu- 
rallas de piedra, lugar donde oficia el Naoma-Kavi en ocasiones 
especiales. 

Cerca de la medianoche todo el gentío está reunido en torno al 
templo. Para entonces las teas son apagadas, la brisa limpia el humo 
del aire, en el cielo se intensifica el brillo de las estrellas. Los 
taironas callan: sólo hay miradas y atención hacia la puerta de la 
gran Nunhuañkala, donde a contraluz se recorta la silueta del N: aoma- 
Kavi, revestido con ornamentos de piel de jaguar, abanico de plumas 
de colores en la san-kalda, gorro cónico, y en torno a la cintura la 
ancha bulukua o faja ceremonial; los adornos de oro y piedras semi- 
preciosas en collares y brazaletes, y las maxaldas, placas sonoras 


El gran jaguar 53 


pendientes de los codos, tintinean al compás de sus movimientos; 
pectoral, orejeras, nariguera, tembeta y demás pendientes metálicos 
de fina orfebrería, completan y resaltan su figura, despiden destellos, 
hacen espectaculares los estudiados ademanes del viejo naoma. 
Esta es la gran noche de Kavi-Tama... Esta es la noche de las 
velaciones del Naoma-Kavi. 
Con pasos lentos, ritmo a su canción ceremonial, el sacerdote 
anza hasta el borde de la terraza y desde allí tiende la vista sobre 
gentío: en la oscuridad de la noche apenas si lo puede distinguir: 
ro lo sabe agrupado a sus pies, mar humano anhelante, confiado 
él, único en Keka-Bunkua con poder de comunicarse con la 
dre Universal. Para la multitud, esta noche, el Naoma-Kavi es 
itad humano y mitad sobrenatural: es una silueta movible despi- 
iendo destellos, que canta en el extraño lenguaje de los Antiguos. 
ipnotizados lo ven señalar hacia las alturas... siguen sus indicacio- 
y así pueden descubrir entre la miríada de puntos luminosos del 
lamento la Constelación de los Jaguares, y dentro de su ámbito, 
mejante a una pincelada de luz, a Kavi-Tama, brillante, con su 
uda magnífica, nunca antes vista por esta generación de taironas. 
Del gentío se levanta un murmullo de admiración: por unos ins- 
tes parece el rumor lejano del mar: hace vibrar al sacerdote con 
ntimientos de emocionada plenitud. En ese momento, por la gra- 
ía principal irrumpe el desfile de los naomas llegados de todos 
los lugares de la Montaña Blanca con las cabezas cubiertas de uli-tan- 
kue, penachos multicolores de plumas de las más bellas aves. Unos 
pos de otros forman una larga fila, portan ofrendatarios con 
¡Suentas-kuitsi, obsequios a Kavi-Tama, y otros llevan bandejas de 
cerámica negra donde arde guxtse, el fuego mítico. 

La procesión de los naomas asciende por la gradería entre un 
coro de cantos y exclamaciones de la multitud: no parecen voces 
humanas, sino el trepidar de la tierra cuando por ella echa a caminar 
Seijankua, el Señor de los Temblores. Así llegan hasta la terraza 
mayor donde se levanta la gran Nunhuañkala envuelta en resplando- 
res de guxtse, símbolo de Kama, fuerza que imparte el inmenso 
poder al templo. 

Alrededor de la kalauka donde ahora se halla sentado el Naoma- 
Kavi, los otros sacerdotes colocan los ofrendatarios con las piedras 
kuitsi, y en un círculo más amplio las bandejas con el fuego mítico, 


54 Bernardo Valderrama Andrade 


avivado con abanicos en secuencias rítmicas, marcadas por los tonos 
altos del canto, entonado al unísono por los naomas y el gentío a 
manera de impresionante oleaje: y según se suceden los compases 
de la canción, se incrementan los resplandores. 

A un ademán del Naoma-Kavi el canto se interrumpe: hay unos 
instantes de silencio, hasta cuando irrumpen en el escenario, dentro 
del círculo de las bandejas llameantes, un grupo de bailarines con 
las cabezas y caras cubiertas por máscaras del jaguar Namaku, los 
cuerpos envueltos en pieles de kavi el jaguar, nebbi el tigre, seiname 
el jaguar negro, nuhuijabe el tigrillo, y kaxshigugulu el puma o 
jaguar rojo; en sus movimientos elásticos imitan a la perfección los 
de estos animales en la selva, e inician el baile sagrado de los felinos 
al ritmo sugerente y nostálgico de las kuidzi, flautas de hueso. La 
danza se intensifica, se vuelve frenética en la medida en que las 
nung-subalda, trompetas de calabazo, y las de caracol grande de 
mar, llenan los espacios de sones y reverberancias. A otro grito 
del naoma la música se torna más rápida, retumban los tambores, 
se oye el chicheo-chicheo de las tani, maracas, el campaneo argentino 
de los shiminku, cascabelitos de oro, y la aguda estridencia de los 
gaugi, silbatos de hueso pulido. 

Para entonces, otros personajes intervienen en la danza: se trata 
de hermosas y ágiles doncellas, sin más atuendo que el brillo de 
sus alhajas; el adorno en las cabezas son anchas cintas con pendientes 
de oro y pedrería, sostén a las astas ramificadas de segi, el venado, 
al cual ellas representan. Dentro del simbolismo del acto, del frenesí 
del baile, y ante la mirada fascinada de la multitud, las danzarinas 
son perseguidas por los hombres-jaguares en un intento desaforado 
por alcanzarlas, hasta derribarlas y con rugidos posar sus zarpas 
sobre las palpitantes caderas y los lomos de las mujeres-venados. 
Un gran clamor estalla entre la multitud, gritería tempestuosa sólo 
acallada cuando el Naoma-Kavi se levanta de la kalauka y agita los 
brazos; con este ademán pone fin al baile sagrado, los ejecutantes 
se retiran presurosos del escenario, y otro tanto hacen los naomas 
menores a manera de sombras silenciosas. 

El Naoma-Kavi vuelve a quedar solitario frente a la Nunhuañkala, 
ahora, en un efecto óptico, emergiendo entre las refulgencias del 
guxtse: ha llegado el momento esperado después del transcurso de 
los ciento cincuenta y dos solsticios: es la hora de las revelaciones 


El gran jaguar 55 


del muru nakubi. Sin dejar de mirar y señalar la estrella del Gran 
Jaguar anuncia con su voz aguda y nasal: 

—Está apuntado en el firmamento. Ahí... en las estrellas de la 
Constelación de los Jaguares: así lo quiere Haba Séinekan: así lo 
piden Sintana, Seihukukui, Seijankua, Kunchavita-ueya, y todos 
sus hijos y hermanos, Padres, Madres, Señores, Dueños. ¡Todos!. 
Así lo anunciaron: para esta época, cuando Kavi-Tama aparece en 
el cielo y llega a su casa a reunirse con sus otros hermanos Jaguares, 
será también el tiempo de la guerra... de la lucha por recuperar los 
territorios usurpados a orillas del mar por los ubatashi... el de recon- 
quistar las llanuras invadidas por los arranca-brazos y los arranca-ca- 


bezas. 


Hace una pausa: la tensión se acrecienta entre la multitud; el viejo 
toma aire y exclama con toda la potencia de su voz: 

—¡ Hijos de Haba Séinekan! ¡Hermanos Mayores!. ¡Taironas 
habitantes de Keka-Bunkua! Volveremos a ser dueños de las llanuras 
del litoral. Volveremos a dominar las bocanas de los ríos. Rescata- 
remos a nuestras mujeres. Vengaremos a los muertos. Así está 
señalado en las estrellas. ¡Así será! Ahora que Kavi-Tama llegó a 
ocupar su lugar en la Constelación de los Jaguares. 

El viejo sacerdote hace otra pausa, levanta en alto el sa-xavalda, 
bastón-calendario, donde ya registró con otra muesca el paso del 
Gran Jaguar; lo agita en amplios círculos, primero con la mano 
derecha para invocar buenos sucesos, luego con la mano izquierda 
para alejar malos acontecimientos. Y con su voz peculiar continúa 
sentencioso: ; 

—+». grandes días están por venir: de gloria para nuestra nación. 
Pero antes, la sangre de muchos guerreros teñirá las aguas de los 
ríos en su curso hacia el mar; éste será el precio de la victoria, de 
la futura felicidad, de la prosperidad para nuestros hijos, y los hijos 
de nuestros hijos. Así está marcado en el firmamento. Así. 

Se aparta de la kalauka, toma un largo bastón de mando, elaborado 
en macana con anillos y cabeza felínica de oro, da varios pasos por 
el borde de la terraza, mira entre la multitud, hace una señal y llama 
en alta voz: 


—¡Seoname-maku!... ¡Jaguar Negro!... ¡Cacique de Ponkeica! 
Así lo ordena Haba Séinekan: desde este momento, por voluntad 


S6 Bernardo Valderrama Andrade 


de ella y de sus hijos, y ante la presencia de Kavi-Tama, le entrego 
el bastón de mando de la guerra. 

Al llamado perentorio del sacerdote, el joven cacique asciende a 
la terraza, recibe la insignia guerrera, se vuelve y la presenta a la 
multitud. Su ademán obtiene por respuesta un grito unísono: se 
sacude el aire a manera de tempestad, como si el Señor del Trueno, 
Kunchavita-ueya, dejara oír su potente voz sobre los picos de las 
montañas. 

Sólo una persona se aflige por estos honores y responsabilidades 
asignados a Seoname-maku: Ula-yang, espectadora desde un lugar 
preferencial; hasta ahora, la felicidad la acompaña en los días y en 
las noches; hasta ahora, su joven esposo no se separa de su lado y 
la llena de alegría; y cuando ya el acto de la pasión es una experiencia 
plena y placentera, deberá apartarse y, revestido con las insignias, 
partir a la guerra. Los hermosos ojos negros de Ula-yang se llenan 
de tristeza: le duelen el corazón y sus entrañas de mujer enamorada, 
así sienta orgullo por el destino asignado por las estrellas a su 
hombre. 


IX 


Para Kashín y Ulaban los primeros recuerdos infantiles los situaban 
juntos, uno al lado del otro, dentro del vientre congestionado de las 
embarcaciones, respirando el aire caliente y ese olor salobre, a 
pescado, impregnándolo todo entre el chapoteo de agua de mar, 
filtrada por los resquicios abiertos en los cascos carcomidos de tanto 
bregar con las olas; ellos, con los otros chicos, tenían por encargo 
evacuarla sin descanso, con las totumas o los caparazones de tortuga, 
mientras a su lado se desarrollaban el trajín y el grito estentóreo de 
los hombres en las faenas marineras. : 

Entre esa confusión de cuerdas, varas, velámenes, arpones, armas, 
utensilios, remos, pescados y crustáceos capturados, algunos vivos, 
que todo lo volvían estrecho y desordenado debajo de las bancas, 
era de donde a veces los rescataban las manos de sus madres, 
obligadas compañeras de los caribes, valientes pasajeras de estas 


El gran jaguar s7 


naves, destinadas a surcar los mares del trópico y cortar distancias 
entre una y otra de sus cientos de islas. 

De aquella vida impuesta por la naturaleza de sus padres, audaces 
navegantes y temidos guerreros, les quedaron grabadas en las mentes 
las visiones del horizonte ilímite, unas veces de sólo cielo y agua, 
otras salpicado de pequeñas islas, o también de porciones de tierra 
mayores, con su-silueta inconfundible por la cerrada vegetación, 
donde se intuía el discurrir fresco de los arroyuelos; en aquellos 
tiempos fue una constante, en el día los ardores del sol, en la noche 
el brillo parpadeante de las estrellas; y, añadido a ellos, los recuerdos 
sangrientos de batallas para tomar posesión de una punta de playa, 
o la medialuna de una ensenada donde pasar algunos días explorando 
sus alrededores, para aprovisionarse de frutas, carne de monte, de 
los bosques extraer madera para reconstruir alguna parte averiada 
de los barcos, remendar velámenes, rehacer cordelerías, o descansar 
de tantas fatigas y sentir bajo los pies la estabilidad física de la tierra. 

Sin ser hermanos, Kashín y Ulaban crecieron como tales, viajeros 
con otros chicos en los navíos caribes. Los ajetreados vientres, 
costillares y bancas, fueron sus estrechos hogares; en las esbeltas 
piraguas aprendieron de la vida y de la muerte, de la alegría y el 
miedo, de la abundancia y la escasez, del triunfo y la derrota, de 
la paz de los hombres y de la naturaleza en los días de navegación 
en calma, cuando era un regocijo la abundante pesca en las aguas 
transparentes de los bajos de coral, acompañada de los cantos de 
los hombres y las risas y exclamaciones entusiastas de las mujeres; 
o también, de la furia ciega desatada por los seres humanos en la 
guerra, el llanto de los inocentes, nunca comparable con esa otra 
ira, la aterradora, y pese a ello grandiosa de los elementos naturales 
desbocados, así una y otra ocasionaran dolor y muerte. En las naves 
caribes aprendieron las reglas de la marinería, a interpretar el rumbo 
en el manto nocturno de las estrellas, a conocer la dirección de los 
vientos en la forma de las nubes y sus desplazamientos; a dilucidar 
por el color de las aguas su profundidad y sentido de las corrientes; 
a ser hermanos del sol y del viento, a saltar las embarcaciones sobre 
los lomos de las olas, a ir de uno a otro lado en esos mares de nunca 
acabar. 

Porque ese fue su destino, desde niños debieron presenciar mil 
combates, escuchar los gritos de guerra y el silbido de las flechas 


S8 Bernardo Valderrama Andrade 


al rasgar el aire y cantar la muerte; y pese a su corta edad, participaron 
en sangrientas batallas, donde unas veces se alcanzaba la victoria, 
y con ella apreciado botín, mujeres para perpetuarse como raza, o 
un territorio donde establecerse por un tiempo, cultivar, esperar las 
cosechas, reaprovisionarse y volver a su inacabable peregrinaje.. 
La victoria no fue siempre su compañera: diezmados, con el sabor 
amargo de la derrota, también regresaron a sus naves para escapar 
por la única vía libre: el mar. 

Los dos chicos vieron morir a sus padres en medio de feroces 
combates; así perdió Kashín a su madre, dentro de su propio hogar- 
embarcación, asaeteada cuando protegió con su cuerpo la vida de 
otro chiquillo; y Ulaban perdió la suya, raptada, porque para otros 
fue el triunfo y el botín en aquella ocasión. De esa tragedia le quedan 
vívidos recuerdos: él, con sus escasas fuerzas, aferrado al cuello de 
su madre en un intento sobrehumano por defenderla y evitar ser 
separado de ella. Vana y heroica intención: se la arrancaron de sus 
manos de niño: le quedó la imagen llorosa y despavorida de su 
rostro, y esa piedra, nube-cielo, llevada ahora en su garganta como 
remembranza y amuleto. 

Hasta cuando llegaron un día a las costas de la Montaña Blanca, 
visión maravillosa, emergente en la lejanía del horizonte con el 
resplandor níveo de sus cumbres. Aquella aparición de la Sierra fue 
algo nunca imaginado por los caribes, acostumbrados a los paisajes 
insulares. Para entonces ya conformaban una flotilla de embarcacio- 
nes con las bordas acorazadas con caparazones de tortuga carey, 
eficientes escudos donde se estrellan y resbalan las lanzas y flechas 
de los enemigos. 

Para ese tiempo Kashín era un guerrero con temperamento de 
líder: se distinguía en las batallas por la audacia y el valor de sus 
actos. Ulaban, por su parte, se peculiarizaba por su ingenio excep- 
cional y las condiciones de estratega, hábil en la construcción de 
navíos, armas, o cuanto implemento requirieran los caribes en sus 
aventuras de mar y tierra. 


ES 


El tiempo transcurrido en bordear las costas, y en especial la apari- 
ción sobre el horizonte de la colosal montaña blanca, imponente 


El gran jaguar 59 


detrás de las llanuras y colinas próximas al litoral, convencieron a 
Kashín, Ulaban, y demás expedicionarios caribes, de hallarse ante 
unas tierras diferentes a las islas de donde provenían; aquello no 
era la geografía simple de los playones y las eminencias cubiertas 
de palmeras: esto era un complejo montañoso de grandes proporcio- 
nes. Ulaban guardaba en la memoria relatos de los mayores, y 
recordó lo escuchado sobre un país grande y poblado, de tierras 
extendidas en las faldas de una altísima cima nevada, habitado por 
gentes distintas a ellos, donde por la forma de explotar la tierra se 
podía permanecer en un mismo sitio todo el tiempo, facilitando la 
construcción de centros poblados, algunos de gran tamaño. 

La vista de la Sierra Nevada y los relatos de Ulaban acrecentaron 
en Kashín y sus compañeros la curiosidad por conocer tales lugares. 
En un mar apenas rizado por los vientos del Noreste, los expedicio- 
narios aproximaron sus embarcaciones unas a otras para comunicarse 
con facilidad según su costumbre: la vista de esa tierra nueva hacía 
imperioso deliberar sobre el futuro. En esta toma de decisiones 
también era práctica, además de escuchar a los capitanes de los 
navíos, atender los razonamientos de aquel a quien consideraban el 
más sabio, al poderoso sin serlo, al que no buscaba jefaturas porque 
su autoridad era distinta y no rivalizaba. Por ello, como ya se estaba 
volviendo hábito de un tiempo para acá, pidieron a Ulaban, el líder 
natural, su opinión y consejo. 

Atehtos a su voz pausada, sin apartar la vista de esas dilatadas y 
al parecer promisorias costas, los caribes sintieron la urgencia de 
probar suerte en las tierras de la Montaña Blanca. 

— ¡Vamos allá! —gritaron entusiastas, y cada cual aventuró, según 
su imaginación, las sorpresas y hasta los peligros que allí podrían 
encontrar 

De inmediato decidieron poner rumbo a las costas de la Montaña 
Blanca y nombrar como jefe único para el desembarco a Kashín. 
Sin vacilar, éste organizó la formación de la flotilla de quienes, a 
partir de este momento y según la tradición caribe, se denominarían 
kashinguis, o gente de Kashín. 

—;¡A tierra! —clamó con su voz potente, la mirada fija en la gran 
montaña. El trajín con los aparejos llenó de viento las velas, las 
proas enfilaron a tierra en pos de la nave capitana, donde Kashín 


60 Bernardo Valderrama Andrade 


compartía el puente de mando con Ulaban, su hermano de vida en 
el mar. 

Mientras unos atendían labores marineras, la mayoría de los ca- 
ribes aprestaron las armas. Asomados sobre las bordas acorazadas 
con caparazones de tortugas, los vigías observaban cualquier movi- 
miento sospechoso en tierra firme. Bajo el sol ardiente del mediodía, 
a toda vela, acelerados aún más los navíos con el impulso sincroni- 
zado de los remeros, se aproximaron a la costa. 


El recuerdo de estos hechos revive a Kashín el pasado. Después de 
una trajinada mañana de pesca en el mar, apunta su canoa hacia la 
playa, con sus arenales blancos extendidos entre las bocanas de los 
ríos Mutaiji y Ulueiji, donde con el consentimiento de los taironas 
se han establecido en forma pacífica. . 

La bondad de los nativos y de la naturaleza, debo reconocerlo, 
nos volvió la vida amable, tranquila y productiva, sin las vicisitudes 
y los riesgos propios de la existencia en el mar. Esta es una realidad 
que ahora gozamos. 

Con un envión final del canalete, la canoa salta las últimas olas 
y su quilla abre un surco en la arena. El jefe kashingui, tostado de 
sol, luciendo todavía como un trofeo las cicatrices de combates 
donde se ganó fama de héroe, salta sobre la borda y comienza a 
arrastrar la embarcación hacia un lugar alto de la playa. Arriba, 
desde la aldea, lo divisan algunos chiquillos y de inmediato acuden 
a ayudarlo entre el bullicio de sus gritos: son hijos de caribes y 
mujeres taironas, conocedores por boca de sus padres de las hazañas 
realizadas por Kashín en otros tiempos: debido a ello lo admiran y 
respetan como a un gran jefe, así la vida ahora sea de pacíficos 
pescadores, agricultores y artesanos, organizados bajo un gobierno 
compartido con Ulaban, el sabio y el artista. La hermandad entre 
estos dos jefes ha permitido trocar sin traumatismos las costumbres: 
mazas, flechas y lanzas han sido reemplazadas por herramientas e 
instrumentos de trabajo en los campos, o para fabricar utensilios, 
máscaras, bancas ceremoniales y otros elementos muy apreciados 
por los taironas, en especial de los sacerdotes. 


El gran jaguar 61 


Kashín deja a los niños la tarea de sacar del fondo de la canoa 
fruto abundante de la pesca, se encamina hacia la aldea enterrando 
fruición los pies en la arena suave y tibia. Con aire satisfecho 
templa la perspectiva del lugar donde es líder y cacique: allí 
todo es adelanto, paz, seguridad, condiciones disfrutadas a concien- 
ia por su gente. Esto, tal vez, lo soñaron sus antiguas mujeres, 
quizás su misma madre... Que lo recuerde, nunca vio en ellas la 
expresión alegre y despreocupada de quienes ahora son sus compa- 
eras. ¡Y los niños!... Con todo, a veces, no puede sobreponerse 
2 los ímpetus de su sangre caribe corriéndole por las venas, exigién- 
“ole las emociones de los combates y las aventuras en el mar. 
Cuando la nostalgia le vuelve un imposible la vida sosegada de la 
aldea, se levanta antes del amanecer, arrastra la canoa por la playa, 
se enfrenta al mar, se lanza solitario a desafiarlo, a luchar contra la 
furia de las olas, hasta cuando el sol asome sobre el horizonte y lo 
descubra lejos de la tierra, en medio de la inmensidad del océano, 
allí donde tuvo su primera razón, donde creció y se hizo hombre 
entre el fragor de las batallas y los gritos de guerra de sus mayores, 
woces que quisiera oír de nuevo entre el bramar del viento y la 
agitación de las maretas. 

Cuando la fatiga se apodera de sus músculos y siente desfogados 
los impulsos, enrumba otra vez la embarcación hacia la costa y la 
aldea kashingui, de la cual y como una paradoja, su ótro yo tampoco 
quisiera alejarse. Estos sentimientos encontrados, esta ambivalencia 
de su personalidad, unas veces lo identifica con su padre, el guerrero- 
navegante a quien vio morir combatiendo, y otras con su madre, 
desarraigada de su tierra y de su gente, convertida en botín en alguna 
expedición, sacrificada luego en medio de un combate. Ambivalen- 
cía quizá repetida en la forma como ejerce su gobierno y al tiempo 
lo comparte con Ulaban. 


E XR 


Desde cuando llegaron a las costas de la Montaña Blanca han pasado 
para los kashingui muchas lunas: de esa primera aldea construida a 
orillas del mar, en inmediaciones de la quebrada Palanoa, habitada 
por hombres solitarios y recelosos, a ésta de ahora cambiada en 


62 Bernardo Valderrama Andrade 


próspero poblado, con mujeres y niños por virtud del entendimiento 
con los taironas, hay una diferencia sustancial. Gran parte de la 
prosperidad se debe a una circunstancia singular, protagonizada por 
Ulaban, aficionado al arte manual practicado sobre maderos a la 
deriva, rescatados y labrados cuando su presencia no era indispen- 
sable en otras actividades. Y de la habilidad de sus manos surgieron 
cantidad de instrumentos y objetos fáciles de recuperar en las con- 
tingencias de los naufragios, entre ellas las bancas de mando de los 
navíos, labradas con perfecta simetría y motivos faunísticos como 
adornos: quedaba así resaltado el lugar desde donde Kashín y los 
otros comandantes de las piraguas dirigían a las tripulaciones. 

A las bancas talladas por Ulaban, a la forma oportuna y sagaz 
como actuó, a la actitud prudente y racional del líder oficial Kashín, 
se debió el logro del primer encuentro de este grupo caribé con los 
taironas. 

Para atracar los barcos, Kashín escogió un playón al Oriente de 
la bocana del río Mutaiji, cerca de un pintoresco poblado compuesto 
por bohíos alineados frente al mar; dentro de la perspectiva del lugar 
se destacaba una construcción de mayores proporciones, con alto 
cono de palma y finas paredes de esterilla tejida; a su puerta Ulaban 
distinguió, colocadas a lado y lado, unas toscas banquitas de madera, 
una de ellas ocupada por un anciano de porte severo. La cantidad 
de canoas varadas en la arena y los aparejos extendidos al sol, 
atestiguaban las costumbres pescadoras de la aldea, con sus habitan- 
tes amontonados, curiosos por la presencia de las naves kashinguis, 
espectaculares con sus costados acorazados, las velas desplegadas, 
enormes si las comparaban con sus pequeñas embarcaciones. 

Para los nativos eran una incógnita las intenciones de los caribes; 
y para éstos, acostumbrados a los recibimientos violentos, los des- 
concertaba la apariencia sosegada del caserío tairona. Agazapados 
tras las bordas, prestos al asalto, sólo esperaban la orden de Kashín. 
A su voz arriaron las velas, avanzaron a remo hasta pocas brazas 
de la orilla, los tripulantes hundieron los canaletes en el agua y 
frenaron las piraguas. Desde el puente de mando Kashín y Ulaban 
recorrieron otra vez.con la mirada el panorama del pueblo y sus 
contornos: todo seguía tranquilo y normal, el anciano continuaba 
impasible en su banquito de madera, al parecer sin extrañarse por 
la presencia de la flotilla caribe; y de las chozas salían más mujeres 


El gran jaguar 


niños a curiosear a los recién llegados: con desparpajo, bulliciosos, 
señalaban con los brazos extendidos y un idioma desconocido. 
—Sólo veo mujeres y niños... —comentó Kashín confuso con 
recibimiento. Ulaban tampoco podía ocultar su sorpresa: por 
experiencia, muy pocas veces su llegada a tierras extrañas ocurría 
paz. Y comentó clavando los ojos primero en las canoas, luego 
los penachos de las palmeras, tupido cortinaje detrás del villorrio: 
Si la cantidad de embarcaciones corresponde a los hombres de 
lugar pueden ser tantos como nosotros, O más —y con gesto 
uente y receloso—: Deben estar escondidos en alguna parte. 
hándonos. Y no entiendo este comportamiento despreocupado 
las mujeres y los niños. ¿Acaso no saben de nosotros? 

Kashín, guerrero nato, sintiendo por todo el cuerpo ese hormigueo 
inconfundible cuando de la proximidad de un combate se trataba, 
senía listo en la garganta el grito para lanzar a su gente al ataque. 
Pero... ¿contra quién? ¿Asaltarían a ese grupo indefenso de mujeres 
y niños? Y se resistía, así él y sus guerreros ya se regodearan con 
ese botín humano, al parecer tan fácil de capturar. Su indecisión 
aumentó a la vista serena del anciano: no alcanzaba a detallar todavía 
su rostro, pero su actitud no mostraba ninguna prevención. Miró de 
reojo a Ulaban: 

—-¿A qué tierras extrañas hemos llegado, donde no parecen temer- 
nos? 

Ulaban nada contestó: pensaba: y esto le sirvió para proponer: 

Tengo una idea para dilucidar el proceder de estas gentes: que 
nadie abandone los navíos. Bajaré a tierra, solo. Si actuamos en 
forma pacífica, quizás sean hospitalarios. 

Ante la mirada todavía vacilante de Kashín, Ulaban se dirigió a 
la banca de mando tallada por él, arrancó las cuñas que la aseguraban 
al puente, con ella sobre los hombros saltó al mar. Poco después 
emergió ya en la orilla, con su carga en los brazos, y en actitud 
confiada, muestra de sus intenciones, se dirigió al grupo de mujeres 
y niños. De inmediato se apartaron y le permitieron avanzar hacia 
el bohío grande, desde donde lo miraba el anciano con penetrante 
fijeza, como si quisiera leerlo la mente. 

Con su figura alta y cenceña, obligándose a irradiar serenidad en 
todos sus movimientos, Ulaban se detuvo ante Cotocique, naoma 

de Buritaca, y con ademanes expresivos depositó el banco a sus 


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64 Bernardo Valderrama Andrade 


pies, a manera de obsequio. El sacerdote miró, ya a Ulaban, ya al 
banco: comparado con el suyo, éste era una obra de arte excepcional. 
Sin poder contener la curiosidad, lo recorrió con sus manos afiladas, 
de dedos sensitivos, comprobó la fina calidad de las tallas y la 
madera, el expresionismo de las dos cabezas de dragones de mar, 
para él, indudables representaciones de kavi, el jaguar, animal sa- 
grado de los taironas. 


A partir de ese momento, Ulaban y el anciano se comunicaron por 
medio de señales: ello sirvió al primero para pedir, y al segundo 
para conceder, permiso a los kashinguis de bajar a tierra y establecer 
un campamento en la playa, a distancia prudencial del poblado. La 
banca tallada por Ulaban pasó de su sitio preferencial en la nave de 
Kashín, a banca ceremonial del naoma Cotocique de Buritaca, y 
fue, a fin de cuentas, la clave que permitió a estos caribes establecerse 
en el País de los Taironas. 

Para ese momento y de todos los alrededores principiaron a hacer 
su aparición los hombres, armados de largas lanzas de macana, 
arcos, flechas, hachas y cuchillos de piedra pulida. A su vista y 
desde las piraguas, los kashinguis entendieron la razón de Ulaban 
para actuar como lo hizo: vencerlos hubiera sido imposible ante su 
superioridad numérica. 

Satisfecho con su acierto y observador por naturaleza, Ulaban 
permaneció en el caserío de Buritaca el tiempo suficiente para deta- 
llar el desarrollo cultural de aquellas gentes. Y por la actitud alerta 
de los hombres cuando posó su mirada en alguna de las mujeres, 
dedujo que por ahora no habría botín. De regreso al barco, Kashín 
lo esperaba impaciente y convocó a inmediata reunión: necesitaban 
conocer sus impresiones; y dada la urgencia de reabastecerse de 
agua y alimentos, acordaron aceptar las condiciones del naoma Co- 
tocique. 

Lejos del pueblo a fin de evitar cualquier enfrentamiento, y a 
orillas de un riachuelo llamado Palanoa, Cotocique en persona señaló 
a Kashín y Ulaban el lugar donde podían instalarse con su gente 
por un tiempo. Los kashinguis atracaron sus navíos en el pequeño 


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El gran jaguar 65 


sstuario, a su orilla dispuso Kashín la construcción de algunos rús- 
cos bohíos, el resto de sus hombres se dedicó a patrullar los con- 
oros: ante el poderío armado de los taironas, no quería dejarse 
orprender. 
-—No acabo de comprender a estas gentes —solía comentar a 
Elaban, al paso del tiempo. Y éste guardaba prudente silencio, al 
ecordar la concesión del naoma de sólo permitirles a ellos dos 
isitar y recorrer a Buritaca; si cualquier otro caribe lo intentaba, 
inmediato era obligado a regresar a los linderos circunscritos al 
huelo de Palanoa. 
A Ulaban, desde el primer momento, lo movió el afán de investigar 
pbre el País de la Montaña Blanca: se aplicó a estudiar y entender 
2 los taironas, y entre más los conocía, mayor fue su entusiasmo 
or la ordenada conducta social que los regía. La simpatía expresada 
or Cotocique y el deseo de aprender el idioma de Keka-Bunkua, 
permitieron visitar con frecuencia a Buritaca: así se percató del 
enso intercambio comercial entre la aldea costera y los centros 
oblados del interior: vio llegar caravanas humanas portadoras de 
antas de algodón, vestidos, joyas de oro y pedrería, armas y 
lísticas piezas de cerámica, para retornar cargadas de algodón en 
Borra, sal, aceite, pescado ahumado y seco, maíz, conchas, caracoles 
* urnas funerarias de gran tamaño. 
En el campo kashingui, sin descuidar la vigilancia y los ejercicios 
e adiestramiento a sus guerreros, Kashín se ocupaba en la reparación 
sus navíos y al reaprovisionamiento de víveres con partidas de 
£aza y recolección: era necesario conseguir abundante carne de monte 
sen las selvas vecinas, y pescado seco para almacenarlo en las bodegas 
e los barcos, junto con coco y otras semillas alimenticias y frutos 
“desecados. A la noche Kashín y Ulaban solían reunirse para hacer 
inventario de los alimentos, y comentar los sucesos del día. 
—Sigo sin entender a estos taironas —repetía Kashín—. Me des- 
conciertan su generosidad para dejarnos abastecer, y su prohibición 
visitar el pueblo y tener relación con sus mujeres. Ellos saben 
que las necesitamos. .Y nuestra gente ya se impacienta: tenerlas 
cerca incita los deseos a poseerlas. Dime, Ulaban: ¿Has logrado 
algo al respecto?... No podemos esperar indefinidamente. 
A estas inquietudes, Ulaban respondía pensativo: 
—Por ahora, la paciencia es nuestra única alternativa. El compor- 


66 Bernardo Valderrama Andrade 


tamiento de los taironas tampoco lo entiendo del todo. De haberlo 
querido, nos habrían impedido desembarcar; o nos hubieran dejado 
hacerlo para luego exterminarnos. 

Ellos, ya no lo dudo, gozan de gran poderío.. Buritaca es apenas 
uno de sus muchos poblados: en el litoral y en el interior los hay 
más grandes y populosos. De requerirlo pueden levantar en armas 
un ejército como nunca hemos visto. La razón para permitirnos 
permanecer aquí se debe, o al espíritu amistoso, o por motivos 
todavía desconocidos para nosotros. . Y ese sacerdote.. que parece 
adivinarlo todo: como si leyera los pensamientos. 

Ala noche, mientras los kashinguis soñaban inquietos y desespe- 
rados por la falta de mujeres, Ulaban comprendió la urgencia de 
ingeniarse una forma para convencer a Cotocique. 


X 


Como lo hace todas la mañanas desde cuando llegaron a Keka-Bun- 
kua, Ulaban se encamina al caserío de Buritaca siguiendo la franja 
húmeda de la playa, donde revientan las olas. Va pensativo, bajo 
la limpia inmensidad del cielo, confundido en el lejano horizonte 
con el azul del mar 

A sus espaidas, frente al campamento kashingui y a la vista 
inconmensurable del océano, se ha quedado Kashín, como siempre 
sometiendo a sus hombres a prácticas marciales; con éstas, les distrae 
de la soledad, descansan de los trabajos rutinarios de pesca, de 
cacería y de recolección, mantienen el espíritu combativo y la des- 
treza en el manejo de las armas. 

Por la hora temprana, el mar está todavía en calma, apenas rizado 
con espaciados y murmujeantes oleajes. Al Occidente se extiende 
la gran planicie litoraleña y más allá, próximos al río Mutaiji, resaltan 
entre las frondas los conos de palma de las vivieridas del poblado, 
a esa hora bullicioso con el griterío de las mujeres y los niños, al 
recibir las canoas de los pescadores. 

En las cercanías a Buritaca, Ulaban vio por primera vez a Nyuba- 
yang: de cara al mar, con los párpados cerrados, se mantenía rígida 


El gran jaguar 67 


o una estatua, la barbilla levantada, la cabeza hacia atrás y en 
los labios y las aletas de la nariz un imperceptible temblor: se 
scupaba de captar, con sensibilidad extrema, la variación en la 
welocidad y dirección del viento, su temperatura y humedad; así 
mantuviera los ojos cerrados, la posición de los brazos a lado y lado 
de las caderas, con las palmas de las manos al frente, le servía 
para analizar las condiciones atmosféricas. 

Joven, esbelta, con estatura un poco mayor al común de las 
mujeres taironas, era una escultura de bronce, solitaria, allí en medio 
de la playa. Ulaban, con su caminar sosegado, silencioso sin propo- 
mérselo, se acercó a la muchacha atraído por su quieta belleza... y 
algo en su figura, en el porte, en la tranquila serenidad, le hizo 
recordar a su desventurada madre. Estaba ya a pocos pasos de ella, 
sin verla variar de posición, cuando oyó su voz dirigiéndosele sin 
mirarlo: 

—Hánchika, jaldji... Te saludo, extranjero. 

Ulaban se detuvo en seco, sin poder ocultar la sorpresa. ¿Cómo 
lo había reconocido sin siquiera mirarlo? Ella continuó: —Na kusa, 


yo te vi.. a mi manera. Y en sus labios vagó una enigmática 
sonrisa—. Eres Ulaban, el fabricante de las bancas ceremoniales. 

Y... ¿tú quién eres que todo pareces saberlo? ¿Acaso te había 
visto antes? 


La muchacha se volvió. Seguía con los párpados cerrados. Era 
bien hermosa, con una dignidad inmanente, resaltada aún más por 
las alhajas de oro cubriendo con opulencia su cuerpo. 

—Soy Nyuba-yang. también me llaman Nyuba-Aluna, el Espí- 
ritu de Oro. 

El Kashingui recordó haberla visto en forma fugaz a la puerta de 
la nunhuañkala femenina, a donde no podían entrar los hombres, 
rodeada de un séquito de mujeres y chiquillos, en actitud distante, 
superior como si fuera una sacerdotisa. Y también que había sentido 
atrevidos deseos por poseerla, así este impulso bastara para conver- 
tirlo en quebrantador de las normas estrictas de los taironas. Y 
añora. la tenía cerca, al alcance de sus manos... 

Se refrenó: contuvo con esfuerzo la respiración agitada para evitar 
denunciarse. Nyuba-yang, sin embargo, ¡o advirtió, levantó su mano 
derecha, la extendió, rozó sus labios y le hizo sentir un estremeci- 
miento por todo el cuerpo; arriesgándose a cometer la profanación, 


68 Bernardo Valderrama Andrade 


a su vez llevó sus manos a la cara de la joven, la acarició fugaz, 
para al final posar los índices sobre sus párpados cerrados. 
—Dime... ¿Nunca los abres? .. ¿Cómo supiste que venía? 
Nyuba-yang sonrió, el rostro se le embelleció aún más, retiró su 
mano de la boca de Ulaban y contestó con misterioso orgullo: 
—Soy hija de Misevalyue, Madre de la Lluvia y del Viento... y 
de Taiku, Padre del Oro. Por eso soy Nyuba-Aluna... —y después 
de una pausa breve— Pero no te detengas, jaldji: debes seguir tu 
camino: Cotocique el naoma te espera. Vete: que aluna te acompañe. 
Y se volvió otra vez de cara al mar y adoptó su actitud hierática, 
con las palmas de las manos al frente y la barbilla levantada. Vaci- 
lante, como si hubiera recibido un golpe de viento, el kashingui 
continuó su marcha por la playa, mirándola una y otra vez.. Y su 
corazón se llenó al mismo tiempo de alegría, de deseos, y de nos- 
talgia. 


ES 


La idea le vino de pronto: con seguridad su subconsciente la estaba 
fraguando de mucho tiempo atrás, desde cuando conociera a Nyuba- 
yang, el Espíritu de Oro... Para él las noches eran solitarias y áridas; 
y en sueños y como fantasmas venían a visitarlo mujeres de su 
pasado, algunas ahogadas durante tempestades, otras muertas en 
absurdas batallas, y también Nyuba-yang con su cuerpo esbelto y 
enjoyado, la piel tersa, los labios carnosos y ardientes, y ese rostro 
sereno, siempre con los párpados escondiendo sus pupilas; y a veces, 
en noches de frustrada lujuria, de soledad agobiante, hasta otras 
jóvenes taironas de Buritaca, curiosas y risueñas, quienes salían a 
mirarlo a las puertas de sus bohíos cuando él llegaba a entrevistarse 
con el naoma Cotocique. 

Con entusiasmo desusado Ulaban expuso el proyecto a Kashín; 
y éste, al oírlo, no pudo evitar mirarlo con extrañeza: parecía con- 
cebido por una imaginación alocada, y no por su cabeza sensata y 
calculadora. Y se quedó pensativo cuando trajo a la memoria los 
éxitos alcanzados en muchas de las empresas acometidas por ellos, 
debido a las originales ideas de su compañero. 

Ante la vehemencia de Ulaban, Kashín aceptó colaborarle. Con- 


El gran jaguar 69 


vencer al resto de los kashingui fue labor más difícil: ellos hubieran 
preferido para conseguir mujeres, tomar las armas, caer por sorpresa 
en Buritaca, raptarlas y con ellas hacerse otra vez a la mar; la 
consideración de morir en el intento no era un obstáculo: en su ley 
y destino de caribes, esto no era factor que atenuara o cambiara las 
decisiones. En esta ocasión pesaron la autoridad de Kashín y los 
razonamientos de Ulaban; a partir de ese momento y con excepción 
de los encargados de la vigilancia, la actividad de los kashingui fue 
bien diferente a sus habituales ocupaciones. 

Cuando varios días después todo estuvo preparado, Ulaban se 
presentó ante Cotocique y empleando palabras del idioma tairona, 
ya comenzado a dominar, lo invitó con los principales personajes 
del pueblo a una gran ceremonia en su aldea; ¿el motivo?: la llegada 
de Saxa-ti a la fase de Luna Llena. El sacerdote aceptó de buen 
agrado: 

—Nas seinjarlde, na peibu: te lo agradezco, mi amigo: Saxa-ti 
sentirá agrado porque taironas y kashinguis le rindan tributo cuando 
mos mira de frente. 

La delegación tairona al festejo kashingui llegó al atardecer a la 
bocana de la quebrada Palanoa, después de recorrer en imponente 
desfile la distancia que por la playa separaba al poblado de Buritaca 
de la aldea caribe. Se componía el cortejo de dos largas filas de 
guerreros empuñando lanzas, enormes arcos de macana, hachas y 
cuchillos de piedra, y engalanados con adornos de oro destellantes 
a los rayos del sol. En medio de tan espectacular escolta, con andar 
pausado y solemne, iban los principales del pueblo: naoma Cotocique 
y Gitamaku, al lado del Naoma-Kavi muru nakubi, venido de Tay- 
ronaca para conocer a los kashingui; tras ellos, entre mujeres y 
chiquillos, bailarines y músicos, cerraba el desfile Nyuba-Aluna, el 
Espíritu de Oro, esplendorosa en su belleza física y en las alhajas 
formándole tocado de la cabeza a los pies. 

Kashín y Ulaban acudieron a presentar saludos de bienvenida, 
contrastando la opulencia de los atuendos taironas con la desnudez 
de los caribes, apenas cubiertos con portapenes de caracol y penachos 
de plumas en la cabeza. Los visitantes fueron guiados hasta el sitio 
preparado, una franja ancha de playa, donde formando semicírculos 
estaban ya prendidas las fogatas: allí se asaba carne de monte en 
abundancia, pescado, y se cocinaban diversas viandas; frente a estos 


70 Bernardo Valderrama Andrade 


fuegos y sobre un montículo artificial de arena se había dispuesto 
el lugar para los invitados, con las bancas de madera trasladadas 
desde los puentes de mando de los barcos. El efecto que ellas hicieron 
sobre los taironas fue el previsto: incluido el Naoma-Kavi, todos se 
sintieron atraídos e impresionados con las cabezas-dragones, adorno 
sobresaliente interpretado por ellos como representaciones del ja- 
guar. 

Actuando de principal anfitrión, Kashín invitó a Naoma-Kavi, 
Cotocique y Gitamaku a ocupar las bancas talladas. A Nyuba-Aluna, 
Ulaban le tenía otro asiento especial, trabajado en esos días con 
singular esmero y creatividad: los motivos de adorno laterales, eran 
reproducciones del rostro de la muchacha, que ella recorrió con sus 
dedos como reconociéndose. En ningún momento levantó los párpa- 
dos, pero la sonrisa en sus labios era testimonio de su agrado. Para 
entonces había anochecido y las fogatas impartían a los contornos 
rojos resplandores. Ulaban, muy atareado, daba Órdenes y organi- 
zaba repartos de comida y bebida. Cuando el lomo brillante de 
Saxa-ti rieló a manera de oro líquido en el horizonte marino, los 
caracoles grandes tocados a manera de trompetas llenaron el am- 
biente con sus penetrantes sonidos; frente al montículo de arena 
saltaron los bailarines caribes en una danza frenética. Se oyó un 
murmullo de exclamaciones entre los espectadores. 

Desnudos, untado el cuerpo con aceite de pescado para resaltar 
su musculatura, el único atuendo de los bailarines eran los grotescos 
y erguidos portapenes de caracol de mar, y las máscaras de jaguares 
con tocados de plumas, dándoles aspecto de hombres-felinos. La 
abundante y fuerte bebida en ese momento cumplía su propósito, y 
el espectáculo adquirió la dimensión preconcebida por Ulaban: a un 
toque final de las trompetas, los danzantes corrieron hasta el sitio 
ocupado por Naoma-Kavi y los otros personajes, se prosternaron 
ante ellos y, como obsequio, les ofrecieron las emplumadas másca- 
ras, semejantes ahora, a los pies de los taironas, a extrañas cabezas 
de monstruos míticos decapitados. 

Miraban fascinados los invitados aquellas caretas de hombres-ja- 
guares, poco antes poseídas de prodigiosa vitalidad al servir de 
cabezas a los bailarines kashinguis, cuando a otra orden de Ulaban 
callaron en seco las trompetas y el suspenso contuvo el aliento de 
todos sin excepción: el aire trepidó ahora con el batir de muchos 


El gran jaguar mT 


tambores, tocados bajo el sombrío de las palmeras, como si de 
pronto allí se hubiera originado una tempestad. 

Los taironas voltearon a mirar hacia el lugar de donde provenía 
el estruendo: cada vez más sorprendidos con el espectáculo brindado 
por los kashinguis, vieron emerger de la oscuridad, e irrumpir dentro 
del semicírculo iluminado por las fogatas, un inconcebible cortejo 
compuesto por rígidas mujeres fabricadas en palo de balso, cargadas 
en alto por hombres desnudos. De inmediato se dio inicio a un 
nuevo baile, esta vez con los movimientos sugerentes del galanteo, 
danza que fue adquiriendo enardecida vitalidad, pareja ala intensidad 
en aumento de la música, ahora acompañada por flautas de hueso, 
trompetas de caracol y racimos de semillas. Culminación al baile, 
fue la posesión dramática y delirante de aquellas mujeres de palo, 
yacentes en la arena, entre los brazos apasionados de los bailarines 
kashinguis. 

Cuando el silencio volvió al escenario, los danzarines se retiraron 
y allí quedaron tendidas, rígidas como cadáveres, las hembras de 
madera con su sexo violado. Ulaban y Kashín miraron expectantes 
a sus invitados: sin excepción, todos estaban consternados, los ojos 
puestos en aquellas mujeres de balso, única y obligada posesión de 
los caribes. 

El acuerdo con los taironas no demoró: días después llegaron al 
campamento kashingui un grupo de doncellas: serían sus mujeres 
por el tiempo de permanencia en las costas de Keka-Bunkua, a 
condición de no ser llevadas a otras tierras, ni ellas ni los hijos de 
su unión; en reciprocidad, los caribes se comprometieron a suminis- 
trar pescado de mar sal, bancas ceremoniales para los naomas, y 
máscaras con destino a los bailes rituales. 


Kashín se encamina al bohío que le sirve de hogar, donde lo espera 
Nemi-yang, su joven mujer: risueña, sostiene en sus brazos a una 
hermosa chiquilla de sangre mezclada como los otros niños del 
pueblo: caribe y tairona. 

A su paso por una construcción cerrada, se detiene y mira a través 
de los estantillos de chonta; allí, amontonadas en la penumbra, en 


T Bernardo Valderrama Andrade 


promiscua y grotesca quietud, yacen las hembras de palo que sirvie- 
ron para mostrarle a los taironas su necesidad de tener mujeres. 
Kashín no puede evitar una sonrisa al recordaresta exitosa ocurrencia 
de Ulaban. Satisfecho, da una mirada al conjunto de chozas de los 
contornos, algunas ya edificadas con el tipo de los nunhúes; se siente 
realizado por la presencia de este poblado, donde la vida.es placentera 
y organizada. 

También en la casa de las mujeres de balso, están guardadas las 
lanzas y mazas de piedra, ahora utilizadas en ocasiones especiales, 
cuando conmemoran con actos simbólicos su vida pasada. Ver las 
armas allí arrumadas y sin uso, le produce sentimientos contradic- 
torios de amor a la paz y añoranza por la guerra. ¿Hasta cuándo? 
se pregunta. Y entonces se ve precisado a enfrentarse solitario al 
mar, a la fuerza de los vientos, a revivir un poco las pasadas correrías 
por sus antiguos mundos insulares. 

Pensativo, titubeante, allí lo encuentra Ulaban recién llegado de 
Tayronaca, a donde viajó con un cargamento de bancas ceremoniales 
y máscaras, requeridas por los naomas para las festividades del 
solsticio estival y el paso por el cielo de la estrella del Gran Jaguar. 
Mientras caminan por la aldea, Ulaban lo pone al tanto sobre los 
proyectos de los taironas, para emprender la guerra de reconquista 
de los territorios invadidos por los ubatashi, los sangaramena y los 
gulamena. 

—Por las descripciones de estos últimos y de sus naves, deben 
ser caribes, igual que nosotros. Sobre los demás, dicen es gente 
muy extraña, de piel blanca, cabello color de fuego y ojos azules; 
por eso los llaman así: los ubatashi. 

Para entonces han vuelto frente al bohío de las mujeres de palo 
y las armas. Kashín lo escucha atento, con los ojos puestos en los 
arrumes de lanzas, arcos, flechas y mazas; mira luego hacia el 
horizonte marino, donde las nubes forman gigantescas figuras, en 
su imaginación, semejantes a ciclópeos guerreros enlazados en mor- 
tales combates. Su voz suena premonitoria al comentar: 

—Mañana la gente volverá a los adiestramientos marciales. Pre- 
siento que el tiempo de la paz llegó a su fin y deberemos prepararnos 
para la guerra. 

A la puerta de su casa, con la pequeña hija abrazada a sus piernas, 
Kashín se despide de Ulaban: lo ve alejarse con su andar parsimo- 


El gran jaguar 73 


nioso por la playa, en dirección a los conos agrupados de Buritaca. 
Nemi-yang ha salido de la choza y en una copa le ofrece bebida de 
frutas frescas. En tanto Kashín sacia la sed, ella le comenta: 
—Qué extraño es Ulaban... Para mí, lo agobia un secreto. 
—Tampoco yo lo entiendo: no aceptó compañera para su vida 
y... antes nunca había sido así. Y la idea fue de él... eso de las 
mujeres de palo. 


ES 


Con el rostro levantado y en los ojos una expresión decidida, Ulaban 
se aleja de la aldea kashingui, no por la ruta convencional de la 
playa sino sorteando un espinoso bosquecillo de trupillos y guama- 
chos, donde es fácil esconderse a la vista de quienes recorren los 
arenales inmediatos al mar, o de los ocupantes de las canoas dedi- 
cados a la pesca cerca de la orilla. Lleva una ruta fija, diagonal a 
las primeras serranías; en sus laderas, por la época, resaltan las 
florescencias amarillas de los guayacanes a manera de ramilletes. 
Cuando del mar no queda sino el murmullo espaciado de las olas, 
Ulaban aminora la marcha, avanza silente, observa atento los alre- 
dedores, y, como siempre le sucede, lo sorprende esa voz ya incon- 
fundible: 

—Ulaban. aquí estoy. 

Se detiene en seco, mira a su derecha: 

—;¡Nyuba-yang! 

Y sin mediar otra palabra se acerca a la muchacha, la toma por 
la cintura, siente bajo sus manos la primera insinuación de las cade- 
ras, la estrecha apasionado, apoya su rostro en el de ella. 

—Nunca te descubro... siempre lo haces primero. ¿Cómo puede 
ser? 

Nyuba-yang sonríe con divertida superioridad, levanta los brazos 
enjoyados, sacude juguetona los shimunku, pequeños cascabelitos 
de oro, mimosa recorre con sus manos las facciones de Ulaban y 
le aproxima sus labios carnosos. El murmura a su oído: 

—¿Cuándo serás mía del todo?... Ya no resisto. 

Corre las manos bajo las cintas enjoyadas colgantes por las cade- 
ras, aparta el faldellín de algodón, se recrea con su piel tersa. 


74 Bernardo Valderrama Andrade 


Nyuba-yang se cuelga de su cuello, para no desfallecer ante la sabia 
profundidad de esas caricias llenándole de fuego las entrañas. Uno 
a Otro se beben el aliento, con acalorados besos. En torno revienta 
el concierto de las cigarras, el tiempo se detiene, sólo la altura de 
Surli la vuelve al presente. Con esfuerzo se desprende de los brazos 
de Ulaban, su voz se escucha ahogada cuando le reclama: 

Ya lo sabes: soy Nyuba-Aluna y poseerme a plenitud no será 
posible aún. Sigues siendo un extranjero. Todo dependerá de tus 
futuras acciones. Sólo entonces. Y poniéndose trascendental—: 
El tiempo está próximo: Kuishbangui, Dueño del Trueno y del Rayo, 
me lo ha revelado. 

Se aparta de Ulaban, se compone el vestido y las alhajas en 
desorden, adquiere otra vez su aire misterioso, lo deja, se va por 
entre el bosque espinoso. a sus pies florecen rosadas las rastreras 
y en los espacios arenosos quedan marcadas sus plantas. Pensativo, 
hincada una rodilla en tierra, Ulaban mira las huellas de su amada 
y piensa en sus últimas palabras; por rara asociación recuerda lo 
escuchado al Naoma-Kavi en Tayronaca. ¿Tendrá que ver la prueba 
exigida por Nyuba-Aluna con los propósitos guerreros del gran 
naoma? 


XI 


La presencia de dos flotillas de barcos con las bordas acorazadas, 
navegando más allá de las costas del País de los Taironas y muy al 
Oriente del río Hukumeiji, frente a los territorios de los duanabuká, 
la Gente del Pelícano, no despierta ninguna alarma entre estos pa- 
cíficos habitantes, agrupados en poblaciones con grandes ramadas 
a manera de aleros, construidos frente 'a sus chozas de tronco y 
palma, donde suelen reunirse a descansar terminadas las labores 
pesqueras y agrícolas. 

Como tienen noticia del proceder amistoso de los Kashinguis, y 
de los intercambios comerciales con sus vecinos los taironas, los 
duanabuká se disponen a recibirlos con demostraciones de hospita- 
lidad; grande es su sorpresa cuando a una orden lanzada por los 


El gran jaguar 75 


capitanes de las flotillas, los hermanos Gula y Sangama, los ven 
saltar sobre las bordas de los navíos ya anclados, y con gritos de 
guerra arremeter contra ellos como fieras. 

La masacre rompe la armonía del litoral: desarmados e indefensos, 
en una lucha violenta y desigual, caen los hombres duanabuká atra- 
vesados por las lanzas o aplastados por las mazas de piedra; en 
medio del delirio triunfal de los invasores, son decapitados y des- 
membrados, incendiadas y destruidas las aldeas, perseguidas y vio- 
ladas las mujeres, ante la vista inocente y despavorida de los niños. 
Unos pocos logran escapar para dar aviso de la tragedia a las gentes 
del interior, donde de inmediato se aprestan a la defensa contra la 
horda caribe que no sólo invade las llanuras de la Gente del Pelícano, 
sino cruza las fronteras del País de los Taironas e inicia el saqueo 
y devastación de sus sitios habitacionales. 

Por los senderos corren desalados los correos a Tayronaca; y otros 
relevos a su vez parten por todos los caminos que comunican con 
el resto del país: van a poner sobre alerta a las gentes del Valle de 
Tairona y más allá de sus fronteras; la noticia también es llevada al 
Naoma-Kavi, por esos días, concentrado en observaciones astronó- 
micas y adivinaciones en un lugar muy escondido de las montañas: 
en Moraca, centro ceremonial, emplazado cerca de los páramos y 
las Lagunas Sagradas, el sitio religioso más importante de Keka-Bun- 
kua, sobre las cabeceras del Nyuba-Nyna, el Río del Oro. Allí está 
y se venera la Haggi-Koktuma, la Piedra-Asiento de Haba Séinekan, 
el gran trono rectangular con tres espaldares, usado por la Madre 
Universal en los primeros tiempos de la creación; por eso en torno 
a Moraca, se alzan montañas de significado grandioso para los 
taironas: el Cerro Nukasa: morada de todos los animales de la Mon- 
taña Blanca; Yantú: donde en sus escarpadas laderas, Kaldyi-Kukui, 
Madre de las Plantas, guarda todas las semillas del Mundo; Tukume- 
na: el Cerro de los Manantiales, espejo de Surli, quien en las primeras 
horas de la mañana se mira en sus aristas congeladas antes de 
derretirlas; Sekuigaka: la cima donde Taiku, Padre del Oro, fabrica 
las hachas; Sénetejan: el Cerro Padre de todos los hombres. 

El anciano sacerdote, sentado en la kalauka frente a la plazoleta 
de la Haggi-Koktuma, en sus manos el niguiguí, bastón-calendario 
de sa-xavalda, escucha las noticias con rostro adusto y ojos cente- 
lleantes: él ya lo había adivinado en las estrellas: todas estas desven- 


76 Bernardo Valderrama Andrade 


turas acontecerían con ocasión de la visita de la estrella del Gran 
Jaguar. Era el momento de preparar los ejércitos e iniciar la guerra 
de exterminio contra los intrusos. 

Sus ojos levantados al cielo, iracundos, se clavan en Aui-atseshi, 
la estrella roja de la guerra... y en la de la muerte: la estrella Heisei. 


ES 


Igual a como sucede en otras poblaciones taironas, en Ponkeica se 
alistan los hombres en edad de combatir: ellos marcharán a la con- 
centración de tropas al Valle Interior, región central de gran valor 
táctico para hacer la guerra, en la parte del país que mira hacia 
Noana-mashika, el Norte. Además de la presencia ya molesta de 
los ubatashi, la situación se ha tornado alarmante por los continuos 
asaltos de los gulamena y los sangaramena. La estrategia general 
de la guerra, acordada con Nomaragiey y Toronomala, caciques de 
Tayronaca y Posigúeyca, y el Naoma-Kavi muru nakubi, es enco- 
mendada en la dirección total de los ejércitos a Seoname-maku. 
Consultas astronómicas, adivinaciones, bailes con máscaras a la luz 
de las estrellas y a la vista de Kavi-Tama, ya desplazándose para 
salir de su casa en la Constelación de los Jaguares, preceden a la 
aprobación de las maniobras para la guerra. 

De regreso en Ponkeica, Seoname-maku apenas si ha tenido 
tiempo de dedicar atenciones a Ula-yang, ocupado como está en 
preparar a quienes habrán de seguirlo al Valle Interior. La defensa 
de los poblados quedará a cargo de los naumas, hombres mayores, 
en posibilidad de manejar armas, mientras los más ancianos, las 
mujeres y hasta los niños, dedicarán su tiempo a las labranzas, a la 
fabricación de flechas, hachas, jáculos, mazas y arcos de gran po- 
tencia, algunos con capacidad de disparar cuatro saetas a la vez; 
también hay intensa actividad en la preparación de atuendos y tintu- 
ras, vendas, medicinas, o sustancias venenosas, a fin de impregnar 
las puntas aguzadas de las armas. 

Sudoroso, cansado pese a su fortaleza, con el hacha en una mano 
y la lanza en la otra, Seoname-maku sube la escalera de piedra que 
conduce a la terraza donde se levanta su bohío. A la puerta del 
nunhúe ya lo espera Ula-yang: amorosa sostiene en sus manos un 
munku, calabazo decorado, rebosante de fresca y deliciosa chibil- 


El gran jaguar ”» 


djía, chicha de maíz, para calmarle la sed. Ella lo ha observado 
todos estos días desde el borde enlosado de su terraza habitacional, 
sentada a intervalos en un banquito de madera, porque los primeros 
malestares del embarazo ya le producen vahídos. La joven esposa 
no oculta el orgullo en su rostro cuando mira con ojos enamorados 
a Seoname-maku, entregado con ardor a sus responsabilidades de 
cacique y jefe: su aspecto físico, la vitalidad de sus movimientos 
cuando dirige y participa en los simulacros de combate cuerpo a 
cuerpo, producen en Ula-yang intensa satisfacción, así, en el fondo 
de su corazón, tema por los grandes riesgos que deberá enfrentar 
Ya los días hermosos de la Casa del Murciélago quedaron atrás, 
convertidos en su más maravilloso recuerdo; ahora, en sus entrañas, 
bulle una nueva vida: a ese hijo deberá entregarle todos sus cuidados, 
mientras Seoname-maku, con similar consagración, se dedicará en 
cuerpo y alma a la defensa de su país. 

En cualquier instante esperan en Ponkeica al emisario del Naoma- 
Kavi: éste traerá la orden que pondrá en movimiento a los rabones 
y sus escuadras de guerreros, en dirección al Valle de Tairona. En 
tanto, Ula-yang hace placenteros e inolvidables los últimos momen- 
tos de vida hogareña que aún le restan al joven cacique. 

Dejando de lado las tensiones de esta actividad prebélica, Seo- 
name-maku bebe sin prisa la totumada de chibil-djía y se recrea con 
su esposa: desde que está gama-ateuki, embarazada, parece revestida 
de una deslumbrante y a la vez serena belleza; ello lo hace pensar 
en Haba Séinekan, la Gran Creadora. Sentado a su lado, pasándole 
el brazo por el talle, le acaricia la redondez de los senos y la tibieza 
del vientre próximo a hincharse con el prodigio de la maternidad; 
disfrutan cada uno de los instantes, de las palabras, de las sensaciones 
en los dedos y sobre la piel... aunque lo callen, temen puedan ser 
los últimos: así es la guerra. Sus ojos se extasían con el incendio 
en Mamashkaxa, la boca de fuego del Poniente, insinuado como un 
resplandor sangriento, asomado sobre el horizonte cerrado de la 
selva. Como lo hicieran en Haggi-Ateima, esperan en el cielo la 
aparición de las estrellas. 

—Te extrañaré, Ula-yang... te extrañaré. Nagluñi: te quiero. 

—Y yo esperaré tu regreso... con nuestro hijo. Haré ofrendas a 
La Madre todos los días, para que te proteja y salves nuestra nación. 

También ellos han seguido atentos los movimientos de Kavi-Tama 


78 Bernardo Valderrama Andrade 


en su viaje por las fronteras de la Constelación de los Jaguares. 
Cuando cruce este lindero estelar, deberán separarse: los grandes 
tambores retumbarán por todo el Valle de Tairona, se anunciará el 
inicio de la guerra: todos los hombres en edad hábil empuñarán las 
armas y sus pies ligeros hollarán los caminos de piedra que bajan 
al mar. En las nunhuañkalas se encenderán fuegos a Heisei, Señor 
de la Muerte, se le harán ofrendas y bailes con máscaras. 


ES 


Cuando los sobrevivientes de los poblados de Buya y Tapiraguana 
relatan al poderoso Avincuo, cacique del principal centro duanabuká 
en las laderas de la Montaña Blanca, sobre el saqueo, destrucción 
y crueldades cometidos contra su gente por los invasores venidos 
del mar, éste monta en cólera e indignación: sus hábitos de vida 
pacíficos no son prueba de debilidad: por el contrario: en las costas 
y laderas de la Sierra Nevada, la Gente del Pelícano ha dado muchas 
muestras de valentía. De inmediato, Avincuo convoca a otros jefes 
duanabuká para organizar la resistencia y cobrar venganza contra 
los caribes; y envía al País de los Taironas a Chole, uno de sus 
viejos consejeros y principal emisario, a fin de concertar alianza 
con sus poderosos vecinos. 


Koko 


Sobre las ruinas de Buya, Sangama, jefe de los arranca-cabezas, 
ordena la construcción de un gran campamento para sus victoriosos 
expedicionarios. La combatividad de que hacen gala está a tono con 
su aspecto intimidante de cráneos rapados y sometidos a deformacio- 
nes: de piel cobriza, apenas vestidos con taparrabos, su fama y 
orgullo se sustentan en la eficiencia mortal de sus escuadras al mando 
de manicatos. Obedecen sin vacilar las órdenes de Sangama, siempre 
al frente de ellos durante los combates, en los puntos de mayor 
riesgo. Su ejemplo y temeridad los enardece y conduce a la victoria. 
De corpachón marcado por cicatrices de heridas recibidas en batallas, 
y pinceladas o tatuajes rojos y negros, el líder sangaramena, esté 
donde esté, se destaca entre los suyos y comparte todas y cada una 
de sus actividades: se mezcla con sus guerreros, participa en com- 


El gran jaguar 


petencias con ellos, convive. Su lugar como jefe caribe de los 
arranca-cabezas es bien ganado: por eso puede imponer su férrea e 
implacable disciplina. Amedrentarse, no acatar sus Órdenes, se paga 
con la vida. 

Bajo una ramada abierta a las cuatro direcciones, Sangama goza 
de la vida al comienzo del atardecer Rodeado de las atenciones y 
el bullicio de sus mujeres, botín de guerra en distintas expediciones, 
se complace con anterioridad en observar las formas y los ademanes 
de quien habrá de acompañarlo esa noche en la hamaca. Unas pocas 
son caribes, venidas con él desde las islas; la mayoría son duanabuká, 
y otras alduguiji y kogis, recién capturadas. Todas comparten los 
gustos del líder caribe y se dan por satisfechas de haber sido selec- 
cionadas en los repartos posteriores a la victoria. Propio de sus 
nuevos dueños es el buen trato hacia las mujeres, siendo las más 
afortunadas las pertenecientes a los de mayor jerarquía. 

Entre ellas camina Sangama, las consiente, las acaricia para esti- 
mular los deseos. Pero también hay otra clase de lujuria en sus 
pupilas, y es cuando mira hacia las vertientes mayores de Keka-Bun- 
kua... 

Son fértiles, provocativas como mis hembras, estas tierras donde 
quiero establecerme y organizar una gran nación para mi gente. Y 
lo haré en valles y montañas, en esas cumbres y detrás de ellas: así 
lo intuyo. Pero antes debo arrebatárselas a estos nativos. ¡Como 
sea!... Vencerlos y obligarlos a compartir su riqueza Con nosotros. 
Y mi hermano Gula y sus arranca-brazos me ayudarán. Y del mar 
vendrán más caribes acudiendo a nuestro llamado.. ¡Que aquí hay 
tierra para todos! 

Una joven duanabuká se interpone en su camino. Como un animal 
de presa estira los brazos, la levanta, la contempla en su espléndida 
desnudez, con sensualidad y ternura le mordisquea la punta de los 
senos, con pasos triunfales la lleva hacia su hamaca. Las otras 
mujeres cuchichean risueñas. 

Frente a los campamentos de los sangaramena erigidos sobre 
franjas de litoral, entre las tiznadas ruinas de Buya y Tapiraguana, 
anclados a pocas brazas de la orilla, bornean las naves caribes 
llegadas a las costas de la Montaña Blanca; día a día arriban nuevas 
flotillas cargadas de guerreros... acuden al llamado de Sangama. 
En tanto Gula y sus arranca-brazos han eruzado el ancho río Gua- 


80 Bernardo Valderrama Andrade 


moea, ya dentro de los territorios taironas, y como una avanzada 
buscan posiciones estratégicas dónde hacerse fuertes, para preparar 
la invasión caribe en estas fértiles llanuras y prometedoras laderas. 


XII 


Dentro de la relativa seguridad de la empalizada, Ubatashi-thor pasa 
mucho tiempo sumido en cavilaciones: después de su regreso de la 
expedición por el Valle de Tairona, está ocupado en preparar una 
estrategia, con el fin de resolver el futuro de su gente. Ahora, más 
que nunca, los mantiene alerta, y él recorre la plataforma alta del 
cercado, desde donde domina los contornos, los marinos, los del 
estuario del río Hukumeiji, y los de las primeras montañas de la 
Sierra Nevada: detrás de ellas, ya lo comprobó, se desarrolla de 
Este a Oeste, ese gran valle interior llamado de Tairona, y en su 
mente sigue viendo los poblados y campos de cultivos. En otra parte 
de ese viaje, ya de regreso al mar, pudieron conocer de lejos a otros 
invasores como ellos: los kashingui. Ocultos entre las ramas de un 
árbol esperaban el momento propicio para seguir la marcha, cuando 
presenciaron su paso y los reconocieron por su aspecto físico y el 
idioma diferente al de los taironas. Casi desnudos, sin otro atuendo 
que los portapenes de caracol, algunos con penachos de plumas sobre 
la cabeza, avanzaban despreocupados por el sendero de bajada al mar. 

—¿Y éstos. . quienes serán? —preguntó Od curioso, en un cuchi- 
cheo. 

—Por la forma de comportarse deben ser amigos de los taironas. 
Luego... —dedujo Conoh al recordar las descripciones hechas de 
ellos por sus mujeres. 

Desde allí, en el sitio de confluencia de los ríos Sekaimaka y 
Ulueiji, debieron movilizarse con máximo de precauciones por la 
frecuencia de patrullas. 

Salían por el último boquerón de la serranía y su olfato volvía a 
percibir el aire salobre del mar, cuando dieron con otro poblado, 
éste sí concurrido por servir de campamento a las partidas de vigi- 
lancia; el lugar, estratégico, permitía controlar las riberas del Ulueiji 


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El gran jaguar 81 


en su llegada al mar, y desde el sitio escogido por los ubatashi para 
observar, constataron la acertada deducción de Conoh: en ese pueblo- 
frontera departían taironas y kashingui. 

En adelante dejaron a un lado los senderos y se internaron por la 
selva que bajaba hasta las mismas orillas del mar cubriendo peñascos 
casi inaccesibles: reemplazaban el peligro a ser descubiertos, por 
las torturantes hordas de moscos y zancudos, o la inquietante presen- 
cia de los jaguares. Aquí, por lo exuberante de la vegetación, reinaba 
en el día la penumbra y no observaron el cielo hasta emerger al borde 
de un alto farallón, con vista a la desembocadura del río Hukumeiji. 

Fatigados, con la piel destrozada y llena de hinchazones por las 
picaduras de los insectos, sintieron alivio: la aldea y los brazos de 
sus mujeres eran otra vez una realidad próxima. Entusiasmados se 
descolgaron por los peñascos, aferrados a las grietas y salientes, o 
ayudados por la maraña recursiva de los bejucos, hasta sentar pie 
en la tibieza fina de los playones. Se encontraban en una pequeña 
ensenada enmarcada por ciclópeos riscos azotados con las olas, 
donde aquí y allá, incrustados entre grietas y covachas, se advertían 
restos de anteriores naufragios: trozos de mástiles, costillares, qui- 
llas... algunos de apariencia conocida. ¿Acaso habían pertenecido 
a sus malogradas embarcaciones? El hallazgo de restos humanos y 
algunos utensilios, pertenecientes a su bagaje expedicionario, con- 
firmó sus presunciones; los ubatashi se miraron entre sí: los recuerdos 
de sus compañeros surgieron como una evocación trágica y hasta 
al inconmovible Conoh se le enrojecieron los ojos: la inmensidad 
de su desventura, el peso de la soledad en estas tierras, la verdad 
de su mundo perdido tal vez para siempre, los abatió. Como sonám- 
bulos vagaron por los soleados arenales, batidos con el rumor impla- 
cable de las maretas; silenciosos, sin volver a mirarse entre sí para 
no flaquear, tristes y a la vez rabiosos, buscaron aquí y allá. El 
encuentro de un arcón forrado en cuero, con incrustaciones y manijas 
de bronce, les volvió un tanto el ánimo: permanecía cerrado y era 
de aquellos donde acostumbraban guardar las armas durante los 
viajes. Lo abrieron y al hallarlo repleto de espadones, hachas y 
cuchillos, con los cuales conquistaron tantas victorias en el pasado, 
su tristeza se trocó en otra clase de emoción: se armaron, se sintieron 
de nuevo con arrestos, buscaron y dieron con más hachones y espa- 
das... ¡Ah! Ahora tenían nuevo valor para encarar el presente. 


82 Bernardo Valderrama Andrade 


Cargando las armas como un tesoro, emprendieron la marcha 
hacia su campamento. Para el atardecer cruzaron la empalizada entre 
los vítores de sus compañeros y el saludo alegre de las mujeres 
taironas, quienes a su manera habían aprendido a amarlos. 


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Con las facciones demacradas, desfalleciente por el esfuerzo reali-- 
zado, el emisario de Naoma-Kavi se prosterna ante Seoname-maku 
y le entrega la flecha de macana ornada de plumas de kua, la 
guacamaya roja; su significado ya todos lo conocen: Kavi-Tama, la 
Estrella del Gran Jaguar, abandonó la Constelación de los Jaguares 
y la hora de la guerra ha llegado. 

Testigos de este acto simbólico son los habitantes de Ponkeica, 
reunidos en la gran plazoleta ovalada. De inmediato, revestido con 
sus ornamentos y alhajas de oro y pedrería, Naoma-Doa sale de la 
Nunhuañkala e inicia un baile circular, primero en torno al templo, 
luego alrededor del joven cacique: invoca para él y sus guerreros, 
suerte en la futura empresa bélica. 

Desde la entrada en penumbra de su nunhúe, Ula-yang presencia 
la ceremonia: tiene el rostro petrificado para disimular la angustia 
por la llegada del mensajero del muru nakubi; debe dar ejemplo de 
entereza por la magna misión encomendada a su hombre; sin embar- 
go, sus ojos no pueden esconder esa tristeza infinita de mujer ena- 
morada, y en sus manos, en el pecho, en los labios, en su fina 
quijada, hay un temblor imposible de controlar 

Terminado el ritual del Naoma-Doa, Seoname-maku alza la flecha 
a la vista de todos. Al instante se levantan sobre los conos de palma 
de los nunhúes, las reverberaciones sonoras y lúgubres de las nung- 
subalda, enormes y curvas trompetas de calabazo, acompañadas del 
grito delirante de los presentes. El cacique dirige la mirada al lugar 
donde permanece Ula-yang, se queda observándola por instantes 
que parecen eternos, no permite a los músculos de su cara expresar | 
ningún sentimiento: así debe ser, dada su alta dignidad. Con arreos 
de oro y plumajes sobre la vestimenta de piel de jaguar negro, el 


El gran jaguar 83 


carcaj repleto de flechas, arco y lanza de macana en cada una de 
las manos, Seoname-maku emite un rugido semejante al de los 
felinos, su voz se impone sobre el griterío de la gente. Con agilidad 
de tigre se lanza graderías abajo seguido de un centenar de sus 
escogidos guerreros, en dirección a la salida de Ponkeica, acompa- 
ñadas ahora sus pisadas marciales por el retumbar sonoro de los 
tambores de dos membranas. 

Cuando el último de la larga fila de la tropa abandona la población, 
los tambores y las trompetas callan, vuelve Ponkeica a quedar sumida 
en su habitual ambiente tranquilo, apenas alterado por el vendaval 
rugiente de los monos de viento, o el parloteo de los shauxalda, 
pájaros chao-chao, en su remedo de las voces humanas y de los 
animales de la selva. 

Igual a como sucede en Ponkeica, en todas las otras poblaciones 
dependientes de Tayronaca, los caciques y sus cuerpos armados 
emprenden la marcha hacia un lugar determinado del Valle de Tai- 
rona, en medio de la confluencia del río Mutaiji y el arroyo sagrado 
de Surli, en cuyas arenas blancas chispean trocitos de nyuba, el 
material precioso de los crfebres. 

Superada la tristeza que oprimió su pecho ante la última visión 
de Ula-yang, pero sin poder evitar sentirse nostálgico, Seoname- 
maku marcha pensativo al frente de sus guerreros... 

Ahora sólo debo preocuparme por cuanto obligue al éxito de la 
misión que se me ha encomendado: ¡Vencer a los enemigos de los 
taironas! Y si voy a evocar los recuerdos gratos de mi infancia, del 
aprendizaje bajo la amable tutela de los ancianos naumas, conoce- 
dores de la tradición, de los juegos, de las labores en los campos, 
de la cacería por la selva, o mis días felices al lado de Ula-yang, 
será como una razón para llenarme de más valor y así recobrar la 
antigua paz reinante, cuando mi padre vivía y era un cacique amado 
y respetado por todos. Por ello seguiré poniendo en práctica cuanto 
aprendí en los adiestramientos marciales, coincidentes con las prime- 
ras noticias sobre la llegada de los invasores, esos ubatashi de piel 
clara, ojos azules y cabello de fuego, que nos traicionaron y robaron 
mujeres en Aldagúiji y Savijaka, una de ellas mi hermana; o los 
sangaramena y los gulamena, destructores de los poblados duanabu- 
ká, y ya dentro de las fronteras taironas, los de los aldu-guiji y los 
kogi; desde entonces, estos intrusos se han hecho fuertes en los 


84 Bernardo Valderrama Andrade 


territorios de Keka-Bunkua, han organizado incursiones guerreras 
y se atrevieron a subir por el curso cerrado de los ríos. Así llegaron 
a las vecindades de Ponkeica e incitaron a mi padre a salir en defensa 
de la población, y entablarles batalla. 

Saltando sobre las piedras del camino, Seoname-maku revive en 
la mente cuanto sucedió en aquella ocasión: las primeras escaramuzas 
que favorecieron a los taironas: subestimaron al enemigo, lo persi- 
guieron hasta las mismas orillas del mar: allí los esperaba Gula con 
todo su poderío: desplegó una estrategia envolvente, rodeó a los 
nativos y los obligó a deponer las armas; luego, en demostración 
de superioridad y acorde con sus prácticas, ordenó colgar a los 
vencidos de las ramas de los árboles, por los pies, se procedió a 
cortarles los brazos y les dio muerte lenta por el desangre. Uno de 
los sacrificados fue el propio cacique de Ponkeica. La noticia del 
desastre bélico produjo consternación en Keka-Bunkua: se organiza- 
ron partidas de defensa y contraataque, Seoname-maku empuñó las 
armas y marchó a los frentes de combate del litoral. 

En estas expediciones lograron reconquistar la franja litoraleña 
donde fuera vencido y muerto el cacique de Ponkeica, sus restos y 
los de sus guerreros los encontraron todavía suspendidos de las 
ramas, secándose al viento y al sol, luego de servir de alimento a 
los buitres y las fieras. La vista del macabro espectáculo impactó a 
Seoname-maku: juró venganza total, su alma se llenó de odio, se 
convirtió en el guerrero más temerario entre los suyos; desde entonces 
infligió significativas derrotas a los gulamenas y la leyenda del 
Jaguar Negro tomó cuerpo hasta entre los mismos caribes. Por ello 
se ganó el derecho a suceder a su padre como cacique de Ponkeica, 
y más tarde, ser escogido por el Naoma-Kavi para comandante 
supremo de los ejércitos. 


Las grandes planadas entre los ríos Nakulin y Mutaiji, en el Valle 
de Tairona, se llenan de visos rojos cuando el sol del atardecer 
forma abanicos de luz sobre las cumbres de los cerros Guachaca y 
Buritaca, labrados desde inmemoriales tiempos por las aguas de los 
ríos en su paso incontenible hacia el mar En estas sabanas se 


El gran jaguar 85 


concentran ahora miles de guerreros a la espera de la orden para 
lanzarse a la guerra; agrupados en torno a las fogatas se dan un 
último descanso, cuecen alimentos y se reparten chibil-djía, la chicha 
de maíz. 

Circulando entre los soldados, con miradas altivas y ademanes 
imperiosos, se ve a los rabones con sus largas colas de cabello 
pretinadas de oro: conversan entre sí, se dan importancia,con el 
relato de sus acciones bélicas. Todos, sin excepción, lucen la piel 
pintada de bija, tintura de achiote, semejan una raza de hombres 
colorados. 

Sobre los playones de arena blanca chispeante de mica y oro de 
Surli-tukua, la Quebrada del Sol, se ha construido una gran nunhuañ- 
kala para sitio de reunión de los caciques. Allí están en lugar pree- 
minente, Nomaragiiey de Tayronaca y el viejo Toronomala de 
Posigijeyca, quien con Seoname-maku dan los toques finales a la 
estrategia de guerra: son asesores los caciques Gama, Guregúey, 
Gitogare y Gitamaku, de Bonda, Cincorona, Chairama y Buritaca; 
y atentos escuchas, otro medio centenar de caciques menores. 

A la noche, en medio de gran pompa, se presenta en el campo 
armado Naoma-Kavi muru nakubi, seguido de un séquito integrado 
por los principales sacerdotes de Keka-Bunkua. Con ellos, a la luz 
de las estrellas, inician un complicado ceremonial de ofrendas, adi- 
vinaciones y danzas guerreras, interpretadas por los rabones. El 
viejo y supremo naoma realiza las últimas observaciones en el firma- 
mento, y muestra la posición de Kavi-Tama en la frontera de la 
Constelación de los Jaguares: la Estrella del Gran Jaguar comienza 
a apagar su cauda, a confundir su apariencia con los otros cuerpos 
luminosos, y a emprender un largo viaje por otros ciento cincuenta 
y dos solsticios. 

En medio de la tempestad de gritos de los guerreros, Seoname- 
maku recibe de las manos del Naoma-Kavi la flecha ornada de 
plumas negras y blancas de nambo, el cóndor, ave rey de la Montaña 
Blanca, insignia que lo ratifica como gran jefe de los ejércitos, y a 
la vez, es orden para intentar la consolidación de las fronteras y el 
exterminio de los invasores. 

Se apagan una a una las estrellas. Munseishi, el Amanecer, se 
insinúa tras de los horizontes montañosos, el viento transporta nebli- 


86 Bernardo Valderrama Andrade 


nas de lo profundo de los cañones del Nakulin y el Mutaiji, teje 
celajes sobre las lomas azules de Guachaca y Buritaca. 


ES 


Solitario, de incógnito, Seoname-maku abandona silente el campa- 
mento donde desde hace dos lunas se concentran los guerreros. Sei, 
la Noche, es su cómplice y compañera en esta misión, más que 
secreta, trascendental y misteriosa. Sólo Naoma-Kavi muru nakubi 
está enterado de su cometido. 

Para no dejar huella de su paso ni ser detectado por sus propios 
centinelas, se aleja del campamento siguiendo el curso tranquilo de 
Surli-tukua. Camina con los pies dentro del agua, tibia por el arroyo 
caliente, fluyendo a ella después de brotar entre humaradas y reso- 
plidos, atribuidos a Karldikukui, Madre del Agua, como una forma 
de requerir ofrendas desde las profundidades de la tierra. Cuando 
llega al río Mutaiji, sonoro y caudaloso, se detiene por unos instantes 
y mira al frente, hacia Sei-Ashkuan, el Occidente, donde nacen la 
noche y el color negro: quiere distinguir bajo el cielo estrellado la 
mole oscura y monumental del Cerro Buritaca, con los tres picos 
de Seinku, Padre de la Maldad, donde Mama Ubalangui construyó 
Otras tantas nunhuañkalas y oficia con los poderes de Noanase, la 
Ley del Mal. Pese a la oscuridad, Seoname-maku distingue la mon- 
taña. La valentía, compañera en todos sus actos, en esta ocasión 
no lo libra de sentir una extraña sensación: es un frío corriéndole 
por todo el cuerpo, la piel erizada y temblores imposibles de contro- 
lar Igual sentía de chiquillo cuando se atemorizaba, y, con excepción 
de esas veces, el miedo nunca lo ha inquietado, ni siquiera en los 
momentos de tensión precedentes a las batallas. Esta noche, cuando 
debe subir a una de las tres cimas de Seinku a entrevistarse con el 
Mama Ubalangui, con dificultad domina estos sentimientos. 

Según el Naoma-Kavi, al otro lado del río debe esperarlo quien 
será su compañera en la misión: Nyuba-Aluna, el Espíritu de Oro 
de los Taironas; ante su pureza y bondad, quizás el Mama Ubalangui 
refrene sus deseos por desatar la maldad y permita a Seoname-maku 
presentar las ofrendas a Seinku; así los peligros y desgracias de la 
guerra caerán sobre los invasores, y no sobre los taironas. 


El gran jaguar 87 


Se echa al río Mutaiji y en la lucha por dominar sus impetuosas 
aguas, vuelve a conquistar la confianza en sí mismo; cuando emerge 
en la otra orilla, con los músculos tensos por el esfuerzo realizado, 
ya no siente vacilaciones: ahuyentó el miedo, ahora camina por la 
ribera alta y pedregosa, busca entre las sombras a la mujer sagra- 
da. Como lo advirtiera Naoma-Kavi, la encuentra cerca de allí, de 
cara a lagakenka, el Suroccidente. A sus espaldas ya se insinúa la 
aparición de Saxa-ti aclarando la noche. Seoname-maku ha oído 
hablar de Nyuba-Aluna, de su belleza corporal, de sus poderes 
adivinatorios, de su desconcertante capacidad para verlo todo sin 
levantar lbs párpados. Nadie le conoce el color de las pupilas, porque 
ninguno la ha visto con los ojos abiertos... Tal vez sólo el muru 
nakubi. Y allí está, solitaria, el cuerpo desnudo, sin otra prenda 
que las joyas cubriéndole la piel. 

—Te esperaba, Seoname-maku... Ya es tiempo de subir al Cerro 
Buritaca: antes de la llegada de Mukulda, el Viento Malo. 

El cacique se queda mirándola, admirado con su presencia enjo- 
yada: en sus alhajas parecen chispear las estrellas del cielo.. toda 
ella, de la cabeza a los pies, es una mujer de-oro. Y siente orgullo 
de tenerla por compañera en esta misión. Nyuba-Aluna, símbolo 
del Bien, inspira la confianza necesaria para neutralizar los poderes 
malignos dei Mama Ubalangui. 

—Te saludo, Nyuba-Aluna. Me complace tu compañía. Dime: 
¿Conoces el camino? : 

La joven se vuelve: halagada, esboza una ligera sonrisa; su rostro 
sereno, con los párpados cerrados, la reviste de un halo propio de 
los dioses. Su voz es de acentos suaves cuando responde: 

—Sí. Debemos seguir el camino ancho de piedra: nadie lo frecuen- 
ta; todos temen subir a las casas ceremoniales de Mama Ubalangui. 
Lo encontraremos cerca. 

Con pasos seguros Nyuba-Aluna guía al cacique ribera arriba del 
Mutaiji, hasta un lugar donde blanquea la ancha cinta empedrada, 
apuntando como un trazo hacia las primeras laderas del Cerro Buri- 
taca. 

—Aquí está —confirma cuando siente bajo sus pies las losas del 
camino. Levanta el brazo hacia los picos de Seinku y señala la larga 
calzada que conduce a la Montaña del Mal. Seoname-maku sigue 
con la vista el gesto de la muchacha y no puede evitar volver a 


88 Bernardo Valderrama Andrade 


sentir un vago temor: tanto es el poder sobrenatural atribuido al 
sacerdote oficiante en los templos de la montaña. 

—»Nyuba-Aluna: debemos tener éxito. No podemos fracasar 
—d<ice preocupado y la mira esperanzado por ver en su rostro un aire 
optimista. La joven permanece serena, sin la menor señal de inde- 
cisión. Seoname-maku se admira de la propiedad de su compañera 
para desplazarse con los ojos cerrados. La curiosidad se impone: 

—Dime: ¿Cómo lo haces?... ¿Acaso nunca necesitas abrir los 
ojos? 

Ella sonríe, con su aire distante ahora un tanto burlón. Y para 
demostrar sus raros poderes, lo toma de la mano y lo obliga a seguirla. 

—Vamos: de esta misión dependen el futuro y la vida de nuestros 
hermanos. Será imperioso llegar a uno de los tres picos de Seinku. 
¿Trajiste las ofrendas? 

Seoname-maku asiente y aprieta entre sus dedos la mochilita de 
algodón colgada del cuello, donde lleva las kuitsi de cristal de roca 
negra. Y sin soltarse de las manos aceleran la marcha y se internan 
por el camino ancho de piedra, a la vista de Saxa-ti, alumbrándolo 
todo con su luz blanca. Ya próximos a las faldas del Cerro Buritaca, 
el sendero se abre en tres ramales que apuntan a cada uno de los 
picos de Seinku. Se detienen: Seoname-maku vacilante, Nyuba- 
Aluna pensativa: al final de uno de estos caminos espera Mama 
Ubalangui, acechándolos, dispuesto a desatar las fuerzas del mal 
para impedirles entregar las ofrendas. 

—No atino por cuál seguir. Me acojo a tus conocimientos —re- 
conoce Seoname-maku. Nyuba-Aluna se sitúa en el lugar de conver- 
gencia de los ramales, voltea las palmas de las manos al frente, 
levanta la barbilla, se queda quieta, como si percibiera algo en el aire. 

—Se acerca Mukulda... ¡El Viento Malo! Ya lo oigo. Debemos 
darnos prisa. 

Con movimientos impulsivos toma la mano del cacique, le trans- 
mite su vehemencia, lo arrastra por el camino del medio, escogido 
según su esotérica sabiduría. Un poco adelante la ancha calzada de 
lajas se convierte en gradería. A esta parte, las labranzas de eibi, 
maíz, mulda, algodón, y seina, yuca, han quedado atrás. Sólo los 
rodea la espesura inextricable de la selva con sus mil voces miste- 
riosas, acompañadas por el aleteo creciente de las hojas en las ramas 
de los árboles, agitadas por una brisa cada vez más intensa. 


El gran jaguar 89 


—¡Mukulda! —confirma Seoname-maku, atento al murmullo del 
viento, rugiente como un jaguar gigante sobre las cumbres del Cerro 
Buritaca. 

—No podremos escapar a él: en un momento lo tendremos encima. 
Mama Ubalangui ya descubrió nuestra presencia. 

La brisa arrecia y se convierte en viento.. en vendaval... en 
fortísimo huracán: los árboles se sacuden, gimen, algunos son arran- 
cados de cuajo con gran estrépito: se astillan las ramazones: hay 
lluvia de hojas: se agitan los bejucos a manera de látigos, deben 
esquivar la inexplicable precisión de estos azotes y el derrumbe 
fragoroso de los colosos vegetales sobre el sendero de piedra. Vapu- 
leados por este cataclismo, reconocen los tremendos poderes del 
Mama Ubalangui empeñado en hacerles imposible el acceso a la 
montaña. En medio de relámpagos, Nyuba-Aluna y Seoname-maku 
avanzan con esfuerzo. Ruge el viento con intensidad rayana en lo 
inconcebible, zigzaguean los rayos, parpadean los relámpagos, es- 
tallan los truenos en una tempestad seca. 

Cuando después de sortear los peligros del huracán, coronan los 
lomos aplanados de la montaña, el ventarrón se interrumpe en forma 
instantánea: todo queda en calma, cesa el clamor horrísono de la 
naturaleza, de nuevo es posible mirar el cuadro luminoso de las 
estrellas. 

Seoname-maku se detiene desconcertado: él, como la muchacha, 
están sofocados. 

—¿ Y ahora? —pregunta convencido de enfrentar fuerzas sobrena- 
turales. 

—No perdamos tiempo. Sigamos... antes que Mama Ubalangui 
yuelva a atacar. 

—¿Fue él? 

Frente a ellos, emergiendo del horizonte boscoso y plano del lomo 
del Cerro Buritaca, se alza uno de los tres escarpados picos de 
Seinku. Pese a la fatiga, sin soltarse de-las manos, echan a correr 
por el camino enlosado, allí otra vez llano, apenas con ligeras curvas 
determinadas por el filo de la montaña. De reojo Seoname-maku 
mira a su compañera, admira su agilidad y velocidad para correr, 
sus pies no parecen tocar el suelo... y sus párpados siguen cerrados. 

—¿Acaso vuelas? —le pregunta sobre la carrera. Nyuba-Aluna 
suelta una carcajada. Es la primera vez que le aprecia una actitud 


90 Bernardo Valderrama Andrade 


expansiva y no su habitual sonrisa misteriosa: ahora ríe de verdad, 
sin limitaciones. 

Un repentino cambio en la pendiente del camino indica la llegada 
a la base del pico: se detienen, él con la respiración agitada, ella 
ya sin la menor muestra de fatiga, como si en realidad hubiera 
volado. 

—En verdad... ¡Tú eres el Espíritu de Oro de los Taironas! —cen- 
fiesa admirándola. Nyuba-Aluna torna a su habitual actitud, y ad- 
vierte: 

—Hasta aquí te acompañaré. Ahora debes seguir sólo.. y así 
veas y encuentres obstáculos y enemigos, avanza sin detenerte, hasta 
coronar la cima y depositar en el templo las kako, ofrendas para 
Seinku. Así la suerte se pondrá de tu parte. Y ahora, ten.. —la 
muchacha se suelta un cinturón de cabello con pretinas de oro y se 
lo entrega—, con esto te defenderás. Será suficiente. 

—¿Esperarás mi regreso? 

Nuyba-Aluna sonríe con su aire distante. 

—No será necesario. 

—¿ Volveré a verte? 

—Haba Séinekan lo decidirá. Tu vida y la mía están ligadas a la 
suerte de nuestro pueblo. Cumple tu misión: hankua seiji: sé fuerte. 

Se separan, cada cual caminando hacia atrás, conmovido el joven 
cacique con ese raro poder que emana de la muchacha. Cuando se 
vuelve para continuar la marcha, encuentra el camino cerrado por 
un enorme jaguar negro, agazapado, con las fauces abiertas, amena- 
zante, los ojos fosforescentes en destellos rojos y verdes. Nunca ha 
visto uno de tal tamaño. 

—;¡Seiname!. ¡El Jaguar Negro! —murmura entre dientes y va- 
cila en proseguir. Pero Nyuba-Aluna le dijo: Sigue adelante, sin 
detenerte, no importan los obstáculos: Y... ¿Por qué va a interpo- 
nerse en su camino un jaguar negro? ¿Acaso él mismo no es un 
seiname?... Levanta el látigo-cinturón de cabello y oro, lo hace 
girar sobre su cabeza, embiste simultáneo con el jaguar, le lanza 
un fuetazo y cuando va a dar en el blanco el animal se deshace: 
como por encanto el camino queda libre. 

—¡Oh!.. Y parecía tan real. 

Se vuelve a mirar atrás. Distante divisa a Nyuba-Aluna: es una 
silueta dorada resplandeciendo en la oscuridad. Así esté lejos cree 


El gran jaguar 


divisar sus rasgos sonrientes, satisfecha por su conducta, y compren- 
de: el jaguar negro era la visión de sí mismo, su peor enemigo de 
haberse atemorizado. 

Decidido, casi con alegría, triunfante sobre el miedo, hace girar 
varias veces el látigo-cinturón en señal de despedida a la muchacha. 
Y emprende a saltos el ascenso al pico de Seinku. Nuevos obstáculos 
aparecen en su camino: cubriendo la gradería, en forma de tapiz, 
se retuercen nudos de serpientes tejaku, venenosas cascabel agitando 
sus colas sonoras como bastones de brujo: ante su presencia levantan 
las cabezas dispuestas al ataque. Seoname-maku no se detiene, salta 
sobre ellas y al hacerlo desaparecen. Un poco más arriba el camino 
se cierra con otro tropiezo: las geométricas malkua-shisa, telas de 
las arañas gigantes de hilos plateados a la luz de Saxa-ti. ¿Serán 
imaginarias?... Lo cree y se lanza sobre ellas: queda atrapado entre 
la pegajosa maraña. Sus movimientos desesperados por recobrar la 
libertad alertan a los peludos y rojizos arácnidos: de inmediato se 
arrojan sobre él. Con supremo esfuerzo rompe la resistencia de los 
telares y escapa de ser inoculado con veneno paralizante. 

Ante una nueva trampa de Mama Ubalangui se confunde: inter- 
puestos en el camino hay tres corpulentos guerreros de piel blanca, 
cabello de fuego, armados con bruñidos espadones de metal, con 
ojos brillantes como kuitsis azules: ¡Los ubatashi!, alcanza a pensar 
y ya los tiene encima atacándolo a fondo con la punta afilada de 
sus armas. Amaga con el látigo en desigual batalla, salta a un lado 
y otro para evitar los mandobles. Está pensando cómo habrá hecho 
Mama Ubalangui para aliarse con estos invasores, cuando descubre 
que ya no empuñan espadas, sino las pesadas y mortíferas hachas 
de piedra de los caribes; les mira a la cara y los ve transformados 
en gulamenas o sangaramenas, de cuerpo desnudo y cráneo deforma- 
do. ¡Ah! Es otra treta del poseedor de Noanase, la Ley del Mal. 
Deja de combatir y esquivar a sus enemigos, salta al frente echando 
fuetazos, pasa entre ellos, los ve deshacerse al contacto centelleante 
del prodigioso cinturón de Nyuba-Ajuna. 

Ya está próximo a la cima del pico de Seinku: tiene forma de 
torreón, con paredes forradas en piedra, un escalonamiento interme- 
dio a manera de contrafuerte, y como acceso una amplia rampa 
enlosada. 

—;¡La Terraza del Mal! —pronuncia entre dientes, sobrecogido 


92 Bernardo Valderrama Andrade 


con la imponencia del lugar y sus implicaciones mágico-religiosas. 
Sin soltar el cinturón de cabello y oro, aprieta en la otra mano la 
mochilita donde guarda las kako, por la rampa inicia la subida, los 
sentidos alertas para no dejarse sorprender; de una cosa está seguro: 
el maligno sacerdote será su última barrera. Así sucede: ya divisa 
la mole cónica de la nunhuañkala, cuando interponiéndose aparece 
un viejo alto, fuerte, de piel tan oscura que podría confundirse con 
la noche de no ser por los ropajes blancos pintados con signos 
cabalísticos. Su voz es ronca, iracunda, con resonancias: 

—¡Dikuijiname!... ¡Hombre-león-negro! —grita y le centellean 
los ojos. Seoname-maku responde también a los gritos, sin mostrar 
temor: 

—¡Así es!... Traigo kako para Seinku. Tributos para que Noanase, 
la Ley del Mal, no caiga sobre los taironas en la guerra por em- 
prender. 


ES 


Cuando vuelve a tener conciencia de sí, Seoname-maku se halla de 
nuevo en las orillas del río Mutaiji. 

Es el amanecer y la gran mole del Cerro Buritaca se eleva al 
frente, azulada, cubierta de celajes. Desconcertado, el cacique no 
sabe si cuanto acaba de vivir fue realidad o apenas un sueño. Está 
por creer esto último, cuando se lleva la mano al cuello y aprieta 
entre los dedos la mochilita donde guarda las kuitsi de cristal de 
roca negra: está vacía. 

Lo dominan sentimientos encontrados: un interrogante le taladra 
el cerebro: ¿Cumplió su cometido y estuvo allá arriba enfrentado al 
Mama Ubalangui? Piensa en Nyuba-Aluna con intensidad frenética: 
si la viera otra vez... ella debe tener la respuesta. Pero no está a su 
lado ni en los contornos, en sus manos tampoco conserva el cinturón 
de cabello y pretinas de oro. 

Abrumado por la incertidumbre, Seoname-maku enfila sus pasos 
hacia el campamento donde lo esperan sus guerreros. Y si no entregó 
las ofrendas a Seinku, ¿cuál será el destino de sus ejércitos? Le 
angustia no tener contestación. ¿Habrá triunfado Mama Ubalangui 
con su Ley del Mal? 


gee 


E 


El gran jaguar 93 


No advierte Seoname-maku que a sus espaldas, con la agilidad 
silente de los animales de su especie, lo sigue un enorme seiname... 
el jaguar negro. 


XIV 


El paso de la flotilla caribe a regular distancia de la playa y frente 
a las costas de Buritaca y la aldea kashingui, confirma a Kashín y 
Ulaban la llegada de otras gentes de su raza, en busca de Tierra 
Firme. De inmediato una pregunta los inquieta: ¿Tendrán estos vi- 
sitantes relación con los gulamena y los sangaramena? Un emisario 
se presenta y los urge a comparecer ante el Naoma Cotocique. 

Conocedor de los aprestos bélicos de los taironas y de los actos 
que pueden esperarse de los caribes, y preparándose para cualquier 
eventualidad, Kashín ordena aparejar sus navíos frente al estuario 
de Palanoa: así pone en alerta a los kashingui, dedicados a mirar 
los barcos de sus hermanos de raza, inconfundibles con sus bordas 
acorazadas con caparazones de tortuga carey. Ya a todos inquieta 
un mismo interrogante: ¿Vendrán en son de guerra o de paz?... De 
común acuerdo, Kashín toma puesto en el puente de mando de su 
nave y se apresta a cualquier contingencia; Ulaban, en tanto, sale 
para Búritaca en plan de comisionado. 

En el poblado tairona y dentro de la nunhuañkala, lo esperan 
Naoma Cotocique y Gitamaku el cacique, éste recién llegado de 
Tayronaca al frente de un numeroso cuerpo armado. 

—Saki shivaldau, Naoma Cotocique —saluda de entrada Ulaban 
y hace una reverencia ante el sacerdote; luego se vuelve a Gitamaku 
y con una leve inclinación de cabeza, añade—: —Hánchika, mako 
tama. Te saludo, gran jefe. 

Cotocique y Gitamaku, con rostros hieráticos, a su vez inclinan 
las cabezas y responden en coro: 

—Uá, uá: bien, bien. 

Esto es sólo la formula de respuesta acostumbrada, porque su 
actitud, con los brazos cruzados y la frente arrugada, muestra gran 
preocupación. Ceremonioso, Cotocique toma su lugar en la banca, 
y con vOz grave anuncia: 


94 Bernardo Valderrama Andrade 


—Seingabe itei, hangui: estoy sentado, pensando. 

Con ello indica estar dispuesto para hablar de asuntos importantes. 

Gitamaku y Ulaban ocupan otras bancas y de inmediato Cotocique 
pregunta: 

—¿Ha visto las embarcaciones? 

Sus ojos se clavan profundos en el rostro de Ulaban: no quiere 
perderse ninguna de sus reacciones: así podrá leerle el pensamiento. 

—Las he visto.. son caribes: gente de mi raza: he reconocido 
sus piraguas. 

El naoma y el cacique cruzan significativas miradas; el sacerdote 
prosigue dejando ver su inquietud: 

—De todos son conccidas las atrocidades cometidas por gulame- 
nas y sangaramenas entre nuestros vecinos los duanabuká; y también, 
ya entre mis hermanos los kogi y los aldu-guiji. ¿Qué piensa de 
estos que ahora llegan? 

Ulaban comprende la actitud de los taironas: ya hasta desconfían 
de ellos y con razón; su única opción es ganar tiempo. 

—Sí. he sabido: por lo dicho por usted, Naoma Cotocique, y 
por lo escuchado en Tayronaca. Habrá guerra. Por ello, con todo 
respeto, invoco su sabiduría y poder; nosotros los kashingui hemos 
cumplido lo prometido a los taironas y no los hemos ofendido. Para 
mi gente pido amistad y comprensión. De los otros —y señala en 
dirección al mar—, así sean de mi raza, ni Kashín ni yo conocemos 
sus intenciones. No podemos adivinar ni responder por sus actos. 

Por segunda vez Cotocique y Gitamaku intercambian miradas. 
La franqueza de Ulaban los convence y para ellos es suficiente. Se 
lo hacen saber, lo interrogan sobre las costumbres guerreras de los 
caribes, luego dan por terminada la entrevista. Sale el kashingui de 
la nunhuañkala con aire preocupado, le cuesta trabajo atender a los 
chiquillos taironas agrupados a su alrededor como suelen hacerlo 
siempre que viene al pueblo, debido a su costumbre de enseñarles 
juegos, participar en ellos, o contarles historias sobre sus aventuras. 
Ahora, ensimismado, mira a los niños sin verlos. Tiende la vista 
hacia el horizonte marino, descubre las manchas alargadas de los 
navíos. Entiende por qué los de su raza buscan las tierras fértiles 
de Keka-Bunkua para establecerse y progresar, pero no comparte 
sus sistemas violentos. Y en forma fugaz recuerda un pasaje de su 
vida: el rapto de su madre. ¿Dónde estará ella?.. ¿Vivirá aún? Y 


El gran jaguar 95 


de ser así, ¿cuál será su suerte? Preguntas dolorosas que desde niño 
lo han atormentado y sólo tienen consuelo en la piedra nube-cielo, 
amuleto cuya superficie pulida acaricia cuando la rememora. Angus- 
tiado, mirando el mar y rodeado de los chicos taironas, siente un 
dolor anticipado por una guerra imposible de evitar 

La actitud inocente de los pequeños enfrentada al desastre en 
ciernes, le produce desazón: es un sentimiento de tristeza adelantada, 
por cuanto pueda ocurrirles a ellos y a todos los demás habitantes 
sin capacidad de combatir: víctimas sin albedrío. Con esfuerzo echa 
a un lado los presagios, cede ante la insistencia de los chiquillos y 
participa con ellos en el juego. El aire se llena de un alegre bullicio, 
obliga a Cotocique y Gitamaku a asomarse a la puerta de la nunhuañ- 
kala. 


Por entre el bosque de trupillos, almendros y marañones, Ulaban 
regresa a la aldea kashingui. De cuando en cuando mira hacia el 
mar para evidenciar la posición de los barcos. Su andar es firme, 
de grandes zancadas, y en su faz se refleja la determinación. Como 
suele suceder, la voz de Nyuba-Aluna lo sorprende: 

—¡Ulaban! 

El se detiene, transformado el rostro por una expresión de alegría. 

—;¡Nyuba-yang! 

Mira en contorno, cauteloso, pero ella se le adelanta: 

—-Nada hay que temer: estamos solos. Todos miran hacia el mar 

Sonríe confiada, extiende los brazos y cuando el kashingui está 
frente a ella, con las manos le palpa el semblante. 

—Narldunye, me gusta. Has tomado tu decisión. —Baja las manos 
hasta el cuello, toma la piedra amuleto nube-cielo, la sujeta entre 
los dedos y con expresión de quien presienie su significado, musita—= 
Yo, y esta kuitsi, siempre te acompañaremos. 

Ulaban la abraza, la estrecha en una combinación de ternura y 
pasión, besa una y otra vez sus párpados cerrados y tranquilos, 
observa admirado su belleza, enmarcada por el largo cabello negro 
y las diademas colgantes de oro; se recrea con anticipación en el 
ardor incitante de sus labios curvados en gesto provocativo. Ella se 


96 Bernardo Valderrama Andrade 


deja acariciar, se muestra complaciente al contacto de sus manos, 
descubriendo sus intimidades y secretos. Cuando la locura del amor 
comienza a convertirse en urgencia, lo contiene: 

—Basta, Ulaban. Recuerda: soy Nyuba-Aluna. Más bien... cuén- 
tame: ¿Cuál es tu decisión? Lo palpé en tu cara: 

—¿Debo revelártelo?... Cotocique y Gitamaku no me confiaron 
sus intenciones, y no se los reprocho. 

—Puedes no hacerlo. Pero si confías en mí, podré ayudarte. 

Ulaban no se sorprende: ya conoce los poderes mentales de su 
amada; y porque confía en ella, decide contarle lo acordado con 
Kashín. Nyuba-Aluna se lo impide sellándole los labios con una de 
sus manos. Sonríe enigmática y a continuación, adivina cuanto ellos 
han pensado hacer. Lo ha leído en el pensamiento. 

—-Dime, Nyuba-yang: ¿Cómo sabes todo?... ¿Hasta mis pensa- 
mientos? Y sobre el futuro, ¿qué pasará?... ¿Qué será de nosotros? 

El Espíritu de Oro vuelve el rostro al mar, con sus largas y negras 
pestañas haciendo sombra sobre sus pómulos. Le tiemblan los labios 
y las aletas de la nariz. Ya no sonríe. Una seriedad extrema marca 
sus bellas facciones. 

—El futuro está en tu corazón. La muerte, ahora o después, no 
importa. Haré ofrendas a Heisei... no puedes desviar tu camino. 
Yo estaré acompañándote. Ahora vete: el tiempo apremia. 

Impresionado como nunca con los poderes de Nyuba-Aluna, 
amándola con todas sus fuerzas, Ulaban prosigue su camino. Para 
entonces Surli enrojece, desciende hacia Mamashkaxa, la Boca de 
Fuego. 


Con los velámenes recogidos y las tripulaciones adormiladas, las 
naves abarloadas de los kashingui cabecean por la marea alta. En 
la piragua capitana, Kashín y Ulaban ultiman detalles: 
—-Cotocique y Gitamaku querían saber nuestra actitud. Los des- 
manes de los caribes han desbordado su indignación. Les dije lo 
acordado, pero no sé si logremos ganar el tiempo necesario. 
Kashín, recostado sobre la borda, luce poderoso y temible con 
sus arreos guerreros. Quisiera penetrar con la mirada la oscuridad, 


El gran jaguar 97 


acentuada por la ausencia de luna y estrellas. Se ve impaciente, 
deseoso de entrar en acción. La voz le sale en un cuchicheo: 

—La última visión que tuve de la flotilla, la mostraba en posición 
de ataque. Se aproximan al amparo de la noche. Cuando amanezca, 
estarán frente a Buritaca. 

Ulaban concuerda con estas apreciaciones: 

—Los taironas preparan la defensa y no esperan contar con noso- 
tros como aliados. Su recelo es justificado por las experiencias con 
ubatashis y caribes. Por ello debemos actuar con prontitud. No queda 
otra alternativa. 

Kashín, con un ademán, indica ahora a tierra firme, a espaldas 
de la aldea kashingui: 

—Los taironas ya nos tienen rodeados: en este enfrentamiento no 
podremos ser neutrales. 

Envueltos en la noche, los dos amigos se despiden. 

Ulaban se descuelga por la borda hasta una pequeña embarcación 
aparejada, suelta las amarras, orienta la vela, la tesa, solitario se 
hace a la mar en dirección a la flotilla caribe. Kashín reúne a los 
habitantes de Palanoa en la playa, les revela lo convenido con Ulaban 
y Su arriesgada misión, les pide expresar su voluntad. 


XV 


Es el amanecer. 

Desde la bocana del Mutaiji y a través del boquerón de la serranía, 
se divisan como diamantes blanco-azules los picos de Keka-Bunkua. 
En el mar, a esa hora con inmovilidad de espejo, se destacan a 
regular distancia las formaciones de las piraguas caribes, semejantes 
a extraños y enormes insectos posados en el agua. Arriados los 
velámenes, con sus bordas acorazadas y erizadas de lanzas, avanzan 
al impulso sincronizado de los remos. 

En el puente de la nave capitana y tras una mampara, Gula atisba 
hacia tierra y el poblado de Buritaca. Sobre su cabeza, prendidos 
del mástil, macabros trofeos de combate, se balancean racimos de 
brazos secos con las manos agarrotadas, pertenecientes a rivales 


98 Bernardo Valderrama Andrade 


vencidos. Por la expresión del rostro se adivina su ánimo resuelto, 
impulsivo cuando de combatir se trata; Buritaca será su próxima 
conquista y ya lo posee la acostumbrada exaltación hormigueándole 
por todo el cuerpo. Ese día, sin embargo, un nuevo ingrediente 
contribuye a aumentar su agresividad: la causa es Ulaban y sus 
insólitas propuestas. 

Clareaba la Luna Llena y sacaba brillo alos caparazones de tortuga 
de sus barcos, cuando uno de los vigías anunció la presencia del 
kashingui. El, igual a todos, curioseó sobre las bordas y vio acercarse 
silenciosa la pequeña canoa tripulada por un hombre solitario, a 
quien no tardó en reconocer como caribe. Esto se confirmó cuando 
al estar ya próximo, preguntó en su mismo idioma: 

—¿Quién comanda esta expedición?... Necesito hablarle. 

Gula subió de un salto al puente de mando y contestó con voz 
tronante: 

—;¡Yo!.. ¡Gula!. Puede aproximarse. 

Bajo la luz de la luna, el kashingui y el arranca-brazos tuvieron 
su primer encuentro, se analizaron uno a otro con malicia y curio- 
sidad. Ulaban expresó a manera de saludo: 

—Por todas las costas de este poderoso País de los Taironas, ya 
se tiene noticia de Gula y de Sangama, hermanos caribes cuya fama 
de guerreros nadie pone en duda. 

Gula, de rostro duro e inexpresivo, no se impresionó con estas 
palabras, así el chispeo de sus ojos indujera de inmediato al kashingui 
a exponer en cortas palabras las experiencias pacíficas y prósperas 
del grupo de Kashín; y para sustentar sus argumentos, informó sobre 
los inmensos territorios existentes en torno a la Montaña Blanca, 
donde, si lo querían, podrían establecerse sin recurrir a acciones 
guerreras. Gula escuchó sin despegar los labios, sorprendido con 
este nuevo lenguaje; acorde con su temperamento, comenzó a sentir 
fastidio. ¿Cómo se atrevía este caribe renegado a exponer tan extra- 
vagantes razones? ¿Acaso el poderío de otras gentes había sido 
alguna vez motivo para inducirlos a cambiar de conducta?.. Con 
mueca despectiva rechazó las propuestas de Ulaban, así fueran ellos 
un puñado, comparado con los taironas. Pero algo en el kashingui, 
quizás el brillo de su mirada o la tenacidad para sostener los argu- 
mentos, le contuvo el deseo de levantar la maza y hundirle el cráneo; 
este hombre, era innegable, detentaba una verdad diferente a la 


El gran jaguar 99 


suya, y ello lo imbuía de un raro valor Gula nunca había probado 
la impotencia al discutir con otro hombre, y se sintió iracundo... Si 
al menos Ulaban hubiera venido armado, no habría dudado en de- 
safiarlo a muerte; pero no: este kashingui, ni dándole una lanza 
lucharía contra él en ese momento. Así lo comprendió y en su lógica 
violenta dictaminó que no merecía morir en sus manos. 
Despreciándolo, lo hizo llevar a la nave donde se amontonaban 
las mujeres y los niños, detrás de la formación de combate. Este 
era el lugar apropiado para Ulaban, y una forma de humillarlo. Para 
entonces amanecía y el jefe arranca-brazos ordenó tesar las velas 
y enfilar las proas de las embarcaciones hacia el poblado de Buritaca. 


Desde su puesto de mando en la piragua, receloso, atento a la menor 
señal, Gula observa todo con mirada de águila: frente a él se despliega 
el litoral de amplios playones, bosques espinosos, coqueras, el pue- 
blo tairona y, en el extremo oriental, la aldea kashingui. Ya ha 
descubierto la flota de Kashín a pocas brazas de Palanoa, pero su 
participación en la batalla es una incógnita. Comparada con la suya, 
la de los kashingui es bastante menor, pero espera; por tratarse de 
gente de su misma raza, lo apoyen en el ataque contra los nativos. 
De obtener este respaldo las posibilidades de victoria se acrecentarán. 
Sólo duda cuando recuerda los razonamientos de Ulaban, ahora 
atado y prisionero en la nave de las mujeres y los niños: si los 
kashingui no lo apoyan, cuando concluya la contienda, dará con él 
un aterrador escarmiento. 

En el pueblo tairona y la aldea kashingui todo es silencio y quietud: 
el factor sorpresa no estará en esta ocasión a favor de los caribes, 
como sí sucedió en los otros sitios del litoral, donde ya han impuesto 
su dominio. Sin embargo, Gula confía en las proverbiales dotes 
guerreras de su gente. Cuando su proximidad a la costa le permite 
observar mínimos detalles de la población, descubre por fin una 
presencia humana: se trata de un viejo, solitario, de pie a la entrada 
del bohío de mayor tamaño, engalanado con alhajas de oro y pedre- 
ría, concentrado al parecer en un curioso ritual: mueve los brazos 
colmados de pulseras, agita unos largos bastones ornados de plumas 


100 Bernardo Valderrama Andrade 


de colores, rematados en abultadas semillas, su chicheo-chicheo lo 
alcanza a escuchar. Si avanzan un poco más, el anciano quedará a 
tiro de arco y ordenará a sus flecheros que lo asaeteen. 

Gula no sólo mira al frente: por el rabillo del ojo también sigue 
atento a los movimientos de los barcos de Kashín, advierte cuando 
sus tripulantes maniobran con los aparejos, tesan los velámenes y 
se lanzan a todo viento para salirles al encuentro. Este accionar de 
los Kashingui le hace aplazar la orden de flechar a Cotocique, ahora 
entregado a un agitado baile. Es más importante, por ahora, concen- 
trar la atención en el avance de los navíos repletos de guerreros, 
con las lanzas en alto y un griterío que rompe la calma del aire. 


Hinchadas de viento las velas, inclinándose y cortando los oleajes, 
saltan raudas las embarcaciones de Kashín: salen al paso de la flota 
de Gula, rompen su formación, con hábiles maniobrás giran sobre 
sí mismas, desde las bordas acorazadas se levantan los arqueros y 
disparan mortales lluvias de flechas, se causa un primer y efectivo 
desconcierto entre los gulamena. En medio del griterío ensordecedor 
las piraguas entrechocan y se amontonan, ocurre el abordaje y la 
lucha cuerpo a cuerpo, giran las mazas de piedra y las acompaña 
el sonido seco de los cráneos aplastados; por todos lados hay voces 
iracundas mezcladas con gemidos. Kashín es otra vez el valeroso 
y temerario jefe, alentando con el ejemplo a sus hombres; Gula, en 
tanto, repuesto de la sorpresa, trata de organizar a los suyos. 

La actuación de los kashingui fue el momento esperado por los 
taironas: Cotocique interrumpe el agitado bailoteo y lanza el grito 
convenido: como un huracán le responde el vocerío de los guerreros 
atrincherados detrás del pueblo. Comandados por Seoname-maku 
en persona, y por Gitamaku como segundo, cargan canoas sobre 
los hombros, emergen cual río desbordado por entre los espacios 
libres de las viviendas: son una horda ululante, emplumada, pinta- 
rrajeada de bija; avanzan hacia la orilla en vertiginosa carrera, los 
flecheros y los lanceros agitan con ardentía las armas. Su frenético 
griterío opaca ahora el fragor de la batalla entre kashinguis y gula- 
menas. La hasta hace unos pocos instantes blanca y tranquila playa, 


El gran jaguar 101 


se convierte en movible y ruidoso enjambre humano. Las largas y 
livianas barcas son echadas al agua, los guerreros las ocupan y en 
pos de Seoname-maku y Gitamaku, figuras emplumadas como ex- 
traños pajarracos, se lanzan al combate en apoyo de los kashingui, 
ahora en peligro de ser doblegados por la superioridad numérica de 
los gulamenas. 

Reverberea el aire con los gritos de los combatientes: semeja un 
vendaval desgarrando su voz entre los acantilados. Gula ha logrado 
abordar la nave de Kashín y está empeñado con él en feroz combate. 
Cuando escucha a sus espaldas el estruendoso vocerío de los taironas, 
demoníacos con sus cuerpos embadurnados de rojo, tiene un mo- 
mento de vacilación; ya los primeros empiezan a trepar por las 
bordas acorazadas y caen en montonera sobre los gulamenas. Pese 
a la intensidad de la lucha, el jefe arranca-brazos analiza la situación: 
la arremetida de los nativos desequilibra ahora su posición; y cuando 
reconoce entre los combatientes nativos a Seoname-maku, su ya 
conocido y feroz adversario, no duda en ordenar la retirada: no es 
ésta la ocasión para enfrentarse con posibilidades de éxito al cacique 
tairona. 

Kashín advierte la actitud titubeante de Gula y contraataca con 
mayor vigor: con la punta de su jácula le atraviesa el antebrazo, 
levanta la maza de piedra y se apresta a descargar el golpe definitivo. 
Otros gulamenas acuden en ayuda de su jefe, evitan la acción del 
kashingúui y permiten al arranca-brazos escabullirse y retornar a su 
navío. Desde él ordena tocar a retirada con la gran trompeta de 
caracol. Kashinguis y gulamenas suspenden al instante las acciones 
bélicas: dejando heridos y muertos, las gentes de Gula se repliegan 
atropelladamente; los taironas sí continúan combatiendo y entorpe- 
cen la huida a los caribes. De nuevo se forman las dos flotillas de 
piraguas: una en retirada, perseguida por las canoas de los indígenas 
y su lluvia de flechas envenenadas; la otra, la kashingui, también 
rodeada de embarcaciones taironas con rumbo a la playa. El aire 
vuelve a sacudirse, esta vez con los gritos unísonos y triunfales de 
los aliados celebrando la victoria. Y desde sus puestos de mando, 
satisfechos, Seoname-maku y Kashín cruzan por primera vez sus 
miradas. 

Por primera vez, también, los caribes han sufrido una derrota de 
importancia en Keba-Bunkua. Con las naves maltrechas: amontona- 


102 Bernardo Valderrama Andrade 


dos los heridos en el vientre de los barcos y retorciéndose de dolor: 
con el amargo sabor del fracaso, intensificado al considerar la actua- 
ción de los kashingui como una traición: herido su mismo jefe: los 
gulamena ponen proa hacia el Oriente; regresan hacia donde la suerte 
no les ha sido tan adversa. Y para completar, temen haber sido 
objeto de la más inconcebible humillación: el navío con las mujeres 
y los niños se ha perdido; no saben si naufragó en medio de la 
batalla, o lo que es peor, si taironas o kashingui se lo robaron con 
su preciosa carga. Y Ulaban también ha desaparecido... 

Con el brazo inflamado y sangrante, sumido en: terco silencio, 
Gula no deja de pensar en el kashingui: le trajo mala suerte desde 
el mismo momento en que puso los pies en su piragua. 

—¡Maldito caribe!... ¡Traidor! 


La incertidumbre reflejada en el rostro de las mujeres apretujadas 
dentro de la embarcación asignada a ellas mientras durara la contien- 
da, conmovió a Ulaban, maniatado y también obligado ocupante de 
esa nave; y los ojos de los niños expresando un miedo cerval, le 
revivieron tiempos pasados, cuando con Kashín debieron enfrentar 
atemorizados iguales situaciones. La ira, la indignación, el deseo 
imperioso de cambiar la suerte de esas mujeres y niños, poseyeron 
al kashingui: aprovechó la distracción de los tripulantes, apenas con 
ojos y oídos para seguir el desarrollo del combate, se dirigió al 
grupo de mujeres cercanas, se identificó como caribe y explicó su 
presencia en el barco; también pronosticó el curso de los aconteci- 
mientos y cuando todo sucedió según sus palabras, vio llegado el 
momento de proponer una de sus ocurrencias: 

—Libérenme de estas ataduras y ayúdenme a tomar el control del 
navío; así podré llevarlas con sus hijos a tierra, y a mi aldea caribe. 
Allí, se los prometo, tendrán una vida tranquila y feliz. 

Las mujeres le creyeron, lo pusieron en libertad, y con ellas, 
armados de canaletes, atacaron a los tripulantes y los arrojaron al 
mar; luego, bajo las órdenes precisas de Ulaban, izaron la vela, 
ocuparon puestos de remeros y apuntaron la proa a las costas de 
Palanoa. 


El gran jaguar 103 


XVI 


Mezclada con la fosforescencia de los nóctilus riela la luz clara de 
Saxa-ti. Al ritmo sonoro de los oleajes se mecen las piraguas caribes 
y las canoas taironas ancladas a pocas brazas de la orilla. 

En los playones, vasto triángulo de arena frente al mar y la ribera 
del caudaloso Mutaiji, festejan la victoria cientos de bulliciosos 
guerreros y habitantes de Buritaca. 

En los nunhúe a donde llega apagada la celebración, las mujeres 
atienden a los heridos; en las afueras del pueblo, los enterradores 
sepultan con golpes de odio los cadáveres de los gulamena en una 
fosa común; en otro lugar, escogido por Cotocique, los despojos de 
taironas y kashinguis, acompañados de sus alhajas y armas, son 
cubiertos con la tierra cálida que su heroísmo defendió. Allí hay 
coros de plañideras, cantos de alabanzas y súplicas a Gaulkuché, 
Dueño y Señor de los Muertos: le piden conduzca los espíritus de 
los guerreros por el camino de Shikua-xalda, sólo permitido a los 
valientes; por él llegarán hasta Nean-Biró, la gran Puerta de Ir, 
entrada a la región del Más Allá. 

En la Nunhuañkala mayor la festividad es diferente: Naoma Co- 
tocique, dedicado a las adivinaciones, entra en éxtasis, se desdobla, 
viaja sobre las serranías y los valles, se adelanta a los emisarios 
enviados a Tayronaca para llevar el parte de victoria al Naoma-Kavi. 

Tan pronto se apaga en el horizonte la última explosión de colores 
del atardecer, y antes de asistir a la convocación de jefes en la 
Nunhuañkala de Buritaca, Kashín y Ulaban recorren su aldea, 
aumentada en población con las mujeres y los niños rescatados a 
los gulamena. Las gentes les demuestran entusiasmo y agradecimien- 
to, así en algunos bohíos haya duelo por los caídos durante la 
batalla. Pero a la nostalgia de su recuerdo se impone la alegría de 
la fiesta. 

El amanecer encuentra a Ulaban deambulando solitario por el 
bosque de trupillos cercano a la playa, donde en pasadas ocasiones 
ocurrieron sus encuentros con Nyuba-Aluna. 

Cuando en la Nunhuañkala terminó la reunión con el naoma y 
los caciques, Ulaban dejó marchar a Kashín hacia Palanoa y buscó 
disculpa para quedarse recorriendo el poblado de Buritaca. Con aire 


104 Bernardo Valderrama Andrade 


distraído circuló entre los nunhúes, afinó el oído, intentó mirar con 
disimulo a través de los estantillos de muros y puertas. ¿Estaría ella 
en alguno de esos bohíos?... Las mujeres y los niños refugiados en 
las afueras del pueblo habían regresado y a Nyuba-Aluna no se la 
veía. El kashingui visitó el nunhúe de las tejedoras de mochilas, 
donde solía frecuentar el Espíritu de Oro; y el taller de fabricación 
de lanzas, arcos y hachas, de mucha actividad por aquellos días, a 
cargo de ancianos y mujeres; y hasta en ese lugar solitario, apartado 
del pueblo, inconfundible por las nauseabundas emanaciones, dela- 
toras de la labor allí ejecutada: preparación de mortales venenos 
para impregnar las puntas de macana de las armas arrojadizas. No 
había rastro de ella. También se acercó a la Nahua, el templo 
femenino, y tuvo el atrevimiento de atisbar por su puerta: nada. 
Sólo penumbra vacilante y la silueta encogida de una anciana frente 
a las brasas, cuidando en ritual silencioso el fuego sagrado. 

Ante ese fracaso emprendió la marcha hacia la aldea: sentía envidia 
de Kashín y de los otros hombres, a esa hora concluyendo las 
celebraciones de la victoria entre los brazos y la ternura de sus 
mujeres. En cambio, su soledad podía compararse con la de los 
hogares a donde no regresaron los hombres, muertos en la contienda. 


ES 


Ruge la pleamar: estalla con grandes oleajes; y en el cielo estrellado 
se marca con una inmensa franja la Avenida de la Luz. 

Piensa recorrer la distancia a la aldea kashingui por la playa, 
siguiendo la cinta donde la arena está húmeda y apretada por el 
último empuje de las marejadas; atraído por una fuerza superior, se 
aparta de la orilla y se interna en el bosque descarralado de los 
almendros y los mereyes. 

Saborea distraído los frutillos, cuando... 

—¡Ulaban! 

—;¡Oh...! ¡Nyuba-yang! Te he estado buscando. 

Ella con voz risueña: 

—Y yo te esperaba. ¿Por qué llegas hasta ahora? 

—Estaba en la Nunhuañkala; y luego... buscándote por todo Bu- 
ritaca. , 

Nyuba-Aluna comenta pensativa: 


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El gran jaguar 105 


—Sí... Sí —y sin mediar otra palabra se arroja a sus brazos. 
Se estrechan como desesperados por haber aplazado tanto este en- 
cuentro, se besan, se acarician enloquecidos de pasión: se revuelcan 
en los arenales... 

—¡Ulaban! 

—;¡Nyuba-yang! 

Y Munseishi, el Amanecer, conspira contra ellos. 

—No puede ser todavía, Ulaban... ¡Basta! 

Rabioso con su destino, Ulaban se incorpora un tanto: rechina 
los dientes, iracundo mira la claridad creciente por Mu. El momento 
de separarse otra vez se aproxima. Surli es su rival y torna a robarle 
a su amada. 


Aprovechan los últimos instantes, Ulaban de espaldas en la arena, 
Nyuba-Aluna recostada en su pecho, desplegando sus poderes extra- 
sensoriales: 

—Aluna arseshi. Estás triste. Lo sé —comenta con voz apagada. 
Corre sus labios carnosos sobre el pecho de Ulaban, lo hace estre- 
mecer. 


—=Sí: por dejarte. Sí: porque odio la guerra. Siempre la he abo- 
rrecido y una y otra vez mi destino es empuñar las armas y matar. 

La muchacha, con los párpados cerrados, con sus grandes pestañas 
haciendo sombra sobre los pómulos decorados con polvo de oro, 
apoya su rostro en el del kashingui, le cuchichea al oído: 

—Así deberá ser, hasta cuando derrotemos y expulsemos a los 
invasores de nuestro país. Para entonces serás famoso... —y-suelta 
una risita, actitud rara en ella. Ulaban aprovecha de inmediato: la 
rodea apasionado con los brazos, corre las manos por su piel, por 
sus senos apretados, por sus muslos y caderas, por su vientre, desliza 
los dedos en sabias caricias a través de gelda, el vello suave y 
tupido, se acerca sensitivo a humshi, su sexo sorprendido, con 
ronroneo de jaguar aproximándose al venado. Nyuba-Aluna se re- 
tuerce en la arena y le aprisiona las manos, se las contiene. Se le 
ahoga la respiración. Desfallece ante la ternura de las caricias. 

—¡Narl-dunye!... ¡Narl-dunye!... ¡Me gusta, me gusta!, pero 
basta. Sólo hasta cuando vuelvas triunfante de la guerra podrás 
arlunyi conmigo. Antes no. 

—¿Por qué? 


106 Bernardo Valderrama Andrade 


—Lo sabrás a tu tiempo. Ahora márchate. Ya suenan las nung-su- 
balda y debes partir. 
Detrás de Buritaca y en lo recóndito del bosque, retumban con 
sonido largo y profundo las grandes trompetas de calabazo, llamando 
alos guerreros de Seoname-maku. Y ahora, Ulaban es uno de ellos. 


XVII 


En Buritaca y Palanoa, pueblos hermanos desde la batalla contra 
los gulamena, permanecen Cotocique y Kashín, el primero naoma 
y suma autoridad, el segundo cacique al mando de los guerreros, 
dispuestos a resistir un nuevo ataque. Fiel a su disciplina, Kashín 
somete a caribes y taironas a intensos entrenamientos en tierra y 
mar, simulacros de batallas observados por mujeres y niños, apren- 
sivas ellas, entusiastas y fascinados los segundos. 

El grueso del ejército al mando de Seoname-maku regresa al Valle 
de Tairona, siguiendo el retorcido cauce del Mutaiji. Con ellos, en 
calidad de asesor, va Ulaban. La meta es volver a Tayronaca, de 
donde partirán a cumplir su encargo exterminador contra los uba- 
tashi. 

Sin pérdida de tiempo Seoname-maku se entrevista con Naoma- 
Kavi. Debe adivinar el muru nakubi la conveniencia de tener al 
kashingui como consejero: el resultado en las burbujas de las cuentas- 
kuitsi es aprobatorio. Beben el contenido mágico de las copas cere- 
moniales y el sacerdote, cubierta la cabeza con la Máscara de los 
Cinco Jaguares, sale a la Nahua-xalda, la plazoleta sagrada, e inicia 
un baile al tiempo que pronuncia palabras, mirando a lo alto, y en 
el cuadro de las estrellas encuentra la conjunción esperada: los uba- 
tashi deben ser atacados de inmediato. En su siguiente actuación, 
el Naoma-Kavi toma a Seoname-maku de la mano, lo lleva hasta 
el sitio preferencial donde tiene instalada la kalauka, lo hace ojear 
el firmamento, con el brazo extendido le señala un espacio negro 
en medio de la Constelación de los Jaguares, donde no brilla ningún 
cuerpo estelar; su voz suena aguda, gutural, cuando explica: 

—Allá. allá está: ¡Seiname!... ¡El Jaguar Negro! La estrella que 


El gran jaguar + 107 


no se ve pero está ahí —y mirando al cacique con pupilas taladrantes 
e hipnóticas—: Seoname-maku debe actuar igual a Seiname, y suya 
será la victoria. 

Calla el Naoma-Kavi, se petrifica en la kalauka, parece parte de 
ella. Los caciques y demás espectadores lo observan, queriendo 
entender el significado de sus últimas palabras; también Seoname- 
maku: comprenden: allí está la clave. Permanecen pensativos, en 
meditación, todos. 

Ulaban camina sobre la terraza enlosada y mira al cielo en un 
esfuerzo por descifrar el mensaje del muru-nakubi. Para él y la gente 
de su raza, el manto de las estrellas es la clave de los rumbos y 
distancias, orientación de cómo surcar los mares. No así para los 
habitantes de Keka-Bunkua, hijos y hermanos de la inmensa lumi- 
nosidad de los cielos. 


Cuando Enduksama, Venus, alcanza su mayor esplendor, Naoma- 
Kavi llama a Seoname-maku a la Nunhuañkala y le entrega la Sesa, 
flecha emplumada de la guerra. Ha llegado la: hora de la venganza, 
la de rescatar a sus mujeres, la de cobrar a los ubatashi su traición. 
Por todos los ámbitos de Tayronaca, sobre los conos de palma de 
los nunhúe y las copas circundantes de los árboles, resuenan como 
un trueno prolongado las trompetas de caracol grande de mar y las 
nung-subalda de calabazo,:sopladas a todo pulmón desde las plazo- 
letas y sitios altos de la ciudad. Es un sonido lúgubre, de profundas 
repercusiones: hace callar las voces nocturnas de los animales en la 
selva y encoge el ánimo de las mujeres con sentimientos y tristezas 
premonitorias, conscientes del peligro que acechará a sus hombres 
allá abajo, en las arenas del mar, al otro lado del horizonte montañoso 
de Tairona-gaka y de Maroma-gaka. A su estruendo reverberante, 
los niños pequeños sin excepción, se apretujan contra sus madres y 
abuelas, o corren hacia los rincones oscuros de los nunhúes, donde 
se refugian temblorosos. Sólo. los mayorcitos, con capacidad de 
admirar a caciques y rabones, acuden a las plazas a refundirse con 
la multitud para presenciar el desfile de los guerreros. Por la calzada 
central de Tayronaca va Seoname-maku con todos sus arreos de 


108 Bernardo Valderrama Andrade 


cacique y comandante: lo siguen su Estado Mayor y el estrépito de 
los músicos. Y con ellos, despertando curiosidad por su aire tranqui- 
lo, escaso de vestido y sin adornos de oro, alto, casi delgado, Ulaban 
el kashingui, ya conocido entre las gentes de Keka-Bunkua por su 
ingenio de artista y estratega. Tras él, soberbios como siempre, con 
sus ademanes desafiantes, atractivos a las miradas femeninas, los 
musculosos rabones agitando las colas de pelo pretinadas de oro. 
Cierran el desfile, en alto las teas encendidas, los escuadrones de 
guerreros, enardecidos con el ritmo de sus pasos y sus gritos. 


ES 


Seiaskua... La noche ha nacido. 

Por el pendiente camino de Ponkeica, ya en las afueras, avanza 
Ula-yang entrabada por el peso creciente de la maternidad. En un 
continuado rezongo la acompaña Haba-nay, su madre: se opuso 
airada a este capricho de su hija, pero nada la hizo desistir. 

—En tu estado... ocurrírsete subir a estas cumbres. 

Las dos mujeres no pueden evitar sentirse además de fatigadas, 
amedrentadas con las dificultades del camino, con la cerrada oscu- 
ridad, con los gritos ululantes de las huang-xauda, lechuzas negras, 
empotradas como estatuillas en las horquetas de los árboles; sus 
aleteos intempestivos, su voz disonante, el brillo fosforescente de 
sus enormes pupilas tumbaga, las sorprenden y espantan una y otra 
vez, pese a saber de su presencia. Cuando coronan la cumbre, el 
viento penetrante del nevado les azota el rostro, desordena sus cabe- 
llos, las obliga a sostenerse una con otra. Aún así sienten alivio por 
haber dejado atrás la ominosa espesura de la selva. Ahora tienen 
sobre sus cabezas la luminosidad del cielo, acentuada en la ancha 
franja de la Avenida de la Luz; su brillo, en apariencia cercano, 
baña de suave claridad las cimas de Keka-Bunkua, destaca fantasma- 
les sus picos blancos. A partir de ellos y en dirección al mar, los 
filos de las diferentes vertientes son majestuosas cascadas negras, 
salpicadas aquí y allá con el parpadeo de muchos puntos luminosos, 
como si las estrellas fugaces luego de sus raudos desplazamientos, 
se apagaran, cayeran y luego tornaran a encenderse, ya incrustadas 
e inmóviles entre los recovecos, laderas y cañones de la Montaña 
Blanca. 


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El gran jaguar 109 


—¡Qué terquedad te trajo hasta aquí! —la reprende una vez más 
Haba-nay. 

—Quiero verlos así sea desde acá —responde con firmeza Ula- 
yang. Esta noche ellos partirán a la guerra. Lo sé, Haba... lo sé, 
madre —y luego de un silencio—: Estoy tan orgullosa de él, de 
su amor; siempre me acompaña así esté lejos. En cambio... temo 
tanto por Meli-ang. ¿Cuál habrá sido su suerte entre los ubatashi? 
Cuando vivió en Ponkeica fue como mi hermana. ¿La recuerdas? 

Los ojos de Haba-nay brillan como carbones encendidos y el 
rostro se le contrae. 

—Hija, bundji: el destino de las mujeres siempre es el mismo. 
Ya lo entenderás con el tiempo. Ahora no; ahora sólo arlunyi, amas, 
como lo manda La Madre. 

Por un instante callan las dos mujeres. Bajan la mirada hacia 
donde intuyen está Tayronaca y dejan escapar una exclamación. 

—Mira, Haba... ¡Mira! 

—Los veo, Ula-yang... tenías razón. 

En las lejanas profundidades del Valle de Tairona divisan algo 
mágico y hermoso: contraste con la negrura de la noche, lento y 
sinuoso, resalta el movimiento de una serpiente de fuego. 

—¡Allá van! 


XVIHnr 


La larga flecha ornada de plumas azules de guacamayo, con un 
pequeño jaguar de oro a manera de colgante, aparece esa mañana 
clavada en la arena, en mitad de la plazoleta, en el campo de los 
ubatashi. Ha sido arrojada allí por un hábil arquero tairona durante 
la noche. 

Quien primero la ve es una de las mujeres: al comprender su 
significado lanza un alarido y pone en alerta a todos dentro del 
cercado. Ubatashi-thor desde muy temprano ha sido otro vigilante 
recorriendo la plataforma alta, de contorno y con vista a los alrede- 
dores. Al escuchar la voz de alarma acude al sitio señalado y desen- 
tierra la saeta, la observa con detenimiento: es un arma esbelta, 


110 Bernardo Valderrama Andrade 


mortífera, balanceada a la perfección su afilada punta con el cuerpo 
de caña pulida, donde resalta el color azul de las plumas y el jaguar- 
cito de oro, una de esas hermosas piezas de la orfebrería tairona. 

Otras mujeres, al ver a Ubatashi-thor con la flecha entre las manos 
prorrumpen en gritos, e histéricas corren de un lado para otro y 
estrechan a los pequeños hijos, primera generación de ubatashis y 
nativas; expresan así la inmensa calamidad a punto de cernirse sobre 
todos. Sin entenderlas bien, Ubatashi-thor se dirige sin pérdida de 
tiempo a su choza y llama a voces a Meli-ang: ella asoma a la puerta 
con Suku-thor en brazos: el rollizo y hermoso chico manotea a la 
vista de su padre; ante la concurrencia que lo sigue, el líder ubatashi 
simula no advertir las entusiastas manifestaciones del pequeño; con 
mirada interrogante levanta la saeta y se la muestra a su mujer. Al 
verla, la expresión de Meli-ang coincide con la de las otras mujeres. 

—¿Qué pasa? ¿Qué significa? 

La joven madre recuerda cuando ha visto flechas adornadas con 
plumas de nakalda, el papagayo azul. 

—Esas plumas... ese color simboliza a Heisei, el Dueño de la 
Muerte. Y puestas ahí son mensaje de guerra, de exterminio total. 
Algo malo va a suceder. 

Ubatashi-thor, inquieto, hace caso omiso de las demostraciones 
de Suku-thor, aparta las plumas y muestra el jaguarcito de oro. Las 
pupilas de su mujer se destacan por su negrura en los ojos muy 
abiertos. Reconoce haber visto esa pieza colgada al cuello de su 
hermano Seoname-maku. Con gravedad musita: 

—Ciúia, mi hermano mayor... ¡El cacique! 

Da media vuelta, corre y se mete a la casa. 

Ubatashi-thor la sigue, la encuentra acurrucada frente al fogón, 
estrechando compulsiva a Suku-thor. 

—;Heisei!. . ¡La muerte para todos! —pronuncia con voz ronca. 

El chiquillo, ajeno a la angustia de su madre, bracea, forcejea 
con la cabeza vuelta a Ubatashi-thor, sonríe y emite apremiantes 
gorjeos. El, luego de entregar la flecha a su mujer para que pueda 
examinarla mejor, lo encarama a uno de sus hombros, se coloca 
donde no pueda ser visto desde el exterior y le corresponde a sus 
retozos. 

Media mañana: sobre ellos el ardiente sol y el vuelo de los alca- 
traces y gaviotas. Ubatashi-thor preside la reunión con los hombres. 


El gran jaguar 111 


La mayoría, por voz corrida entre las mujeres, están enterados del 
mensaje de muerte enviado por los taironas y no muestran sorpresa; 
por el contrario, en actitud desafiante, limpian y afilan sus antiguas 
armas rescatadas de las escolleras, primero por la expedición de 
Ubatashi-thor, luego en otra exitosa misión, cuyo fin fue hacer una 
búsqueda exhaustiva entre los acantilados. De nuevo en posesión 
de sus armas de metal, lanzas, espadas y hachones, no imaginan 
ser vencidos por los nativos. 

Ni la vehemencia de Ubatashi-thor, ni las afirmaciones y juramen- 
tos de Od y Conoh, ni las revelaciones de las mujeres sobre el 
poderío militar del enemigo, son argumentos suficientes para con- 
vencerlos del peligro. Como en ocasión anterior, cuando impusieron 
sobre Ubatashi-thor su mayoría de voces para aprobar el robo de 
las mujeres, esta vez tampoco quieren aceptar sus propuestas de 
enviar una delegación pacífica encabezada por Meli-ang a pactar la 
paz. 

—;¡No tememos a nadie! —vociferan—: De nuevo somos fuertes. 
—Y agitan como energúmenos los pesados espadones, contagián- 
dose de disparatado optimismo. 

—¡Nadie podrá con nosotros!... ¡Los venceremos! —gritan ira- 
cundos. 

Al día siguiente la partida encargada de conseguir carne de monte 
en los bosques cercanos no regresa al campamento. En cambio, al 
subsiguiente y al pie de la entrada del cercado, aparecen algunas 
prendas como prueba de su captura o muerte. Cuando las sucesivas 
expediciones de caza, pesca o recolección tampoco regresan, los 
ubatashi comprenden la evidencia de la flecha con plumas azules y 
se preguntan intranquilos: ¿Acaso quienes abogan por la delegación 
pacífica con mujeres taironas, tienen la razón? Pero... ¿y no podrán 
aprovecharse ellas de esa coyuntura para recobrar la libertad y dejar 
despejado el camino a los nativos para atacarnos? La incertidumbre 
se torna en realidad anonadadora cuando las provisiones comienzan 
a escasear, y no pueden salir a conseguirlas. Dos comisiones, una 
al mando de Conoh, y otra de Od, considerados con Ubatashi-thor 
los más experimentados en burlar y cruzar las líneas de los taironas, 
también fracasan en sus intentos por proveerse de carne de monte 
y recolección de frutos; a su vez, comprueban los movimientos del 


112 Bernardo Valderrama Andrade 


enemigo, avanzando sobre el cercado ubatashi en forma de una gran 
pinza de cangrejo, apenas abierta por el mar. 

Tan alarmante noticia provoca la formación de corrillos: cunde 
la alarma general y la urgencia por actuar de inmediato los lleva a 
congregarse frente a la choza de Ubatashi-thor, y, como a su jefe, 
pedirle una estrategia a seguir. Mirándolos severo, casi con rencor, 
pues a su pasada decisión se debe la enemistad con los taironas, 
acepta el nuevo encargo con una condición: no tolerará de nadie, 
ni siquiera de la mayoría, un cambio o discusión a sus órdenes; 
exige obediencia ciega, así ello implique la muerte . 

Aceptan y Ubatashi-thor no pierde un instante: entra a su choza 
y se enfrenta a Meli-ang. Pensativo, con el ceño fruncido, da varios 
pasos por el interior de la vivienda antes de preguntar: 

—¿Habrá todavía alguna posibilidad, si encabezas la comisión 
ante tu hermano y le expones nuestros deseos de pactar amistad? 

—¿ Quiénes irían? —inquiere sin vacilar. 

—Tú, con otras mujeres y un grupo de los nuestros. 

La hermana del cacique demora la respuesta. Lo hace reflexiva, 
indecisa: 

—Después del envío de la Flecha de Heisei nada se puede asegu- 
rar. La autoridad sobre la guerra o la paz está en manos del Naoma- 
Kavi, y sólo él puede cambiar el curso de los acontecimientos. Temo 
que el tiempo se haya terminado para los ubatashi. 

—Pero, dime: ¿Irías? 

Meli-ang lo mira a los ojos con ternura: 

—Sólo si tú vas... quiero compartir el destino contigo. 

Ubatashi-thor vuelve a caminar nervioso por el recinto de la choza, 
seguido de la mirada y los manoteos de su hijo; la voz le sale ronca 
cuando razona: 

—Yo debo quedarme. Pero... ¿No crees que vale la pena inten- 
tarlo? 

—No creo: la Flecha de Heisei tiene una sola dirección. 

El líder ubatashi, rabioso, parece un jaguar encerrado: no quiere 
creer la irrevocabilidad de esas afirmaciones. Y la actitud simpática 
de Suku-thor, tratando en vano de librarse de los brazos de su madre 
para lanzarse a los de él, le revuelve los sentimientos en una mezcla 
de impotencia e indignación. 


El gran jaguar 113 


—¿Entonces tu gente tampoco tendrá consideración con las mu- 
jeres? 

Meli-ang le devuelve la mirada, trascendental, angustiada. Piensa 
por sobre todo en Suku-thor y los otros chiquillos nacidos en el 
cercado. 

—No, si somos un obstáculo para que ellos puedan vencer. Así 
vengarán la traición y nuestro rapto; así recuperarán los territorios 
invadidos en la salida al mar. Te lo repito: el significado de la Flecha 
de Heisei es la guerra a muerte y tiene prelación sobre lo demás. 
Su curso no se puede desviar. 

Los ojos de Meli-ang se entornan, se vuelven duros y resueltos 
ante el destino imposible de cambiar. Ubatashi-thor no espera más. 
Es cuanto necesita saber. Desecha la esperanza del acuerdo pacífico, 
sale presuroso, llama a gritos a Conoh y Od, con ellos hace conci- 
liábulo en una esquina del cercado, trepados sobre la plataforma. 
Convencidos de que la solución será armada, el resto de los ubatashi 
se dedican a limpiar y afilar al máximo sus espadones, lanzas y 
pesados hachones de medialuna, así como a templar los arcos y 
reforzar rodelas y petos. Todos coinciden en los rostros taciturnos, 
las miradas torvas, los ademanes violentos; por los gestos de Uba- 
tashi-thor y la actitud expresiva de Conoh y Od, comprenden: la 
suerte está echada. 

Acordada la estrategia convoca a la gente cuando el sol está en 
el cenit. Les habla con voz firme, en acentos épicos: 

—El tiempo se agotó. Para mañana, tal vez, muchos hayamos 
emprendido el camino hacia Thor. Pero antes, dejaremos en estas 
tierras prueba de nuestro valor. No puedo prometerles la victoria... 
ni un futuro pacífico a los sobrevivientes: nosotros, al traicionar a 
los taironas, marcamos un destino al parecer imposible de cambiar. 
¡Daremos la batalla final! Vamos a intentar romper el cerco y escapar; 
si lo logramos, la suerte estará dada luego por la voluntad de los 
dioses. No es ésta la primera vez que afrontamos tan grandes peli- 
gros, pero yo, como ustedes, guardo la esperanza de retornar al 
lugar de donde vinimos. 

Los rostros de los ubatashi se velan con una sombra de nostalgia 
con las referencias de Ubatashi-thor sobre su país; y como reacción, 
los torna más decididos: mientras tengan un hálito de vida, no 


114 Bernardo Valderrama Andrade 


desmayarán en buscar el camino de regreso. Su jefe lo sabe, lo ve 
aflorar en las miradas cuando concluye: 

—Sí... daremos la batalla final. Por lo pronto, a excepción de 
los centinelas, cada cual puede encerrarse con su mujer: despídanse 
de ellas como sabemos hacerlo los ubatashi; luego, al atardecer, las 
dejaremos en libertad con los chiquillos. No podemos arrastrarlos 
a un fin cruel. Quizás para ellas y nuestros hijos haya un lugar 
acogedor en este País de la Montaña Blanca. 

Los ve partir, cada cual en busca de su choza, a cumplir según 
la tradición con sus obligaciones de hombres. Algunos, como Conoh, 
marchan despreocupados, sin atormentarse con el pasado o el por- 
venir; otros, como Od, llevan marcada en el rostro la tristeza y la 
inconformidad. 

Consciente de tener sobre sí muchas miradas, Ubatashi-thor es- 
conde las emociones, permanece impasible. Cuando al fin queda 
solo, lanza un profundo suspiro y penetra en su casa. Allí dentro, 
en la penumbra, Meli-ang lo espera desnuda. 


ES 


Pinceladas de oro líquido espejean en el mar, inmensa fragua del 
atardecer en el trópico. Sopla la brisa, produce sonidos de pico de 
tucán en las hojas de las palmeras. Con su vaivén lineal, unos en 
pos de otros, viajan los alcatraces en busca de ramas altas donde 
pernoctar. Chillan las gaviotas; son raudos los últimos vuelos de las 
golondrinas; las tijeretas se suspenden en las alturas y cortan el aire 
con el movimiento de sus colas. En el cenit y contra las montañas, 
el cielo se torna violáceo. Temprano como siempre, chispea Enduk- 
sama, el lucero del atardecer. 

Desde los bordes puntudos del cercado, agazapados, rabiosos, 
los ubatashi ven partir a las mujeres y a sus hijos: a contraluz, 
siluetas en desplazamiento muy pausado, avanzan sobre la franja 
ceniza de la playa: imprimen a sus pasos un ritmo de procesión 
fúnebre, las cabezas inclinadas, vencidas por el peso del destino; 
hasta los chiquillos parecen contagiados de la tristeza de sus madres; 
sobre la piel tostada, o en las entrañas aún ardientes, las mujeres 
de los ubatashi llevan el recuerdo gozoso de las últimas caricias y 


El gran jaguar 115 


el amor apasionado de esos hombres de cabellera de fuego. Han 
recobrado la libertad, han salvado a sus hijos, pero entierran los 
sentimientos despertados por los juegos cariñosos de la gente de los 
ojos azules. 

Siguiendo instrucciones de Ubatashi-thor se dirigen a donde el 
mar hace esquina con la desembocadura del río Hukumeiji, en una 
fila espaciada: así no habrá duda de su única presencia y la de los 
niños. Los taironas, como es de esperarse, están atentos y les salen 
al encuentro con manifestaciones de gozo. Desde el cercado los 
ubatashi presencian el encuentro de Meli-ang y Seoname-maku, la 
ven prosternarse suplicante. Nada lo conmueve. La Flecha de Heisei 
nunca puede volar de retorno al arco. 

Cae la noche. El cercado de los ubatashi queda envuelto en total 
oscuridad. Apenas en el horizonte marino, mortecinos y opacos, 
destellan los resplandores cada vez más espaciados del ocaso. Se 
escuchan aleteos y chillidos de nyuiji, el murciélago, volando a ras 
del suelo y del mar. Hacia el Sur, por la ribera del río, un desfile 
de antorchas marca el desplazamiento de las mujeres y los niños, 
escoltados por bulliciosos guerreros. Y de pronto, en secuencia que 
define la curva de la tenaza tairona próxima a cerrarse sobre el 
campamento invasor, resuenan los trompetazos de los caracoles y 
las nung-subalda. 

Desde su puesto en la plataforma, Ubatashi-thor escucha atento 
y trata de establecer la curvatura y la distancia de la pinza enemiga; 
en relación con ella, el cercado está más próximo a la punta de la 
tenaza que controla la orilla del río Hukumeiji en su desembocadura; 
de cerrarse un poco más, les cortarán la posibilidad de salir por esa 
vía. Con la sangre hirviéndole en las venas, piensa en las costumbres 
guerreras de los taironas, siempre activos durante el día, en las 
noches quietos y dedicados a las adivinaciones de sus naomas. Estos 
hábitos le permitirán disponer de toda la noche para poner en práctica 
su estrategia. Tan pronto oscurece del todo, ordena a Conoh, encar- 
gado del primer grupo, abandonar el cercado y dirigirse con celeridad 
y silencio hacia el mar. Escucha atento: ni vocerío ni refriega: no 
han sido detectados por el enemigo. Espera otro espacio de tiempo 
y cuando ya los imagina metidos en el agua, urge a Od a seguirlos. 
De acuerdo con sus planes, deben avanzar hacia Occidente, por 
entre las olas para no dejar huellas en la arena, hasta llegar al sitio 


116 Bernardo Valderrama Andrade 


donde las montañas de la Sierra se precipitan en acantilados al 
océano; por ellos treparán y se ocultarán en la selva intrincada e 
inhóspita, conocida en su pasada expedición, ya de regreso del Valle 
de Tairona. Además, Ubatashi-thor prevé que si son descubiertos, 
entre esos peñascos y por la espesura del bosque, les será muy difícil 
a los taironas atacarlos multitudinariamente; y controlada la superio- 
ridad numérica, ellos sacarán ventaja de sus armas de metal. Cuando 
calcula que Od también ha alcanzado el mar, parte al frente del 
último tercio de sus compañeros. El silencio reinante es indicio del 
éxito en la operación. Ya llevan buen trayecto por el agua, en lucha 
con el fragoroso oleaje, cuando escuchan a sus espaldas un griterío 
ensordecedor. Ubatashi-thor se vuelve: en la distancia divisa algo 
semejante a una ululante serpiente de fuego rodeando el cercado. 
¡Atacan! ¡El amanecer está próximo!, piensa, y se alegra de haber 
aprovechado la noche para desarrollar su estrategia evasiva. Con 
voz asordinada, urge al último tercio de los ubatashi: 
—;¡Rápido!... ¡Rápido!... Ya van a descubrir nuestra huida. 


XIX 


Desde su puesto de observación sobre las Lomas de Maroma, con 
visual al campamento de los ubatashi, Seoname-maku planea el 
asalto definitivo. Ha dispuesto sus fuerzas en forma de tenaza: una 
de las puntas de la pinza avanza sobre el estuario del río, la otra en 
dirección a kare-bulu-kuna, el lugar a donde llegan a desovar las 
tortugas de mar. Entre uno y otro de estos sitios estratégicos tiene 
tendido un cordón de guerreros, semejante a una colosal sai, culebra 
boa, desplegada sobre valles y laderas; en un punto de este largo 
cuerpo, comparte con Ulaban un lugar de avizoramiento. 

Tiene a los ubatashi a vista de pájaro: sabe cuándo inician activi- 
dades en la mañana, cuáles son sus movimientos dentro del cercado, 
la disposición de los centinelas en la, plataforma y los turnos de 
guardia. Y hasta puede distinguir por su figura, vestimenta, o por 
la forma de dirigirse a los otros ocupantes del campamento, quién 
de ellos. es el líder. También ha podido ver a las mujeres taironas 


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El gran jaguar 117 


raptadas y apreciar su proceder. Una cosa es notoria: no parecen 
prisioneras, así permanezcan siempre dentro del recinto; y algunas 
ya son madres. 

Cuando por primera vez escudriñó el campamento, Seoname- 
maku sintió llamaradas de ira dentro del pecho y corriéndole por 
las venas: tales sus deseos inmediatos de venganza; y este sentimiento 
llegó a su clímax al reconocer entre las mujeres a su agraciada 
hermana. Sólo tuvo alguna compensación al comprobar que ella, 
así fuera obligada, era la compañera del jefe de los invasores. 

Por largo tiempo cada día, Seoname-maku estudia sus hábitos: 
los espía para familiarizarse. con su comportamiento y de ahí deducir 
con Ulaban la estrategia a seguir. A veces, casi con cruel fascinación, 
sorprende a Ubatashi-thor con la cara levantada hacia las montañas, 
oteando los alrededores, sin alcanzar a adivinar su condición de 
animalillos atalayados por siseke, el águila, o por nambo, el cóndor. 
En este oficio, sus compañeros en el observatorio son los caciques 
Nomaregúey, Gitamaku y Guregiey, venidos desde sus puestos de 
mando en la tenaza. 

Después de varios días de espionaje, el cacique comenta a Ulaban: 

—Es tiempo de atacar, pero antes quiero conocer tu opinión. 

El kashingui sabe que este momento habría de llegar y está pre- 
parado. Mira el cercado de los ubatashi y según su curiosa manera 
de ser, compadece a los hombres de piel blanca y cabello rubio con 
quienes tiene en común ser invasores de los territorios de la Montaña 
Blanca. De tanto verlos y espiarlos ya se siente también familiarizado 
con ellos y no puede evitar la curiosidad por conocer su origen, 
costumbres y lenguaje, o de admirar esas armas de metal destellantes 
a los rayos del sol. Allá abajo, parecen hormigas indefensas ante el 
descomunal poderío desplegado por los taironas para aplastarlos. Y 
él, enemigo de la violencia, por siempre y por fuerza guerrero, va 
a contribuir a aniquilarlos. 

—He recibido la Flecha de Heisei: ella ordena la guerra de exter- 
minio y rechaza cualquier pacto. No admite capitulación, pero... 
—Seoname-maku se muestra dudoso—... quisiera salvar a las mu- 
jeres y a los niños. ¿Habrá alguna forma de cumplir nuestra misión 
y al tiempo respetarles la vida? 

Ulaban piensa la respuesta: 

—-Desde acá hemos comprobado la actitud de las mujeres: son 


118 Bernardo Valderrama Andrade 


amadas y aman a los ubatashi. Por eso creo que ellos buscarán 
salvarlas, así como comprenden su destino de guerreros en tierra 
enemiga. Dime, gran cacique: ¿Saben ellas el significado de la 
Flecha de Heisei? 

—Lo conocen. 

—Entonces. debes hacérselo entender: que ya transmitirán su 
significado a los ubatashi. 

Seoname-maku aprieta con fiereza los labios, pero sus ojos chis- 
pean de optimismo. 

A la mañana siguiente, tan pronto aclara, un arquero tairona lanza 
la Flecha de Heisei con precisión admirable al centro del cercado. 

Con lentitud, como si quisiera desesperarlos, Surli hace su diario 
recorrido: ya se aproxima a Se, el Occidente, cuando ven a las 
mujeres de los ubatashi agrupadas, con los chicos en brazos, ante 
la puerta del recinto; ésta es abierta y de inmediato principian a 
salir, una a una, con lentitud, guardando una distancia convenida: 
así los taironas podrán comprobar que nadie más va con ellas. 
Seoname-maku da un salto de alegría, palmotea entusiasta al kashin- 
gui, toma las armas y se lanza montaña abajo, en donde lo esperan 
los caciques. La hora ha llegado, marcada por los mismos enemigos 
al permitir la salida de las mujeres y los niños. Ulaban permanece 
en el observatorio: contempla, en frágil contraluz, el lento desfile 
por la playa; con su rara sensibilidad, adivina los sentimientos de 
esas mujeres al abandonar a quienes se iniciaran con ellas como 
crueles raptores, y culminaron convertidos en apasionados amantes. 
También advierte con las últimas luces del día, los apresurados 
movimientos de los ubatashi, reunidos en tres grupos y con las armas 
prestas al combate. No cabe duda: entregarán sus vidas pero a un 
alto costo. 


ES 


Munseishi, el Amanecer, está próximo. 

El grito de ataque de Seoname-maku se repite en las gargantas 
de millares de guerreros taironas lanzados al asalto, en medio del 
llamear de las antorchas y de las flechas disparadas a lo alto: en 
certera y calculada curva, caen como lluvia, unas veces incendiarias, 


El gran jaguar 119 


otras silbantes, muchas envenenadas, dentro del recinto enmaderado 
de los invasores. Con precisión matemática e inexorable, la pinza 
se cierra. Al frente, semejantes a descomunales lanzas cargadas cada 
cual por una veintena de esforzados taironas, llevan largos postes 
con muescas talladas a lo largo: su oficio será servir de escaleras y 
hacer rápida y exitosa la acometida. 

La toma de la fortaleza se cumple con exactitud y el desconcierto 
es por no encontrar resistencia: no hay enemigos a quiénes vencer: 
se han esfumado y la única ruta posible es el mar. Rabioso en mitad 
del campamento, Seoname-maku agita su lanza: su punta no ha 
probado sangre de los ubatashi. Desencantado, ordena prender fuego 
al cercado y a las viviendas. Simultáneamente con la gran llamarada, 
anuncio a la destrucción de la aldea ubatashi, resuenan toques de 
trompeta, señal esperada para iniciar la persecución, todo coreado 

“con gritería horrísona; ante ella, el fragor de las olas parece callar. 

Como un vendaval, las voces guerreras de los taironas pasan sobre 
las cabezas de los ubatashi, ahora empeñados en luchar con los 
oleajes. Vapuleados por la pleamar, metidos hasta el cuello entre 
el agua, se alejan de su antiguo campamento, unas veces lanzados 
contra las arenas de la playa, otras arrastrados y consumidos en las 
profundidades. Unos cuantos se sumergen para no volver a salir; 
los sobrevivientes bracean, se empinan, nadan en un avance deses- 
perado... Siguen a Conoh, a Od, a Ubatashi-thor. Á veces cerca, 
otras lejano, oyen el vocerío insultante del enemigo. En ocasiones 
están tan próximos que escuchan los chapoteos de sus pies al correr 
por la orilla. Las flechas llueven sobre sus cabezas, muchas de ellas 
con la punta convertida en cabeza de fuego para adelantar el día e 
intentar descubrirlos. Chasquean cuando hacen contacto con el agua: 
sisean. . sisean... Unas son certeras y la muerte es cruel: quemados 
y ahogados; otras son silbantes, semejan chillidos de pájaros. 

La proximidad del nuevo día se anuncia cuando la noche se parte 
en dos sobre el horizonte montañoso, y un sector de ella se aclara. 
Conoh, al mando del primer grupo, mira a su izquierda, distingue 
la mole empinada de los acantilados y anuncia: 

—;¡Llegamos!... Ahora... ¡A la costa! 

En sus oídos repercute el estallido de las olas contra los rompien- 
tes, en el sitio donde tiempo atrás rescataron las armas del naufragio. 
Para llegar hasta allí deberán cubrir un trayecto por aguas profundas, 


120 Bernardo Valderrama Andrade 


violentas en su embate contra la base de los acantilados, única forma 
de evitar el encuentro inmediato con los taironas. Bracean bajo el 
agua; sumergidos como peces, sacando la cabeza apenas para respi- 
rar, recorren esta última distancia. Luego, como lagartos, como 
lapas, aferrados a las grietas y rugosidades de la roca, los sobrevi- 
vientes del primer grupo inician el ascenso a los acantilados. Algunos 
pierden pie, resbalan, caen y vuelven a sumergirse en las aguas 
traicioneras. Nadie puede ayudar a nadie. La vida está en la fuerza 
de los dedos de las manos, en la punta de los pies incrustados en 
los resquicios del paredón rocoso, en el azar de no perder la resis- 
tencia corporal aún restante. La locura de la mareta encontrada 
concluye y se inicia el reflujo. Para el segundo y tercer grupos de 
fugitivos ubatashi, el mar se torna menos peligroso, así sea más 
difícil vencer la fuerza regresiva del mismo. 

Un poco más arriba los paredones pierden su verticalidad, se 
cubren de vegetación espinosa, por ellos cuelgan bejucos a manera 
de cables. Allí abundan los nidos de aves marinas y su presencia 
produce alarma y estampida de golondrinas, gaviotas y tijeretas. 
Sólo los alcatraces, con las alas abiertas como un escudo, permane- 
cen en sus refugios: emiten raros sonidos con sus descomunales 
picos. Desde su lugar de vanguardia, Conoh vuelve la cara hacia 
abajo y atrás: la claridad aumenta: la complicidad de la noche se 
acaba: respira profundo, con algo de satisfacción, porque ve a Od 
al frente del segundo grupo iniciando la subida a los acantilados, y 
un poco atrás a Ubatashi-thor y el resto de la gente braceando en 
las aguas profundas y claras. Necesitan un poco de suerte, Legio 
el gigante, angustiado por la creciente luz del día. 

Silenciosos, ágiles, decididos, siguen trepando agazapados como 
las fieras, la boca reseca por la fatiga y la ansiedad. Conoh deja de 
escalar y con señas indica a sus hombres tomar posiciones defensivas: 
deben esperar a los otros compañeros y ya reagrupados coronar el 
acantilado e internarse en la selva. Desde el sitio donde está divisa 
la playa, y en ella, alineados frente al mar, a los flecheros taironas 
arrojando sus saetas: las clavan en los cuerpos flotantes de algunos 
ubatashi para quienes la guerra terminó en ese angustioso recorrido 
por el agua. Los gritos de sus enemigos celebran su puntería, se 
hacen más delirantes cuando divisan las aletas triangulares de los 


El gran jaguar 121 


tiburones atraídos al festín de carne humana por la sangre que 
enturbia el mar. 

El grupo de Od llega mermado, y en sus rostros asoma la alegría 
cuando descubren a Conoh esperándolos. Han sufrido serias bajas 
y muchos tienen flechas clavadas en las espaldas y los hombros; se 
prestan primeras ayudas a la espera de Ubatashi-thor y el tercer 
grupo. Este llega poco después, también diezmado: cerca de la mitad 
perecieron. De nuevo reunidos y con su líder al frente, emprenden 
la última trepada; el trayecto hasta el bosque, una franja de lajas 
inclinadas y espinos, se ve despejado de enemigos. 

—¿Estarán esperándonos entre la selva? —pregunta Od descon- 
fiado. 

——”Puede ser. En todo caso, no tenemos otro camino —responde 
Conoh ansioso por seguir. 

—En cualquier sitio pueden estar ocultos —concluye Ubatashi- 
thor con acento firme, y añade—: Si están ahí... cargaremos contra 
ellos a muerte. 

Escasa es la distancia para alcanzar la protección de la selva, 
cuando estallan los gritos de los taironas y su lluvia silbante de 
flechas envenenadas. Están ocultos entre los matorrales bajo la pri- 
mera fila de árboles, con las cabezas emplumadas y los cuerpos 
pintarrajeados de rojo: semejan demonios pulsando los inmensos 
arcos de macana, las lanzas y las hachas. Con voz estentórea Uba- 
tashi-thor ordena la carga: se levantan con sus cabelleras leonadas, 
rápidos, ágiles, en veloz carrera para salvar la distancia hasta la 
selva, ya no su amparo, sino mortal campo de combate. Algunos 
son asaeteados antes de llegar; otros, la mayoría, se zambullen entre 
las espesuras con los hachones en alto: se inicia la lucha, cuerpo a 
cuerpo, en medio de la maraña y de los gritos; nunca se han enfren- 
tado los taironas a tan temibles contendores; tampoco los ubatashi 
han guerreado en tanta inferioridad numérica. Callan los gritos: se 
forcejea en silencio en la penumbra de la selva, entre una maleza 
a veces favorable, otras traicionera... como las fieras. 

Cuando el sol patina de anaranjado las copas de los árboles, las 
lúgubres trompetas de calabazo de los taironas llaman a sus guerreros 
para reagruparse. El fragor del combate cesa bajo el dosel de la 
selva, lo reemplaza un silencio trágico. A ras de suelo todo es 
destrucción y muerte: cadáveres ensangrentados; heridos en los úl- 


122 Bernardo Valderrama Andrade 


timos estertores, antes de ser rematados por odio o compasión. Se 
reúnen los caciques: Nomaregúey de Tayronaca ha muerto: se encon- 
tró frente a Conoh y éste lo partió en dos, de arriba abajo, con su 
descomunal hachón. La mayoría de los muertos son ubatashi. A la 
luz de las antorchas los guerreros de Keka-Bunkua recogen a los 
suyos: también son numerosos, pero pueden cantar victoria. Si algu- 
nos enemigos lograron escapar, ya habrá tiempo para perseguirlos 
y exterminarlos; o las fieras darán cuenta de ellos. 
Heisei ha triunfado. 


Por los caminos convergentes a los centros habitacionales de los 
taironas corren emisarios de Seoname-maku para llevar la buena 
nueva: ¡Los ubatashi han sido aniquilados! 

Tan pronto se conoce la noticia las gentes se desbordan en ruidosas 
manifestaciones. Los naomas, encerrados por esos días en las nun- 
huañkalas, dedicados a vigilias, ayunos y adivinaciones, festejan 
con bailes y consumo de bebidas espirituosas. De Tayronaca, Pon- 
keica y Cincorona, como de Buritaca y otros poblados costeros, 
parten caravanas cargadas de urnas funerarias: son enormes tinajones 
de cerámica decorados con caras, brazos y prominentes sexos mas- 
culinos; se dirigen sin pérdida de tiempo al lugar donde ocurrió la 
batalla. 

Sobre una de las cimas de Maroma-gaka, mirando al mar, se han 
dispuesto grandes piras fúnebres, la mayor de ellas destinada al 
cacique Nomaregúey; allí son quemados a fuego lento los cadáveres 
de los taironas para destilarles la grasa del cuerpo que, en ceremonia 
especial, será consumida por los guerreros victoriosos: así aspiran 
a adquirir propiedades de fortaleza, valor e inteligencia, distintivas 
en vida de los héroes caídos; sus restos depositados en las urnas, 
con las armas y adornos, retornarán a sus lugares de origen. Una 
gran humareda se levanta sobre la cima selvática, forma un hongo 
de bordes redondeados recortándose contra el cielo azul. Desde un 
promontorio, escoltado por Guregiiey y Gitamaku, Seoname-maku 
contempla el espectáculo con rostro ceñudo: ya piensa en la campaña 
contra los caribes. 


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El gran jaguar 123 


En otro promontorio, sentado sobre un peñasco, solitario, pensa- 
tivo, de espaldas al ceremonial de fuego, está Ulaban: su mirada 
vaga sobre la lejanía esmeralda del mar: esconde un sentimiento de 
admiración al valor heroico de los ubatashi. 

Selva adentro, en el fondo de un cañadón convertido en inhóspito 
refugio, se apretujan una docena de sobrevivientes ubatashi, con 
sangre y tierra apelmazada sobre sus heridas, en el fin de la resistencia 
física, hambrientos; han podido saciar la sed en un arroyuelo:- al 
menos con el estómago lleno de agua logran algún alivio a sus 
tormentos. Sumidos en el silencio trágico, mastican hojas, muerden 
cogollos y raíces. Fresca en sus mentes está la bárbara lucha contra 
los taironas: han sido derrotados, pero la victoria fue muy costosa 
para el enemigo. El valiente y poderoso Conoh dio muerte a uno 
de los principales jefes; y quizás al triunfo del gigante sobre el 
cacique Nomaregiley, se deba el haber podido burlar el cerco y 
conservar todavía la vida... 

Al ver desplomarse sin vida a su cacique, descuartizado por el 
tremendo golpe de hacha del ubatashi, los taironas cargaron sobre 
Conoh, se arremolinaron en torno, enardecidos, delirantes, dirigidos 
por el propio Seoname-maku y Gitamaku. La lucha fue titánica, 
desigual, salvaje: el ubatashi creció en estatura en la medida en que 
los muertos bajo sus golpes le sirvieron de pedestal. Cubierto de 
sangre propia y ajena, hizo girar su hacha como un molinete, cortó 
cabezas y brazos, la mortandad fue terrífica en medio del ensorde- 
cedor griterío. Ubatashi-thor y sus compañeros intentaron ayudarlo: 
al ver el épico denuedo quisieron morir con él. Inútil: el vórtice 
humano era impenetrable.. Cuando al fin se desplomó, la cabeza 
hendida por la maza de Gitamaku arrojada con certera puntería, 
atravesado por muchas lanzas, por paradoja, sus compañeros vieron 
llegada la oportunidad para abrir un boquete entre las líneas enemigas 
y escapar por la espesura enrojecida con la sangre. 

En el pequeño grupo de los fugitivos están Ubatashi-thor y Od, 
únicos conocedores de la región; ellos condujeron a los otros a este 
lugar, donde no podrán permanecer mucho tiempo si quieren conser- 
var la vida. Ya desde temprano, vienen escuchando las patrullas 
taironas en sus desplazamientos por la selva, en busca de ubatashis 
heridos, a quienes rematan sin contemplaciones. 

Ninguno del grupo de sobrevivientes escapó ileso; la mayoría 


124 Bernardo Valderrama Andrade 


presentan heridas con flechas y comienzan a padecer los efectos 
letales de las armas envenenadas: primero será la fiebre, luego las 
hinchazones, la infección progresiva, el extravío en la mirada y la 
dificultad para respirar, preámbulo a accesos de locura, cuando 
poseídos de rabia incontenible lanzarán rugidos de fiera, espumarajos 
por la boca, se morderán y tragarán la propia lengua y los labios, 
se atacarán entre ellos mismos, antes de morir en medio de convul- 
siones y agudos dolores. Sólo en contados casos, lo saben, los 
heridos por las saetas taironas escapan a tan terribles efectos. 
Sumidos en silencio trágico, el pequeño grupo se observa... Nunca 
antes se sintieron tan asimilados a las fieras. Y tampoco, para quienes 
tienen la suerte de no presentar heridas de flecha, nunca antes fue 
tan doloroso sentirse racionales. La primera claridad del día permite 
a Ubatashi-thor distinguir las muecas y temblores de los enloqueci- 
dos. Ya Od y otros dos compañeros conocen las órdenes... y por 
conmiseración, desatan una carnicería final. Luego huyen... de sus 
compañeros sacrificados, de los taironas, de ellos mismos. 


XX 


Los festejos del triunfo revisten gran solemnidad en Tayronaca. 
Comienzan con el esperado regreso de las mujeres rescatadas: a su 
recibimiento acuden emocionadas las gentes de la ciudad y los pue- 
blos vecinos: se apostan a lado y lado de la calzada principal, eje 
de la urbe de un extremo a otro. 

—¡Hánchika!... ¡Hánchika!... ¡Hánchika! —truena el vocerío 
cuando el desfile recorre la ciudad. Todos quieren verlas, saludarlas, 
tocarlas con afecto; y está la curiosidad por conocer a los hijos de 
los ubatashi, con cabellos castaños, ojos grises, y esa piel satinada, 
canela clara, novedad en estas tierras. Tambores de madera de doble 
membrana, sonajeros de caracol y oro, flautas de carrizo y hueso, 
pitos y ocarinas de cerámica, orquestan el ruidoso recibimiento. 

—;¡Hánchika!... ¡Hánchika!... ¡Hánchika! 

Los chicos hacen sonar gaugi de timbre agudo, pequeños y artís- 
ticos silbatos llevados dentro de la boca; las mujeres agitan los 


El gran jaguar 125 


brazos con cintas ornadas de shimunku, cascabeles de oro de argen- 
tina resonancia. Las recién llegadas, con los pequeños atónitos por 
tanto estruendo, parecen esconder las emociones bajo una máscara 
de estoicismo: encabezadas por Meli-ang, la mirada al frente, fija, 
sus movimientos parecen de sonámbulas; ausentes a la algarabía, 
nadie podría asegurar si esa actitud se debe al traumatismo ocasio- 
nado por su pasada condición de cautivas, o añoranza por sus hom- 
bres sacrificados. 

Dos lunas después hace su entrada a Tayronaca el cuerpo mayor 
del ejército, precedido de bandas musicales: sus sones son escucha- 
dos a la distancia, llevan un ritmo rápido, marcial, casi alegre. Tras 
de estos conjuntos, mediado un espacio, vienen los portadores de 
las urnas funerarias, en primer lugar la de los restos del cacique 
Nomaregúey, destacada de las otras por su mayor volumen y la 
riqueza imaginativa de los decorados. Como escolta a cada urna 
van dos rabones llevando en alto las armas de los caídos. A su paso 
de marcha fúnebre se levanta una ola de lamentos y lloros. Luego, 
en contraste, se hace silencio y los espectadores ven desfilar a 
los portadores de los vasos donde se vertió la grasa extraída a los 
cuerpos de los héroes en la cremación a fuego lento. Estas pequeñas 
y artísticas urnas servirán en la ceremonia de transmisión de poderes 
y virtudes, cuando uno a uno todos los guerreros untarán la yema 
de los dedos con grasa humana, para luego lamer la porción de 
substancia y recibir las virtudes propias del difunto. Seoname-maku 
viene acompañado de Gitamaku y Guregúey, y un poco atrás, curioso 
con cuanto ve, Ulaban el kashingui. El desfile queda cerrado por 
otro escuadrón de rabones llevando como trofeos las armas de los 
ubatashi, para ser enterradas en un lugar secreto e inaccesible. 

En su recorrido solemne y triunfal por la capital tairona, el desfile 
pasa al pie de la Nahua-xalda, la alta terraza de muros de piedra 
escalonados, donde se levanta la Nunhuañkala Mayor de Tayronaca. 
Alí preside la celebración de la victoria el Naoma-Kavi muru nakubi, 
rodeado de los principales sacerdotes del Valle de Tairona, y de los 
naumas, viejos y sabios consejeros. También junto a ellos, a su 
derecha y en lugar preferencial, de pie sobre un pedestal de roca 
tallada, se destaca la figura de Nyuba-Aluna, el Espíritu de Oro de 
los Taironas, con su esbelto cuerpo cubierto por alhajas resplande- 
cientes y collares de pedrería: semeja una diosa, inmóvil, con su 


126 Bernardo Valderrama Andrade 


bello y expresivo rostro, captando las emociones que sacuden a la 
multitud, así mantenga cerrados los ojos. Desde su lugar en el cortejo, 
al distinguirla, Ulaban se siente conmovido... y ella, así parezca 
no verlo, todo el tiempo tiene su rostro dirigido a él, con el esbozo 
de una sonrisa como saludo. A la izquierda del Naoma-Kavi está 
otra mujer ricamente ataviada: Ula-yang, radiante de orgullo ante 
el regreso triunfal de Seoname-maku. Se observan uno al otro, se 
devoran con miradas hambrientas de tanta ausencia. Bajo los atuen- 
dos de la muchacha se insinúa su gravidez, la cual no le impide 
esforzarse a permanecer en pie todo el tiempo del desfile. Tras ella, 
solícita, está Haba-nay. 

Tan pronto entra a Tayronaca el último participante en el desfile, 
comienzan las ruidosas festividades en plazas y plazoletas, con abun- 
dantes libaciones, reparto de manjares y bailes; participan todos, 
moradores y guerreros, en un festejo doble: por el triunfo obtenido 
sobre los ubatashi y por el nombramiento de Seoname-maku como 
cacique de Tayronaca. A la noche, en la gran nunhuañkala ocurre 
una importante reunión: Naoma-Kavi escucha el relato de la batalla 
por boca del propio Seoname-maku, y luego adivina si es posible 
que algunos ubatashi hayan podido escapar. Concluida la narración 
del cacique, el sacerdote se concentra, analiza con atención las 
burbujas desprendidas de las piedras-kuitsi, se sume en profunda 
meditación. En seguida, sin hacer el menor movimiento con los 
músculos de la cara o de los labios, deja escapar unas palabras 
silbantes: 

—Veo.. veo: a Kashindukua, hijo de La Madre, hijo de Sintana: 
él los guía... Makeia kaxshigugulu: cuatro jaguares... Sólo cuatro 
ubatashi sobrevivieron. Ahora se han convertido en kaxshigugulu, 
jaguares rojos. El Padre de los Jaguares, Kashindukua, los guía. 
Están condenados a vagar por la selva, siempre... Sólo Seoname- 
maku, Jaguar Negro, podrá reconocerlos y exterminarlos. Sólo él. 


Clarea Saxa-ti sobre los conos de palma de Tayronaca. Chirrean las 
cigarras y aletean los nyuiji en el sofoco de la noche. 
Tomados de las manos, Seoname-maku y Ula-yang regresan de 


El gran jaguar 127 


un paseo por la gran plaza triangular. Hace varias lunas concluyeron 
las fiestas del triunfo y las ceremonias fúnebres por los caídos. 
Ahora gozan de un tiempo de reposo y procuran aprovecharlo al 
máximo. Ese atardecer decidieron visitar a Meli-ang, y la encuentran 
acurrucada frente al fuego, con Suku-thor en brazos, entregados a 
los retozos. Cuando los ve ingresar interrumpe el recreo y se queda 
mirando pensativa y expectante a su hermano el cacique. No hay 
agradecimiento en sus ojos, pero tampoco reproche... Entre ellos 
las palabras no tienen cabida. El abrazo afectuoso con su cuñada 
Ula-yang tiende un puente de ternura en esta situación tensa y dolo- 
rosa. Suku-thor mira a Seoname-maku absorto: no entiende la ausen- 
cia de su padre... la risa se le ha congelado en los labios. 

Afuera brilla Saxa-ti. Transcurre el tiempo dentro de los nunhúes 
con la complacencia de los cuerpos solazándose en el amor. Y como 
viene sucediendo todas las noches, sólo un hombre permanece y 
discurre solitario por los camellones empedrados de la ciudad: Ula- 
ban. en busca de Nyuba-Aluna. 


XXI 


Asegurado el control del litoral al Occidente del río Hukumeiji, 
gracias a la presencia de Kashín y su flota de piraguas, Seoname- 
maku parte de Tayronaca rumbo a Nui-Ashkuan, el Oriente, con 
destino a los territorios kogi, aldu-guiji y duanabuká, invadidos por 
gulamenas y sangaramenas en inmediaciones con el mar. De acuerdo 
con el encargo del Naoma-Kavi, su nueva misión es organizar la 
guerra de exterminio contra estos invasores. Son sus compañeros 
de viaje, además de la escolta de un centenar de escogidos guerreros, 
el kashingui Ulaban, y el viejo Chole, emisario de Avincuo, cacique 
mayor de los duanabuká. 

A lo largo del Valle de Tairona, siempre avanzando hacia la salida 
de Surli, a través de campos cultivados y prósperas poblaciones 
comunicadas entre sí por un ancho camino, la comitiva cruza el río 
Sekaimaka y llega a orillas del caudaloso Hukumeiji. Por donde 
pasan, las gentes los reciben con muestras de alegría: quieren conocer 


128 Bernardo Valderrama Andrade 


al vencedor de los ubatashi y expresarle agradecimiento; además, 
ya saben el encargo del joven cacique para liberar los territorios 
ocupados por los caribes. Seoname-maku apenas si interrumpe la 
marcha para tomar algún descanso, recuperar fuerzas y comer algu- 
nas de las muchas viandas ofrecidas por sus admiradores, tiempo 
aprovechado para interrogar a las gentes sobre la proximidad de sus 
futuros adversarios: teme que los arranca-brazos y los arranca-cabe- 
zas puedan descubrir el Valle Interior, de excepcionales condiciones, 
y lo invadan para hacerse fuertes en él y aprovechar sus recursos. 
Las noticias no son todavía apremiantes: las regiones invadidas están 
más allá del Hukumeiji, sobre la llanura costera; otra información 
sí lo pone en alerta: se relaciona con una manada de enormes 
kaxshigugulu, jaguares rojos, desde hace algunas noches mero- 
deando por los poblados. Y Seoname-maku recuerda las revelaciones 
de Naoma-Kavi sobre los sobrevivientes ubatashi, convertidos en 
fieras de la selva. ¿Será ésta la pista de los últimos hombres de los 
ojos azules? 

El recorrido por el Valle de Tairona permite a Ulaban entender 
el poderío y las posibilidades futuras de las gentes de Keka-Bunkua. 
Con anterioridad ha conocido el Valle Interior hacia el Occidente, 
desde la capital Tayronaca hasta más allá de Cincorona, otra gran 
ciudad en cercanías del río Nakulin, donde de paso visitó muchas 
poblaciones menores de las serranías y las orillas del mar, una de 
ellas Chairama. Estos viajes le han permitido profundizar el estudio 
sobre las costumbres y normas de los taironas, su estricta organiza- 
ción social sujeta a patrones religiosos muy complejos, donde es 
ilimitado el poder ejercido por los naomas. Aún no conoce las 
vertientes mayores de la Sierra Nevada, pero ya sabe de los caminos 
que bajan por sus laderas al Valle de Tairona, procedentes de impor- 
tantes y populosas concentraciones habitacionales, donde laboran 
textileros, orfebres, ceramistas, talladores de piedras, una de ellas 
Teyuna, gran ciudad sagrada de las cabeceras del Mutaiji, con sus 
pueblos satélites donde moran los fabricantes de cuentas-kuitsi. En 
este viaje al Oriente de Tayronaca, el kashingui admira todavía más 
la belleza de los paisajes, la feracidad inagotable de las planadas y 
valles secundarios, donde se alternan campos destinados a las labran- 
zas de yuca, maíz, algodón y frutales, con las extensiones cubiertas 
de selva, impresionantes por la majestuosidad de los árboles, la 


El gran jaguar 129 


florescencia multicolor de las plantas menores, la tejezón de los 
bejucos, y toda esa red de corrientes de agua aumentando el caudal 
de los ríos mayores, ámbito privilegiado de millares de seres al 
cuidado de Nabsusa, la Madre de los Animales; y sobre las vertientes 
y valles, o por entre los cañones, la vista temprana de los picos 
congelados de Citurna, la región de las nieves. 

Así no sea éste su país, Ulaban, quien con seguridad no sabe de 
dónde viene ni cuáles son sus verdaderos orígenes, siente compla- 
cencia de sentirse viajero por Keka-Bunkua, el país de Nyuba-Aluna. 


ES 


, 


El nuevo día encuentra a Seoname-maku y a sus compañeros de 
viaje sobre la ribera occidental del Hukumeiji, en busca de la con- 
fluencia de la Jiwá-tukua. El Valle Interior ha quedado detrás de la 
Cuchilla Manijí, lomo inmenso cubierto de densa selva, donde se 
escuchan las voces de los monos de viento, los chillidos de las pavas 
y los rugidos de los jaguares. Se aproximan a Takbi-hagu-kare, 
lugar de la Culebra de Piedra, sitio sagrado para hacer ofrendas. 

La noche transcurrió bajo torrencial diluvio, como:.si Sevukulyin- 
gaxa, Padre de las Nubes y la Lluvia, estuviera iracundo; y tal 
pareció por el espectáculo de nubes negras corriendo huracanadas 
por un cielo con relámpagos entrelazados unos tras de otros, para 
convertir la noche en rara claridad. Imposibilitados para cruzar el 
desbordado y fragoroso río, deben presenciar tres nacimientos de 
Surli sobre las montañas que guardan las Lagunas Sagradas. Ese 
tiempo es aprovechado por Seoname-maku para estrechar amistad 
con Ulaban y el viejo Chole, e indagar sobre sus vidas y sus cono- 
cimientos: 

—Y más allá de los territorios duanabuká... ¿quiénes habitan:a 
Keka-Bunkua? —pregunta el cacique estimulado por los relatos de 
Chole. El emisario responde entusiasta por tener tan aplicados escu- 
chas: 

—Están los wiwa, muy antiguos habitantes de la selva, sobre el 
lomo que divide en dos vertientes esta parte de la Montaña Blan- 
ca. Son cazadores, guerreros, y comercian con los uáhiuáhi, mora- 


130 Bernardo Valderrama Andrade 


dores de zonas desérticas y bajas, en una gran lengua de arena que se 
interna en el mar Y más allá del lomo viven los yarineke y los 
umássi, tan numerosos como los taironas, asentados en las laderas 
y un fertilísimo valle llamado de las Auyamas. Y en cada uno de 
estos territorios se habla un idioma distinto. 

Oyendo a Chole, por primera vez Ulaban se forma una idea 
completa sobre la inmensidad de las regiones en torno a los picos 
nevados, allá donde ya no hay mar, algo hasta ahora inconcebible 
para él. 

Cuando el Hukumeiji vuelve a ser sosegado, Seoname-maku y 
su comitiva hacen la travesía y se internan en la zona sagrada de 
Takbi-hagu-kare, por entre colinas sembradas de mulda, algodón, 
de paso hacia una sabana donde aquí y allá, desperdigados entre 
pastizales y cultivos, resaltan negros pedruscos semejantes a lomos 
de dantas, o caparazones gigantes de tortugas; otros parecen tronos 
de caprichosos espaldares, mesones ovalados, o cuencos y metates. 
Dando rienda suelta a la imaginación para atribuir parecidos a estos 
piedrones, llegan al Centro Ceremonial, donde está esculpida la 
Serpiente Sagrada sobre la superficie de otro peñasco. 

Los naomas del lugar, acompañados de mujeres Mitandu, del 
linaje de las culebras, salen a recibir al cacique-guerrero; esa noche 
hay adivinanzas y bailes en la nunhuañkala mayor, y a la mañana 
siguiente solemne desfile hasta un lugar profundo de la takbi-tukua, 
Quebrada de la Culebra, donde Aldu-kukue, Padre de las Culebras, 
esculpió una, en un paredón de granito blanco. Allí Seoname-maku 
hace ofrendas a Sai, la boa, para adquirir de ella su gran fortaleza, 
y a Tejaku, la serpiente cascabel, de la cual tomará el veneno mortal 
para la punta de sus lanzas y flechas. Terminado el rito, el cacique 
y sus acompañantes vuelven a buscar el Valle de Tairona en un 
lugar donde está la Piedra Jaguar, Kavi-Hagu, y hacen nuevas ofren- 
das, porque según el gran sacerdote muru nakubi, para vencer a los 
caribes necesitarán recibir los poderes de los animales míticos crea- 
dos por Haba Séinekan. 

A otra jornada de camino entran al Cañón de las Cascadas, donde 
se encuentra el poblado de Mamaice, gobernado por el cacique 
Lazama. Este lugar es la máxima prolongación hacia el Oriente del 
Valle de Tairona, ya en cercanías al río Guamoea. El sitio es espec- 
tacular con sus cascadas, precipitándose con reflejos de arco iris 


El gran jaguar 131 


desde las grandes alturas de la vertiente mayor, para llenar todos 
los ámbitos con un continuado y ensordecedor estruendo. 

Acostumbrado a las panorámicas insulares, de horizontes ilimita- 
dos, Ulaban queda extasiado ante la belleza e imponencia del cañón: 
esto le parece inconcebible y no puede expresarlo en su vocabulario 
caribe; debe recurrir a las palabras de la lengua tairona para registrar 
cuanto está viendo. 

Al pie de los trepidantes paredones de roca y rodeada de una 
selva húmeda, con frecuencia desdibujada por las neblinas surgidas 
de la base de las cascadas, está Mamaice, un gran poblado kogi con 
varios templos y muchas viviendas, donde se han dado cita los 
caciques de esta parte de Keka-Bunkua, para acordar con Seoname- 
maku lo relacionado con la guerra contra los caribes. Cumplidas las 
ceremonias presididas por los sacerdotes, Seoname-maku, Lazama 
—Cacique mayor de los kogi—, Ulaban, Chole y algunos escoltas, 
trepan a los filos que separan el Cañón de las Cascadas con la llanura 
del litoral, ya ocupada por los caribes. Allí, al contemplar los terri- 
torios invadidos, deciden planear una exploración más completa, 
aprovechando los conocimientos de Chole de esa región, antiguo 
dominio de los duanabuká. Para cumplir el arriesgado cometido, se 
despojan de cuanta insignia pueda denunciarlos, y para la madrugada 
siguiente parten en pos del viejo emisario del cacique Avincuo. En 
Mamaice quedan los naomas encerrados dentro de los templos, 
haciendo ofrendas a la Madre Universal, para invocar el buen éxito 
de la misión. 


XXII 


A. orillas del mar, al Oriente de la destruida población de Buya, 
tienen establecido su campamento los sangaramena. Frente a él, 
bornean las piraguas; ya forman una flota de más de un centenar de 
navíos: resaltan sus bordas acorazadas y los velámenes arriados, a 
manera de un enjambre de monstruosas langostas posadas en el 
agua. Mar afuera, a regular distancia, se divisan otras embarcaciones 
entregadas a labores pesqueras. En el campamento, retirado de la 


132 Bernardo Valderrama Andrade 


orilla en donde ya no alcanza el flujo de las olas, la actividad es 
febril y ruidosa: los sangaramena dedican su tiempo a construcción 
de viviendas nuevas: son amplios bohíos, algunos sin paredes para 
dejar correr la brisa a través de los horcones. Del lindero del bosque, 
sin interrupción, salen filas de hombres cargando troncos de diferente 
grosor y longitud para las edificaciones, mientras de las zonas donde 
crecen las palmeras son traídas sus largas hojas para revestir entra- 
mados y formar las cubiertas. En lugares convenidos a la sombra 
de espaciosas ramadas se fabrican havas, cestos de carrizo, o arcos, 
flechas, lanzas, hachas y mazos de piedra; cerca de allí, otros se 
dedican a remendar velas, torcer y anudar cordeles, tallar anclas de 
piedra, labrar arpones y anzuelos en hueso o macana. Bajo los aleros 
de las chozas, o en su interior y cerca a las puertas, la actividad de 
las mujeres, caribes o prisioneras, se relaciona con oficios de telares 
o preparación de alimentos. En los linderos del bosque, lejos de los 
arenales de la playa, se ven las incipientes labranzas de yuca y maíz; 
cerca de ellas, armados con apretados estacones hincados en la 
tierra, están los corrales para engorde de las báquiras, cerdos de 
monte, complemento de la dieta alimenticia de los caribes. Otro 
corral grande, de altísima empalizada y regular espacio interior, 
levantado en sitio descombrado, tiene un destino que atribula a las 
mujeres de Keka-Bunkua: allí permanecen prisioneros sus hombres, 
bajo severa vigilancia, a la espera de ciertas festividades, cuando 
serán sacrificados y devorados en medio de bebezones y danzas. 
En otros espacios de los playones y la llanura, el trajín se relaciona 
con los guerreros: los manicatos, jefes de los escuadrones, organizan 
simulacros bélicos: para hacerlos más reales, de vez en cuando sacan 
un prisionero de los corrales y lo obligan a servir de blanco en 
persecuciones y prácticas de tiro con flechas y lanzas. 

Los caribes lucen desnudos, musculosos, altos de cuerpo, algunos 
con grabados sobre la piel, y el sexo protegido con portapenes de 
oro, de caracol o fundas tejidas. En los hombres las cicatrices dan 
prestigio. Las. mujeres llevan una faldilla apretada en torno a las 
caderas: agraciadas, sensuales, sus senos apenas si emergen entre 
la abundancia de las coconas, collares compuestos de conchas y 
piedrillas de colores. 

Recorriendo el campamento seguido de su séquito, Sangama luce 
intimidante por su fuerte complexión. Bronceado, la piel cruzada 


El gran jaguar 133 


tatuajes y cicatrices, con ademanes autoritarios, el jefe de los 
arranca-cabezas inspecciona con mirada severa los preparativos para 
la guerra: exige total disciplina y en estos días el genio se le mantiene 
descompuesto por la derrota de su hermano Gula a manos de los 
taironas y los traidores kashingui. Quienes pagan por este desastre 
bélico son los prisioneros: a cada mañana hace decapitar a uno de 
ellos y colocar su cabeza ensartada en una larga macana, a la orilla 
de los caminos, a manera de escarmiento para sus enemigos, mientra 
él cavila sobre la forma de enfrentarse a los nativos de la Montaña 
Blanca; sus sueños de organizar ur gran país en estos territorios, a 
donde puedan seguir arribando las naves caribes, no va a ser tan 
fácil como en un principio lo imaginó. 

Al Occidente del campamento sangaramena, en cercanía a la 
bocana del Guamoea, está el primer asentamiento de Gula sobre 
parajes robados a los kogi, ahora replegados en las serranías, en 
permanentes escaramuzas con los caribes en su intento por recuperar 
la salida al mar, a lo largo de los ríos Pira, Guamoea y Abaxse. 
Después de su derrota en Buritaca, los gulamena se han hecho fuertes 
en esta comarca, y como respuesta al descalabro preparan la invasión 
de los territorios al Oeste del río Hukumeiji, campaña que acome- 
terán reforzados por las huestes de Sangama; para el efecto concen- 
tran una gran flota de piraguas y un numeroso y bien entrenado 
ejército: la experiencia les ha enseñado de la voluntad y poderío 
guerrero de los taironas, al parecer ahora aliados con los duanabuká, 
kogis, y aldu-guijis, cada vez más organizados y belicosos. En 
cumplimiento de estos aprestos, las partidas de Gula recorren a 
diario las sabanas litoraleñas, acosan a los kogi en las primeras 
estribaciones, asaltan e incendian sus aldeas, hacen prisioneros y 
ponen especial empeño en capturar mujeres para reponer las desapa- 
recidas durante la batalla naval de Buritaca y Palanoa. 

En el campamento de los arranca-cabezas se han levantado altas 
empalizadas para encerrar a los prisioneros en espera del momento 
de su sacrificio. El trato brindado a las mujeres y los niños, por el 
contrario, es excelente: las cuidan y los consienten, pues ven en 
ellas la forma de perpetuarse, y en los chicos futuros guerreros. 


134 Bernardo Valderrama Andrade 


Nacido en vecindades de Buya, Chole, el emisario duanabuká, se 
conoce todos los caminos y vericuetos de su región. Esto permite 
a la comitiva de Seoname-maku internarse con relativa seguridad 
en los territorios invadidos por los gulamena. Y para hacer exitosa 
al máximo la travesía, y no queriendo despertar sospechas, Ulaban 
y la patrulla de rabones toman la exacta apariencia de los arranca-bra- 
zos: las partes descubiertas del cuerpo las decoran con tatuajes rojos 
y negros, visten taparrabos y usan armas tomadas a los enemigos. 
Con su porte y dominio de la lengua, el kashingui es ahora un 
manicato al mando del piquete encargado de conducir a Seoname- 
maku, Lazama y Chole, supuestos prisioneros. El riesgo de esta 
farsa se manifiesta en la tensión que embarga a todos cuando ocurre 
el primer encuentro con un grupo de caribes. Y como complicación 
adicional, un sorpresivo alarido desgarra sus oídos: 

—¡Ayyyy!... ¡Ayayayyy! 

Es el viejo Chole, quien rueda por el suelo presa de un repentino 
ataque de convulsiones; sus lamentos se convierten en rugidos y 
comienza a echar espumarajos sanguinolentos por la boca. Ulaban 
y los falsos guerreros no saben qué hacer; Seoname-maku y Lazama, 
consternados, atienden a su compañero; los caribes, ante los espas- 
mos del enfermo y la expresión desorbitada de sus ojos, pasan de 
largo al temer sea un mal contagioso; en brazos de los caciques, el 
emisario sigue retorciéndose, mientras el enemigo se aleja. Cuando 
están distantes, se queda quieto, escupe un fruto rojo y jugoso, 
suelta una risita burlona y los mira con los ojos arrugados por la 
picardía: los engañó a todos: aquello fue una farsa más para atraer 
sobre sí toda la atención y sortear el peligro de ser descubiertos; la 
edad no le ha apagado el espíritu aventurero, y a partir de aquel 
momento sigue engañando a los gulamena y sorprendiendo a sus 
compañeros con sus inagotables recursos histriónicos, para permitir 
al manicato Ulaban, a sus escoltas y prisioneros, desplazarse a través 
de los territorios ocupados por los caribes. Cuando en las noches 
acampan en lugares apartados y seguros, tienen tiempo para reír y 
celebrar las personificaciones teatrales del emisario, convertido en 
actor imprescindible en esta misión de espionaje; así contribuye a 
mimetizar la personalidad de Seoname-maku y Lazama. 

Al verse envuelto en estas disparatadas pero oportunas actuaciones 
del viejo Chole, el Jaguar Negro encuentra la forma para librarse 


El gran jaguar 135 


de tensiones propias de su cargo: ahora es un compañero más, 
aportando la alegría y la audacia de su juventud, así sea en medio 
de tantos peligros; aunque parezca paradójico, viviendo estas aven- 
turas recuerda las travesuras de su despreocupada adolescencia en 
Ponkeica, cuando era un tairona más, sin obligaciones ni prerroga- 
tivas. De estos momentos de esparcimiento, y pese a su edad, par- 
ticipa con mucho entusiasmo el cacique Lazama, dada la propensión 
a la guasonería distintiva de los kogi; sólo Ulaban conserva la serie- 
dad, apenas esboza ligeras sonrisas, y este contraste hace más hila- 
rantes las situaciones. 

¿Cuándo surge la idea?. ¿De quién fue? No lo saben con exac- 
titud. Pero resultó ahí. en medio de las conversaciones, en el 
transcurso de los recorridos, al pasar una y otra vez frente a las 
empalizadas, donde los caribes mantienen a los prisioneros. 

—;¡ Tenemos que liberarlos! —anuncia de pronto Seoname-maku, 
una noche en que miran en silencio la Avenida de la Luz chispeante 
en el firmamento. Ese día han presenciado el sacrificio de un prisio- 
nero, empalado en un alto estacón para servir de blanco a los arque- 
ros, y la ira e intenso dolor no se aplacan con nada. Todos están 
de acuerdo. . no pueden dejar abandonados a sus compañeros en 
desgracia. Hasta ese momento, cuando el manicato Ulaban ha sido 
interrogado sobre el lugar de destino de los prisioneros, su respuesta 
es siempre la misma: —El campamento de Gula, en las riberas del 
río Abaxse, ya en inmediaciones con el mar—. En esta forma, 
siempre continúan la marcha sin verse obligados a más explicaciones, 
ni a entregar los cautivos. Pero esto de liberar los prisioneros de los 
cercados... 

La audacia de Seoname-maku, la inteligencia de Ulaban, la deci- 
sión de Lazama, la picardía creativa de Chole, conforman el exce- 
lente equipo para tan arriesgado proyecto. Se valen de la costumbre 
caribe de hacer cambios de guardia al anochecer, cuando el “mani- 
cato” Ulaban se presenta con sus guerreros ante la empalizada de 
la primera aldea escogida, para poner en práctica el atrevido plan. 

—;¡Abran!.. ¡Cambio de guardia!.. ¡Traemos nuevos prisione- 
ros! —anuncia Ulaban autoritario, ante los encargados de vigilar la 
empalizada, esforzándose por hacerse oír sobre los chillidos y las 
lamentaciones de Chole. El comandante de los carceleros, otro ma- 


136 Bernardo Valderrama Andrade 


nicato de imponente aspecto por los tatuajes del cuerpo, mira fasti- 
diado al viejo duanabuká, manda que lo callen y levanta la cara al sol. 

—Vienen antes de lo acostumbrado. 

—Sí... por estos prisioneros... —y Ulaban señala a Chole, ahora 
en forcejeos con la escolta, tirando patadas y lanzando lastimeros 
alaridos; para hacer más real la farsa, lo golpea en la espalda con 
la lanza de macana y extiende su rudeza a los otros dos cautivos. 
Su actuación es tan concluyente, que la puerta de la cárcel se abre 
y Seoname-maku, Lazama y Chole son introducidos a empellones 
en el recinto. La prisión, constituida por un doble cercado, uno 
dentro del otro para dejar un gran patio interior, tiene en torno de 
esta área ocupada por los condenados, un corredor por el cual se 
pasean y ejercen su oficio los vigilantes. 

Tan pronto el viejo duanabuká escucha en el pasadizo el forcejeo 
de Ulaban y sus guerreros dominando a la guardia, levanta la voz 
y agita los brazos para convocar a los prisioneros. Seoname-maku 
y Lazama lo secundan, con ademanes característicos de quienes 
están acostumbrados al mando. 

—;¡Gaxa!... ¡Gaxa!... ¡Compañeros! —grita Chole. Muchos le- 
vantan el rostro para mirarlo y la sorpresa brilla en sus pupilas: el 
fragor del combate en el pasaje, aunado a las voces y manoteos de 
los recién llegados, los arrancan de su resignada desesperanza; algo 
inusitado está ocurriendo y al reconocer al emisario de Avincuo, se 
agolpan en torno a él. Seoname-maku y Lazama, debido a la sencillez 
de sus vestimentas, siguen de incógnitos y nada hacen todavía para 
identificarse. 

—;Hermanos!... ¡Atiéndanme!... ¡Hemos venido a rescatarlos! 

La incredulidad se pinta en todos los rostros: nadie ha escapado 
de allí, y quienes han salido sólo es para ser sacrificados. Algunos 
empiezan a dar la espalda... 

—;¡Tienen que creerme!... ¡Prepárense! ¡Deben obedecernos! 

La puerta del patio torna a abrirse y da paso a Ulaban y sus 
hombres: arrastran los cuerpos sin vida de los vigilantes. Los cautivos 
no acaban de salir de su desconcierto. ¿Acaso algunos de sus liber- 
tadores también son caribes? Y miran vacilantes, ya a Chole y sus 
dos compañeros, ya a Ulaban y su escolta. Seoname-maku y Lazama 
ven llegado el momento de darse a conocer, en pocas palabras 
explican la situación, organizan la salida y encabezan la huida hacia 


El gran jaguar 137 


las montañas. Para entonces ya cuentan con la noche como su cóm- 
plice. Ulaban se queda en espera de la llegada de nuevos vigilantes, 
les permite entrar al corredor, allí los sorprenden y eliminan, vuelven 
a cerrar la puerta de la empalizada y a su vez se pierden en la 
oscuridad de la noche. Sólo hasta la mañana siguiente, al repetirse 
el otro cambio de guardia, se descubre lo sucedido; para entónces 
los fugitivos están lejos de ser alcanzados. 

Entusiastas con este primer resultado, Seoname-maku y sus com- 
pañeros repiten la estratagema cuando las circunstancias son favora- 
bles en otras aldeas, libertando a gran número de prisioneros. La 
noticia de las fugas masivas no tarda en llegar al campamento de 
Gula, y éste, alarmado y presa de ira por la repetición de los hechos, 
ordena llevar a su presencia a cuantos puedan suministrarle informa- 
ción veraz. Una particularidad repetitiva en todos los testimonios le 
despierta sospechas: la descripción del manicato, la escolta y los 
cautivos, siempre vistos donde después ocurren las evasiones. 

—¿El kashingui! —piensa de pronto sobresaltado. Y ordena la 
pena de muerte para quienes en adelante se dejen engañar por la 
patrulla de farsantes y sus prisioneros. 

A Mamaice y las otras poblaciones de las montañas, en grupos, 
unos tras de otros, van llegando los escapados de las empalizadas. 
Lazama ha regresado para organizar el ataque contra los caribes, y 
de inmediato los somete a entrenamientos bélicos. En tanto Seoname- 
maku, Ulaban y Chole, actuando de común acuerdo, se han pro- 
puesto una misión de alto riesgo para humillar al jefe de los arranca- 
brazos, dentro de sus propios dominios: liberar a los cautivos y 
condenados a muerte del propio campamento de Gula. 

Informados de los desplazamientos del líder arranca-brazos, ahora 
en rabiosa persecución del kashingui, Seoname-maku aprovecha los 
conocimientos del viejo Chole sobre la región y bajan en forma 
subrepticia por el curso del río Pira; ya dentro de la llanura litoraleña, 
al amparo de la noche e iluminados por Saxa-ti, van metidos en el 
agua, acallado con su fragor el poco ruido que puedan hacer. Cuando 
a sus oídos llega el rumor espaciado de las olas y la brisa salobre, 
hacen una pausa en la marcha y el Jaguar Negro pregunta al duana- 
buká: 

—¿Estás seguro de poder guiarnos a través de los pantanos?... 


138 Bernardo Valderrama Andrade 


He sabido de las trampas mortales de las arenas movedizas, y el 
peligro de los feroces matúa. 

Chole achica los ojos con picardía y sonríe burlón: que sepa, 
aparte de él nadie se ha atrevido a internarse en las marismas, donde 
acechan insaciables los caimanes, o las tembladeras aprisionan a los 
incautos. Su respuesta refleja la astucia del plan concebido: 

—Los gulamena acampan en las riberas del Abaxse-tukue, al 
borde mismo de los pantanos, confiados en su protección, Por eso 
no van a esperar nunca un ataque por ese lado. 

El viejo levanta la cara a Saxa-ti, se asegura de que ésta no deje 
de brillar en el resto.de la noche y comenta dando tranquilidad a 
sus compañeros: 

—Eila será nuestra aliada —y la señala satisfecho—. Me permitirá 
reconocer el único camino posible por la marisma. —Y con una 
carcajada: Ya imagino la sorpresa de nuestros enemigos. 

Seoname-maku da la orden de partida, en fila detrás del emisario 
de Avincuo. Unos tras otros repiten las pisadas, para no resbalar y 
ser aprisionados en las arenas movedizas, alertas con los matúa, 
semisumergidos y a la espera con sus enormes mandíbulas. La larga 
hilera de expedicionarios penetra la región pantanosa, donde las 
miasmas enrarecen el aire húmedo y sofocante; los acompaña el 
concierto de los grandes sapos, el zumbido lacerante de los zancudos, 
y Otras voces de animales desconocidos, apremiantes, de acentos 
intimidatorios, que les encogen el ánimo y hacen más terrorífica la 
travesía. Nadie pronuncia una palabra, despiertos los cinco sentidos 
para no sucumbir en un paraje donde hasta ahora, con excepción 
del viejo Chole, ninguno lo ha cruzado con éxito. 

Dentro de lo planeado, cuentan con aprovechar la ausencia de 
Gula y el grueso de sus guerreros, empeñados en buscarlos por toda 
la llanura, menos en inmediaciones de su campo principal. Al ama- 
necer emergen de las marismas, sorprenden a los vigilantes del 
campamento y las empalizadas, liberan a los prisioneros y antes que 
los caribes se repongan de la sorpresa y organicen el contraataque, 
cruzan en forma fulminante y mortal por el asentamiento, atraviesan 
el Abaxse-tukue y a marchas forzadas se encaminan al río Guamoea, 
por cuyo curso, aguas arriba, escapan con el apoyo y refuerzo de 
una avanzada de Lazama. En tanto Gula no ha tenido suerte en su 
expedición punitiva: libra escaramuzas sin resultados definitivos con 


El gran jaguar 139 


las avanzadas del cacique kogi, quien empeñado en azuzarlo, ataca 
y se repliega una y otra vez; tampoco puede conquistar las primeras 
laderas de la serranía, donde se -han hecho fuertes los nativos para 
desatar sus sorpresivas emboscadas. Allí la resistencia es cerrada y 
necesitará contar con mejores fuerzas si quiere enfrentar con fortuna 
la alianza de las gentes de Keka-Bunkua. De regreso a su campamen- 
to, recibe la noticia del temerario ataque comandado por el propio 
Seoname-maku y el kashingui Ulaban. Otra vez ha sido burlado, y 
esta vez en sus propios dominios. Sin dudarlo, dispuesto a cobrar 
caro este atrevimiento, parte en su persecución, sólo para ser recha- 
zado en la entrada al Valle de Tairona, donde poco le falta para ser 
exterminado. Para entonces, Gula ya no duda del poderío de sus 
adversarios. 

La noticia de la liberación de los prisioneros es festejada por todas 
las gentes de la Montaña Blanca, en especial a donde regresan los 
libertados de las empalizadas. En Takina, centro ceremonial de las 
cabeceras del río Guamoea, para ese tiempo sitio de habitación del 
Naoma-Kavi, éste recibe complacido las nuevas sobre los logros de 
Seoname-maku, acciones intrépidas que consolidan el prestigio del 
Jaguar Negro y facilitan la concertación de alianzas entre los pueblos 
de la Sierra Nevada, para enfrentarse con buenas posibilidades ante 
los caribes. 

Acordado con Lazama cuanto se relaciona con la futura campaña 
guerrera, Seoname-maku parte con Ulaban, Chole y su escolta de 
rabones, a cumplir cita con Avincuo, cacique principal de los dua- 
nabuká. 

Dejan atrás el Valle de Tairona en su salida final al río Guamoea, 
y en travesía sobre las laderas de la vertiente mayor penetran a los 
territorios aldu-guiji, donde manda el cacique Malabú. Acompaña- 
dos de los prisioneros rescatados, reciben triunfal acogida. 

Desde la región de Bongá, como también se denominan los terri- 
torios aldu-guiji, la panorámica hacia la llanura del litoral es com- 
pleta. Cruzan el Buhía-tukue, trepan a la Cuchilla Nukui y desde 
allí divisan otra gran zona pantanosa inmediata al mar, y las ruinas 
de la población de Buya. De allí es Chole, quien a la vista de su 
destruido pueblo, relata que allá perecieron todos los suyos, incluidos 
los nietos: los ojos se le achican, se le transforman en rajaduras 
brillantes, no puede ocultar su odio y deseos de venganza; en con- 


140 Bernardo Valderrama Andrade 


traste, sus labios permanecen sonrientes, en una mueca contradictoria 
y feroz. Oyéndolo, Seoname-maku y Ulaban lo comprenden mejor, 
respetan su dolor, se explican y justifican el entusiasmo temerario 
de sus actos. 

El descenso por la Cuchilla Nukui los lleva hasta las orillas del 
Nyuba-Nyna, el Río del Oro, de riberas pobladas por gentes encar- 
gadas de, extraer el precioso metal de sus arenas auríferas, para 
fundirlo con destino a los talleres de los orfebres de la Montaña 
Blanca. Dada la importancia de la región por estas riquezas naturales, 
y por asentarse en sus cabeceras el gran centro ceremonial de Moraca, 
la garganta que comunica el cañón del Nyuba-Nyna con la sabana 
del litoral se mantiene custodiada, y las intentonas caribes de intro- 
ducirse por allí han sido rechazadas. Esta región sagrada, hábitat 
antiguo de los hijos de la Madre Séinekan, no puede ser profanada 
por los invasores. 

El dominio ejercido por los caribes en la llanura obliga a Seoname- 
maku y su comitiva a penetrar a los territorios duanabuká siguiendo 
la Cuchilla Vainillal, para encaminarse al centro habitacional donde 
tiene su sede el cacique Avincuo. Desde estas montañas divisan los 
asentamientos sangaramena, levantados sobre las ruinas de los po- 
blados duanabuká; y. de nuevo, en arriesgadas incursiones, el Jaguar 
Negro y sus acompañantes se aproximan al mar para contabilizar 
las piraguas y de ahí deducir el poderío real de los arranca-cabezas. 
A una conclusión llegan: deben actuar unidos y en forma rápida, o 
los caribes infiltrarán todos sus territorios, igual a como lo hacen 
los vientos Ñuyashkue del Nordeste. Comparada con la lucha contra 
los ubatashi, ésta será de gran magnitud: ya no de cien a uno... y 
deberán concentrar todo el poderío tairona, kogi, aldu-guiji y dua- 
nabuká, porque del mar siguen llegando unas tras otras las piraguas 
cargadas de guerreros caribes. 

Avincuo, cacique mayor de los duanabuká, recibe a Seoname- 
maku con todos los honores a su alto rango, y.la deferencia hacia 
quien será su principal aliado en la guerra. Con severa dignidad, 
enseña al Jaguar Negro los preparativos bélicos, le expresa que en 
el corazón de la gente del pelícano bulle el deseo ardiente de la 
venganza. De inmediato planean el desarrollo de la futura campaña, 
dentro de la estrategia concertada por los pueblos de la vertiente 


El gran jaguar 141 


norte de Keka-Bunkua, y el cacique tairona y su comitiva parten de 
regreso a Tayronaca. 

En el camino de retorno echan de menos la compañía del viejo 
Chole: extrañan su figura delgada, ágil, escurridiza en la maraña de 
la selva o en el laberinto traicionero de las marismas; nunca, pese 
a su edad, lo vieron fatigado o presa del desánimo; y su rostro 
afilado, vivaz, siempre dispuesto a la risa, así sus ojos se encendieran 
de odio cuando el tema de conversación eran los caribes. Ahora 
marchan largos trayectos en silencio, a falta de la comunicativa 
presencia del emisario duanabuká anticipando con sus descripciones 
los sitios por recorrer enseñándoles la variedad de las plantas, sus 
nombres y sus propiedades, o la historia de los animales, no la 
mítica de los taironas, sino la natural de los duanabuká; porque el 
viejo Chole, de tanto recorrer la Sierra Nevada y visitar sus gentes 
y parajes, ha adquirido excepcionales y completos conocimientos. 

Para el regreso a Tayronaca escogen ahora la ruta de las tierras 
altas de los páramos, a la vista deslumbrante de los nevados, bajo 
el vuelo silencioso y avizor de los cóndores; por entre la infinidad 
dorada de los pajonales, bordean la sagrada quietud de las lagunas, 
origen de las arterias fluviales de la Sierra Nevada. Así pasan por 
los centros rituales de Mamarongo, Takina y Makotama, donde 
Seoname-maku presenta ofrendas y participa en reuniones con los 
naomas; a Moraca, el gran centro ceremonial de las cabeceras del 
Nyuba-Nyna, lo divisan desde los filos de la Cuchilla Sapapangúega; 
allí no pueden entrar porque en la comitiva va Ulaban, un jaldji, 
forastero, y la tierra sagrada donde está la Haggi-Koktuma, Piedra- 
Asiento de la Madre Universal, no puede ser hollada por ningún 
extranjero. Llegan luego a Taminaka, pueblo de las montañas a 
orillas del río Hukumeiji, y a Ulueiji, sobre las riberas del río del 
mismo nombre, desde cuyas cumbres divisan a Tayronaca, abajo, 
en un rincón del Valle de Tairona. 

Este recorrido permite a Ulaban admirar desde los lomos de Sa- 
papangiiega, la inmensidad de los territorios al Sur de Keka-Bunkua: 
para él, acostumbrado a los horizontes marinos, es difícil entender 
la sucesión de cordilleras tras cordilleras, valles tras valles, ríos tras 
ríos, que todo lo entrecruzan... En tan vastos territorios, como un 
profeta, imagina habrán de vivir las gentes de su raza, los inconte- 


142 Bernardo Valderrama Andrade 


nibles guerreros caribes, a quienes por una circunstancia imposible 
de cambiar, está combatiendo. 

La ruta de los páramos tiene para el Jaguar Negro otros objetivos: 
hacer ofrendas y presentarse ante los naomas de los centros ceremo- 
niales de las montañas; con ellos hacen adivinaciones sobre el futuro 
de la guerra; y, también, porque por estos senderos se puede regresar 
a Tayronaca en forma rápida, sin los rigores del clima y de la selva, 
dominantes en las tierras bajas. 


XXIII 


—Construiremos una flota de piraguas para reforzar la ya comandada 
por Kashín. Así nos opondremos a un nuevo intento de invasión. 

A su regreso a Tayronaca, Seoname-maku habla con propiedad 
y entusiasmo al exponer sus planes ante Naoma-Kavi; lo acompaña 
Ulaban, su principal consejero. Con él, durante el viaje por tierras 
de los kogi, aldu-guiji y duanabuká, han discutido las alternativas 
para enfrentar con éxito a los poderosos caribes; parte importante 
de la estrategia son los acuerdos pactados con Lazama, Malabú y 
Avincuo, para mantener una extensa y fuerte línea defensiva a todo 
lo largo de la vertiente de Keka-Bunkua, en su cara hacia Noana- 
Mashika, el Norte. 

Con su habitual severidad y rostro hierático, Naoma-Kavi escucha 
la vehemente exposición del Jaguar Negro. Sólo el brillo hipnótico 
y taladrante de sus ojos deja entrever la admiración, contagiada por 
la impetuosidad verbal del cacique-guerrero. Semeja el naoma un 
ídolo de piel arrugada, petrificado, cubierto de pectorales de oro, 
aderezos y cuentas de collar. El sacerdote siente íntima satisfacción: 
sus predicciones, una a una, se están cumpliendo con la exactitud 
adivinada en la Constelación de los Jaguares. 

La presencia aplomada de Ulaban al lado de Seoname-maku, no 
deja de avivar su interés: lo conoció en Buritaca, cuando la danza 
y violación de las mujeres de palo, sabe por el naoma Cotocique de 
su ánimo pacífico pero firme, de su ingenio y ecuanimidad, de su 
inventiva y habilidad artística; lo ha visto en Tayronaca cumpliendo 


Com 
Ulab: 
A 
puert. 
suced 
los k 
crecie 
atraíd 
lidad 
cuent. 
altura 
las ol 
Nero ( 
Sangs 
ejecut 
de pir 
fuerza 


El gran jaguar 143 


entregas de las máscaras y bancos ceremoniales, y no puede evitar 
admirarlo ahora, cuando escucha sus razonamientos sobre el porvenir 
de sus pueblos, inspirado en un sistema de gobierno justo y progre- 
sista, respaldado con el poderío de los ejércitos. Según el kashingui, 
y el Naoma-Kavi también lo cree, ésta será la única forma para que 
las gentes de Keka-Bunkua se respeten unos a otros y puedan vivir 
en paz. 

La figura cenceña del kashingui, su mirada frontal, inspiran con- 
fianza y seguridad; y ahora que lo conoce más, aprueba la determi- 
nación del Jaguar Nagro de hacerlo su compañero y consejero, así 
en la guerra de consolidación del País de los Taironas, los enemigos 
sean gente de su misma raza. 

Con un gesto, Naoma-Kavi indica su voluntad de quedarse a solas 
con Ulaban. En copas iguales sirve bebida mágica, coloca las manos 
descarnadas sobre los hombros del kashingui, lo mira fijo, con sus 
pupilas ardientes, y pronuncia como en un susurro: 

—A-kinga ma-a-a: así hablaron los Antiguos: conoceré tu pasado 
y tu presente... 


ES 


Como de hermanos, efusivo, es otra vez el encuentro de Kashín y 
Ulaban. 

A la noche, sentados en butacas de madera frente al mar y a la 
puerta de su casa, Kashín escucha el relato de Ulaban sobre cuanto 
sucediera en la guerra con los ubatashi, su viaje por la región de 
los kogi, los aldu-guiji y los duanabuká, y la realidad sobre la 
creciente migración caribe a estas tierras de la Montaña Blanca, 
atraídos por la inmensidad de sus territorios y la prometedora ferti- 
lidad de las llanuras; y esa noche, entusiasmado y visionario, Ulaban 
cuenta a Kashín de las comarcas inconmensurables vistas desde las 
alturas de los páramos, extendiéndose como otro mar, en el cual 
las olas eran las montañas y los valles. También entera a su compa- 
ñero de la estrategia de guerra para expulsar a las gentes de Gula y 
Sangama, acciones donde él, Kashín, tendrá importantes tareas por 
ejecutar: y le expone la idea de construir en poco tiempo una flota 
de piraguas, refuerzo de la actual, para presentar a los caribes una 
fuerza disuasiva. La armada de las naves la acometerá en persona, 


144 Bernardo Valderrama Andrade 


ayudado por kashinguis expertos en esta clase de trabajo, mientras 
Kashín, al utilizar las embarcaciones existentes, entrenará desde 
ahora a los taironas en el arte de tripular esta clase de navíos y las 
tácticas guerreras, para estar prestos a otra confrontación. 

El análisis de su situación de caribes, aliados a los taironas, vuelve 
a ser tema de conversación: 

—El hecho de preparar la guerra contra los de mi propia raza, 
no deja de mortificarme —comenta Ulaban pensativo, la mirada 
atrapada en el espejeo de las olas con el sol del atardecer—. No 
hay duda de que entendemos el derecho de los taironas y sus aliados 
a defender sus territorios, pero también sabemos de la necesidad de 
los nuestros a desplazarse en busca de un porvenir más estable al 
de las piraguas y las islas, insuficientes para una población en cre- 
cimiento. Y aquí... sobran tierras, así tengan dueños dispuestos a 
defenderlas; o compartirlas, como sucedió con nosotros. Por desgra- 
cia la ley que impera es la de tomar o conservar por la fuerza, hasta 
entre los de una misma raza: esto lo hemos vivido en el pasado; lo 
nuestro, aquí en Palanoa y Buritaca, ni yo mismo lo comprendo del 
todo. 

Correteando en busca de su padre, llega la hija de Kashín; éste 
la estrecha con ternura entre sus poderosos brazos de guerrero, se 
embelesa con sus inocentes facciones mestizas, de caribe y de tairo- 
na, y a su vez expresa también dubitativo: 

—Igual me sucede: y sólo la vida próspera, alegre y pacífica de 
la gente de Palanoa, justifica cuanto hemos hecho. Con frecuencia, 
debo reconocerlo, mi pasión por las aventuras me hace añorar el 
pasado; pero recapacito y acabo por concluir: hicimos lo correcto, 
Ulaban, y ojalá nuestra feliz experiencia pudiéramos hacerla exten- 
siva a nuestros hermanos. 

A Ulaban se le iluminan los ojos, emocionado con esta comunión 
de pensamientos y deseos entre él y Kashín. La voz le suena profética 
cuando concluye: 

—+El porvenir de las expediciones caribes será una realidad posi- 
tiva, cuando consigan la aquiescencia de los taironas y los otros 
habitantes de la Montaña Blanca para compartir los territorios. Aho- 
ra, quizás esto parezca imposible. . la violencia desatada sólo se 
ultimará, cuando en los campos de batalla haya vencedores y ven- 
cidos. 


El gran jaguar 145 


Las postas de pescado, el exquisito sabor de los crustáceos y la 
bebida servida por Nemi-yang, interrumpen sus razonamientos y tor- 
nan más placentera la reunión de Ulaban y Kashín. 

En los días siguientes, ante la mirada del Naoma Cotocique, 
inician los entrenamientos de los taironas a bordo de las piraguas 
' de Kashín: con velas desplegadas las naves saltan sobre las. olas, 
hacen virajes, se inclinan a babor y estribor, se levantan en arries- 
gadas maniobras, drapean y se hinchan de viento las velas al coger 
corrientes de aire, se lanzan unas contra otras, se aparejan y simulan 
abordajes. En tanto en Palanoa y bajo la dirección de Ulaban, se 
emprende el armado de nuevos barcos: se trabaja contra el tiempo. 
Es preciso estar dispuestos para la fecha acordada con Naoma-Kavi: 
sus observaciones estelares así lo recomiendan. 

En el Valle de Tairona, en los territorios kogi, aldu-guiji y dua- 
nabuká, tampoco se pierde tiempo: los caciques someten a sus gue- 
rreros a prácticas y simulacros. Se sabe la capacidad bélica de los 
caribes y no pueden correr riesgos. En Tayronaca, en todas las 
ciudades y pueblos de la vertiente norte, se vive el ambiente de la 
guerra: en patios, plazoletas, caminos y campo de labranzas, sólo 
se ven ancianos, mujeres y niños, a cargo de las actividades civiles; 
las relacionadas con asuntos militares, ocupan a quienes por su edad 
y posibilidades de combatir están bajo el mando del Jaguar Negro 
o alguno de los caciques. 

Las conversaciones, las reuniones públicas convocadas en las 
plazoletas, se relacionan con las futuras acciones guerreras: es el 
tema del día y en el pensamiento general hay una idea fija: triunfar. 
En tanto, de la región de Betoma en la vertiente occidental de 
Keka-Bunkua, llegan noticias halagadoras: el poderoso Toronomala, 
cacique de Posigúeyca, después de sangrientas campañas ha some- 
tido a los invasores papali. A las buenas nuevas llegadas de los 
campamentos donde se prepara la guerra, se contrapone un hecho 
que comienza a intranquilizar a las gentes, en especial cuando llega 
la noche: el primer rumor vino de algunas pequeñas aldeas asentadas 
a orillas del Sekaimaka-tukue, arriba de la confluencia con el Ulueiji, 
donde en las noches y cuando los habitantes se recogen en sus 

nunhúes, se escucha el desplazamiento de extraños y enormes jagua- 
res, a veces alzados sobre los cuartos traseros. 
—;¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! —<xclaman las gen- 


146 Bernardo Valderrama Andrade 


tes entre supersticiosas y aterrorizadas, al recordar la predicción del 
Naoma-Kavi sobre los ubatashi sobrevivientes. A la mañana siguien- 
te, en las aldeas donde esto ocurre, encuentran huellas de felinos de 
gran tamaño y signos de saqueo en huertas y corrales. Algunos, al 
escucharlos, se han atrevido a mirar a través de los estantillos y su 
relato confirma la espantable verdad: son enormes jaguares rojos, 
como nunca se vieran de corpulentos, que recorren las aldeas, hus- 
mean, asaltan los corrales, arrancan las plantas de los huertos, en 
ocasiones hasta entran a las viviendas y si encuentran mujeres a 
solas, se las comen... las violan. Otras veces los han visto alzarse, 
corretear y saltar sobre sus patas traseras, como si tuvieran todavía 
algo de humanos: 

—¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! 

Sus apariciones y depredaciones ocurren ahora en las Lomas de 
Tairona, cada vez más cerca a Tayronaca; y nadie intenta cazarlos, 
porque según la predicción del Naoma-Kavi, sólo el Jaguar Negro 
podrá destruirlos, y el cacique-guerrero está consagrado por lo pronto 
a combatir a los caribes. 


En su nunhúe, solitaria, apenas acompañada por Suku-thor, perma- 
nece Meli-ang en vela: igual a todas. las noches, desde cuando 
llegaron los rumores a Tayronaca sobre la aparición de los jaguares 
rojos, espera a ser la única despierta en la ciudad: entonces deja su 
pequeño hijo protegido en la mochila colgante del techo, sale como 
un fantasma a recorrer la ciudad, embargada por una esperanza 
quizás imposible... 


XXIV 


Como lo hace con frecuencia, Ulaban visita el poblado de Buritaca 
para tratar asuntos de interés a las dos comunidades; las gentes, sin 
excepción, le expresan simpatía y estos sentimientos también son 


El gran jaguar 147 


compartidos por los chicos: el kashingui, en actitud a la cual no se 
habitúan los mayores, no tiene inconveniente en interrumpir sus 
quehaceres para participar en los juegos infantiles. Una de las dis- 
tracciones preferidas de los muchachos es oír sus relatos sobre aven- 
turas en el mar, y ahora, por razón de las circunstancias, éstas se 
convierten en realidad al presenciar las maniobras de los barcos al 
mando de Kashín; la otra distracción son los trabajos en el astillero, 
donde Ulaban les permite acercarse, ver y tocar con sus manos los 
largos y pulidos mástiles, los costillares, la curva esbelta de las 
quillas, los remos, las anclas talladas en piedra, los voluminosos 
troncos sacados de la profundidad de la selva con rodillos y palancas, 
Operación que requiere ingentes y sincronizados esfuerzos humanos. 
A- menudo el kashingui, único adulto a quien los jovencitos consi- 
deran un verdadero amigo, les permite contribuir en la empresa 
naviera, limpiando y puliendo los caparazones de tortuga marina, 
corazas córneas de recubrimiento a los costados de las piraguas. 

Ulaban también hace repetidas visitas a Buritaca, como disculpa 
para buscar a Nyuba-Aluna, a quien no ve desde su partida como 
acompañante de Seoname-maku. Debido al carácter jerárquico y 
religioso de la muchacha, por razones desconocidas para él, se ha 
quedado a vivir en Buritaca y no en Tayronaca, o en alguno de esos 
lejanos y escondidos centros ceremoniales, destinados a los persona- 
jes de su categoría. 

En su condición de forastero, Ulaban no puede ni debe preguntar 
por ella; ni siquiera le es permitido pronunciar su nombre; hasta con 
Naoma Cotocique-es un tema vedado. Nyuba-Aluna, el Espíritu de 
Oro de los Taironas, es un ser prohibido para él. Pese a ello, unas 
veces con apariencia distraída, otras como espía a la sombra de la 
noche, merodea en torno a la Nahua, casa ceremonial de las mujeres, 
donde en el pasado solía permanecer Nyuba-Aluna; o visita el siem- 
pre alegre y ruidoso bohío de las tejedoras de mochilas: allí, la vio 
realizar proezas con sus manos pequeñas y finas, al hacer girar el 
sugi, huso de piedra pulida, para torcer sin pausa el shi, blanco hilo 
de algodón, así su mayor habilidad fuera ante el armazón de los 
telares, cruzando en un sentido y otro la aguja de oro, creando 
artísticos dibujos sin levantar los párpados, siempre con su aire 
distante y hermoso. Cuántas veces Ulaban la admiró en silencio, y 
cuántas, ahora, la extraña al notar su ausencia. 


148 Bernardo Valderrama Andrade 


A su vez, poseedor del secreto de la desaparición del Espíritu de 
Oro, el viejo Cotocique espía a Ulaban, adivina sus movimientos 
por el pueblo, lo observa a través de las rendijas de la Nunhuañkala 
con el ceño fruncido, los ojos chispeantes, en los labios una sonrisa 
enigmática que transforma su rostro serio y poco expresivo. 


ES 


Cuando Mukulda-Mu, Viento del Oriente, está por calmarse, se 
acerca el fin de las maniobras de Kashín en el mar, y para el trabajo 
de armada de las piraguas. Ulaban, convencido de la ausencia defi- 
nitiva de Nyuba-Aluna, ha dejado de buscarla en el poblado y en 
el bosque de trupillos y mereyes donde en forma secreta se encon- 
traran. 

Desde hace algún tiempo, cuando sudoroso y cansado da por 
concluida la jornada diaria, toma rumbo al mar, se lanza a las aguas 
y con sincronizadas y vigorosas brazadas se aleja nadando en direc- 
ción al horizonte, hasta perderse a la vista de quienes lo observan 
desde la orilla y no se explican su renuencia a compartir la vida con 
una mujer 

Cuando perdido en medio del mar comienza a resentir en los 
músculos el esfuerzo a que somete su cuerpo en este reto con las 
olas, Ulaban hace una pausa, queda flotando, suspendido entre la 
caricia tibia del agua, en un vaivén de sube y baja, donde unas 
veces se encuentra sin horizonte al sumergirse en la profundidad de 
la sima líquida, y otras levantado sobre las crestas azules para divisar 
según gire el cuerpo, o la línea ilimitada del océano, o esa franja 
ya verde oscura de la Tierra Firme, donde sólo son un destello 
opalino las cumbres nevadas de la Sierra, vistas a través del boquerón 
del Mutaiji-tukue. Y por una asociación, explicable tal vez en el 
concepto de lejanía, los distantes picos iluminados le traen el re- 
cuerdo de Nyuba-Aluna, a quien teme haber perdido. 

El mar se torna gris... superficie movible... con vida propia. En 
el cielo, diminutos y solitarios diamantes, se prenden las estrellas. 
Ulaban, desolado, poseído de una rabia apenas posible de desfogar 
tirando brazadas, retorna otra vez a la orilla en dirección a una punta 
de playa, ya en cercanías a la desembocadura del río, donde en los 
atardeceres Surli alumbra los arenales. 


esj 


pr 


El gran jaguar 149 


Cuando sus pies vuelven a tocar fondo, bajo el agua clara ve 
semienterrados y casi sensuales las superficies pulidas de los cara- 
coles; la hermosa Saxa-ti, la amante veleidosa, está escondida para 
todos, para dioses y hombres. Abrumado por el abandono, Ulaban 
se derrumba 'sobré la arena en el colmo del agotamiento físico. Por 
ello cree estar alucinado cuando se oye llamar por la voz inconfun- 
dible de Nyuba-Aluna: 

—¡Ulaban! 

Hunde la cara en la arena, aprieta los párpados, los labios y los 
dientes. No puede ser. ¡No! 

—;¡Ulaban! 

Debe'estar loco. Esa no es la voz de Nyuba-Aluna, sino el viento 
jugando entre las concavidades de un enorme tronco de caracolí, 
arrojado en ese lugar de la playa por las maretas. El kashingui se 
arrastra por la arena como lo hace bulu-kuna, la tortuga blanca. 

—Ulaban! 

Ella no está en Buritaca: la ha buscado por todas partes... la ha 
esperado sin resultado en el bosque seco de los trupillos y mereyes. 
Es su imaginación... ¡No puede ser! 

—¡Ulaban! 

Se queda rígido, ahogado por una combinación de congoja e ira, 
dudando de su cordura. Extiende los brazos al frente y sus manos, 
sus dedos, se enredan... sí, entre los cascabeles prendidos a un 
atado de delgadas ajorcas. Reconoce aquellas joyas y los pies que 
las llevan... 

—;¡Nyuba-yang! 

—Sí... ¡Ulaban! 

Todavía mantiene la cara entre la arena... hundida. 

—Te he buscado tanto. Te he esperado. Temí perderte para siem- 
pre. 

Las manos de ella le acarician la espalda, el cuello; enreda sus 
dedos entre el cabello apelmazado por la sal del mar. 

—Estaba en Tayronaca: llamada por el Naoma-Kavi. Allá he 
sabido de ti: toda mi gente te admira y aprecia. Has sido un valioso 
y fiel aliado de los taironas. 

Ulaban, de rodillas, levanta el rostro incrédulo; alcanza a distinguir 
en la incipiente noche, contra un fondo lejano de estrellas, la hermosa 
figura de su amada con los atavíos de oro cubriéndole la piel de 


150 Bernardo Valderrama Andrade 


bronce. Y se extasía en admirarla, con los párpados cerrados, no 
distante y ceremoniosa, sino con un aire placentero, transformado 
por la determinación que la ha llevado hasta allí. 

—¡Nyuba-yang!... ¡Nagluñi!... ¡Nagluñi! ¡Te amo!... ¡Te amo! 

Y las manos incontroladas del kashingui van subiendo por sus 
torneadas pantorrillas en una caricia ininterrumpida; y se deleitan 
en la suavidad provocativa de los muslos en la medida en que la 
muchacha, anhelante, se entrega, se abandona a ellas, al descansar 
también sus rodillas en la arena. 

Los labios se buscan y se sellan... Torrentadas de fuego les corren 
por las venas. Se beben el aliento. Sus manos descubren y se adueñan 
de todos los secretos de su piel. Con el peso de los cuerpos y al 
ritmo de las caricias, van formando un nido en la arena... 

—¡Ulaban!... hoy sí... ¡poséeme! 

—¡Nyuba-yang!... ¡Nagluñi!... ¡Te quiero! 

Cuando el éxtasis parece soldarlos y diluirlos a un tiempo... 
cuando los lleva por vertiginosos ríos de amor, Nyuba-Aluna levanta 
los párpados y por primera vez mira de frente a Ulaban... 

—Tienes... ¡Tienes las pupilas doradas! —exclama el kashingui 
maravillado ante esos ojos color tumbaga, donde parecieran chispear 
estrellas en lagos circulares de oro. En ese momento entiende por 
qué ella es el Espíritu de Oro... Y se estremece una vez más al 
contacto ardiente y telúrico de la joven: y de su sexo, volcán de 
pasiones refrenadas: y se hipnotiza con sus ojos, donde parece brillar 
un universo de luceros, crisol incandescente de los antiguos y míticos 
orfebres de Keka-Bunkua. 

—¡Nyuba-yang! 

—¡Ulaban!. 

Y les responde el tintineo argentino de los shimunku de oro, 
anudados a las ajorcas de sus pantorrillas. 


Munseishi, el Amanecer, apaga una a una las estrellas y pinta de 

arreboles el cielo por los lados de Mu, anuncio a la aparición de Surli. 
De las aguas del mar, murmujeantes, emerge Nyuba-Aluna y 

camina con lentitud por la playa, hacia el lugar donde todavía duerme 


ros 
cu 


El gran jaguar 151 


Ulaban, tendido de espaldas sobre la arena. La muchacha tiene el 
rostro grave, los párpados cerrados, refleja un sentimiento de preo- 
cupación. 

Sin que la abandone esa actitud propicia a convertirse en congoja, 
se queda contemplando a su hombre... ¡El único! Ella, como Espíritu 
de Oro, no debía ser desflorada, hasta tanto las estrellas se lo reve- 
laran al Naoma-Kavi; su destino, y cualquier acto de su vida, está 
determinado por las grandes fuerzas de la creación: la Madre Séine- 
kan, los Padres de los primeros linajes, Taiku —el Señor del Oro—, 
de quien ella desciende; de ahí el color de sus ojos, prohibidos de 
mirar; de ahí la veneración y reconocimiento a su persona; de ahí 
esos poderes misteriosos, de los cuales hace gala y a ella misma la 
sorprenden. A sabiendas de su destino, de la misión por cumplir 
entre los taironas, ha violado las normas por amor a un extranjero. 
Luchó contra ello y perdió: pudieron más el mandato de su corazón 
y las caricias apasionadas de Ulaban. 

Se arrodilla al lado del dormido kashingui, a través de los párpados 
semicerrados lo contempla con deleite, amorosa, feliz y triste a la 
vez. Cotocique, naoma de Buritaca, la espió y descubrió su amor; 
el Naoma-Kavi con sus grandes poderes mentales lo adivinó a la 
distancia, la llamó, se encerraron en la Nunhuañkala para hacer 
trabajo, de noche consultaron las estrellas y el veredicto fue inape- 
lable: como Espíritu de Oro nunca podría conceder la gracia de su 
cuerpo a un extranjero. De ahí el temor y la turbación de los sacer- 
dotes cuando supieron de su pasión por Ulaban: una y otra vez 
adivinaron en Aluna, en Espíritu; y descubrieron en kachivitukua, 
con el golpe y sonido de las uñas y la posición de los dedos; también 
auguraron en yutukua, con cuentas-kuitsi dentro de recipientes cere- 
moniales con agua; y en kuina, por medio de contracciones muscu- 
lares.. y el resultado fue el mismo: sólo podría ser mujer de un 
gran jefe tairona. 

Ahora, por su desobediencia, ¿qué pasará?.. ¿Su falta acarreará 
adversidad a los taironas, en momentos cuando se necesita la volun- 
tad favorable de Haba Séinekan, y de los Padres y Madres del 
Mundo, en la guerra contra los caribes? ¿Será ella castigada cuando 
se descubra su culpa?.. ¿Y Ulaban? 

—¡Oh... Ulaban! —y las lágrimas ruedan por sus mejillas. 

Permanece silenciosa, sentada a su lado, velando su sueño, mirán- 


PELOTEROS RA AAA 


E ld. 


152 Bernardo Valderrama Andrade 


dolo, como si él fuera su mundo. Nada más le importa. Pero cuando 
lo ve a punto de despertar, controla sus sentimientos, vuelve a ser 
el Espíritu de Oro. 

—Ulaban, levántate: ya es de día. 

El kashingui abre los ojos y la mira risueño, sin levantar la espalda 
de la arena; le tiende los brazos y la invita hacia él; Nyuba-Aluna 
vacila, en lucha con ella misma. Su rostro pierde por instantes la 
serenidad. Cuando por fin logra sobreponerse, responde con acento 
firme: 

—Levántate: es hora de marchar a Tayronaca... allá te esperan. 

—Pero yo desearía... ¡Te quiero, Nyuba-yang!... ¡Nagluñi! 

La muchacha se incorpora y le da la espalda. 

—Cuando termine la guerra... cuando hayas cumplido tu deber 
con mi pueblo, quizás... —y se le quiebra la voz. De un salto 
Ulaban se le pone en frente, la toma por los hombros y advierte las 
lágrimas rodando por las mejillas. 

—¡Estás llorando! 

Ella extiende los brazos al frente para contenerlo, apresurada le 
entrega un shimunku, uno de los cascabelitos de oro. 

—Llévalo contigo: su sonido te hará recordar. Será mi protección 
para ti. Haré ofrendas a Heisei para que en las batallas se mantenga 
lejos. 

De nuevo es el Espíritu de Oro, distante, ceremoniosa. Ulaban 
se contiene, de su cuello a la vez arranca la piedra nube-cielo, su 
amuleto desde pequeño y único recuerdo de su madre, lo deja en 
manos de la muchacha. 

—Sabes cuánto representa para mí... Desde hoy es tuya: en tu 
cuello es donde ahora debe estar. Y se separan. 


XXV 


Con la espantable máscara belfa de Heisei sobre el rostro, Naoma- 
Kavi ejecuta el baile en la Nahua-Xalda, loma de la plazoleta cere- 
monial de Tayronaca. En su mano derecha agita el bastón-maraca, 
acrecentada su sonoridad con racimos de cascabeles, y en la izquierda 


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El gran jaguar 153 


la flecha de Heisei ornada de plumas azules, ahora símbolo de 
muerte para los gulamena. Con todos sus arreos, poseído de agilidad 
impropia para su edad, el viejo sacerdote salta sobre el círculo de 
fuego, imagen del cerco, en el cual se verán encerrados los invasores 
caribes. Las fintas con la saeta, los brincos adelante y atrás, los 
gritos triunfales, anticipan a los espectadores el ardor mortal de la 
próxima batalla; son ellos Seoname-maku, Ulaban, los naomas y 
caciques del Valle de Tairona, los rabones, los guerreros, y los 
habitantes de la urbe. Unos y otros esperan el momento cuando el 
muru nakubi entregará al Jaguar Negro la flecha de la guerra, y 
éste, de nuevo, comande la marcha bélica hacia el litoral. 

Cumplido el acto, el rugido de la multitud agita el aire y sacude 
las ramazones de los árboles en torno a los nunhúes. A la luz de 
las antorchas parte el desfile a través de las ondulaciones del Valle, 
esta vez en dirección a Nui-Ashkuan, el lugar donde nace Surli, 
para buscar el río Hukumeiji, cruzarlo y en rápida travesía llegar a 
las tierras de los kogi y los aldu-guiji. Precediéndolos, desalados, 
ya han partido los emisarios para poner sobre aviso a Lazama, 
Malabú y Avincuo; se espera, para cuando los guerreros taironas 
coronen las cumbres dominantes sobre el campamento de los arranca- 
brazos, contar con sus aliados ocupando posiciones de combate a 
lado y lado del Guamoea-tukue. El círculo de fuego simbólico, en 
cuyo contorno bailó Naoma-Kavi, se cerrará por mar con la flota 
al mando de Kashín. Para este efecto, un cuarto emisario ha mar- 
chado de Tayronaca hacia el poblado costero de Buritaca, donde 
Cotocique y Kashín esperan la orden para hacerse a la mar con 
todas las piraguas. 


*** 


Frente a la Nunhuañkala y ante un público compuesto en su mayoría 
de nuevos marinos-guerreros, Cotocique hace ofrendas a Jalyintana, 
Señor del Mar, y a Teiku, Padre de las Embarcaciones; al mismo 
tiempo, frente a la Nahua, Nyuba-Aluna con su traje de alhajas 
cubriéndole la piel, danza y presenta dádivas a Karldikukui, Madre 
de las Aguas del Mundo, y a Eibildyue, Dueña de las Canoas; 
presencian su actuación mujeres de los taironas y los kashingui, 


154 Bernardo Valderrama Andrade 


acompañadas de sus chicos. Naoma y sacerdotisa se rodean en sus 
ceremonias de la música de flautas, trompetas, tambores y cascabe- 
les, para hacer más solemnes estas invocaciones al éxito de la flota 
de Kashín. 

Es la madrugada. Sopla fuerte brisa y se tiñe el cielo de arreboles: 
manchan por instantes el firmamento y enrojecen las pupilas de 
quienes ven en ellos la premonición inevitable de la guerra. Frente 
al poblado de Buritaca y a pocas brazas de la orilla, aparejadas 
bornean las piraguas con sus corazas, conjunto enmarañado de más- 
tiles, velas, cordeles y proas de erguida curvatura. Aproximándose 
a ellas por la playa y en pos de los sacerdotes, la multitud se dispone 
a presenciar la última ceremonia, conjunta entre Cotocique y Nyuba- 
Aluna: en un mortero redondo de piedra, sostenido por el naoma, 
la sacerdotisa deposita las cuentas negras de shivaldu-kuitsi, sewá 
femenino para ofrendar al agua del mar, y con su delgado golpeador 
de basalto las pulveriza; cuando de ellas no queda sino un montoncito 
de polvo blancuzco, Cotocique va soplándolo a pocos, frente a cada 
una de las piraguas, invoca con grandes voces el poder de Monsauí, 
Dueño del Viento, encargado de hinchar las velas y llevar las embar- 
caciones lejos del traicionero peligro de las tormentas. 

El rito termina cuando el naoma entrega a Kashín una pequeña 
flecha de oro, traída por el emisario desde Tayronaca. El Kashingui 
después de colocársela al pecho como un pendiente, ordena a tripu- 
lantes y guerreros abordar las naves, levar anclas y partir siguiendo 
la costa, hacia las bocas de Guamoea. 


Clarea Saxa-ti sobre los conos de palma de Tayronaca. En la distancia 
se han apagado los sones de las trompetas, acompañamiento a las 
huestes guerreras del Jaguar Negro. Pese al chillido de las cigarras 
y al grito del guácao, pájaro negro de la noche, la urbe parece 
silenciosa. 


En la gran Nunhuañkala, instalado en medio de los cuatro fuegos 
sagrados, Naoma-Kavi se entrega a vigilias, ayunos y adivinaciones: 
también él quiere conocer de antemano el resultado de la campaña 


con 
con 


El gran jaguar 155 


contra los gulamena, pero el cielo cubierto de nubes le ha impedido 
consultar las estrellas. 


Tan pronto entra a su nunhúe, Meli-ang tiene la sensación de no 
estar sola, así ella, igual a las otras mujeres de los ubatashi, deban 
permanecer por un tiempo sin otra compañía que la de sus hijos, 
hasta tanto los sacerdotes hagan ofrendas a Takán-kukui, Padre del 
Semen, y a Naboba, Madre de la Vagina, y practiquen con ellas 
los coitos purificadores. Sólo cumplido este ceremonial, podrán 
volver a gozar el contacto carnal con hombres taironas. 

Una rara sensación le avisa de la presencia de un intruso en su 
vivienda, y lo confirma al percibir un olor combinado a selva y fiera 
salvaje. ¿Será un animal refugiado por equivocación dentro de su 
morada, como a veces suele suceder? En ese caso, ella y el pequeño 
Suku-thor pueden correr peligro. ¿O acaso?... Y evoca con desespe- 
ración y esperanza a los kaxshigugulu, los jaguares rojos. ¿Será 
alguno de ellos? 

Dominada por una mezcla de sentimientos encontrados, de temor 
y confianza, de pánico y expectativa, y dejando libre la entrada por 
precaución, avanza con pasos menudos, pegada a las paredes, en 
dirección al lugar donde sabe están el fogón y su rescoldo. Viene 
fatigada, con los brazos adormecidos de sostener en alto a Suku-thor: 
el chico quería ver el desfile de los guerreros de Seoname-maku en 
su nueva marcha hacia el litoral. 

Ya frente al fogón, Meli-ang siente con más fuerza la presencia 
del intruso, humano o animal: su olor fuerte... hasta su respiración. 
Sin dejar a Suku-thor, a quien sostiene y protege con sus brazos, 
se acuclilla, busca el soplador de esparto, aviva las brasas. El recinto 
se llena de una claridad rojiza, surgen a la vista los objetos guardados 
dentro de la choza: muksu, ollas; morteros de piedra y manos de 
moler, platos y vasijas de cerámica roja; recipientes y cucharas de 
munku, calabazo, al lado de banquitas de madera, formando conjun- 
tos cerca a las piedras del hogar y a los montones secos de ge, leña; 
y más retiradas, ya contra las paredes, las muji, hamacas de pita, 
una grande y otra pequeña, y la troja cubierta con piel de danta. 


AN] 


156 Bernardo Valderrama Andrade 


Colgadas de perchas o garabatos dentados, hay mochilas, ropas y 
adornos. Y allí, semioculto con las mantas, agazapado y en tensión, 
como una fiera acosada y hambrienta, Meli-ang reconoce a Ubatashi- 
thor, más jaguar que hombre, cubierto con pieles de felino, con la 
mirada desconfiada y urgida. 

—;¡Ubatashi-thor! —musita, y con el pequeño se lanza en sus 
brazos. 

A la luz mortecina de la fogata, con Suku-thor jugueteando entre 
ellos, atraídas sus miradas por irresistible fuerza, pasión contenida 
y resucitada, cambian en cuchicheos las primeras y emocionadas 
palabras: 

—¡Has vuelto... por fin!... No quería aceptar tu muerte. Dijeron 
que sólo unos pocos sobrevivieron. 

—Es cierto: apenas nos salvamos cuatro: Od me acompaña: y 
Tori y Walla. Pero dime: ¿Sa-ang está contigo? No la hemos visto 
y ya conoces a Od: se desespera por encontrarla. 

—La volvieron a su pueblo: a Savijaka; allá donde comenzó todo. 

Con este comentario la mirada de Ubatashi-thor se torna airada; 
su rostro adquiere otra vez la expresión de fiera acosada. Suku-thor 
interviene con su inocencia, apoya la cabeza en el hombro de su 
padre, lo obliga a mostrar ternura. 

—Y .. ¿cómo llegaste aquí? 

— Ahora tenemos ojos y oídos de animales de la selva... y garras 
—sonríe con ferocidad—. Espiando hemos aprendido mucho: por 
eso imaginé que estarías acá. 

Por primera vez Ubatashi-thor sonríe. 

Y .. ¿qué piensas hacer? —la voz de Meli-ang refleja angustia; 
sus pupilas están húmedas al fijarse atribulada en el aspecto miserable 
de Ubatashi-thor Ya no es el hermoso hijo del Padre Sintana. 
Consternada le acaricia el rostro, los hombros y los brazos; en la 
piel sucia y lacerada nota la rudeza de su vida; y a la vista de las 
pieles de jaguar, sus vestidos, le relata la versión de los kaxshigugulu, 
sólo posible de ser cazados por Seoname-maku. Por suerte ahora 
está ocupado en la guerra contra los caribes, y ellos tendrán tiempo 
de escapar 

—Ah... ya comprendo por qué hemos llegado hasta aquí sin 
mayores contratiempos —comenta el ubatashi; se levanta, evita des- 
pertar a Suku-thor dormido en sus brazos, lo lleva hasta su pequeña 


El gran jaguar 157 


hamaca. Meli-ang lo sigue prendida de su espalda, le besa los hom- 
bros velludos, lo abraza tierna y desesperada. 

—Quiero irme contigo... a donde sea —balbucea. 

Ubatashi-thor siente correr las lágrimas de su mujer sobre los 
omoplatos. Se voltea, la abraza, la consuela. 

—Esta no es vida, Meli-ang: huyendo siempre, escondidos, per- 
seguidos. Eso que ya comprendo la razón de estar aún con vida. 
Pero cuando concluya la guerra, la persecución será peor. Lo presien- 
to... lo sé —y ante las súplicas de su mujer—: Bueno, bueno, sí: 
buscaré un sitio seguro, debe haberlo, así sea cerca de las nieves. 
Y volveré por ti. . lo prometo. 

—No podemos esperar: el tiempo se agota: me entregarán a otro 
hombre: es la costumbre y no podré oponerme. ¡Llévame ya! 

—¿Y Suku-thor?.. Se nos morirá en la selva. 

—Lo protegeré. Llévanos ahora que nos encontraste... Mi her- 
mano acaba de partir para la guerra y demorará en volver. ¡Es 
nuestra oportunidad! Iremos a donde no pueda hallarnos. 

Se abrazan conmovidos; se acarician, se aman con ternura y pasión 
desenfrenada. Luego, ya reposando sobre las pieles de danta, con- 
fundidos en un solo ser... 

—-Debes conseguir provisiones y ropas. 

Meli-ang llora de alegría. Su voz es un susurro esperanzado y 
alegre. 

Sí... SÍ. 

—Dime otra cosa: ¿Qué sabes de las tierras altas? ¿Allá también 
hay gente de tu raza? 

—Ese lugar lo llaman Citurna, la región de las nieves. En verdad 
sé muy poco: nadie sabe mucho: sólo los naomas suben a llevar 
ofrendas a Haba Séinekan, y para bañarse en las lagunas, porque 
eso los hace rejuvenecer; también dicen que viajan al pasado y al 
futuro atravesando los nevados por entre unas cuevas de hielo. En 
todo caso, cerca de los picos blancos habita nuestra Madre, y será 
bueno estar próximos a Ella. Tal vez te respeten la vida allá.. 

Poco a poco se contagian el entusiasmo, se llenan de esperanzas. 
Se abrazan de nuevo, se besan, se incendian en caricias, luego.. 

— Dentro de cinco noches Saxa-ti mirará de frente. Para entonces 
volveré. Prepara cuanto puedas sin despertar sospechas. La claridad 


158 Bernardo Valderrama Andrade 


de Saxa-ti nos permitirá caminar; no descansaremos: ni de día ni 
de noche... 

... Y se volvieron a amar, a poseerse, como allá, en el campamento 
de las orillas del mar. 


ES 


En su escondite de las afueras de Tayronaca, entre las copas de un 
frondoso mitabvi, el corpulento y alto caracolí, Ubatashi-thor relata 
esa madrugada a sus compañeros el resultado de sus aventuras: la 
joven a quien viera deambular durante las noches por la urbe, sí 
resultó ser Meli-ang. Los pone al tanto de la información recibida 
por ella, de los jaguares rojos, y de los proyectos para escapar a las 
partes altas de la Sierra, único lugar donde podrán vivir seguros por 
un tiempo. A Od le revela cuanto sabe de Sa-ang y el destino que 
le espera de no rescatarla pronto. El joven no disimula la desilusión 
por saberla tan lejos, pero siente relativa alegría, alimentada por la 
esperanza: 

—Bajaré a Savijaka y buscaré la manera de llevármela —comenta 
decidido, con un brillo ardiente en las pupilas. 

Tori y Walla escuchan estos planes con aire escéptico: ellos, 
ahora, no condicionan los actos de su vida a circunstancias sentimen- 
tales; tienen perdidas a sus mujeres, pero su meta no es buscarlas: 
quieren sobrevivir. 

Escondidos como monos entre las ramas del mitabvi, los sobrevi- 
vientes ubatashi tienen prolongadas discusiones. La prudencia, el 
instinto de conservación, sus precarias condiciones recomiendan 
aprovechar la ausencia de Seoname-maku y sus guerreros para em- 
prender cuanto antes el ascenso a las montañas y alejarse de los 
taironas. Las diferencias se acentúan cuando tratan lo relacionado 
con las mujeres. 

—Ellas serán un estorbo. Si queremos seguir con vida el impera- 
tivo es olvidarlas —afirman a una Tori y Walla. Ubatashi-thor ex- 
presa firme voluntad de huir hacia las partes altas de la Sierra, pero 
en compañía de Meli-ang y su hijo; y Od está resuelto a jugarse la 
vida, a cambio de recuperar a Sa-ang. 

Pese a las difíciles circunstancias, triunfa la solidaridad y surge 


tra 


El gran jaguar 159 


un acuerdo: Tori se ofrece para ayudar a Od en su osada empresa; 
Walla, por su parte, acompañará a Ubatashi-thor. Y como punto de 
encuentro, si tienen suerte en sus respectivos intentos, fijan para un 
futuro impredecible un lugar desconocido para todos, pero a donde 
esperan llegar: las cabeceras del río Hukumeiji, cerca de Citurna, 
que ahora tiene para ellos un atractivo apremiante. 

Es el amanecer. Od y Tori se descuelgan por las lianas y se 
pierden entre la maraña verde. Ubatashi-thor y Walla aguardarán 
para cumplir la cita a Meli-ang. 


La desaparición de Meli-ang y su hijo conmociona a las gentes de 
la capital, en especial a Ula-yang. 
—;¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! —se oye exclamar. 
—¡Los oímos! 
Y hay quienes afirman haberlos visto. 
—;¡Grandes!... ¡Grandes como hombres! ¡Corriendo en las patas 


traseras! 

—;¡Pero eran jaguares!... 

—Sí... ¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! 

La noticia no sorprende al Naoma-Kavi. Sentado en la kalauka, 
mira la Constelación de los Jaguares, se muerde los labios y el 
movimiento de su cabeza parece decir: 

—Uá, uá, narldada-a-a... Bien, bien, así es, así lo vi. 


XXVI 


Para no desproteger el Valle de Tairona, Seoname-maku deja una 
fuerza de aschiua-ujasen, cinco cientos de guerreros concentrados 
en el gran campamento militar de Surli-tukua, la Quebrada del Sol; 
y en las bocanas de los ríos dispone otros cuerpos armados, cada 
cual de adzua-ujasen, cien hombres, en estrategia defensiva enco- 
mendada a Gitamaku, cacique de Buritaca; y como complemento y 


160 Bernardo Valderrama Andrade 


enlace, patrullas de rabones en permanente movimiento por el Valle, 
que deben ser evitadas por Od y Tori en su ruta a Savijaka, población 
situada sobre la ribera oriental del Hukumeiji-tukue, al final de un 
pintoresco vallecito por donde fluye la Sisi-tukua, Quebrada del 
Caimán. Allí, después de su rescate, han regresado a vivir Sa-ang 
y Otras mujeres de los ubatashi, la mayoría con hijos mestizos. 
Como el naoma de Savijaka está ocupado en trabajos de adivina- 
ción, con el fin de procurar éxito a los taironas en su lucha contra 
los caribes, los coitos ceremoniales de descontaminación no han 
podido realizarse. Por ello las mujeres siguen aisladas, viviendo en 
un grupo de nunhúes a las afueras del pueblo, contra el lindero de 
la selva. Debido a la emergencia, las labores de los campos están 
a cargo de ancianos, mujeres y jovencitos; y a ellas se les ha destinado 
una zona especial, donde trabajar las labranzas y solventar su susten- 
to; por su pasado contacto con los ubatashi no son rechazadas: por 
el contrario, las otras mujeres de Savijaka las admiran en secreto. 
Y cuando haya lugar para los coitos ceremoniales con el sacerdote, 
o los naumas, mayores designados por él, volverán a integrarse a 
la comunidad, sin rastro alguno de mancha para ellas o sus hijos. 


ES 


Al remontarse en sus recuerdos más lejanos, los habitantes de Saviz 
jaka incluyen en ellos a Kankui-maku, Jefe Antiguo, persona mayor 
del pueblo, quien además de respeto, inspira especial simpatía: 
locuaz por excelencia, todos sin excepción suelen escucharlo con 
placentero interés, debido a sus relatos sobre emocionantes aventuras 
por mares, islas y tierras lejanas, de los cuales nadie puede asegurar 
si son verdad o creaciones imaginativas del centenario Kankui-maku. 
Por ello, cuando como botín de guerra algunos rabones suben por 
el río una piragua pequeña capturada a los caribes, nadie extraña el 
interés mostrado por el viejo del pueblo. 

Tan pronto la atracan en los playones, lejos del agua para evitar 
sea arrastrada por una creciente, el antiguo jefe se aproxima a la 
embarcación, brillándole de entusiasmo los ojillos casi ocultos por 
cortinas de arrugas. Con aire de quien conoce de naves, da varias 
vueltas en torno a ella, entusiasmado con la esbeltez de la proa; el 


El gran jaguar 161 


segundo paso es correr los dedos sarmentosos de punta a popa, 
mientras murmura palabras aprobatorias hacia el barco. Su actitud 
atrae a los muchachos del pueblo, quienes nunca han visto de cerca 
uno de estos navíos, y como Kankui-maku sí da pruebas de cono- 
cerlos, lo acosan a preguntas y él expone sus conocimientos al 
contestárselas. Las mujeres, al oírlo, también se detienen a escuchar, 
llenas de curiosidad. Para ese momento el anciano explica a los 
chicos, enseñándoselas, las partes principales, réplica exacta de esas 
otras de gran capacidad, que sirven a los caribes al sortear los mares 
del trópico. 

Para la tarde, Kankui-maku tiene más auditorio, incluidas las 
patrullas que hacen recorridos por las riberas del Hukumeiji. Y 
sentado en el puente de mando de la piragua, relata sus aventuras 
marinas con inusitada propiedad. A la noche, al sentirse tan a gusto 
en la embarcación, resuelve quedarse a dormir en su vientre, para 
así volver a mirar las estrellas y hacerse la ilusión de saltar las olas 
y enrumbar la proa con las constelaciones. Como entusiasta acom- 
pañante tiene a su biznieto Nivemacu, inseparable de él desde pequeño. 

A la mañana siguiente, Kankui-maku tampoco abandona la nave 
y deben llevarle los alimentos a ella. 

—No me moveré de aquí —contesta resuelto cuando su nieta, y 
madre de Nivemacu, intenta convencerlo de regresar al nunhúe. Y 
para la noche ya planea con el chico la forma de mover sobre rodillos 
el barco, echarlo a las aguas del río y emprender la travesía 

-—Ya te enseñaré lo que aquí nadie sabe... ¡A viajar por el mar! 
—promete a su biznieto con renacido espíritu aventurero. 


Desde una de las cumbres dominantes sobre Tayronaca, Od y Tori 
tienen una visual del Valle de Tairona en el lugar donde los ríos 
Ulueiji y Sekaimaka aproximan sus cursos antes de separarse, abrazar 
las Lomas de Tairona, y ahí sí, unirse y desembocar en el mar. 

Contemplando estas montañas de la Serranía, Od reconoce los 
lugares por donde pasaron en su primera expedición con Ubatashi- 
thor y Conoh; le muestra a Tori el curso del Hukumeiji, y la probable 
ubicación de Savijaka, a donde deben llegar. 


162 Bernardo Valderrama Andrade 


—¿ Crees que mi mujer también esté allá? —inquiere Tori y deja 
adivinar un sentimiento de esperanza, contrapuesto a sus razona- 
mientos cuando hizo causa con Walla. Od, un tanto sorprendido, 
le comenta: 

——Creí que Segi-yang ya no te importaba. 

Tori menea la cabeza, se la rasca, acaba por reconocer: 

—También yo deseo encontrar a mi mujer; y si está en alguna 
parte, debe ser en Savijaka, de donde-la robé. 

Los dos ubatashi se miran satisfechos por esta comunión de inte- 
reses: así las probabilidades de éxito son mayores. 

Vestidos con las pieles de kaxshigugulu, en cierta forma su escudo 
protector, descienden al Valle de Tairona por entre las plantaciones 
de maíz y algodón, o bajo la sombra de los bosques; dirigen sus 
pasos al Oriente y a Savijaka, cuidándose de las patrullas que recorren 
el Valle. Para el atardecer del segundo día cruzan a nado el Huku- 
meiji-tukue, evitan varias partidas enemigas y llegan a vecindades 
de Savijaka, rodeada de grandes arboledas, descombrada por el lado 
del río, donde los nunhúes se divisan sobre una eminencia a poca 
distancia de los playones. Como ya tienen por costumbre, se enca- 
raman a las ramas de una seijua, y tendidos sobre sus gruesos brazos 
espían los movimientos en el pueblo. 

La última claridad les permite advertir a los ancianos, mujeres y 
jovencitos, llegando de los campos con las coas y hachas de piedra 
al hombro, o las mochilas repletas de productos para el consumo 
diario: mazorcas, tubérculos, frutas. Atisban sus desplazamientos 
por los camellones y en la plazoleta: a ésta se dirigen, unos tras de 
otros, con un aire austero, los ancianos de Savijaka; y a falta de 
hombres adultos, los acompañan los jovencitos; entran a la casa 
ceremonial, donde como todas las noches, se poporeará, el naoma 
hará adivinaciones, se participará en debates relacionados con asun- 
tos cotidianos, o se conocerán noticias de la guerra. Las mujeres, 
en tanto, rondan por sus viviendas ayudadas de los chiquillos en los 
menesteres caseros. 

Desde su escondite, Od y Tori concentran su atención en las 
mujeres: tienen la esperanza de reconocer a Sa-ang y a Segi-yang. 
Al no verlas se preguntan angustiados: ¿No estarán en Savijaka? En 
cambio descubren en un lugar de los playones, sobre un montículo, 
la pequeña piragua, y dentro de ella a un hombre de edad muy 


El gran jaguar 163 


avanzada, acompañado por un chiquillo. Comparada con las embar- 
caciones ubatashi, de hasta cuarenta remeros cada una, ésta es una 
cuarta parte en tamaño y capacidad, pero tiene alguna semejanza 
en la esbeltez de las líneas, así la forma constructiva sea diferente. 

Observando la nave, a Od y Tori les surge una misma idea: 

—-¿Piensas lo que yo? —pregunta Od y se cruzan miradas com- 
prensivas. 

—¡Hummm! 

—Si hallamos a nuestras mujeres, con ellas podríamos... ¿Qué 
Opinas? 

—Lo mismo... podríamos intentarlo. El barco es maniobrable. 

E hipnotizados con la visión de la piragua, acarician la posibilidad 
de apoderarse de ella y escapar por el río hasta el mar. La oscuridad 
la hace desaparecer de su vista, pero no de sus pensamientos. ¿Será 
que lograrán huir de Keka-Bunkua?... Para la medianoche, con 
excepción de los reunidos en la nunhuañkala, todos duermen en 
Savijaka. Od y Tori vuelven a ser jaguares rojos, descienden de la 
ceiba, merodean por el pueblo sin acercarse a la casa ceremonial, 
obtienen alimentos dejados fuera de las viviendas y, cuando se 
internan en un bosquecillo de frutales, descubren el conjunto de 
nunhúes destinado a sus antiguas mujeres. 

—Tori, esos no los habíamos visto. ¡Vamos allá! —cuchichea Od. 

Se acercan, atisban a través de los estantillos, y a la luz parpadeante 
de las fogatas ven los cuerpos yacentes de las mujeres dormidas 
sobre cueros tendidos en el piso, o sobre las trojas; los niños más 
pequeños permanecen colgados de las estructuras del techo dentro 
de mochilas, mientras los mayorcitos descansan al lado de sus ma- 
dres. Por la penumbra no reconocen a ninguna de ellas, pero tienen 
la certeza de no haberlas visto al atardecer. 


* kx 


—¡Los kaxshigugulu! —se oye a la mañana siguiente gritar por todo 
Savijaka. Fueron vistos durante la noche y ahora, ancianos, mujeres 
y niños, congregados ante la nunhuañkala, repiten histéricos: 


—¡Los kaxshigugulu!... ¡Los jaguares rojos! 


164 Bernardo Valderrama Andrade 


El naoma y los ancianos discuten, manotean, no pueden ocultar 
su temor. El sacerdote se encierra en el templo para adivinar. Las 
mujeres hablan todas a un tiempo, a veces a gritos, otras en murmu- 
llos, señalan hacia los nunhúes donde viven las mujeres contamina- 
das. 

—;¡Han venido por ellas! 

Al final todos parten a sus labores diarias, tensionados, miran a 
un lado y otro, temen ser sorprendidos por los felinos. 

—¡Sólo el Jaguar Negro podrá exterminarlos! —murmuran entre 
sí—. Lo dijo el Naoma-Kavi muru nakubi. 


*x*o>* 


Detrás de los matorrales, en el lindero del campo de cultivo, Od y 
Tori dan una ojeada sobre las mujeres ocupadas en las labranzas; 
las acompañan chiquillos de inconfundible aspecto. 

—¡Son ellas, Tori!... ¡Son ellas!... ¡Las encontramos! —exclama 
Od y le es difícil controlar la emoción. 

—;Cuidado!... Puede haber vigilantes —advierte Tori, menos 
emotivo; y debe agarrar a Od para evitar se descubra su presencia. 

Tensos por la emoción, agazapados detrás de los ramajes, escrutan 
todo el campo y sus alrededores. Para no caer en una trampa rodean 
el área, poco a poco; cuando descubren a Sa-ang y Segi-yang incli- 
nadas sobre los surcos, apenas pueden contener los deseos de correr 
hacia ellas. Se dominan, son cautelosos: sería imperdonable cuando 
al fin las han localizado, dar un paso en falso. Silentes, cubiertos 
con las pieles de jaguar, observan la actividad y actitud de sus 
mujeres: se ven tranquilas, no se les advierte preocupación; por el 
contrario, en este pintoresco paraje de la Sisi-tukua, las antiguas 
cautivas de los ubatashi laboran en calma, conversan entre sí o con 
los chiquillos, demuestran vivacidad, alegría, sólo interrumpen su 
oficio para atender los reclamos de algunos de los pequeños. 

Cuando los ubatashi se aseguran de no correr peligro, se despojan: 
de las pieles y se presentan ante las sorprendidas mujeres. De inme- 
diato éstas los reconocen: todas comprenden... y en actitud solidaria 
y protectora los rodean para que puedan saludarse sin ser descubiér- 
tos; así permanecen, curiosas, emocionadas, y escuchan los dramá- 
ticos relatos y el motivo de su presencia. 


El gran jaguar 165 


ES 


Primera noche con Saxa-ti mirando de frente. 

La complicidad entusiasta y generosa de las otras mujeres permite 
a Od y Tori volver a amarse con Sa-ang y Segi-yang. Las demás 
perdieron sus hombres en la guerra. Sienten nostalgia mas no resen- 
timiento: la dimensión de su dolor, aparte de ellas, nadie puede 
entenderla; y pasados los coitos ceremoniales de descontaminación, 
volverán a organizar sus vidas y todo transcurrirá como antes de la 
llegada de los ubatashi. En cuanto a Sa-ang y Segi-yang, y sus 
planes para escapar con Od y Tori, sus compañeras están dispuestas 
a ayudarlas sin importar los riesgos. 

Los fugitivos revelan su intención de robar la piragua para huir 
de Keka-Bunkua, si Sa-ang y Segi-yang les ayudan a tripularla río 
abajo, hasta salir al mar; de inmediato ellas aceptan: los acompañarán 
y a su lado correrán todos los peligros. Por su parte, las otras mujeres 
prometen aprovisionarlos y ayudarles a empujar la nave hasta el 
agua, labor imposible de realizar por Od y Tori solos. Pero hay un 
inconveniente y Od lo expresa: 

—En la embarcación siempre están un viejo y un muchacho.. 

—.. y a ellos no quisiéramos hacerles daño —añade Tori. 

—Déjenme eso a mí —interrumpe Sa-ang—. El anciano es bama- 
bu, mi abuelo mayor, y el chico es due, mi hermano. 

Comienza a aclarar. Los ubatashi vuelven a su escondite en las 
ramas altas de la ceiba; allí esperarán hasta la noche siguiente, 
cuando pondrán en práctica el plan de fuga. 


ES 


En su descenso a Mamashkaxa, Surli pinta de anaranjado los playo- 
nes del Hukumeiji, las copas de los árboles, y los agrupados conos 
de palma de los nunhúe. Termina otro día en el pueblo ribereño de 
Savijaka. Los hombres y los jovencitos, según -la costumbre, se 
congregan en la nunhuañkala a poporear y escuchar al naoma; las 
mujeres conversan y se solazan de los trajines caseros; los chiquillos 
corretean y hacen bulla, así el recuerdo de los jaguares rojos man- 
tenga el suspenso en todos los habitantes del pueblo tairona. 


166 Bernardo Valderrama Andrade 


Las sombras comienzan a desdibujar los contornos. Sa-ang se 
encamina al barco y procura no ser reconocida. Como Kankui-maku 
persiste en permanecer en él, ella deberá convencerlo de abandonar- 
lo, a fin de no entorpecer los planes para la huida. Aprovechando 
las manchas de oscuridad entre los bohíos, la joven llega hasta el 
navío, se asoma por encima de la borda y ve al anciano recostado 
en la banca de proa, el rostro levantado al cielo, embelesado con 
la aparición de las primeras estrellas. Nivemacu está en el otro 
extremo, entretenido en hacer nudos y vueltas a la cordelería. 

—Bama-bu... necesito hablarte —cuchichea Sa-ang y sus pupilas 
brillan húmedas. Al reconocerle la voz, el viejo se sorprende: ella 
no debe salir de los terrenos demarcados por el naoma para las 
mujeres contaminadas por los ubatashi. 

—¿Qué haces aquí? . ¡Tú! 

—Lo sé, bama-bu, lo sé... pero necesito tu ayuda. 

El anciano deja de mirar las estrellas, se yergue y fija sus ojillos 
en la cara de su nieta, asomada por encima de la borda en medio 
de dos caparazones de tortuga. 

—¿( Has venido sola? 

—SÍ... 

—¿Nadie te ha seguido? 

—No... creo que no. 

—Bien: sube rápido y agáchate —y dirigiéndose a Nivemacu—: 
Tú nada has visto. . 

El chico es astuto, sonríe a Kankui-maku y a su hermana, baja 
la cabeza y se concentra en su trabajo con los nudos. El viejo vuelve 
a su posición original, mira al cielo y su voz es un susurro: 

—Habla, Sa-ang. Te escucho. Algo grave debe suceder para 
atreverte a venir hasta acá, violando la prohibición del naoma. 

La muchacha se acurruca a su lado y lo mira suplicante: 

—Bama-bu, tú eres sabio: más que ninguno: sabes todo de la 
vida... ¡todo! 

El viejo deja entrever una sonrisa y acaricia la cabeza de Sa-ang, 
convertida a su lado en un montoncito de ropa y cabello largo. El 
cuchicheo de la muchacha al oído de Kankui-maku se prolonga por 
largo rato, sin que las facciones del anciano se alteren por cuanto 
escucha: la acumulación de arrugas a manera de pesados cortinajes 


El gran jaguar 167 


le han vuelto inexpresivo el rostro. Cuando ella termina se limita a 
responder: 
—Uá, uá,... bien, bien. 


XX * 


En Savijaka todos duermen: la oscuridad es impenetrable: todavía 
no ha salido Saxa-ti. Desde el lugar reservado a las mujeres de los 
ubatashi se moviliza una hilera de sombras hacia el sitio donde está 
atracada la piragua. Van cargadas con mochilas y calabazos: son 
provisiones que Nivemacu recibe y acomoda dentro del vientre de 
la embarcación. Una vez cumplida esta operación, las mujeres aúnan 
esfuerzos para empujar y deslizar la nave por la arena hacia las 
aguas del río. Od y Tori las ayudan. Nadie pronuncia una palabra. 
El único y apagado ruido es el de los pies enterrados, empujando... 

Murmujea el agua. El barco penetra en ella, se mece, se oye el 
chapoteo de los pies. Los ubatashi alzan a sus mujeres y las pasan 
sobre la borda. Luego, después de darle un último impulso, se trepan 
y reciben de Nivemacu las palancas para apartarse de la orilla. En 
la ribera, las otras mujeres, más que ver, escuchan cómo se aleja 
el navío. Son un grupo humano generoso, nostálgico: prolongan en 
la suerte de sus dos compañeras, la felicidad que a ellas se les escapó 
para siempre. 

De pie en la proa, Kankui-maku es otra vez un hombre nuevo. 
Conocedor del río hasta en la oscuridad, puede dirigir la operación 
sin vacilar. Da órdenes a media voz: Od, Tori y sus mujeres obede- 
cen, unos a babor, otros a estribor, empuñan los remos; y en la 
popa Nivemacu pone por primera vez en práctica las enseñanzas 
del anciano, con el ancho canalete del timón apretado entre los 
brazos. Por Nui-Ashkuan, el Oriente, apunta un resplandor tenue, 
anuncio a la aparición de la hermosa Saxa-ti. Según los cálculos de 
Kankui-maku, convertido en cómplice y partícipe de la fuga de los 
ubatashi y sus mujeres taironas, espera llegar a la propia bocana del 
Hukumeiji cuando sobre el horizonte haga su aparición la amante 
de Surli, con su rostro manchado a causa de los celos de Seldabauku. 
Para entonces habrán dejado atrás a las patrullas y podrán hacerse 
a la mar. 


168 Bernardo Valderrama Andrade 


Todo sucede según lo planeado por el viejo. Y cuando el nuevo 
día aclara las aguas marinas con su tono esmeralda, destacan sobre 
ellas la silueta de la piragua caribe navegando a toda vela hacia el 
Noroeste. Se aleja para siempre de Keka-Bunkua, con los resplan- 
decientes picos despidiendo a los atareados tripulantes. 

Empotrado como una estatua de bronce en la banca de proa, 
Kankui-maku tiene el rostro levantado y recibe placentero la brisa 
marina. Corre su última aventura... de eso está seguro: por ello 
sonríe y le chispean los ojos al ver saltar la proa del barco cortando 
las olas. Abrazada a su cintura como una chiquilla, va Sa-ang: mira 
a la costa y a las cumbres nevadas, o se embelesa con cuanto hace 
Od, ahora al mando de la nave; Tori y Nivemacu ayudan con eficien- 
cia, obedecen sus rápidas instrucciones, en tanto Segi-yang se en- 
carga de distribuir la primera ración de alimento. En todos los 
rostros, sin excepción, a la alegría se unen sentimientos de ansiedad: 
para Od y Tori renace la esperanza de encontrar la ruta de retorno 
a su distante país, y al ver sobre el horizonte los picos de la Sierra 
Nevada, les viene a la mente el recuerdo de Ubatashi-thor, condenado 
con Walla a la cárcel inmensa de la Montaña Blanca. Para Sa-ang 
y Segi-yang las emociones son diferentes: felicidad y nostalgia com- 
binadas, según posen los ojos en los hombres a quienes aman, o en 
las costas de Keka-Bunkua, cada vez más lejanas. 

En Nivemacu todo es novedad, ímpetu por conocer otros mundos: 
le ha heredado a Kankui-maku el amor por las aventuras, así todavía 
no tenga edad para medir el trascendental paso que está dando. ¿A 
qué lejanos horizontes lo llevará la vida? Mira al bisabuelo como a 
su héroe, agradecido, le sonríe con toda la cara, le demuestra con 
su comportamiento haber aprendido a la perfección sus enseñanzas. 

Kankui-maku advierte cómo se hunden las montañas de su país 
detrás del horizonte. Tiene la certeza de ser la última vez que las 
contempla. Esto no lo entristece: por sobre todo es aventurero, 
marino, andariego... y quiere morir en su ley. Cuando de la Montaña 
Blanca no queda ningún rastro en la lejanía, se recrea con la presencia 
de su biznieto: es como si parte de su espíritu se estuviera trasladando 
a ese cuerpo joven para seguir viviendo y viviendo... Y otra cosa 
lo embarga de felicidad: le ha permitido a Sa-ang reunirse con el 
hombre a quien ama. 


El gran jaguar 169 
K** 


En estos tiempos de guerra los caminos de las partes altas de Keka- 
Bunkua permanecen solitarios, apenas transitados por algún emisario 
de los caciques o los naomas. Por eso Ubatashi-thor, Meli-ang, su 
hijo y Walla, no tienen mayores problemas en subir de Tayronaca 
a Ulueiji, previniendo con el orden en la marcha una sorpresa desa- 
gradable: a la cabeza va Meli-ang, con encargo de avisar la presencia 
de algún caminante y dar tiempo a los ubatashi de ocultarse. El 
camino es tortuoso, bordea abismos sobre el caudaloso río, bajo 
una selva exuberante. Marchan sin pausa, les urge alejarse de la 
capital tairona donde deben ser buscados. Próximos a Ulueiji evitan 
la población dando un gran rodeo y parten de travesía hacia Tami- 
naka, otro centro habitacional de las montañas y a orillas del Huku- 
meiji, por una ruta fácil de seguir: Meli-ang la ha frecuentado con 
anterioridad, y su intención es bordear por los páramos las grandes 
cumbres de la Sierra Nevada, en dirección a la salida de Surli, hasta 
un lugar donde puedan sobrepasar el gran lomo para internarse en 
territorios fuera del dominio tairona. 

Para el atardecer del tercér día divisan desde unas cumbres los 
nunhúes de Taminaka, y como están escasos de provisiones, esa 
noche los kaxshigugulu merodean por los alrededores de las vivien- 
das y los huertos. 

El nuevo día encuentra a los habitantes de Taminaka consternados 
por la visita de los jaguares rojos, mientras los fugitivos ya se alejan 
y trepan por el curso de la quebrada Mamarongo, que habrá de 
conducirlos a las tierras frías. La gran selva quedó atrás, o está 
circunscrita a la profundidad de los cañones. Avanzan bordeando 
cerros cubiertos de Pajonal dorado, en contraste con el color del 
cielo de un azul intenso, limpio de nubes. En aquellos parajes soli- 
tarios donde el peligro parece lejano, sienten la tentación de tenderse 
en el suelo, a descansar las fatigas, y contemplar sin prevenciones 
la inmensidad de los contornos. Desde allí, con los picos nevados 
a sus espaldas, y sobre sus cabezas el vuelo avizor de los cóndores 
y las águilas, Ubatashi-thor tiene una panorámica espectacular, que 
incluye desde las tierras medias y bajas hasta el litoral marino. 
Meli-ang, recostada en su hombro, le señala la lejana y plateada 
bocana de un río. 


170 Bernardo Valderrama Andrade 


—;¡El Hukumeiji-tukue!. De donde hemos venido —dice com 
añoranza. 


XXVII 


Cuando por tercera vez consecutiva las patrullas no regresan de sus 
reconocimientos a lado y lado de la desembocadura del Guamoea, 
Gula ya no duda: los taironas le han tendido un gran cerco. 

—Estamos en peligro de ser rodeados —comenta a sus principales 
manicatos; y mirando rabioso la inmensidad de las montañas, donde 
imagina concentrados a los enemigos, añade con tono decidido— 
Deben haber concertado una alianza, ¡todos!... pero actuaremos de 
inmediato: no volverá a ocurrir como en Buritaca. Esta vez la derrota 
será para ellos. 

Curadas sus heridas y repuesto de la derrota, desde su regreso al 
campamento Gula no ha cesado en preparar la nueva expedición: 
su propósito es tomar venganza contra taironas y kashinguis aliados; 
pero no contó con la colaboración de los kogis y los aldu-guiji, y 
menos que sus enemigos, ahora amos de la iniciativa, principiaran 
a rodearlo; su mortificación se acrecienta cuando por el mar divisa 
la nutrida flota de Kashín, dispuesta a cerrarle cualquier posibilidad 
de escape. 

—;¡Ah! ¿Otra vez los traidores kashinguis? 

Desde el inicio de los preparativos, en el día Gula dirige y toma 
parte en prácticas de arco y flechas, lanzamiento de jáculos y simu- 
lacros de combate cuerpo a cuerpo con mazas y cuchillos. Las 
noches, por el contrario, son tranquilas, destinadas al descanso; y 
en ocasiones hasta alegres, cuando organizan bailes colectivos, se- 
guidos de comelonas y bebezones, que los caribes aprovechan para 
desplegar toda su gentileza con las mujeres de su raza y las cautivas, 
Estas fiestas pueden permitírselas, confiados en la costumbre tairona 
de dedicar las horas nocturnas a similares actividades, o sus ceremo- 
nias religiosas, dejando el día para la guerra. 


El gran jaguar 171 


Las razones de Ulaban para proponer el ataque contra los caribes 
durante la noche, a la luz de Saxa-ti, las apoya en la práctica tairona 
de destinar este tiempo a la adivinación en las nunhuañkalas, hábito 
conocido y a veces aprovechado por el enemigo. Al cambiar del 
día a la noche el curso para la guerra, el factor sorpresa estará de 
su parte y las posibilidades de triunfo aumentarán. 

Original y acertada parece al cacique-guerrero la idea del kashin- 
gui; el único impedimento son las normas dispuestas desde la anti- 
gúedad por los naomas, y violarlas puede acarrear el disgusto de 
los Padres y Dueños del Mundo. Ulaban recurre a varios argumentos 
para sustentar sus reflexiones, y recuerda al Jaguar Negro el extraño 
y sugestivo sentido de las palabras del Naoma-Kavi: “. . Seiname... 
la estrella que no se ve, pero ahí está...” 

—Es preciso actuar como lo hace el jaguar negro de la selva: ¡de 
noche! Cuando acecha y ataca —insiste el kashingui con vehemen- 
cia. Seoname-maku responde pensativo: 

—Sí, muldyigaba: sí, así dijo. 

—El jaguar se mueve de noche... el jaguar ataca a su presa en 
la oscuridad.. Seoname-maku debe combatir a sus enemigos desde 
el comienzo de la noche, y no al final de ésta —reitera Ulaban con 
vivos ademanes. 

—Na-arldunye, na-arldunye: me gusta, me gusta; es una buena 
idea —afirma a su vez el cacique, ya convencido; y agrega: —Nas 
seinjarlae na peibu: te lo agradezco, mi amigo. Pediré al Naoma-Kavi 
su palabra y entonces atacaremos de noche. 

De inmediato parte el emisario desde las posiciones de avanzada 
hacia Tayronaca, donde todavía está el naoma muru nakubi. En 
tanto, desde una colina utilizada como observatorio, el cacique-gue- 
rrero y su consejero tienden la vista hacia la extensa llanura del 
litoral, donde un espeso cordón de árboles marca el curso del río 
Guamoea y la ubicación del campamento principal de los gulamena. 

Mientras llega la aprobación del naoma a la nueva estrategia 
guerrera, Seoname-maku adelanta los preparativos: quiere, además 
de obtener una victoria contundente, encontrarse cara a cara con 
Gula y vengar la muerte afrentosa de su padre. Para Ulaban, en 
cambio, los aprestos bélicos contra los gulamena no le provocan 
esa exaltación. 

Yo nací en el vientre de una nave caribe, en medio de actos 


A 


ES A E 


172 Bernardo Valderrama Andrade 


violentos: eso creo. Y ya mayor, participé en muchas batallas y 
llegué a destacarme como un atrevido combatiente al lado de Kashín, 
así no estuviera de acuerdo con estos métodos sangrientos de con- 
quista y saqueo. ¿Acaso me marcó el rapto de mi madre?... Pero 
no fui menos que mis compañeros en los momentos de decisión y 
peligro.. Más tarde, ya en Palanoa y Buritaca, por fin pude poner 
en práctica mis teorías de las relaciones humanas amistosas, esas 
que nadie entendió en un principio, o no se atrevían a escuchar por 
miedo a ser tildados de poco valientes. Inclusive Kashín guardó 
silencio cuando expresé mis argumentos pacíficos, así en sus ojos 
brillara una chispa de simpatía, de curiosidad, de esa inclinación 
ahogada por todos en el fondo de sus almas, porque sólo debían ser 
guerreros. Por suerte di con la forma de vivir de las gentes de 
Keka-Bunkua, y puesta en realidad mi manera de pensar... Eso lo 
presentí cuando llegamos por primera vez a las costas de Buritaca 
y tuve el acierto de hacer valer mi influencia con Kashín; y él, de 
contener el ataque y dejarme obrar... Y ensayamos a vivir en paz 
con los taironas, así, a cambio de seguridad y progreso, debiéramos 
dejar de lado algunas de nuestras costumbres de navegantes y con- 
quistadores. Pero... esto de enfrentar en guerra a muerte a los mismos 
de mi raza, me mortifica; me duele no poder cambiar el curso de 
los acontecimientos y estar impedido para acabar la pugna con los 
gulamena, debido a circunstancias inmodificables y pertenecientes 
al pasado. Y tampoco podré cambiar la determinación de Seoname- 
maku de vengar a su padre, porque las flechas azules de Heisei, 
sacadas de la aljaba mítica por el Naoma-Kavi, jamás volverán a 
ser guardadas. Aún así, no debo perder las esperanzas... Mi gente, 
los caribes, seguirán llegando de más allá del mar, donde quizá yo 
nací; por ello intentaré detener la guerra en sus próximos episodios: 
tal vez, cuando esté cercana la contienda con los sangaramena. 

Seoname-maku ha estado mirando con fijeza a Ulaban, y se pre- 
gunta: 

¿Qué pensamientos inquietarán a mi consejero?... Quisiera adivi- 
narlo. 


El gran jaguar 173 


—;¡En marcha! 

La voz de Seoname-maku, su mirada implacable, sus ademanes 
autoritarios, ponen en movimiento a los emisarios: parten desalados 
para llevar los mensajes de guerra a los caciques taironas, kogi y 
aldu-guiji, comprometidos en este ataque contra los gulamena. A 
la luz suave de Saxa-ti se movilizan los cuerpos armados de Keka- 
Bunkua: forman un gran semicírculo y rodearán el campamento 
caribe. Esa tarde los vigías del Jaguar Negro apostados en los filos 
de la Loma Maktu, el Cerro de la Zarigijeya, identificaron la flota 
de Kashín por los gallardetes azules en lo alto de los mástiles: pasaba 
frente a las bocas del Hukumeiji y según los cálculos, para la noche 
estarían cerrando el cerco por el mar, ante el mismo estuario del 
Guamoea. Para ese momento, los arranca-brazos quedarían rodea- 
dos. 

Las teas empotradas a proa y popa, al ser encendidas en forma 
simultánea, llenan la noche con reflejos de oro líquido espejeando 
en los oleajes; es un espectáculo impresionante, grandioso, llama 
la atención de Gula y lo pone sobre aviso. La presencia de tantas 
naves frente a su campamento no es usual y se siente inquieto; 
calcula las que puede tener Kashín y llega a una deducción errónea: 

—_DDebe tratarse de mi hermano Sangama; sólo él puede tener una 
flota tan poderosa... En buena hora. 

También Seoname-maku y sus comandantes divisan la línea de 
fuego meciéndose en el mar. Es la señal esperada para iniciar el 
ataque: los guerreros ya ocupan posiciones de combate, apostados ' 
en las afueras del campo caribe, y como un solo y organizado 
conjunto se lanzan al asalto. La sorpresa entre los gulamena es total: 
esperan encuentros con los taironas al comienzo del amanecer, pero 
nunca al inicio de la noche. Cuando lo advierten, ya tienen al 
enemigo dentro de sus propias líneas, invadiéndolo todo, incen- 
diando las construcciones, persiguiendo a sus gentes hasta en las 
moradas. Chillan las mujeres y los niños, huyen despavoridos de 
un lado para otro, hacen coro, con sus lastimeros gritos, a las 
ululantes y enardecidas voces de los agresores. Con dificultad, Gula 
y sus manicatos organizan la resistencia y se congregan cerca de la 
playa: intentan ofrecer una oposición compacta, con posibilidades 
de pasar de la defensa al ataque. Taironas, kogis y aldu-guiji no les 
dan oportunidad: arremeten sedientos de venganza, una y otra vez 


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174 Bernardo Valderrama Andrade 


destruyen sus intenciones, los rabones se multiplican y los acosan, 
a la luz de los incendios semejan jaguares con las colas pretinadas 
de oro, de movimientos rápidos y certeros para causar la muerte; 
sus disciplinadas escuadras de guerreros, embadurnados de bija y 
sangre, son llamaradas humanas, bestiales, intrépidas, ejercen reta- 
liación por las acciones cometidas en el pasado por los arranca-bra- 
zOS. 

—Heisei!... ¡Heisei! —gritan Seoname-maku, Lazama y Mala- 
bú, voces en la primera línea. 

—¡Heisei!... ¡Heisei! —responden en coro rabones y guerreros, 
enardecidos hasta la locura. 

Se batalla sin pausa toda la noche. Amanece y el nuevo día se 
ensombrece con las columnas de humo de los incendios. Entre los 
escombros y las cenizas prosigue la lucha a muerte, cuerpo a cuerpo, 
de fieras con deseos de exterminio. Por el suelo, inmenso reguero 
de sangre, se mezclan en grotesca confusión los cadáveres y los 
heridos. Las mujeres y los niños forman una isla de angustia hacia 
las afueras del campamento, cerca del mar, donde por instinto se 
han congregado; desde allí, aterrorizados, mudos, son llorosos es- 
pectadores de la tragedia. 

—¡Heisei!.. ¡Heisei! —sigue siendo el grito que excita a los 
taironas y sus aliados. Gula y el grueso de sus guerreros forman 
otra isla, también en los playones, cada vez menos compacta ante 
la mortandad y el continuo asedio de los guerreros del Jaguar Negro, 
incansable y temerario en su arrojo, estímulo contagioso de sus 
hombres. La batalla comienza a definirse a su favor: luchan de igual 
a igual: no los amedrenta la cantidad de bajas: muestran irrevocable 
voluntad de exterminar a los invasores, así pierdan la vida en esta 
empresa. 

—¡Heisei!.. ¡Heisei! 

Seoname-maku con su sed de venganza hirviéndole por todo el 
cuerpo, busca con insistencia a Gula, se abre paso, derriba una y 
otra vez a los adversarios, ¡los mata!, se acerca al sitio donde el 
jefe gulamena pelea como otra fiera. 

Transcurre todo el día y no cesa la intensidad de la batalla. Para 
el atardecer, con Surli pintando de rojo los contornos, con el aire 
impregnado por el olor asfixiante y repulsivo de la sangre, Gula ya 
ve comprometida su situación: del millar de caribes ya no le quedan 


El gran jaguar 175 


sino trescientos; y de no cambiar la estrategia, la derrota puede ser 
total. Le mortifica aceptarlo, pero los guerreros de la Montaña Blanca 
lo han sorprendido otra vez con su capacidad combativa. En medio 
del incansable fragor de la contienda, no se cansa de maldecir a 
Ulaban. A él, de eso está convencido, se debe mucho el éxito de 
sus enemigos. La única oportunidad de escapar ahora es por el mar, 
abordando los barcos y, tratar de romper el cerco de Kashín. Con 
agilidad mental estudia las posiciones en la batalla: Sí: para lograrlo 
debe lanzar un sorpresivo contraataque, romper el cerco, alcanzar 
la ribera del río, subir a las piraguas y hacerse a la mar... Allá, la 
lucha es en un medio que conoce muy bien y puede darle ventajas. 

Con voz potente, casi un rugido, ordena el cambio de táctica: el 
círculo defensivo de los arranca-brazos, a su vez envuelto por el 
ofensivo de los guerreros del Jaguar Negro, cobra diferente dinámica: 
en medio de titánicos forcejeos Gula vuelve a su favor la contienda, 
se torna en punta de lanza, con su gente desconcierta de momento 
a los oponentes y rompe el asedio. Ante sus ojos, despejada, ve 
una porción de playa y más allá el cordón verde de la orilla del 
Guamoea, con la salvación representada en sus navíos. Por unos 
instantes el grito ¡Heisei!... ¡Heisei! deja de escucharse y lo reem- 
plazan los alaridos escalofriantes de los gulamena. Crece la mortan- 
dad: crujen huesos astillados y cráneos hundidos con golpes secos 
de mazas caribes. Entre el fragor de los cuerpos en lucha, los gritos 
y las órdenes, se apagan los quejidos y barbotean las heridas expul- 
sando la vida de los caídos. Todo es confusión en torno al arrollador 
empuje de los arranca-brazos, buscando la última oportunidad para 
escapar; llegan los primeros a la ribera, perseguidos con saña, algu- 
nos alcanzan a saltar por encima de las bordas acorazadas y desde 
allí presentan una encarnizada resistencia. Rodeado de sus escoltas, 
Gula está por coronar su intento. En una mano la maza, en la otra 
la lanza, con los poderosos brazos tintos en sangre propia y de sus 
víctimas, ya cree conseguido el propósito; de pronto, como caído 
del cielo, se le interpone Seoname-maku, representación de la vin- 
dicta, emplumado, ágil, amenazante, con adornos de oro recogiendo 
los últimos rayos del atardecer, llamaradas y canto de color a la 
muerte. Gula lo reconoce: lo ha visto durante toda la pelea avanzar 
siempre hacia él, con mirada taladrante de odio que hiere como su 
lanza. 


176 Bernardo Valderrama Andrade 


La visión del navío se desdibuja ante esta figura emplumada con 
arreos destellantes y sangrientos. Los movimientos de Gula parecen 
lentos ante la veloz arremetida del Jaguar Negro: el caribe cae de 
espaldas atravesado de parte a parte: queda clavado en la arena; allí 
mismo, con un rugido bestial, el cacique cumple su venganza: de 
certeros y violentos hachazos, ante-su propia vista ya impotente y 
vidriosa, el líder gulamena se ve y se siente desmembrado, en la 
misma forma como él lo hiciera con los rivales vencidos. Su último 
recuerdo consciente es la carcajada triunfal de Seoname-maku, más 
que risa pavoroso bramido de fiera. 

—;Heisei!... ¡Heisei! 

El Jaguar Negro ha cumplido su venganza. Con fugacidad, mien- 
tras mira a su enemigo en los postreros estertores, por su mente 
desfilan cuadros de poblados taironas, kogi y aldu-guiji, transforma- 
dos en cenizas... y los cuerpos desmembrados, suspendidos cabeza 
abajo de las ramas de los árboles, entre ellos su padre, el cacique 
de Ponkeica. Y vuelve a lanzar su carcajada-rugido al meterse de 
nuevo en el corazón del combate, más decidido que nunca. 

La muerte de Gula pone fin a la resistencia caribe. Allí mismo, 
en torno a su jefe, uno a uno, los arranca-brazos son rematados en 
forma implacable. La Flecha de Heisei así lo determina: el exterminio 
debe ser total. 

Los tripulantes de las embarcaciones, y los guerreros gulamena 
que alcanzaron a abordarlas, tampoco logran escapar: encuentran la 
salida al mar taponada por las piraguas de Kashín y su único recurso 
es morir con honor en una batalla suicida, acorde con la costumbre 
caribe de afrontar las circunstancias. Sólo un centenar de arranca-bra- 
zos pueden huir: rompieron el cerco al comienzo de la lucha, ahora 
se alejan por la llanura en dirección a los campamentos de sus 
hermanos los arranca-cabezas. 

Cae la noche. Cesa el fragor de la guerra. Se hacen cada vez más 
débiles los quejidos de los moribundos. A la luz de las antorchas, 
los vencedores recogen los cadáveres de casi un millar de gulamenas 
para arrojarlos a la desembocadura del Guamoea, donde sirven de 
descomunal festín a los tiburones. Los taironas, kogis y aldu-guijis 
muertos, en similar cantidad, son colocados en enormes piras fune- 
rarias: sus llamaradas hacen retroceder la noche e impregnan la brisa 
con su olor a carne humana; por días y días arden y se levantan las 


El gran jaguar 177 


humaradas de los montículos fúnebres donde se consumen los cuer- 
pos de los héroes; centenares de vasos rituales, previamente dispues- 
tos, se van llenando de grasa destilada. 

En torno a Seoname-maku y su Estado General de caciques, hay 
grandes demostraciones de alegría; pese a la inmensa cantidad de 
bajas, se celebra el triunfo con desbordante entusiasmo. Por los 
caminos, los emisarios corren a llevar la buena noticia de la victoria 
a todos los rincones de la Montaña Blanca. 

En las naves ancladas en el calmado estuario del Guamoea, el 
festejo de los kashingui es discreto. Sus líderes, Kashín y Ulaban, 
instalados en el puente de mando, mantienen una conversación tras- 
cendental. 

——Con los barcos capturados a Gula, nuestra flota puede ser tan 
fuerte como la de Sangama. Y esa, no lo dudo, es una razón disuasiva 
— insiste Ulaban optimista. Kashín menea la cabeza desconfiado. 

—Es un disparate. Siempre he acogido tus argumentos, pero esta 
vez dudo mucho: Sangama, así se sienta rodeado por tierra y por 
mar, no cambiará su forma de actuar. Luchará hasta morir. Recuér- 
dalo: la ley caribe es la guerra y no la paz. 

Ulaban está conturbado: entiende los raciocinios de su compañero, 
pero no quiere desistir en su idea; el hecho de haber participado en 
la batalla y contribuido al triunfo lo refuerza en sus intenciones, así 
reconozca la posibilidad del fracaso. 

—Lo haré de todas maneras. Esta noche partiré en una canoa 
hacia el campamento de los sangaramena. Explícale todo a Seoname- 
maku: él comprenderá. La misión de paz que intentaré no debe 
alterar sus planes. Si para el momento de iniciar el ataque nada 
saben de mí, todo debe seguir como ya se previó. ¡Que nada los 
detenga! 


A la madrugada parte el navío al mando de Ulaban: lleva los tripu- 
lantes indispensables, voluntarios kashingui dispuestos a arriesgar 
la vida en una misión de resultados impredecibles. Cuando Kashín 
pierde de vista la embarcación, con aire pensativo se encamina al 
sitio donde tiene levantado su campamento el Jaguar Negro, quien 


178 Bernardo Valderrama Andrade 


lo recibe sin demora. Yace encima de unas pieles de jaguar muestra 
en distintas partes del cuerpo emplastos de hojas y zumos preparados 
por un curandero, para sanarle heridas y golpes recibidos en la 
batalla. A su lado están sus arreos de oro de gran cacique. 

No obstante el maltrato y el impedimento causados por las heridas, 
luce satisfecho. En muestra de deferencia atiende a Kashín y le 
expresa su estimación hacia él y Ulaban; atento, escucha y no muestra 
extrañeza por sus palabras; se limita a contestar reflexivo, como 
para sí mismo, la mirada perdida en el horizonte marino cada vez 
más claro: 

—Lo imaginaba. . así es Ulaban: busca la paz pero su mente se 
inventa estrategias para vencer en la guerra —y ya mirando de frente 
a Kashín—: Debemos apresurarnos. Mañana partiremos para 
ocupar posiciones por tierra y mar lo antes posible. Algunos gula- 
mena escaparon y pronto darán noticia de nuestra victoria a Sangama. 
Es importante reforzar las líneas de los duanabuká. 

El Jaguar Negro olvida heridas y dolores. La mirada le centellea, 
sus ademanes se vuelven enérgicos. Ordena a uno de sus servidores 
llenar dos copas con licor, su mirada se fija otra vez en el horizonte 
marino cuando levanta el brazo en un brindis simbólico, quizás 
dirigido al kashingui, bebe el contenido de un jalón. Kashín le capta 
los pensamientos y lo imita. 


% XX VII 


En la punta de arena próxima a la desembocadura del Mutaiji, 
Nyuba-Aluna se extasía con el diario y fastuoso espectáculo del 
ocaso de Surli, el amante loco y apasionado de Saxa-ti y todas las 
estrellas. Sentada en la playa, es la representación de la soledad: 
¡Ulaban! El Naoma-Kavi descubrió nuestro secreto cuando te hizo 
beber el licor mágico en la Nunhuañkala de Tayronaca: allí, sin que 
pudieras evitarlo, sin que te dieras cuenta, te leyó la mente y el 
corazón. ¡Lo supo todo! ¡De ti y de mí! Por eso me llamó después 
a confesión y nada pude ocultar Si lo supieras: el muru nakubi me 
permitió complacerme en tu amor, pero sin dejarme poseer; porque 


El gran jaguar 179 


al ser yo el Espíritu de Oro, sólo podré entregar mi cuerpo a un 
naoma o un cacique descendiente de los primeros linajes de Haba 
Séinekan... Así lo vio señalado en el manto de las estrellas; así lo 
descubrió en yatukua, en las burbujas desprendidas de las cuentas- 
kuitsi; así lo oyó en kachivitukua, el sonido de las uñas y los dedos; 
así lo percibió en Aluna, la voz del Gran Espíritu.. Con esta licencia 
regresé a Buritaca y me encontré de nuevo contigo, llena de felicidad, 
sin imaginar las intenciones de Madre Naboba y Madre Seatakan, 
quienes se adueñaron de mi cuerpo y de tus manos: nos enloquecie- 
ron: nos llenaron las entrañas de guanga, el fuego sexual: y por eso 
te pedí me poseyeras... y tú lo hiciste y ahora no dejo de recordarlo, 
de evocar con deleite cada uno de los instantes de tu pasión; y 
aunque debiera, no me reprocho la debilidad: al contrario: ¡me 
complazco! Pero. . a veces, también siento angustia. ¡Remordi- 
miento no! ¡Eso nunca! En cambio sí temo por ti y por la suerte de 
mi pueblo en esta guerra. ¿Pagarás tú por mis debilidades?... ¿Se 
inclinará la balanza de la guerra en favor del enemigo, por haber 
faltado a mis deberes de Espíritu de Oro? 

Sentimientos de congoja y felicidad se suceden en el bello rostro 
de Nyuba-Aluna. Fija los ojos en los oleajes incandescentes del 
atardecer, sus pupilas semejan crisoles llameantes que dan a su 
rostro la expresión de los dioses. Su mente viaja.. cruza el tiempo 
y la distancia.. navega guiada por Jalyintana, Dueño del Mar, quien 
la lleva hacia Mu, el lugar donde nace Surli: deja atrás la desembo- 
cadura del Mutaiji, pasa frente a las bocanas del Ulueiji, el Hukumeiji 
y el Guamoea, es levantada por los brazos blancos de Misevalyue, 
Madre de las Nubes, flota en vertiginoso recorrido como hakkaxe, 
el ave marina, y abajo ve una canoa solitaria en medio del océano. 
En su mente, con fuerza de viento, Nyuba-Aluna abraza a Ulaban, 
con soplo tibio de brisa le acaricia el rostro, lo besa, le promete 
amarlo así les sea prohibido... y su:corazón es una llamarada. 


Recostado contra la borda de su nave, Ulaban contempla el desfile 
lento de la costa: cintas blancas de arena y sobre ellas el dibujo 
aéreo de alcatraces, gaviotas y tijeretas; y detrás, en planos sucesivos, 


HA a nn 


180 Bernardo Valderrama Andrade 


siluetas despeluzadas de coqueras, franjas de bosques, levantamiento 
de primeras colinas con su tono verde claro, y, ya como un alto 
horizonte, la inmensidad de las montañas con sus coronas de nieve. 
Las aldeas costeras lucen solitarias, abandonadas, muchas con las 
marcas violentas de los incendios y saqueos; es el cuadro desolador 
provocado por los invasores caribes; de sus habitantes, unos murieron 
en combates, otros fueron aprisionados, los restantes escaparon al 
interior de la Montaña Blanca. 

Este día, como nunca, el kashingui está convencido de sus teorías 
pacifistas, así se sienta molesto por la incertidumbre. Refuerza su 
voluntad el pensamiento de la cantidad de vidas que podrán salvarse 
si corona sus propósitos: ello abriría grandes posibilidades a las 
gentes de su raza y a las de Keka-Bunkua, con el intercambio de 
culturas y conocimientos. Sin embargo, inexorable peso en la balan- 
za, conoce por experiencia cuán difíciles apagar el fuego de la 
guerra. Debido a ello su rostro no refleja el optimismo de otras 
veces: luce taciturno: con esfuerzo aleja la desesperanza cuando 
recuerda los comentarios de Kashín; ¿tendrá acaso razón, y Sangama 
nunca oirá sus propuestas?... Pero, como se tiran al mar los desper- 
dicios, arroja las dudas y temores por la borda: es en esta ocasión 
cuando más necesita ser positivo: no dejará triunfar los recelos: 
hacerlo, sería inconsecuente con sus creencias. Nunca, eso le satis- 
face, ha empuñado el hacha de la guerra, sin antes intentar una 
solución racional. Ahora, en su viaje al campamento de los arranca- 
cabezas, sólo lo reconforta soñar despierto con su prohibida mujer 
tairona de párpados dormidos, de amor ardiente como el fuego de 
sus pupilas doradas... 

¡Nyuba-yang!... ¡Tú! Que con la pureza de las primeras caricias 
rescataste mis recuerdos de la infancia: cuando encontraba la ternura 
y la seguridad en los brazos de mi madre en medio del fragor 
horrísono de las contiendas; mimos añorados el resto de la vida, 
porque primó el trajín apremiante en las piraguas manteniéndome 
siempre hambriento de ellos, para, al final, arrebatármelos en medio 
de la crueldad de una batalla. Nostalgias y urgencias compensadas 
y transformadas por ti, en la medida en que creció nuestro amor y 
descubrió la felicidad en otra dimensión. No nos importó vernos 
obligados a mantener oculta y espaciada nuestra pasión. ¡No! Bastaba 
su existencia palpitándonos bajo la piel o hirviendo en las venas: 


El gran jaguar 181 


en algún lugar, bajo el cielo de la Montaña Blanca, unidos o sepa- 
rados, tú entre mis manos acaloradas por las caricias, o apenas 
imaginándote. Y por ti, Nyuba-yang, como nunca antes me pareció 
hermoso el mar, ya lo mirara a la luz del sol o bajo el chispeo 
inconmensurable de las estrellas. Y amé, como a tu piel, la tibieza 
de la arena en las playas. Y me recreé en el murmullo de las olas 
o en el canto de los manantiales, porque recordaban tu voz cálida. 
Y exaltado, imaginando fueran tus brazos y la sensualidad ardiente 
de tus axilas, me sumergí entre los rincones frondosos y húmedos 
de la selva. Y como a tu serenidad distante y misteriosa de Espíritu 
de Oro, miré y veneré las cumbres lejanas y níveas de Citurna. 
¡Nyuba-yang! ¡Nyuba-Aluna!... He pensado en ti al contemplar el 
trabajo fino de los talladores de cuentas-kuitsi, puliendo y perforando 
las piedras con amor y dedicación... o al percibir la voluptuosidad 
de los alfareros al resbalar sus manos por las caderas o los vientres 
de los cántaros y las vasijas... o al sentir los ojos atrapados en el 
chispeo de las joyas de los orfebres, porque detrás de ellas, invisible, 
siempre estabas tú, llamándome. Y así como los naomas entran a 
las nunhuañkalas, para simbólicamente llegar hasta el vientre-santua- 
rio de Haba Séinekan, así yo, en un delirio placentero, he buscado 
tu sexo y me he acunado en él. 


ES 


Desde cuando fue poseída por el kashingui, la urgencia primordial 
de Nyuba-Aluna es desear estar otra vez en sus brazos para volver 
a entregarse y amarlo con locura desenfrenada. Sabe que debería 
experimentar angustia por el incumplimiento de las órdenes del 
Naoma-Kavi, y en cambio sólo siente complacencia, alegría, pasión. 
Raciocina en forma confusa, sin imparcialidad: ha perdido el sosiego: 
su cuerpo ya no quiere obedecer los mandatos de la razón: el deseo 
por Ulaban es avasallador, lo domina todo. Esta es su verdadera 
felicidad, así, de cuando en cuando, la asalte un apagado remordi- 
miento. 

Con la noticia del triunfo sobre los gulamena llega a Buritaca una 
razón de Naoma-Kavi para Nyuba-Aluna: la convoca de inmediato 
a una peregrinación por las partes altas de la Sierra Nevada: es 
preciso llevar ofrendas a la Madre Universal, a las Madres, Padres 


182 Bernardo Valderrama Andrade 


y Dueños, en solicitud de beneplácito para la nueva campaña gue- 
rrera, ahora contra los arranca-cabezas. Este recorrido deberá ini- 
ciarlo por Teyuna, ciudad de los talladores de cuentas en las cabe- 
ceras del Mutaiji-tukue, y de allí, en viaje hacia Nui-Ashkuan, el 
Oriente, y pasando por otros centros ceremoniales, llegar a la gran 
ciudad sagrada de Moraca, donde está la Haggi-Koktuma, la Piedra- 
Asiento, trono de Haba Séinekan. En dicho lugar la esperará el 
muru nakubi. 

Nyuba-Aluna no se espera a las celebraciones de la victoria en 
Buritaca y Palanoa: acompañada de una pequeña escolta de rabones 
y dos mujeres a su servicio, parte de inmediato hacia Teyuna. Allí, 
en la plazoleta de la Piedra del Sapo a donde convergen los princi- 
pales caminos de la urbe amurallada, el anciano Mama-Teyuna 
comparte con ella la ceremonia de Surli-Nyuba, el Sol de Oro, 
cuando al mediodía éste brilla en reflejos sobre el lomo del gran 
sapo de piedra, y desde allí, dispara su rayo de luz hacia el rostro 
de Nyuba-Aluna, de pie, desnuda sobre una de las escalinatas que 
acceden al sitio ceremonial. En ese instante el sacerdote coloca 
alrededor del cuello de la muchacha una gargantilla de sapitos de 
oro, y al hacerlo tiene una vacilación: sus ojos tropiezan con la 
piedra nube-cielo, obsequio de Ulaban, engarzada por ella a uno de 
sus collares. Terminada la ceremonia, y ya solos el sacerdote y la 
joven, éste pregunta perturbado al señalar la piedra del kashingui: 

—Es Hagu-Maui-Nauiendi, la Piedra Nube-Cielo. ¡Piedra sagra- 
da! ¿Cómo la conseguiste? 

Nyuba-Aluna se conturba: se siente desconcertada. Sin poder 
evitarlo, con las manos se cubre el cuello, al ver los sentimientos 
sucesivos de intriga, curiosidad y exaltación reflejados en el rostro 
de Mama-Teyuna. 

—¿Sabes lo que significa esa cuenta? —inquiere el sacerdote, sin 
que ella pueda responderle. 


XXIX 


Para Avincuo no es sorpresa ver esa mañana a Chole con atuendos 
de guerrero. En su oficio de emisario, el viejo aprendió además de 


El gran jaguar 183 


conocer todos los caminos de Keka-Bunkua, sus atajos y rincones, 
a hablar diferentes lenguas y adoptar variadas caracterizaciones, 
como una forma de cumplir las misiones encomendadas por el caci- 
que duanabuká. —Su edad no es la apropiada para representar ahora 
papeles de combatiente —piensa Avincuo intrigado: y que lo recuer- 
de, no le hizo ningún encargo, ocupado como está en organizar sus 
escuadrones para el asalto final contra los caribes. Según lo acordado 
con Seoname-maku, sólo espera recibir el aviso a fin de ponerse en 
marcha con sus ya bien entrenados ejércitos. 

—<¿De qué se trata esto? Yo no.. —y el cacique señala la indu- 
mentaria de Chole, tratando de reprimir una sonrisa burlona—. ¿Se 
estará volviendo loco mi emisario preferido? —y voltea la cabeza 
para otro lado. 

Chole adivina sus pensamientos pero no se ofende: por el contra- 
rio, con gesto decidido expresa a Avincuo su voluntad: 

—Pido licencia, y un grupo de guerreros, para hostigar a los 
sangaramena desde los pantanos de Buya. 

Al oír esta singular propuesta, el cacique cambia de actitud y 
mira interesado a su leal súbdito, la única persona capaz de atravesar 
las marismas y salir de ellas ileso. 

—¿Qué tienes en mente, Chole? Entonces... esto de presentarte 
así vestido, ¿va en serio? 

—'Usted lo sabe: en Buya los arranca-cabezas asesinaron a los 
míos: mi mujer, mis hijos, mis nietos. ¡Quiero vengarlos! Y en los 
pantanos ninguno podrá vencerme. 

Con atención y sorpresa, Avincuo escucha los planes de su subal- 
terno, posibles de ser llevados a cabo sin interferir para nada la 
estrategia bélica acordada con el Jaguar Negro; por el contrario, 
contribuirán a favorecerla. Y los ojos le brillan entusiastas cuando 
contesta: 

—Te concedo cuanto pides... ¿Cuándo partes? 

—PDe inmediato: deseo interceptar a los gulamena escapados de 
la batalla del Guamoea. Según informes, ya vienen por la costa 
hacia el campamento de Sangama, y están por cruzar el Buhía-tukue. 

Los ojos de Chole chispean con una dureza desconocida por 
Avincuo. Siempre fue un hombre tranquilo, alegre, ecuánime, vir- 
tudes propicias a su trabajo diplomático. Este de ahora, vestido de 
guerrero pese a su edad avanzada, es irreconocible y puede volverse 


184 Bernardo Valderrama Andrade 


en un factor de triunfo muy importante. Del Chole feliz, habitante 
con su familia a orillas del mar, cerca de los pantanos, que sólo 
dejaba su hogar para cumplir sus tareas de emisario y consejero, no 
queda sino el recuerdo. Ahora, todo su ingenio se enfilará a destruir 
al enemigo en las marismas. 

Al frente de sus guerreros, el antiguo emisario impone un ritmo 
a sus desplazamientos que sorprende a sus subalternos, en principio 
escépticos de recibir por jefe a este anciano disfrazado. Se descuelgan 
de la Cuchilla Nukui, a través de un retorcido cañón: el kare nabbe- 
lulda nuani, el lugar a donde salen a bañarse las dantas; por allí, 
cautelosos, desembocan a las tierras bajas del litoral y avistan en la 
distancia los primeros campamentos de los sangaramena, ocupando 
posiciones equidistantes y paralelas con la costa marina. Sus cerca- 
dos, levantados al pie de las primeras colinas, forman un cordón 
para proteger las labranzas y el asentamiento principal de Sangama, 
entre los cursos del Nyuba-Nyna y el Tapiraguana-tukue, ya muy 
próximos del mar 

Gran conocedor del terreno donde se han hecho fuertes los caribes, 
Chole y su gente cruzan subrepticiamente las líneas enemigas y, 
ocultos entre malezas y espinos, se sitúan sobre una eminencia 
alargada, paralela al camellón de tierra firme que sirve de confín a 
los pantanos. Según los cálculos del duanabuká, los gulamena sobre- 
vivientes deben estar avanzando por esa franja ahora controlada por 
sus hombres. Al poco tiempo de estar allí apostados y ocultos entre 
los matorrales, divisan la vanguardia de los arranca-brazos, maltre- 
chos y desconfiados con las traicioneras marismas. El peligro de 
las arenas movedizas o el ataque de los caimanes, les impide por 
ahora sospechar en una emboscada. 

—¡Heisei!... ¡Heisei! —grita el emisario con toda la fuerza de 
sus pulmones, a manera de orden para atacar 

La sorpresa es terrífica y mortal: a una primera descarga con 
flechas envenenadas, los duanabuká, transformados en horda de 
demonios pintarrajeados de achiote, caen sobre los caribes, quienes 
al intentar reaccionar son empujados a los pantanos, donde las arenas 
movedizas los aprisionan, primero por los tobillos y luego, en medio 
de sus gritos e impotentes esfuerzos, los van succionando con una 
lentitud desesperante e inexorable. Nada les vale aferrarse a las 
cañas de los juncos, o entre ellos mismos para formar cadenas: el 


El gran jaguar 185 


pantano es una trampa letal... entre eructos intermitentes, los sepulta, 
uno a uno, a la vista empavorecida de sus otros compañeros, sin 
más suerte que la muerte por los flechazos, o entre las fauces de 
los sisi. El exterminio es total. Y los guerreros del viejo, admirados 
con la estrategia empleada, empiezan a respetar a su jefe. 

Recostado en el tronco de un árbol, satisfecho por el triunfo, 
Chole aprovecha el descanso para instruir a sus hombres sobre el 
comportamiento a seguir en las marismas si se quiere sobrevivir en 
ellas. 

—Somos una alianza de guerreros, arenas y caimanes —comenta 
risueño; toda la cara se le arruga en una mueca, y sus ojos son dos 
rajaduras brillantes solazándose con la venganza. 


ES 


En el campamento de Sangama se quedan esperando la anunciada 
llegada de los gulamena sobrevivientes. Ante su demora, el jefe 
arranca-cabezas envía una comisión para brindarles ayuda si la ne- 
cesitan; ésta desaparece en forma inexplicable, igual a todas las 
patrullas encargadas en los días siguientes de aventurarse por los 
lados de las marismas. 

—¡Se los tragó el pantano! —se escucha murmurar en voz baja. 

Cuando los desaparecidos llegan al medio millar, Sangama re- 
suelve actuar en persona, organiza una poderosa escuadra y al frente 
de ella se dirige a las marismas: va a desentrañar el misterio de las 
desapariciones. 

Por la franja de tierra firme, cautelosos, vigilantes, van bordeando 
los pantanos. Pese a ello, de entre la enmarañada vegetación lacustre, 
emergen y los sorprenden los duanabuká: atacan su retaguardia con 
una primera andanada de flechas, y rematan con una escandalosa y 
feroz carga cuerpo a cuerpo, armados de lanzas y mazas de piedra. 
Se trenzan en violenta y corta lucha; los sangaramena de la vanguar- 
dia y la parte intermedia, superiores en número, acuden en ayuda 
de los atacados; las gentes del pelícano dejan de combatir, dan 
media vuelta y huyen en dirección a las marismas; Sangama com- 
prende tarde la táctica del enemigo, comandado por un ridículo 
viejo disfrazado de guerrero: sus arranca-cabezas, en persecución 


186 Bernardo Valderrama Andrade 


de los duanabuká, se internan sin prudencia entre los juncos y caen 
atrapados en las arenas movedizas; algunos logran asirse de las 
ramas de los arbustos y son asaeteados por los demonios rojos de 
Chole; otros escapan hacia las charcas y allí son devorados por los 
caimanes. 

Desde el camellón de tierra firme Sangama observa impotente y 
rabioso el exterminio de su gente, víctimas de la ingeniosa estrategia 
y en medio de la trampa mortal del pantano. Los gritos burlones y 
triunfales del enemigo aumentan el escarnio de su primera derrota 
en tierras de la Montaña Blanca. Ahora el jefe caribe reconoce estar 
enfrentado a temibles adversarios: deberá desarrollar todos sus cono- 
cimientos guerreros para no ser despojado de sus conquistas, O 
exterminado. De regreso a su campamento recibe otras noticias 
alarmantes: sus avanzadas han detectado el movimiento de una gran 
fuerza adversaria en torno a los territorios dominados entre los ríos 
Nyuba-Nyna y el Tapiraguana. 


Noche de tinieblas. Sin estrellas. Sin Saxa-ti. 

Murmujean los últimos impulsos de los oleajes entre los zancos 
de las marismas. Sopla fresca la brisa. 

Maromero como un mico sobre las raíces aéreas, seguido de sus 
guerreros, el duanabuká sale a orilla del mar y se sumerge en las 
aguas: necesita con el baño librarse del tormento de moscos y zan- 
cudos del pantano, siempre ávidos de sangre. Luego, mientras sus 
demonios rojos se lavan y comentan entusiastas las acciones victo- 
riosas, Chole se queda quieto, de pie, con el agua a la cintura, 
oyendo sus voces sin poner en verdad atención a cuanto dicen de 
él: el falso rabón... Mira la noche: todo es oscuro en derredor y él 
se siente como ella, pero en la eternidad, porque como hombre ya 
no tiene amanecer. El nuevo día, la luz, la felicidad, se marcharon 
con su mujer, sus hijos y sus nietos sacrificados por los arranca- 
cabezas. Y él los está vengando: sí, ciento por uno; así, de cada 
matanza entre los sangaramena quede con más deseos de vindicta, 
y menos paz. Acongojado, de pronto recuerda los razonamientos 
de Ulaban, el kashingui: a él.. no le gusta matar. 


El gran jaguar 187 


ES 


En el campamento de los caribes cobra dimensión una leyenda: la 
de los demonios rojos del pantano, que obedecen órdenes y siguen 
a un viejo brujo con apariencia de rabón tairona. 


XXX 


Esa noche en Teyuna, mientras el naoma hace adivinaciones, Nyuba- 
Aluna desciende solitaria por la prolongada gradería, eje central de 
la inmensa y fortificada urbe de las montañas. Los habitantes de la 
ciudad duermen en sus nunhúes, y con excepción de la sacerdotisa, 
sólo transitan por caminos y graderías los ágiles y esbeltos segi, 
venados, llegados de lo profundo de la selva a calmar la sed en las 
pocetas de piedra de la tukua, abajo de la sonora y alta cascada. 
Seguida de ellos, la muchacha baja hasta la Piedra de los Símbolos, 
empotrada en la eminencia de una pequeña plazoleta. En esta roca, 
dicen los naomas, los Antiguos trazaron un jeroglífico cuyo signifi- 
cado todavía no han interpretado los sabios. 

Con la luz de Saxa-ti sacando destellos pálidos a sus cabellos, a 
sus hombros de bronce y alos adornos de oro que cubren su desnudez, 
Nyuba-Aluna se hinca reverente ante el mensaje de la piedra, aprieta 
entre los dedos la Hagu-Maui-Nauiendi, Piedra Nube-Cielo, e in- 
quieta se pregunta: ¿Qué misterio guarda esta cuenta arrancada por 
el kashingui del cuello de su madre en el momento del rapto? Y 
con la vista fija en la Piedra de los Símbolos, invoca todos sus 
poderes mentales en la urgencia por desentrañar la verdad. ¿Por qué | 
Ulaban, siendo un caribe, tenía en su poder una piedra sagrada para 
las gentes de su raza? | 

Amanece en la ciudad de los sewá y las cuentas-kuitsi. 

Las mujeres acompañantes de Nyuba-Aluna la encuentran exte- | 
nuada frente a la Piedra de los Símbolos. La despiertan, le dan 
bebidas para reanimarla, le recuerdan la necesidad de continuar el | 
viaje. En la Plazoleta de la Piedra del Sapo, de pie sobre el más | 
alto peldaño de la escalera triangular, Mama-Teyuna observa al 


A ———=—= 2 


188 Bernardo Valderrama Andrade 


Espíritu de Oro de los Taironas, sin poder apartar los ojos de la 
Piedra Nube-Cielo que tanto lo intriga. 

—En Moraca encontrarás respuesta a esa pregunta que no me has 
formulado y es el secreto de la Hagu-Maui-Nauiendi —le dice con 
aire severo y misterioso, a manera de despedida. 

Apremiada por descubrir la verdad sobre la cuenta de Ulaban, a 
Nyuba-Aluna le parece interminable ese viaje por las montañas. El 
primer día de caminata en travesía hacia Nui-Ashkuan, el Oriente, 
dejan atrás a Suguingacha y Alabatageha, dos de los muchos pobla- 
dos satélites de Teyuna; para la segunda jornada llegan a Seratavinka, 
centro ceremonial a orillas del Ulueiji-tukue, y dos días después 
hacen su entrada a Cherrúa, en las riberas del Hukumeiji-tukue, 
donde encuentran a los sacerdotes haciendo adivinaciones relaciona- 
das con la aparición de unos kaxshigugulu, cuya presencia inquieta 
a las poblaciones de las montañas; estos jaguares rojos han capturado 
a dos mujeres, una de ellas la hermana del cacique Seoname-maku, 
y otra desaparecida en Taminaka. 

Durante cuatro días con sus noches, hay bailes, adivinaciones, 
se ingieren comidas y bebidas ceremoniales dentro de las nunhuañ- 
kalas; de todos estos ritos, los más espectaculares son los realizados 
en las noches, a cielo abierto, con Saxa-ti alumbrando las majestuo- 
sas cumbres congeladas de Citurna; allí se siente cerca, como en 
ninguna otra parte, la presencia de Haba Séinekan, la Madre Univer- 
sal. En todos los actos participa Nyuba-Aluna, abrumada por una 
inquietud creciente en razón del secreto escondido en la Hagu-Maui- 
Nauiendi, engarzada a uno de sus collares. 

La peregrinación continúa por la región de los páramos, siempre 
en dirección al lugar donde aparece Surli en las mañanas. Llegan 
así, a través de riscos y pajonales, hasta la cabecera del Guamoea- 
tukue, próxima a los centros ceremoniales de Takina y Makotama, 
donde tienen noticias cada vez más alarmantes sobre los jaguares 
rojos. Ello hace que las ceremonias nocturnas estén acompañadas 
de tensión: los kaxshigugulu pueden estar rondando fuera de los 
templos y las viviendas. También reciben informes de la guerra: los 
taironas y los aliados han iniciado la batalla contra los arranca-cabe- 


zas. 
Cuando al fin parten para Moraca, escalando la Cuchilla Sapapan- 
gúega, marchan con la rara sensación de no ser los únicos viajeros 


El gran jaguar 189 


del páramo: sus ojos van de un lugar a otro, desconfiados y alertas 
entre las altas lomas y los valles escondidos, a veces salpicados con 
los espejos azules de la Lagunas Sagradas. Temen descubrir la 
presencia de los jaguares rojos, agazapados entre los pajonales do- 
rados, O acechando detrás de los pedruscos. La escolta de rabones 
forma ahora un apretado círculo de protección a las mujeres. Dejada 
atrás la Laguna Chirigua, donde depositan ofrendas a Naboba, Madre 
de las Lagunas, buscan un sitio para pasar la noche bajo los abrigos 
rocosos del Cerro Angimaloa, de altas cumbres que se congelan en 
las madrugadas. Encontrado el refugio, con las últimas luces del 
día los rabones recolectan nebelda, afelpadas hojas de frailejón, y 
con ellas cubren el piso en un rincón del cubil: quieren formar un 
colchón para Nyuba-Aluna y sus acompañantes. 

En torno a una fogata se entregan al descanso, comen bollos de 
eibi, maíz, frutillas picantes de mugua, ají, para reactivar la circu- 
lación de la sangre, caracoles, uvas silvestres recolectadas durante 
la marcha, y como bebida chibil-djía, chicha de maíz, o vino de 
inchi, yuca, de la provisión de los calabazos transportados dentro 
de mochilas de pita. Comienza a soplar un viento fuerte, helado, 
proveniente de las alturas, y con él llegan neblinas y ramalazos de 
ventiscas que todo lo invaden, se cuelan dentro del abrigo rocoso, 
transforman la noche en un tormento frío, y de tensión por la temida 
presencia de los kaxshigugulu. Las mujeres, apretadas unas contra 
otras, se protegen bajo un:montón de hojas de hukungaka; las pro- 
visiones son colocadas en otro rincón, y los rabones, en misión 
protectora, se apostan a la entrada con las armas dispuestas. Mastican 
hojas de coca, poporean, confiados en mantenerse despiertos y aler- 
tas, sin dejarse aprisionar por las ataduras del hielo. A la madrugada, 
el frío y el sueño se apoderan de sus cuerpos, y pese a sus esfuerzos, 
poco a poco, van cayendo en incontrolado sopor. 

Con el amanecer, y los primeros rayos de Surli sacando destellos 
anaranjados a los picos gélidos del Angimaloa, los centinelas despier- 
tan, recobran sus movimientos, la consternación cunde entre todos: 
dos de ellos han sido golpeados y, arrastrados fuera del abrigo 
rocoso, permanecen inconscientes; parte de las provisiones y los 
calabazos con bebida desaparecieron; y lo que es peor, una de las 
servidoras de Nyuba-Aluna tampoco está dentro del refugio. La 
prueba es inequívoca: grandes huellas de jaguares en los alrededores. 


190 Bernardo Valderrama Andrade 


—¡Los kaxshigugulu!. ¡Los jaguares rojos! — prorrumpen en 
coro mujeres y rabones, aterrorizados con la visita y saqueo de los 
ya legendarios felinos. 

La búsqueda exhaustiva por los contornos no produce ningún 
resultado. Consternados, deciden continuar la marcha hacia Moraca, 
en travesía por las lomas cubiertas de pajonal y bosquecillos de 
altos hukungaka florecidos de amarillo. Nyuba-Aluna, impactada 
por la pérdida de su servidora y la cercanía de los jaguares, parece 
desprovista de sus raros poderes: camina ahora con los ojos abiertos, 
temerosa y desconfiada. Para el mediodía hacen su entrada a la 
ciudad sagrada, en medio de un ruidoso recibimiento de sacerdotes 
y aprendices de naomas, hombres y mujeres, encabezados por 
Naoma-Kavi muru nakubi, y Mamanosensio, maestro de maestros 
en el gran centro de aprendizaje. 

El relato de los peligros vividos en el páramo llena de preocupación 
a los habitantes de Moraca: sin pérdida de tiempo los naomas se 
encierran en las nunhuañkalas masculinas y femeninas para adivinar 
El centro ceremonial, edificado sobre una sucesión de terrazas encin- 
turadas con murallas de piedra, comunicadas con escalinatas, se 
convierte en una gran kama, fuerza espiritual, para interpretar lo 
sucedido en el abrigo rocoso del Cerro Angimaloa: ¿Se atreverán 
los jaguares rojos a incursionar en la propia ciudad sagrada? . El 
solitario trabajo del Naoma-Kavi en el templo mayor permite a 
Nyuba-Aluna disponer de tiempo para reencontrarse con Mamano- 
sensio, su maestro en el pasado. De aquella época de niña le quedó 
un recuerdo grato y bello; y cuando vuelve a estar frente al viejo 
preceptor, comprende la intensidad de su cariño hacia él. Ya a solas, 
Nyuba-Aluna le confiesa su amor y entrega al kashingui, y le muestra 
la Haga-Maui-Nauiendi, esperanzada porque conozca su origen. Al 
ver el pendiente, el sacerdote se queda pensativo: las revelaciones 
de su antigua discípula lo tienen conturbado: a ella no le era permitido 
ceder a las pasiones, ni doblegarse ante la fragilidad humana. Con 
la cabeza inclinada y la barbilla enterrada en el pecho, Mamanosensio 
busca una explicación que pueda justificar la caída del Espíritu de 
Oro. Su condición de maestro le facilita medir la sensibilidad humana 
y descubrir los secretos del alma, con sólo posar sus ojos en los 
rostros de sus alumnos. Su larga vida, dedicada al sacerdocio, le 
permite ser la expresión perfecta de Aluna, el Espíritu. Ahora, al 


El gran jaguar 191 


ver a la muchacha doblegada a sus pies, la evoca cuando de pequeña 
fuera traída a Moraca: debido al color de sus ojos, el entonces naoma 
de Buritaca la separó de sus padres y la trajo al centro ceremonial 
para ser educada como sacerdotisa, y él debió hacer las veces de 
padre y maestro, amándola con especial predilección. Al revivir 
aquellos días ya lejanos, la toma de las manos, le sonríe, la estrecha 
entre sus brazos y le murmura al oído: 

—Na abuldu Nyuba: no necesitas estar afligida. Ven... te enseñaré 
algo que alejará tu tristeza. 

Con dificultad Nyuba-Aluna esconde su desconcierto: esperaba 
de su maestro un reproche y éste, en cambio, le prodiga más afecto 
y la llena de esperanza. 

—¡Mamanosensio! 

Por el camino-gradería que cruza la ciudad ceremonial y pasa 
frente al gran trono de la Madre Universal, ascienden hasta el lindero 
superior de Moraca, donde la calzada se vuelve un estrecho sendero, 
accediendo en zigzag hasta los paredones de roca del Tukumena, 
el Cerro de los Manantiales, sonoro con el tintineo cristalino de sus 
cien cascadas. Empapados bajo ellas, Mamanosensio conduce a la 
sorprendida Nyuba-Aluna hasta la boca de una gruta disimulada por 
matorrales y musgos prendidos de las paredes. Se introducen en ella 
y, por un angosto laberinto, desembocan a una cámara iluminada a 
medias por la luz filtrada a través de una grieta del techo. Permanecen 
unos instantes quietos, acomodan la vista a la penumbra, la muchacha 
descubre amontonamientos de vasijas y copas de cerámica, donde 
alumbran figuritas de oro o espejean las superficies pulidas de arru- 
mes de cuentas-kuitsi, collares de ágata y cuarzos de colores. 

— Aquí —explica el maestro— se guardan las ofrendas a Haba 
Séinekan, traídas desde todos los rincones de Keka-Bunkua. 

Y sin perder un instante busca entre ellas algo definido. Cuando 
lo encuentra, se incorpora y lo pone en manos de Nyuba-Aluna, 
con una satisfacción muy especial reflejada en su rostro. 

—¿Qué es esto?... ¿Cómo puede ser? —balbucea la joven al ver 
entre sus manos un gran pectoral de cuentas Hagu-Maui-Nauiendi. 

—Y mira esto —Mamanosensio extiende el precioso adorno ante 
sus ojos y le resalta el lugar donde falta un pendiente—. ¡Y tú lo 
tienes! 


192 Bernardo Valderrama Andrade 


E XE>R 


Sobre la superficie lisa de la Haggi-Koktuma, Mamanosensio ha 
colocado el pectoral de piedras nube-cielo: lo componen cerca de 
un centenar de cuentas tubulares, redondas o en forma de lágrimas, 
blancas y azules, de un brillo y acabado perfectos, intercaladas con 
sapitos, jaguares y pequeñísimos cascabeles de oro. Es uno de esos 
magníficos adornos de los taironas, producido por la maestría de 
los mejores talladores y orfebres, destinado sólo a grandes persona- 
jes. Nyuba-Aluna, de pie ante el gran trono de la Madre Universal, 
mira hipnotizada el pectoral y no atina todavía a comprender. Con 
voz susurrante el sacerdote la insta: 

—Haz tu ofrenda. 

La muchacha desprende de su gargantilla de oro la cuenta de 
Ulaban y la coloca en el lugar donde existe el vacío. Luego se 
vuelve al maestro interrogándolo con sus pupilas doradas: 

—Mamanosensio... ¿Entonces él?... 

El maestro de Moraca asiente con una sonrisa, abre los brazos, 
la recibe y la estrecha contra su pecho. 

—-.. Es una historia larga... muy larga: de una cacica yarineke 
y su hijo, del otro lado de estas montañas, mujer de un gran jefe 
wiwa, Hermano Mayor nuestro. Ulaban también es tairona... Será 
tu hombre y ya nadie lo impedirá. 


XXXI 


Las lúgubres voces de la hung-subalda tocadas a un mismo tiempo 
en muchos lugares de la Sierra Nevada, sirven de orden de ataque 
a Seoname-maku para lanzar sus fuerzas contra los sangaramena. 
Es un enorme y mortal abrazo, que comienza a apretarse sobre el 
campamento caribe. Al Oriente, lo conforman los escuadrones dua- 
nabuká al mando del cacique Avincuo, bajando enardecidos por el 
Tapiraguana-tukue; en el medio, al descolgarse como una avalancha 
de la Cuchilla Nukui, o saliendo por el cañón del Nyuba-Nyna a 
manera de embravecida creciente, atacan los kogi y los aldu-guiji 


El gran jaguar 193 


comandados por Lazama y Malabú; y completando el cerco por el 
Occidente, el asalto lo realizan los ejércitos taironas, reforzados por 
Chole y sus demonios rojos de la marisma. Estratega y jefe de todos 
es el cacique Jaguar Negro, al frente del más bravo grupo de rabones. 

Según lo convenido, estas fuerzas tomaron posiciones en las mon- 
tañas y la llanura del litoral, esperando antes de lanzarse al combate 
las noticias sobre Ulaban. Desalados, los emisarios corrieron una y 
otra vez desde el cuartel general de Seoname-maku hasta los cam- 
pamentos de Avincuo, Lazama, Malabú, Toconcique y Buihona, a 
fin de aplazar el ataque. Quería el cacique-guerrero, previendo de- 
moras o contratiempos en la misión del kashingui, darle otra opor- 
tunidad. En nyi, el mar, también Kashín tenía la flota en posición 
de ataque: encerraría a Sangama si intentaba retirarse por esta vía. 

Cumplido el plazo pedido por Ulaban, Seoname-maku lo alarga 
todavía más: los límites de tiempo se prolongan en forma indefinida: 
tensión, impaciencia, deseos por lanzarse al combate, se apoderan 
de todos. La espera, los sucesivos aplazamientos, se tornan en irre- 
sistible tormento: ya es imposible contenerlos más; y seguir conti- 
nuando el asedio, sólo da ventajas y oportunidades a Sangama. Con 
el ceño fruncido, torvo, impaciente ante la falta de noticias de 
Ulaban, el Jaguar Negro no tiene otra alternativa que entregar a los 
emisarios las Flechas de Heisei, ornadas de plumas azules. Cuando 
según sus cálculos cada jefe ha recibido la propia, él hace sonar a 
un tiempo las nung-subalda, voz de marcha de los ejércitos. 


Es el anochecer. 

Saxa-ti mira de frente y muestra su salpicada cara sobre el hori- 
zonte montañoso de la Sierra. Desde antes de llegar la oscuridad, 
ya estaba allí, como a la espera, observando las posiciones defensivas 
de los sangaramena, erizado abanico de lanzas en toda la extensión 
de la llanura; y en torno a él, en rápido avance, las huestes al mando 
del Jaguar Negro. 

Desde las alturas montañosas, y por los cursos de los ríos Tapi- 
raguana y Buhía, como un vendaval, llega la voz ronca y profunda 


194 Bernardo Valderrama Andrade 


de las nung-subalda, canto de vida y muerte... de victoria y derrota. 
Y simultáneo con ellas, el estallido de una tormenta: 

—;¡Heisei!... ¡Heisei! 

Es de nuevo el grito que incita al ataque. La tenaza se cierra. Y 
por respuesta, se escuchan las voces belicosas y altisonantes de los 
caribes. Se suceden las primeras escaramuzas: los combates cuerpo 
a cuerpo revisten inusitada ferocidad. Silban en el aire mortales 
lluvias de saetas envenenadas; las incendiarias destellan como pin- 
celadas de fuego, arcos luminosos elevándose de las formaciones 
atacantes hacia los emplazamientos de los arranca-cabezas. Por pri- 
mera vez las gentes de Sangama encuentran adversarios tan aguerri- 
dos como ellos mismos. ¡Los guerreros de Keka-Bunkua! 

Así estuvieran esperando el asalto, el primer choque es tan arro- 
liador que los sangaramena ven comprometida su solidez: cada dua- 
nabuká, cada aldu-guiji, cada kogi, cada tairona, parecen cumplir 
venganzas personales por mucho tiempo esperadas. Esa noche y 
muchas siguientes, durante las veleidosas manifestaciones de Saxa-ti 
mirando de frente, de lado, ocultándose, otra vez de lado, de nuevo 
de frente, y también al paso de los días y a la vista ardiente de 
Surli, la llanura del litoral se transforma en un infierno: la posición 
de las líneas de combate cambia de continuo, avanzan, se repliegan, 
se retuercen, se entremezclan, se confunden: semejan nudos de 
serpientes humanas, girando sobre sí mismas en un proceso san- 
griento de exterminio: son oleajes multitudinarios acosándose, des- 
truyéndose, partiéndose, aniquilándose. 

—¡Heisei!. ¡Heisei! 

El fragor continuado de los combates, los gritos coléricos de los 
guerreros, los cantos de triunfo, el sonar de las trompetas y los 
tambores, los lamentos de los heridos, el crujir de huesos partidos 
o cráneos aplastados, se elevan sobre las copas de los árboles, se 
arrastran por la sabana, hacen vibrar la tierra, a la manera de mane- 
gungu, el rugido subterráneo, lanzado por Kamansa, el Terremoto. 
Un olor nauseabundo, proveniente de los cuerpos insepultos, viaja 
con los vientos marinos hacia el interior de la Sierra, es el mensaje 
luctuoso para los habitantes de la Montaña Blanca, de cuántos y 
cuántos seres humanos ya han perecido en la conquista y defensa 
del territorio. Para entonces, Sangama ve diezmada sus fuerzas y 
considera la posibilidad de escapar por el mar 


El gran jaguar 195 


Acostumbrado a la victoria, el líder de los caribes no se resigna: 
intenta raudos e incisivos contraataques, una y otra vez rompe el 
cerco, penetra las líneas, causa, mortandades y desconcierto, pero 
de inmediato, como si brotaran de la tierra, las huestes del Jaguar 
Negro cierran las brechas y obstruyen a sus guerreros. 

—.¡Heisei!. ¡Heisei! —es el grito de respuesta de los taironas a 
sus esforzados intentos por cambiar el curso de la batalla, voz de 
muerte que comienza a serle un suplicio insoportable. 

Cuando las fuerzas de Sangama comienzan a replegarse hacia su 
campamento principal de la orilla del mar Seoname-maku presiente 
la victoria: ha llegado el momento de enviar emisarios a Moraca 
para pedir a Naoma-Kavi su presencia durante las últimas escenas 
de la batalla. Cuatro relevos corren hasta reventar subiendo por el 
cañón del Nyuba-Nyna, y para la noche entregan a muru nakubi la 
importante noticia. De inmediato, el gran sacerdote da instrucciones: 
a la mañana siguiente partirán, y Nyuba-Aluna formará parte de la 
comitiva. Luego, con los sacerdotes y aprendices de Moraca, se 
inicia una solemne ceremonia en torno a la Haggi-Koktuma, al son 
de trompetas, flautas de carrizo y tambores. Es el anticipo a la 
celebración por el triunfo sobre los invasores de Keka-Bunkua. 

Emocionada y feliz, Nyuba-Aluna baila como nunca: volverá a 
encontrarse con Ulaban, lo sorprenderá con el descubrimiento sobre 
su origen gracias a la Piedra Nube-Cielo, y lo amará y amará... 


ES 


Desde su puesto de mando en el frente de batalla, al tomar un reposo 
en la extenuante y larga lucha, Seoname-maku recibe los partes de 
batalla enviados por los caciques-comandantes. Como fuera pianea- 
do, Avincuo, Lazama, Malabú, Toconcique y Buihona, cumplidas 
sus metas, ocupan posiciones consolidadas alrededor del campa- 
mento de los arranca-cabezas. A una nueva orden del Jaguar Negro, 
empieza el asedio final contra las huestes de Sangama. Ahora se 
mezclan fuerzas de taironas, kogis, aldu-guijis y duanabukás, ven- 
cedores y sobrevivientes de los cruentos combates librados en los 
días pasados: son un apretado, vengativo y enardecido círculo dis- 
puesto para el último y definitivo asalto. En Keka-Bunkua, en el 


196 Bernardo Valderrama Andrade 


pasado, nunca se libró una guerra de tal magnitud, ni la mortandad 
de unos y otros fue tan elevada. Por igual, han caído caribes y 
guerreros de la Montaña Blanca: diezmados están los ejércitos, pero 
el destino de los sangaramena parece más incierto, condenados al 
sitio por hambre, o al exterminio de no escapar por el mar. 

De Ulaban no se tienen noticias y Seoname-maku y Kashín temen 
por el resultado de su misión. Apremiado por esta circunstancia, el 
cacique-guerrero ordenó tomar prisioneros y someterlos a interroga- 
torios antes de ejecutarlos: ni el tormento despega los labios de los 
arranca-cabezas: mueren desafiantes, en actitud heroica, sin dejar 
escapar un lamento: hacen honor a su fama de valientes. Un arrogante 
manicato capturado por el viejo Chole y sus demonios rojos, acepta 
dar información al Jaguar Negro: ... Sangama supo de la derrota y 
muerte de los gulamena por el único sobreviviente que logró burlar 
las trampas mortales en las marismas. Al comprender el jefe caribe 
la gravedad de los hechos, sin pérdida de tiempo inició preparativos 
para enfrentarse a los taironas y sus aliados. Sus planes de constituir 
una gran nación para su gente ya se desdibujaban: pero no serían 
los habitantes de la Montaña Blanca quienes lo vencieran... Estaba 
entregado a los aprestos bélicos, rumiando venganza por la muerte 
de su hermano, cuando le anunciaron la llegada a puerto de una 
solitaria canoa, y el mensaje de Ulaban pidiendo ser escuchado. Ya 
tenía referencias del caribe por boca del propio Gula; y en su bohío, 
rodeado de sus principales manicatos, lo recibió: la aparición del 
kashingui, tranquilo, seguro de sí mismo, desprovisto de armas, 
con sus razonamientos sobre la convivencia y el progreso, le produ- 
jeron estupor y curiosidad, así su talante lo impulsara a desoírlo. 
Oyó hablar de los duanabuká, la gente del pelícano, caribes como 
ellos, llegados con anterioridad a Keka-Bunkua, a quienes gulamenas 
y sangaramenas atacaron destruyéndoles los pueblos costeros, usur- 
pándoles los territorios y robando a sus mujeres, en injustificada 
respuesta a un recibimiento amistoso. En un pasado ya remoto, ellos 
habían arribado a estas costas en forma pacífica, y tuvieron oportu- 
nidad de cambiar sus costumbres de navegantes y guerreros por una 
vida tranquila y próspera, en las llanuras y laderas al Oriente del 
río Guamoea. Y también informó Ulaban a Sangama sobre el poderío 
y la grandeza cultural de los taironas y sus aliados los kogi y los 
aldu-guiji, organizados bajo la autoridad del Naoma-Kavi, ofrecién- 


El gran jaguar 197 


dole, si lo quería y aún era posible, servir de mediador con Seoname- 
maku y los otros caciques, para detener esta guerra y buscar en 
cambio un lugar dónde establecerse en forma pacífica. El jefe caribe 
no se apresuró a responder, y hubo desconcierto entre los manicatos 
acostumbrados a verlo actuar sin dilaciones. Parecía pensativo y 
dudoso, cuando escuchó a sus capitanes expresar con vehemencia 
la condena a muerte contra el kashingui. Al final, después del sus- 
penso de su silencio, aplazó su determinación hasta el próximo 
cambio de luna. En tanto, atado de pies y manos, ordenó encerrar 
en un bohío vecino al suyo a quien se convertía en importante 
prisionero; y volvió a dedicar la atención a los preparativos de la 
guerra. 

El relato del arrogante manicato sume al Jaguar Negro en la 
preocupación: ahora, más que antes, está indeciso sobre el momento 
oportuno para desatar la ofensiva final. Discute con sus consejeros, 
envía un emisario a Kashín para enterarlo sobre las noticias de 
Ulaban, y la ocasión es aprovechada por el prisionero caribe para 
arrebatar la lanza de manos de uno de sus vigilantes e intentar agredir 
a Seoname-maku. Sólo la rápida reacción del cacique-guerrero lo 
salva de perecer en el atentado: el temerario arranca-cabezas es 
dominado y sacrificado sin contemplaciones. A la vista del ensan- 
grentado cuerpo del manicato, en sus últimos estertores, el Jaguar 
Negro no muestra odio por su enemigo, sino un curioso y agradecido 
sentimiento. 

—¿Cuánto falta para el próximo cambio de Saxa-ti? —pregunta 
a su consejero de asuntos astrales, un sabio nauma de su comitiva. 
La respuesta es inmediata: 

—-Un día y una noche. 

Los ojos del cacique despiden destellos cuando comenta decidido: 

—Con ese tiempo contamos para salvar a Ulaban. —Y señalando 
al manicato muerto—. Si es que éste nos dijo la verdad... 


ok ox 


Desde su prisión, a través de los estantillos, Ulaban observa la 
actividad en el campamento de los arranca-cabezas, y en especial 
la de Sangama dando instrucciones, yendo de un lugar a otro, par- 


198 Bernardo Valderrama Andrade 


ticipando con frecuencia en los simulacros de combate. El cercado 
de contorno ha sido reforzado y en los espacios libres se hincan 
puntudos estacones, inclinados hacia afuera, para que en ellos se 
claven los atacantes en sus arrolladoras embestidas; en sitios estra- 
tégicos se amontonan flechas, lanzas, hachas y proyectiles de piedra, 
y en otros, provisiones y bebidas para satisfacer el hambre y la sed 
de los combatientes. El líder caribe es de una vitalidad inagotable, 
ejerce la autoridad con un dominio total, donde no se admite la 
réplica sino la ciega obediencia. Con frecuencia, para ejercitar la 
puntería de sus arqueros y mantener enardecidos los espíritus, ordena 
amarrar prisioneros a los postes del patio central, para hacerlos 
asaetear en medio de los gritos delirantes de sus guerreros. Así se 
desfoga la tensión acumulada por una realidad inobjetable: el cerco 
tendido por los taironas y sus aliados, cada vez más estrecho y 
amenazador. 

Al atardecer, también Ulaban presencia los momentos de descanso 
y de placer de Sangama, en su bohío sin paredes, donde los arcones 
de sostén al techo cónico de palma, permiten pasar la brisa y la 
vista de un lado a otro, sin ningún impedimento. Para entonces, el 
gran guerrero sangaramena se cambia por un ser infantil, alegre y 
tierno con sus mujeres: desnudo, luciendo su musculatura, sus cica- 
trices y su virilidad, retoza entre ellas, las acaricia, las incita sin 
medida, se entrega al placer de la comida y la bebida, comparte 
con ellas estos deleites sin egoísmo; luego, ya a la luz de la fogata, 
elige a una y la conduce a la hamaca para ser su compañera por 
otra noche. 

Otras veces, a la madrugada, Ulaban despierta con la sensación 
de tener compañía en su bohío-prisión. Con el cuerpo entrabado y 
dolorido, debido a la quietud forzada por las ataduras, encuentra a 
Sangama observándolo, de pie ante la puerta, inmóvil como una 
estatua. Cuando se siente descubierto, el jefe arranca-cabezas da 
media vuelta y sale silencioso como un espectro. Para entonces el 
Kashingui ha adivinado la lucha interior en la cual se debate: de lo 
contrario ya hubiera ordenado matarlo y la venganza por la muerte 
de Gula estuviera saldada, dentro de un juego simple de una vida 
por otra. También lo sorprende otra madrugada, de cuclillas, ati- 
zando las brasas para iluminar y calentar el recinto, confundido y 
rabioso a la vez, con deseos de hablar, pero sin lograr vencer su 


El gran jaguar 199 


desproporcionado orgullo de jefe y guerrero. En la mirada, rehu- 
yendo mortificado la suya, el kashingui adivina la duda, y esa 
soledad abrumadora y a veces atormentada de los caudillos, quienes 
a fin de cuentas no pueden, o no quieren, confiar en nadie; y apro- 
vecha la oportunidad para acosarlo con sus razonamientos, enros- 
trarle las equivocaciones cometidas en Keka-Bunkua, primero contra 
sus hermanos duanabuká, y luego con las demás gentes, aldu-guijis, 
kogis y taironas, e inclusive contra ellos, los kashingui. —No has 
aprendido —le grita— otra cosa distinta a violar, saquear, incendiar 
y matar; en consecuencia, como retribución, recibirás lo mismo. 

Y le añade con tono profético: 

— Actuando así, nuestra gente nunca va a encontrar un espacio 
acogedor bajo el cielo de la Montaña Blanca. Estos territorios ya 
tienen dueño: son de gentes organizadas, poderosas, de cultura su- 
perior; dispuestas a defenderse; y quizás a compartir, si se desiste 
de la guerra, igual a como en el pasado lo hicieron las gentes del 
pelícano. así como lo hicimos los kashingui en época reciente; de 
lo contrario, la suerte de los sangaramena será igual a la de los 
arranca-brazos, y ello no implica que a los duanabuká y a los kas- 
hingui se nos pueda tachar de traidores. 

Sangama aprieta los labios: se los muerde y toda su cara se 
transforma en un rictus bestial. Ulaban no necesita escuchar sus 
palabras para adivinarle los pensamientos, cuando se pone en pie y 
sale del bohío, acosado por sus argumentos. 

La siguiente visita de Sangama al bohío-prisión ocurre esta vez 
al atardecer, cuando terminadas las prácticas del día, pasa de largo 
ante su vivienda y, sin mirar a las mujeres que lo esperan, se cuela 
en forma intempestiva y resuelta a la choza del prisionero. Esa noche 
comienza el cambio de luna. 

—¡Cuénteme más de los taironas! —ordena autoritario, porque 
no tiene otro acento, así su mirada no concuerde con el tono de 
voz. En sus ademanes, en una sombra velándole los ojos, se hace 
notorio cuánto le ha costado vencer su orgullo para hacer esta pre- 
gunta. 

El kashingui lo mira amistoso: comprende: presintió el cambio 
en el pensamiento del jefe arranca-cabezas desde cuando lo vio ese 
día en sus trajines marciales sin su habitual dinamismo; reemplazada 
su concentración por un aire ausente, de quien tiene otras preocupa- 


200 Bernardo Valderrama Andrade 


ciones. Ahora, sentado en la banquita frente a él, Sangama se dispone 
a dialogar de igual a igual, con un chispeo amistoso en los ojos, y 
lo que en él es un inicio de sonrisa. Para entonces, en la lejanía, 
como un sordo rumor en aumento, vendaval que se acerca y retumba, 
se escuchan los trompetazos de las nung-subalda del Jaguar Negro. 
El líder y el prisionero se miran sin poder ocultar la ansiedad... ¿Se 
les habrá acabado el tiempo? Y Sangama se incorpora con gesto 
rabioso: 

—¡Nos atacan! —vocifera; y sin cruzar más palabras, sale como 
una tromba del bohío para enfrentarse a los manicatos que corren 
hacia él para recibir instrucciones. Todos, sin excepción, saben 
llegada la última oportunidad: lo rodean, vociferan, hacen exigencias 
en coro, discuten, forman un curioso tumulto en torno a él. Las 
nung-subalda resuenan cada vez más próximas, son fondo musical, 
lúgubre, al grito de guerra enardecido de los taironas... ¡Heisei!.. 
¡Heisei! 


La orden de ataque, aplazada con intenciones de favorecer a Ulaban 
y sus planes pacíficos, y también para dar tiempo al Naoma-Kavi 
para llegar y presenciar el último y definitivo combate, es adelantada 
para antes del cambio de faz de Saxa-ti. Ni Seoname-maku, ni 
Kashín, ni ninguno de los caciques y comandantes quieren esperar. 
Todos arden en deseos de exterminar hasta al último de los arranca- 
cabezas, y concluir esta guerra ya tan larga y sangrienta. Y para el 
Jaguar Negro y Kashín, es quizás la única forma de rescatar con 
vida a Ulaban. 

Suenan trompetas de caracol y nung-subalda tocadas al unísono; 
retumban con especial vigor los tambores de dos membranas. Arries- 
gando la vida como nunca, Seoname-maku encabeza el asalto final 
contra los caribes, en medio del griterío atronador de sus guerreros... 

—Heisei!... ¡Heisei! 

La embestida reviste características desusadas: ahora son los tai- 
ronas y sus aliados los más violentos: todo lo arrasan... todo lo 
incendian... todo lo destruyen. Bajo sus armas caen los sangaramena, 
descuartizados, vueltos piltrafas: ahora los combatientes del Jaguar 


El gran jaguar 201 


Negro son demonios rojos y cuentan a su favor con la superioridad 
numérica. Nunca antes Sangama se enfrentó a enemigo tan violento 
y arrollador, y recuerda las palabras proféticas de Ulaban, el kashin- 
gui... El quiso creerle, pero ya era tarde. En medio del ulular, de 
los gritos de cólera, de los ayes, sus esforzados arranca-cabezas 
ceden terreno al verse encerrados, al ser aplastados y aniquilados. 
Sólo las mujeres y los niños refugiados en un lugar del campamento, 
ya controlado por los taironas, escapan a la espantable carnicería. 

—¡Heisei!... ¡Heisei! 

En medio de la batalla, Chole y un grupo de demonios rojos 
tienen por encargo buscar a Ulaban y rescatarlo de las manos de 
sus captores; no lo hallan por ningún lado, ni dentro de los bohíos, 
ni entre las ruinas de los incendios, y tampoco entre los heridos o 
los muertos regados por un lado y otro. Su suerte es un misterio, 
así el viejo duanabuká guarde la esperanza de su salvación, aprove- 
chando la confusión de la batalla. 

La pérdida de la mayoría de sus guerreros obliga a Sangama a 
cambiar de táctica y decidirse por la vía del mar, última oportunidad 
de escapar con vida. Da la orden de retirada y se enfrenta a la proeza 
de abordar las piraguas, hostigado por Seoname-maku, quien adivinó 
sus intenciones. Pese a la oposición, culmina con éxito el intento, 
desprende a mazazos a los guerreros del Jaguar Negro, aferrados a 
las bordas acorazadas de sus naves. Algunos logran saltar dentro y 
la lucha cuerpo a cuerpo se torna encarnizada, brutal, en tanto las 
embarcaciones se alejan de la orilla y buscan la salida por el estuario. 
Aquí ocurre lo inesperado para el jefe de los sangaramena: la flota 
de Kashín es tanto o más numerosa que la suya, y le tiene taponada 
la bocana. 

En tierra firme la batalla se reduce a la persecución de los arranca- 
cabezas para rematarlos. No vale rendición: ¡sólo la muerte! La 
incertidumbre por la suerte de Ulaban abruma y enfurece a Seoname- 
maku y a Chole; como no aparece por parte alguna, apenas queda 
una esperanza: puede estar prisionero en una de las piraguas que 
ahora intentan la salida al mar. Kashín es puesto sobre aviso y frente 
a la desembocadura del Nyuba-Nyna ocurre el último episodio bé- 
lico, al entablarse combate naval entre la flota de Kashín, airosa 
con sus gallardetes azules ondeando en la punta de los mástiles, y 


202 Bernardo Valderrama Andrade 


la de Sangama, con sus racimos de cabezas humanas entrechocando 
con macabro sonido al vaivén de las olas. 

Con las velas henchidas de viento, las quillas al cortar y saltar 
los oleajes, arremetiéndose de proa con violencia para abrirse boque- 
tes en los costados, los navíos forman una rara maraña bajo el cielo: 
semejan un enjambre de inmensos insectos devorándose en forma 
implacable. Kashín, poseído de furia tan grande como si fuese una 
montaña de Keka-Bunkua, teme por su compañero Ulaban. Corta 
el paso a los barcos de Sangama, con atrevidas maniobras náuticas 
los neutraliza, descubre el del jefe sangaramena, lo apareja y se 
lanza de primero al abordaje. El duelo es de titanes, prolongado, 
enfrenta la decisión del kashingui contra la desesperación suicida 
del arranca-cabezas; al final lo doblega y herido lo toma prisionero. 

—;Ulaban!.. ¿Qué ha sido de Ulaban? —interroga Kashín, la 
maza en alto dispuesto a hundirle el cráneo. Sangama tiene una 
mirada extraña; no aparta sus ojos del vencedor, no hay odio ni ira 
en ellos, tampoco miedo; están fijos en el kashingui pero no lo 
ven.. lo traspasan: es una mirada perdida, que trasciende en el 
tiempo, e introspectiva a la vez: el sangaramena dejó de ser el feroz 
arranca-cabezas.. ahora recuerda las palabras de Ulaban y su tardía 
decisión para escucharlo. Le llegó el momento de recibir la cruel 
violencia que siempre prodigó. . 

Enardecido por el silencio de Sangama y su actitud impenetrable, 
Kashín lo hace descender de la piragua, lo empuja, lo arrastra por 
la playa y ya en mitad del patio central del destruido campamento, 
lo obliga a hincarse y a morder el polvo, como acto de humillación. 
Allí, reunidos, a la espera, están el Naoma-Kavi, Nyuba-Aluna, 
Seoname-maku, Chole, los caciques-comandantes, varios naomas 
y muchos de los triunfantes guerreros. 

—¿Qué se sabe de Ulaban? —inquiere el Jaguar Negro. A su 
lado, temblándole los labios, interroga con los ojos el Espíritu de 
Oro. 

—;¡Nada!... Pero éste debe saber... —Y Kashín señala a Sangama, 
ahora incorporándose en actitud orgullosa, pese a sus heridas. 

Todas las miradas se concentran en él: es el último sobreviviente 
de los temidos arranca-cabezas; y pese a su condición de vencido, 
desarmado, con la piel cubierta de heridas, apelmazadas sobre ella 
la sangre y la arena, se ve imponente, inspira respeto con su corpa- 


El gran jaguar 203 


chón marcado por las cicatrices y los tatuajes. Altivo, con un rictus 
trágico en las facciones, levanta la barbilla, mira retador a sus 
triunfantes enemigos formando círculo a su alrededor: Naoma-Kavi, 
el gran sacerdote dueño del poder en Keka-Bunkua; Seoname-maku, 
el Jaguar Negro, su principal y valeroso rival; Kashín, causante de 
su derrota final; Avincuo, cacique de la gente del pelícano, antiguo 
hermano de raza, quien se le adelantó en esa concepción de un 
territorio propio para los caribes en estas comarcas de la Montaña 
Blanca; Chole, el viejo duanabuká, que marcó su primera derrota 
en los pantanos; y esos otros caciques y guerreros, cada cual dis- 
puesto a acabar con él y poner fin a la guerra... A todos los mira, 
inconmovible, con heroica dignidad. Sólo cambia la fiera expresión 
de su rostro cuando descubre a Nyuba-Aluna, hermosa, cubierta de 
alhajas, la única de cuantos lo rodean, quien, en vez de mostrar 
agresividad, lo contempla con la angustia asomada a sus pupilas 
doradas, ojos como antes nunca viera, y en su actitud interrogante 
parece esperar algo de él... Entonces recuerda a Ulaban, el kashingui: 
Sí —piensa—, el tiempo también se acabó para mí... Y levanta la 
vista y la clava en la parte alta de un poste, donde luce la cabeza 
de un decapitado. Nyuba-Aluna sigue la mirada del arranca-cabezas, 
reconoce en ella la de Ulaban, de sus labios escapa un grito desga- 
rrador, prolongado, lacerante, que penetra al cerebro de sus acom- 
pañantes y los estremece. Todos se vuelven hacia ella... la ven con 
los brazos tendidos a lo alto, temblorosos, las manos crispadas, el 
llanto bañándole el rostro. A tan desusada actitud del Espíritu de 
Oro, imagen dramática del dolor, sin excepción siguen la dirección 
de sus ademanes y descubren al descabezado... ¡Lo reconocen!... 
Y a su vista se les reviven todas las tragedias, las crueldades y los 
sufrimientos de la guerra. Petrificados, hipnotizados, se ven mirados 
por Ulaban, el único entre ellos verdadero preconizador de la paz 
y la convivencia.. y quien no merecía morir... 

Un rugido, conjunción de ira y dolor, los obliga a bajar la vista 
del último y pálido despojo del kashingui, con los ojos abiertos, 
ensartado en la punta afilada del poste, para encontrarse ante otro 
cuadro espantable. Es Sangama: aprovechó la distracción de sus 
captores, echó a correr hacia uno de los estacones dispuestos como 
mortales trampas contra los taironas, y se lanzó sobre la afilada 
punta para morir en medio de estertores y convulsiones sangrientas. 


¿Ei yy 


204 Bernardo Valderrama Andrade 


Los festejos de la victoria no tienen precedentes en Keka-Bunkua: 
son multitudinarios y duran muchos días con sus noches. En todas 
las aldeas, pueblos y en las grandes ciudades como Tayronaca, 
Posigijeyca, Cincorona, Bonda, Ponkeica, se festeja el triunfo con 
bailes, banquetes y bebezones. Diferentes son las conmemoraciones 
en las ciudades sagradas de las montañas, donde todo se realiza 
dentro de las nunhuañkalas, con adivinaciones, vigilias y ayunos. 
En la escala de la jerarquía social y religiosa, el poder de los naomas 
una vez más quedó confirmado: al intenso y efectivo trabajo en las 
casas ceremoniales, se debió el respaldo sobrenatural de las Madres, 
Padres y Dueños, para el éxito en las campañas bélicas. Las predic- 
ciones al futuro revisten desbordante optimismo; el País de los 
Taironas consolidó sus fronteras, su estructura social y política lo 
convierte en la nación más poderosa y estable de Keka-Bunkua. 
Según lo predice el Naoma-Kavi, el futuro será promisorio; así lo 
ha visto en las estrellas. 

Los relatos sobre las acciones guerreras contra ubatashis, gulame- 
nas y sangaramenas, ya se adornan con el apasionante halo de las 
leyendas, erigen en héroes casi míticos a quienes perecieron en la 
guerra: Ulaban, el kashingui-tairona... Nomaregúey, cacique de 
Tayronaca, muerto en lucha contra la gente de los ojos azules. Los 
vivos, en tanto, reciben el reconocimiento de las gentes a donde 
quiera que vayan: Seoname-maku el Jaguar Negro, Kashín, Avin- 
cuo, Lazama, Malabu, Gitamaku, Toronomala, Buihona, y hasta el 
viejo Chole y sus demonios rojos de las marismas, admirados por 
todos. Son nombres consagrados para la historia. 

En Tayronaca, el recibimiento brindado a Seoname-maku y sus 
ejércitos es apoteósico. A él se añade otro hecho de orden familiar, 
inusual y sorprendente en estas tierras de Keka-Bunkua: durante los 
últimos días de la guerra, Ula-yang tuvo un feliz alumbramiento 
triple, de una niña y dos varones; y ahora, a la llegada triunfal del 
Jaguar Negro, la nueva madre lo espera emocionada, con los chiqui- 
llos en sus brazos. A su lado, Haba-nay muestra su radiante orgullo. 

El cacique-guerrero luego de saludar y abrazar a Ula-yang a la 
vista alegre de la multitud, sorprendido se queda mirando a los 


El gran jaguar .- 205 


pequeñines. Uno por uno los levanta para que sean vistos; luego, 
con su voz potente de comandante, pronuncia sus nombres: 
—¡Muyubi!... ¡Donde nació el Espíritu! —exclama al tener entre 
sus brazos a la niñita—; y la multitud repite entusiasta: 
—;¡Muyubi!... ¡Muyubi!... ¡Muyubi! 
Toma al primer varoncito, lo alza y grita con todas sus fuerzas: 
—¡Ulaban! g 
El público recuerda al kashingui y en forma emocionada corea: 
—¡Ulaban!... ¡Ulaban!... ¡Ulaban! 
Por último alza al segundo niño: 


—¡Seiname!... ¡Jaguar Negro! 
Y el gentío responde enloquecido: 
—;¡Seiname!... ¡Seiname!... ¡Seiname! 


De inmediato comienzan las danzas, se hacen sonar los shimunku 
y los gaugi, pequeños cascabeles de oro y los pitos llevados dentro 
de la boca. 


xxx 


A la noche, en la intimidad del hogar, al dejar en un rincón las 
armas y los arreos de cacique-guerrero, Seoname-maku también se 
despoja de esa responsabilidad que le implicó levar sobre sus hom- 
bros el peso de la guerra y la vida de tantas gentes, Mira incrédulo 
y maravillado a sus hijos y luego, con profundo agradecimiento, a 
Ula-yang. De nuevo la paz y la alegría están en su rostro. Sin 
embargo, en su voz queda un dejo de tristeza, mientras recrea la 
vista en los pequeñuelos. 

—Son los hijos de la victoria —comenta pensativo, envuelto en 
emociones encontradas. Ula-yang lo abraza, lo-besa con la suavidad 
de la brisa, lo interroga con los ojos. El continúa con acento nostál- 
gico: 

—jalá nunca vuelva la guerra... He quedado asqueado con ella. 
Las alegrías de las victorias nunca compensan todo el dolor y el 
sufrimiento desatados para conseguirlas. 

Y al rechazar todo pensamiento sobre el pasado bélico, intenta 
ser con Ula-yang el amante tierno y apasionado de los primeros días. 


206 Bernardo Valderrama Andrade 
xk * 


Durante tres fases de mirar la veleidosa Saxa-ti, y uno de esconderse 
a la vista de todos, permite el Naoma-Kavi descansar a Seoname- 
maku de sus obligaciones como cacique de Tayronaca. Pasado este 
período, de nuevo es llamado a reunión en la nunhuañkala, donde 
lo espera el muru nakubi acompañado de los principales naomas y 
caciques del Valle de Tairona, de las ciudades de las montañas, y 
de los centros poblados del litoral. Concluida la guerra, es imperioso 
dar a la nación un gobierno apropiado para los tiempos de paz, 
donde el cuidado de las fronteras será una de las prioridades; Kashín, 
al mando de su flota, recorrerá las costas de Keka-Bunkua para no 
volver a ser sorprendidos por los caribes, y extenderá los patrullajes 
al Occidente, frente a las regiones de Chairama, Taganga, Bonda, 
Betoma y Posigiieyca, algunas de ellas más allá de la esquina nor- 
occidental de la Montaña Blanca. 

Las migraciones caribes, eso ya lo saben, no se detendrán: estos 
audaces aventureros del mar seguirán llegando en sus veloces, esbel- 
tas y acorazadas piraguas; para controlar sus arribos, se les mostrará 
el poderío de Kashín frente a las costas, y la organización en tierra 
de los taironas y sus aliados, motivos suficientes para disuadirlos 
de sus intentos de conquistas violentas. Los padecimientos de la 
guerra y la sangre derramada no serán en vano. Por largo tiempo, 
así lo han adivinado los naomas en las ceremonias nocturnas de las 
nunhuañkalas, habrá paz y prosperidad para las gentes del País de 
los Taironas y sus aliados. 

Convenidos los asuntos del futuro gobierno, naomas y caciques 
parten a sus diferentes lugares de origen: deben cumplir con sus 
responsabilidades, en las cuales son autónomos, así exista un orden 
económico interdependiente, resultado de la práctica común de sis- 
temas, según las condiciones propias de cada región, y de sus pro- 
ductos especializados con destino al comercio. En lo militar, cada 
cacique mantendrá cuerpos armados dispuestos en un momento de 
emergencia a conformar un poderoso ejército, así como acaban de 
hacerlo con resultados tan efectivos. Sólo en lo religioso habrá 
sujeción permanente a una autoridad: la del Naoma-Kavi muru na- 
kubi, con poder sobre todos los territorios y todas las gentes de 
Keka-Bunkua. 


El gran jaguar 207 


Un asunto queda por resolver: el de los kaxshigugulu merodeando 
por los alrededores de la Cuchilla Sapapangiega, arriba de Moraca, 
desde donde bajan a saquear los poblados y atemorizar a las gentes. 
Y el Naoma-Kavi, con su aspecto severo, recuerda al Jaguar Negro 
su misión de cazarlos y darles muerte. 


XXXII 


—¿Por qué tienes que sacrificarlos? 

—El Naoma-Kavi lo ordena... así lo adivinó en la Nunhuañkala. 

—Pero.. ¿no son suficientes todas esas muertes ocurridas durante 
la guerra? Decías que estabas hastiado por tanta sangre derramada. 

—Yo sí. mas no el muru nakubi. 

Ula-yang insiste: quiere convencer a Seoname-maku para encon- 
trar razones valederas y desistir de esa nueva empresa de violencia 
y muerte. No desea sufrir otra vez la incertidumbre por su ausencia; 
además, de un tiempo para acá, sueña con su cuñada Meli-ang, a 
quien ve feliz con el ubatashi y su hijo. 

—¿Acaso no lo has pensado? .. Uno de los jaguares rojos debe 
ser Ubatashi-thor: por eso vino a Tayronaca.. a llevársela junto con 
Suku-thor. 

—También lo creo. Pero no debo oponerme: el destino de los 
ubatashi quedó trazado en las estrellas cuando pasó el Gran Jaguar, 
y nada podré hacer para cambiarlo. 

A la puerta de su nunhúe, ante la vista melancólica de Ula-yang, 
Seoname-maku apresta otra vez las armas. No lo hace con entusias- 
mo, mas sí con especial cuidado: en ello puede irle la vida. Para 
esta expedición no portará ninguna de las insignias de cacique: 
vestirá apenas el manto de los taironas corrientes. Cuando todo 
queda listo, da una última mirada a sus hijos y abraza a la acongojada 
Ula-yang. 

—No te aflijas.. quisiera no hacerlo, pero es mi obligación de 
Jaguar Negro. 

Para entonces se presenta el viejo Chole, a quien mandó llamar 
desde el reconstruido poblado de Buya, donde ahora es importante 


208 Bernardo Valderrama Andrade 


personaje. Conocedor de todos los caminos de Keka-Bunkua, el 
duanabuká y un rabón de nombre Cutame, serán sus acompañantes 
en esta nueva misión. Con ellos parte por el camino que tiempo 
atrás recorrieran los fugitivos hombres-felinos, para subir a las mon- 
tañas. 


Antes de ascender al páramo y a la Cuchilla Sapapangúiega, hace 
escala en Moraca, donde presenta ofrendas a la Madre Universal en 
la Haggi-Koktuma. Allí vuelve-a encontrarse con Nyuba-Aluna: 
solitaria, vive en uno de los templos femeninos del centro de ense- 
ñanza religiosa; ya su rostro no es el del Espíritu de Oro de los 
Taironas, ese ser dotado de especiales poderes; ni cubre su hermosa 
desnudez con alhajas de oro y pedrería; y tampoco permanece con 
los párpados cerrados y el aire dormido y distante, que a todos 
admiraba e infundía respeto. Nyuba-Aluna viste ahora: una saya 
blanca, como cualquier mujer tairona de las montañas, y su aspecto 
es el de una joven más, golpeada como muchas de Keka-Bunkua 
por la tragedia de la guerra. Ni Mamanosensio con sus consejos, 
pudo cambiar su actitud inconforme, rebelde, de impugnación hacia 
su malhadado destino; lo manifiesta con el gesto permanente de las 
comisuras de sus labios hacia abajo, el aire nostálgico, en los pómu- 
los los surcos de muchas lágrimas derramadas, y en la bella pero 
triste expresión de sus ojos dorados, el reflejo del profundo drama 
de su vida. 

Con. Seoname-maku sostiene prolongadas entrevistas; a ellas, a 
veces asiste el maestro-de maestros Mamanosensio. Nyuba-Aluna, 
igual que Ula-yang, tampoco reconoce válida la razón para perseguir 
y dar cacería a Ubatashi-thor, y poner en peligro la vida de Meli-ang 
y su hijo; y pide al maoma de Moraca use de.sus poderes como 
sacerdote para liberar al Jaguar Negro del cruel encargo. En Moraca, 
la realidad de los kaxshigugulu es muy diferente a como se ve en 
la capital tairona: la cercanía a la Cuchilla Sapapangiega ciñe más 
a la verdad los relatos sobre los jaguares rojos; éstos no atacan a 
los viajeros del páramo, y ninguna otra mujer ha sido raptada; se 
limitan-a deambular en las noches por los pueblos cercanos, para 


El gran jaguar 209 


buscar alimentos en los huertos y campos de cultivos; y las gentes, 
ya acostumbradas a ellos, evitan los daños al dejarles comestibles 
a las puertas cerradas de los nunhúes. De Meli-ang, de la compañera 
de Nyuba-Aluna, y de la mujer robada en Taminaka, sólo se sabe 
por haberlas visto a lo- lejos, al cruzar las inmensas planicies de los 
pajonales en pos de los jaguares rojos, una de ellas con un chiquillo 
a las espaldas. z 

Mamanosensio lleva varios días con sus noches adivinando en la 
Nunhuañkala; Nyuba-Aluna lo asiste, le prepara y le lleva los alimen- 
tos y bebidas rituales, mientras Seoname-maku espera impaciente: 
Saxa-ti ya va a mirar de frente y según la experiencia, es el tiempo 
oportuno para cazar felinos en el páramo. Esta circunstancia lo 
decide y a la madrugada parte de Moraca, sin más compañía que 
Chole. Los habitantes del pueblo ceremonial, como es costumbre 
en las horas de oscuridad, permanecen dentro de los templos en sus 
trabajos de adivinación y aprendizaje. Cuando hacia Noa-Nashika, 
el Sur, se recortan contra el cielo gris los filos dentados de los 
cerros, tocantes sus sugestivos nombres con el significado mítico 
de las cabeceras del Nyuba-Nyna, aparecen blancas y diminutas en 
la distancia las siluetas del Jaguar Negro y el viejo Chole: portan 
largas lanzas de macana, saltan ágiles sobre los peñascones al borde 
mismo de los abismos. Su destino no tiene otra interpretación que 
el cumplimiento de las órdenes del Naoma-Kavi, así sus sentimientos 
aborrezcan esa misión. En esta oportunidad, Seoname-maku no as- 
pira a ninguna ventaja. Oyó hablar de dos kaxshigugulu y en conse- 
cuencia sólo lleva de acompañante al duanabuká. El enfrentamiento, 
si llega a ocurrir, será de igual a igual; la edad de Chole no es 
desventaja: eso ya fue probado por muchos caribes muertos durante 
la guerra. 


Situados en lugares escondidos y casi inaccesibles, están los abrigos 
rocosos donde se guarecen Ubatashi-thor y Walla, el primero con 
Meli-ang y su hijo, el segundo con las otras dos mujeres. Viven.en 
cuevas independientes pero vecinas, para prestarse oportuna y soli- 
daria ayuda en caso de requerirlo. 


210 Bernardo Valderrama Andrade 


Su territorio es el lomo de Keka-Bunkua, frecuentado por apresu- 
rados viajeros en su paso de una vertiente a otra, o por contemplativos 
sacerdotes que vienen a presentar ofrendas a Naboba, la Madre de 
las Lagunas, en los solitarios y bellos espejos de agua de Chirigua, 
Machuin, Surivaca y Motihua, localizados entre las altas cumbres 
labradas por los vientos; allí tienen los ubatashi sus escondites, entre 
grietas y cavernas, cachuleras disputadas a los osos, y hasta a los 
mismos pumas; con las pieles de unos y otros, se visten y protegen 
del intenso frío de las alturas. De estas grutas salen en las noches 
de luna, cuando bajan a merodear por las aldeas en busca de provi- 
siones; o en las horas tibias del sol, cuando el páramo se despeja y 
pueden gozar de amplísimos panoramas, con la seguridad de no ser 
descubiertos por algún viajero. 

En un principio, cuando escalaron el alto lomo de la Sierra Nevada 
al Oriente de los picos blancos, Ubatashi-thor y Walla creyeron 
escapar a la persecución de los taironas: tal la lejanía del mar y de 
las tierras bajas de donde venían. La extensión de las panorámicas 
no se comparaba en nada a lo hasta ahora conocido; y en algún 
lugar de estas montañas y valles, pensaron, podrían encontrar un 
paraje dónde establecerse sin sobresaltos, así se alejaran del mar y 
de la esperanza de retornar algún día a su país natal. La realidad 
no fue así: los lomos de Keka-Bunkua, a partir de la Cuchilla 
Sapapangúega, y al otro lado, bajaban hacia vertientes densamente 
pobladas por grupos humanos relacionados con los taironas. Para 
orientarse, Ubatashi-thor estudió en las noches despejadas el manto 
de las estrellas, igual a como lo hiciera en el pasado, desde el puente 
de mando de su navío. Dedujo así su ubicación exacta, dentro de 
la inmensidad terrestre posible de divisar temprano en las mañanas, 
antes de la formación de espesas nubes originadas en los húmedos 
cañones de los ríos: aquellos valles y montañas se extendían detrás 
de la Montaña Blanca, hacia el Sur, y el mar sólo podía verlo si 
miraba al Norte. Para no alejarse tanto de él y sus ilusiones, decidie- 
ron escoger la Cuchilla Sapapangúega y sus alrededores como sitio 
de habitación. Esto fue posible por la calidad pacífica de sus pocos 
moradores, dados a una vida de ritmo lento, con pueblos donde se 
podía incursionar en las noches sin el peligro de ser atacados. Una 
verdad era indudable: el ambiente frío de las alturas, su aire ligero, 
atemperaba el ánimo de los taironas. 


El gran jaguar 211 


La inusual presencia de Seoname-maku y Chole entre los pajona- 
les, en plan de búsqueda y armados de largas lanzas de macana, 
constituye para los ubatashi un motivo de recelo: 

—¿Qué piensas de ellos? —pregunta prevenido Ubatashi-thor—. 
Su actitud no es la de otros visitantes del páramo, interesados sólo 
en superar los filos para bajar a la otra vertiente. Estos... 

—Están buscando algo: pueden ser cazadores: aquí abundan los 
venados, las dantas, fos osos y los pumas: ya nos hemos enfrentado 
a ellos —complementa Walla, todavía sin preocuparse mucho. 

—Tampoco podemos confiarnos —remata Ubatashi-thor, y pro- 
pone no perderlos en ningún momento de vista, por turnos, para no 
dejar indefensas a las mujeres y al niño. 

Desde ese momento los siguen en todos sus recorridos, unas veces 
a campo traviesa por las lomas cubiertas de pajonal, escondidos 
entre los hukungaka, frailejones de llamativa florescencia amarilla, 
o por las inclinadas laderas y depresiones en derredor de las Lagunas 
Sagradas; y también, internados en los laberintos rocosos, donde el 
viento silba como si pasara por la caña de una flauta gigante, o ruge 
entre los recovecos de una trompeta de caracol. Espiándolos, los 
ubatashi llegan a una conclusión: 

—¡Han venido a cazarnos! —afirma Ubatashi-thor y el rostro se 
le transforma, otra vez se le vuelve agresivo. Walla deja correr la 
mirada por los lomos ondulados, con su piel dorada de pajonal. 
De nuevo el peligro es su sombra. 

Confirmada la sospecha, Ubatashi-thor y Walla la comunican a 
sus compañeras, proceden de inmediato a borrar todo rastro de su 
presencia en los refugios rocosos, donde con piedras y hojas de 
hukungaka habían acondicionado abrigadas estancias. En estas cue- 
vas es donde con frecuencia han visto introducirse a Seoname-maku 
y a Chole con la esperanza de sorprenderlos. Hasta las provisiones 
deben ser escondidas en lugares estratégicos, cerca de los picos del 
Tukumena, el Cerro de los Manantiales, donde existe una gruta que 
brinda mejor seguridad por tener entrada y salida a diferentes sitios, 
labrada en la antigijedad por la fuerza erosiva de los glaciares. Desde 
sus inmediaciones, y disimulados tras las escarpas, los ubatashi 
avizoran los movimientos en círculo de sus perseguidores. Para 
entonces, al amanecer y al atardecer, el máximo desplazamiento de 
Surli hacia Ñuibaje y lagakenka, el Sureste y el Suroeste, marca el 


+2 Bernardo Valderrama Andrade 


solsticio invernal, y es sobre la Cuchilla Sapapangiiega cuando al 
inicio del día, sus rayos penetran como un potente chorro de luz 
por entre la depresión de los cerros Nukasa y Sekuigaka, para en 
conjunción estelar y terráquea convertir los picos congelados del 
Tukumena en una explosión de llamaradas. Visto este fenómeno 
natural desde ciertos lugares del cañón del Nyuba-Nyna, semeja el 
de gigantescas fogatas prendidas al borde de los abismos por los 
seres míticos a quienes están consagradas las montañas de esa co- 
marca sagrada. 

Para cazadores y perseguidos, estos espejos de hielo del Tukume- 
na, reproduciendo magnificentes la cara de fuego de Surli, despiertan 
sentimientos encontrados: el enigma sobre su futuro pareciera estar 
anunciado en esas llamaradas del Cerro de los Manantiales; y en su 
interior, cada cual se siente empujado al encuentro de unos hechos 
cuyo desenlace viene siguiéndolos como sus sombras... 

Quisiera que, cuando los picos del Tukumena dejen de reflejar 
la cara de Surli, y se apaguen, y su hielo se derrita, así mismo los 
jaguares rojos desaparecieran... ¡Ya vengué a mi padre! ¡Y a todos 
mis hermanos muertos a manos de los invasores! ¡He cumplido con 
mi pueblo! ¡He satisfecho al Naoma-Kavi! Haba Séinekan lo sabe: 
quiero ser un tairona más, para ser feliz con Ula-yang y mis hijos: 
¡Quiero vivir!... y que Meli-ang también pueda hacerlo. 

Ya Seoname-maku no es el mismo, y yo tampoco: vencimos en 
la guerra pero ésta nos dejó un sabor amargo, y dolorida el alma. 
Quienes celebraron felices la victoria, y bailaron, y bebieron, y se 
hartaron, fueron aquellos que nunca combatieron; los guerreros sólo 
festejamos el fin de la pesadilla, y quedamos cansados y tristes. Por 
ello, ni el Jaguar Negro ni yo, somos los de antes. 

Pienso en mi tierra lejana: ¿La volveré a ver acaso?... Y ahora 
recuerdo a Conoh y Od, quienes de pronto se han vuelto a encontrar. 
Y a Tori... y a tantos otros que murieron por seguirnos. Amo a 
Meli-ang, sí, pero su hermano el cacique nunca dejará de interponer- 
se... Por eso nos han seguido hasta acá, para cazarnos y exterminar- 
nos como a fieras. Me duele por Suku-thor... hubiera querido encon- 
trarle bajo este cielo, un lugar apacible... para él y su madre. 

Morir hoy, morir mañana, es nuestro destino. Para otros fue 

. ayer... y de pronto, quienes resulten cazados, van a ser ellos. 

Concluido el espectáculo luminoso del amanecer, las mañanas del 


El gran jaguar 213 


páramo son despejadas, con aire quieto y reconfortante; Surli resalta 
los colores de los contornos, pica con rigor desusado; el cielo azul, 
limpio de nubes, contrasta con el dorado de los pajonales cubriendo 
vastas extensiones onduladas, de donde emergen, blancos y grises, 
monumentales peñones licuando el hielo de la madrugada; y aquí 
y allá, en medio de suaves depresiones, o en grandes concavidades, 
a manera de goterones caídos del cielo, los espejos inmóviles de 
las lagunas. 

Para el mediodía este cuadro despejado de las altas montañas 
sufre total transformación: de las vertientes cálidas y bajas, por la 
estrechez de los cañones, suben frentes impetuosos de nubes que 
luego se posan y se aquietan sobre los filos y las planadas de los 
páramos. La policromía desaparece, todo se desdibuja, se torna 
blanquecino, la niebla impide la visión. El frío penetra en los cuer- 
pos, entraba los movimientos, se vuelve un tormento cuando, pro- 
cedentes de los ya invisibles nevados, soplan ululantes ventiscas, 
alfileretazos de hielo sobre la piel, lacerantes en los oídos con su 
aullido quejumbroso. 

En el abrigo rocoso, con la incertidumbre asomada a los rostros, 
las mujeres de los kaxshigugulu y el chiquillo se amontonan debajo 
de los cueros, abrazados se dan mutuo calor; así tengan abundante 
provisión de nebelda, no han prendido fogata por temor a ser descu- 
biertos; apenas usan las afelpadas hojas a manera de grueso colchón. 
Ubatashi-thor y Walla cuidan cada una de las entradas, atentos a 
cualquier ruido del exterior. De nuevo viven la angustia por el temor 
al ataque. Sólo una cosa no comprenden: ¿Por qué los persiguen 
dos taironas, cuando podían ser muchos? 

Afuera, el sufrimiento es mayor para Seoname-maku y Chole. El 
cumplimiento de su misión no les ha permitido acondicionar un 
abrigo para los momentos de descanso; mantienen la resistencia 
masticando hojas de coca y poporeando. Si la cacería no da pronto 
resultados favorables, deberán suspenderla y bajar a alguno de los 
poblados a reaprovisionarse. Ahora cambian de táctica en la búsque- 
da: se desplazan de un lugar a otro en las horas del atardecer, en 
las noches a la luz de Saxa-ti, o muy temprano en las mañanas; en 
los intermedios, buscan algún sitio apropiado dónde permanecer 
oteando... acechan como si también fueran jaguares. La estrategia 
da resultado: una de esas noches de vigilia, apostados entre peñascos, 


214 Bernardo Valderrama Andrade 


advierten movimientos sigilosos sobre una de las laderas contiguas 
a la Laguna Chirigua. Concentran la atención, afinan el oído y la 
vista, distinguen a un corpulento jaguar rojo erguido sobre sus cuartos 
traseros. camina a la manera de los seres humanos. 

—¿Ves lo que yo? —pregunta en un susurro el Jaguar Negro. El 
viejo Chole achica los ojos, sonríe nervioso y asiente con la cabeza. 
Su voz suena ronca, apagada: 

—¡Los descubrimos!. ¡Vamos tras él! 

Lo siguen, silentes como sombras, sobre el lomo de la Cuchilla 
Sapapangiiega. Lo ven luego tomar la dirección del Cerro Angimaloa 
y perderse de vista en cercanías del Tukumena, entre un amontona- 
miento de peñascos. 

—Ahí debe estar el escondite... ¡Vamos! 

Chole, acostumbrado a sus estratagemas en las marismas, contiene 
a Seoname-maku y comenta receloso: 

—Pueden haber notado nuestra presencia y querer tendernos una 
trampa. Así lo hacía con los demonios rojos en los pantanos. 

Los razonamientos del duanabuká hacen desistir del seguimiento 
inmediato al Jaguar Negro; y acuerdan esperar al próximo día para 
hacer un reconocimiento completo. Están excitados: por primera 
vez desde cuando llegaron a los páramos, consiguen ver a uno de 
los kaxshigugulu. A partir de allí, e imitándolos, acecharán pacientes 
la presa para descubrir el lugar exacto de la madriguera. 

Escondidos entre unas rocas, los persecutores se dedican a descan- 
sar por turnos para estar siempre alertas. Tampoco quieren ser sor- 
prendidos y atacados por los ya legendarios jaguares rojos, tan 
conocidos por sus audaces incursiones a los poblados taironas. Tan 
pronto comienza a aclarar se ponen en movimiento y registran uno 
por uno los abrigos rocosos del Angimaloa: en varios de ellos advier- 
ten su utilización en el pasado, tanto por animales como por seres 
humanos, pero en ninguno las huellas parecen ser recientes, y esto 
los desconcierta. Cuando vienen las ventiscas, el frío y las neblinas, 
se refugian en una de estas grutas y se dedican a recuperar fuerzas 
comiendo algo de sus ya escasas provisiones, o a poporear. Esperan 
el atardecer, para cuando tienen previsto subir a otro risco, dominante 
sobre el lugar donde perdieron de vista al kaxshigugulu. La suerte 
está de su parte: anochece, sale Saxa-ti, todo lo llena de claroscuros, 
divisan otra vez al jaguar rojo, ahora rondando en los bordes de los 


El gran jaguar 215 


sobrecogedores abismos del Tukumena, de verticales flancos descen- 
dentes hasta la cabecera de la quebrada Moraca, donde saben se 
levanta el centro ceremonial. Seoname-maku y Chole se miran con 
aire de triunfo: el escondite de los kaxshigugulu debe de estar cerca 
a los paredones del Cerro de los Manantiales, los que a diario se 
congelan en las madrugadas y luego, con el calor del sol, se derriten 
y forman las cascadas de las cuales deriva su nombre la montaña. 

Convencidos de estar al fin de su misión, se entregan satisfechos 
al sueño por el tiempo que resta para amanecer No necesitan expresar 
con palabras su exaltación, pero saben la importancia de contar para 
el día siguiente con la vitalidad de sus cuerpos si quieren salir con 
vida en el encuentro con los ubatashi. 


La movilidad de los jaguares rojos, sus ausencias y apariciones en 
los lugares menos esperados, confunden a Seoname-maku y a Chole: 
se han apostado por donde creyeron iban a pasar, les han tendido 
trampas, y ellos siempre resultan burlándolas y surgen en otros 
parajes; no hay duda: tienen a su favor la irregular topografía del 
terreno en inmediaciones al Cerro de los Manantiales, con sus bos- 
quecillos de arbustos achaparrados, las ramificaciones de los fraile- 
jones, y los laberintos y amontonamientos rocosos, restos de antiguos 
desplazamientos telúricos. 

——Conocen el terreno mejor que nosotros. . ¡Eso es! —comenta 
defraudado el Jaguar Negro; señala las mochilas ya fláccidas a falta 
de provisiones y hojas de coca, y añade mortificado—: ¿Será que 
nos obligarán a desistir? 

Chole tiene los ojos como rajaduras brillantes en el rostro surcado 
de arrugas; en los tajos profundos partiéndole los pómulos, ya se 
notan las privaciones y los rigores vividos en estas alturas; se muerde 
los labios partidos y ensangrentados por el frío, señala con el brazo 
descarnado al Tukumena, y expresa convencido: 

—Vamos a tener que hacerlo... 

Seoname-maku también clava los ojos en el Cerro de los Manan- 
tiales y sus escarpados paredones congelados al amanecer: esta alter- 
nativa, sugerida por el duanabuká, la han discutido muchas veces, 


e 


216 Bernardo Valderrama Andrade 


y la desechan siempre por su excesivo riesgo. Mira a Chole con 
preocupación: teme por él: su cuerpo, gastado por la edad, de pronto 
no resiste la prueba de trepar esa montaña mítica. 

—Yo lo escalaré... No-es necesario arriesgarnos los dos. 

El viejo adivina los sentimientos del cacique, sonríe burlón y le 
contesta: 

—También subiré: no me lo perdería por nada... —Y levanta el 
puño, en gesto de orgullo y poder, optimista, temerario como cuando 
combatió a los caribes en los pantanos. 

Los reflejos ígneos de Surli los sorprenden escalando las primeras 
escarpas del Tukumena: cada cual ha escogido un flanco y ascienden 
con lentitud, tensos, pegados los cuerpos a la roca helada; el pronun- 
ciado declive de algunas partes, la verticalidad total en otras, el 
hielo acumulado en delgadas y resbaladizas láminas, vuelven mortal 
cualquier descuido. No pronuncian palabra para evitar la menor 
distracción, o ser descubiertos por los ubatashi, pero se siguen con 
las miradas, se dan aliento con ellas, y también, cuando alguno se 
ve en inminente peligro, se comunican la angustia y la subsiguiente 
alegría una vez sorteado el mal paso. Algunos lados de la montaña 
presentan sus caras pulidas, a manera de gigantescos espejos orien- 
tados al Sureste, y por ello reflectan todo el magnífico esplendor 
del amanecer en el solsticio invernal. 


Aferrados a los riscos en forma precaria, pendiente su vida en la 
fuerza y resistencia de los dedos de pies y manos incrustados en los 
resquicios, se ven envueltos por el prodigioso espejismo de la mon- 
taña llameante; deben cerrar los ojos para no enceguecer: es como 
estar de pronto sumergidos dentro del crisol de Taiku, Señor del 
Oro, donde se funde el precioso metal. El Jaguar Negro, pese a su 
fortaleza, siente doloridos los músculos, temblorosos piernas y bra- 
zos, entumecidos los dedos. Su vida, lo comprende, está en la 
voluntad de Haba Séinekan; también invoca a Seijankua, el poderoso 
sostén del Mundo; él, sólo él, puede darle suficiente fuerza y resis- 
tencia para seguir ascendiendo por la roca y llegar a la repisa desde 
donde podrá divisar los contornos, y descubrir el escondrijo de los 
kaxshigugulu. ¿Y Chole?... Teme por él. Entierra los dedos en una 
grieta: en el esfuerzo por sostenerse, las aristas le rasgan la piel: no 
acaba de brotar la sangre y ya se le congela: está agarrotado: en el 
límite de la resistencia física: ¡No debe desfallecer! Fugaz le llega 


El gran jaguar 217 


el recuerdo de Ula-yang y sus hijos: ¡debe vivir por ellos... ¿Y 
Chole?... Se afirma: se pega como una lapa a la roca helada: le 
duele todo el cuerpo... Sí: ahora podrá darse un respiro: ahora podrá 
volver la cabeza y mirar hacia donde vio a su compañero por última 
vez. ¡Chole!... ¡El valiente y viejo Chole! Allá está todavía: prendido 
como un mono de la roca: diluido entre los resplandores dorados. 
Ve sus ojos... urgidos... elocuentes. ¿Acaso quiere despedirse? ¿So- 
metió su viejo cuerpo a un esfuerzo excesivo?... Lo envuelve el oro 
de Surli, se suelta, resbala, con un alarido se desprende.. cae, cae, 
rebota una y otra vez contra las salientes, se precipita al profundo 
abismo de los manantiales... 

Cesa el fenómeno luminoso. Seoname-maku dirige la vista al 
lugar donde vio al duanabuká por última vez: sólo aprecia la soledad 
monumental de los farallones. 

—¡Surli!... ¡Surli se lo llevó! —murmura y rechina los dientes. 

Próximo a desfallecer por el cansancio, hace un último esfuerzo 
y trepa a la repisa que habrá de servirle de mirador. Se echa desfa- 
llecido en ella, mira por sobre el borde hacia abajo, y no tarda en 
descubrirlos: en medio de un apretado laberinto de rocas y matorra- 
les, frente a la entrada de una cueva, están dos ubatashi con sus 
vestidos de pieles, acompañados de tres mujeres y el chiquillo; 
levantan por igual los rostros inquisitivos hacia las escarpas; sus 
expresiones son variadas, de recelo, extrañeza, desconcierto, temor; 
dudan si los gritos escuchados correspondieron a una voz humana, 
al chillido de nambo, uno de esos enormes pájaros que anidan en 
los peñascos y vuelan sobre las nieves, o se trata de la voz del viento 
al silbar entre las crestas del Tukumena. 

Para no ser descubierto, el Jaguar Negro se agazapa en la repisa 
y observa cuidadoso: reconoce a Meli-ang y al pequeño Suku-thor,; 
a las otras mujeres nunca las ha visto, pero deduce son las raptadas 
por los kaxshigugulu; y éstos, con sus gruesos ropajes de piel de 
jaguar rojo, el rostro tostado por el sol, y con sendas lanzas de 
macana, lucen agresivos, intimidantes, dispuestos a todo. Sus ojos 
impresionan a Seoname-maku: brillan igual que las Lagunas Sagra- 
das, en medio de los pajonales dorados; es como si fueran represen- 
tación de Hagtami, el padre maléfico de los pantanos. 

El cacique permanece inmóvil; no puede dejarse ver; los ubatashi 
no deben enterarse todavía de su descubrimiento; continúan allí, 


218 Bernardo Valderrama Andrade 


otean las alturas, hacen comentarios entre sí y con sus mujeres, 
vuelven después a guarecerse en la profundidad de la caverna. Desde 
su sitio de observación, el Jaguar Negro espera paciente cualquier 
nueva actividad de sus presas... Nada. No salen más. Para el medio- 
día, con la llegada de la niebla, de las ventiscas, y derretido el hielo 
en los peñones, desciende sigiloso, sin perder de vista la cueva; ya 
en tierra se aposta cerca de ella: esperará allí hasta la salida de 
Saxa-ti, momento cuando los jaguares rojos suelen hacer sus corre- 
rías nocturnas. 


ox 


Como lo previera: cuando Saxa-ti levanta su rostro salpicado de 
ceniza sobre el horizonte, Seoname-maku sorprende a uno de los 
jaguares rojos alejándose por los lomos de la Cuchilla Sapapangúega, 
en dirección a la Laguna Chirigua. Además de la lanza, lleva sobre 
su espalda dos grandes calabazos. 

—Va por agua —deduce—. Pero... ¿Por qué no la recoge de los 
manantiales del Tukumena? 

En su intriga, el Jaguar Negro sólo encuentra la explicación en 
sus propias creencias: 

—El agua que chorrea del Cerro de los Manantiales es fuego... 
fuego líquido, agua del Señor de la Máscara de Oro; y sus flancos, 
así lo enseñan los naomas, son esta máscara entregada a ellos por 
Surli, para permanecer en la montaña... Por ello el agua del Tuku- 
mena sólo puede ser bebida y usada por los sacerdotes y aprendices 
de Moraca. 

Tan silente y ágil como el kaxshigugulu, lo sigue, lo espía en su 
viaje a la laguna y vuelta al escondite. Ya entre los laberintos de 
roca y matorrales decide actuar: dentro de sus reglas de combate 
cuerpo a cuerpo, nunca ha atacado a un contrincante en forma de 
no darle oportunidad de defenderse; el equilibrio y la igualdad de 
ocasiones deben ser las primeras instancias en una lucha a muerte. 
Pero dadas las presentes circunstancias, agravadas por la pérdida de 
Chole, no puede tener contemplación. 

Walla nunca llega a saber qué sucedió: cae atravesado por mortal 
lanzada, cuando le falta muy poco para entrar al refugio subterráneo. 


El gran jaguar 219 


Seoname-maku no intenta recuperar su lanza. Toma la del ubatashi 
agonizante, deja la suya enterrada en el cuerpo del herido; como 
mensaje para Meli-ang prende .de su extremo un jaguarcito de oro, 
símbolo de su jerarquía. 

La tardanza de Walla en regresar despieria preocupación en sus 
compañeros. Con el amanecer, Ubatashi-thor seguido de las mujeres 
sale a inspeccionar los contornos, hasta donde puede atreverse sin 
arriesgar la momentánea seguridad. La consternación no tiene lími- 
tes: lo hallan muerto, traspasado de costado por la enorme lanza del 
cacique. Meli-ang cree reconocer el arma y confirma su sospecha 
cuando el ubatashi le entrega el felinito de oro. 

—¿Ma due?... ¿Tu hermano? 

Consternada ella asiente y comparte el dolor de las dos mujeres. 

Desde su observatorio en la repisa de roca, el Jaguar Negro lo 
ve todo, atormentado por la contradicción interior: no hay duda: su 
hermana y Ubatashi-thor se aman, y él quisiera.. 

—No puedo.. no puedo cambiar lo interpretado por Naoma-Kavi 
en las estrellas. También mi destino ha sido determinado. 


ES 


Cop la muerte de Walla la cohesión del grupo liderado por Ubatashi- 
thor se desintegra. Las dos mujeres dejan de sentirse obligadas a 
seguir compartiendo los riesgos, y manifiestan intenciones de retor- 
nar a sus lugares de origen. Acurrucadas ante la entrada en penumbra 
de la gruta, calladas, permanecen con los ojos fijos en la claridad 
exterior, símbolo de su próxima libertad. Si conservan recuerdos 
afectivos por el ubatashi sacrificado, se guardan de expresarlos. A 
sus primeras reacciones de dolor siguió una actitud estoica, que les 
endurece el rostro y la mirada. En otro sitio de la gruta, presionados 
por las nuevas circunstancias, Ubatashi-thor y Meli-ang consideran 
la situación. 

—Ellas —y señala a las dos mujeres— deben abandonar cuanto 
antes este lugar. Saldrán por la otra boca de la cueva. Es una ruta 
que tu hermano no debe conocer. Cuando las descubra, ya estarán 
lejos y no correrán el peligro de ser confundidas y atacadas. Y tú 
debes acompañarlas, con Suku-thor Tu responsabilidad es salvarlo. 


220 Bernardo Valderrama Andrade 


Angustiada, Meli-ang estrecha al pequeño entre sus brazos. Sus 
ojos fijos en el ubatashi empiezan a humedecerse. También ella 
comprende: mientras vivan, Ubatashi-thor y Seoname-maku no ten- 
drán un instante de paz porque sus destinos no les pertenecen: están 
condenados a perseguirse y atacarse hasta que uno de los dos obtenga 
la victoria. Y si lo es su hombre, otros taironas recibirán el encargo 
de perseguirlo por orden del Naoma-Kavi. 

Esa tarde, confiados en no ser atacados por el cacique debido a 
las espesas neblinas, y a las ventiscas que rugen con inusitada y 
premonitoria violencia, Ubatashi-thor y Meli-ang comparten los úl- 
timos momentos; retozan, conversan con el pequeño Suku-thor, 
quien ya capta las situaciones; quiere el padre grabar en la mente 
del chico unos recuerdos para el resto de su vida; y en acto de 
ternura, emocionado, le hace recomendaciones, como si él pudiera 
entender la dimensión de sus palabras: 

——Cuida de tu madre... para que ella te pueda contar de mí... 

Cuando el niño se adormece, el ubatashi y la tairona se entregan 
a otra ardiente despedida. Ya lo hicieron con anterioridad a la orilla 
del mar, junto a la boca del Hukumeiji: las suerte les fue benévola, 
les permitió reunirse de nuevo, y por eso esta vez conservan el 
optimismo y la esperanza. Meli-ang invoca a la Madre Universal... 
Ella ha sido complaciente con su amor, y le pide la vida para el 
ubatashi, en secreto, sin quererlo concientizar mucho, porque ello 
implica desear la muerte para su hermano; además, tiene fe en las 
capacidades de su hombre... ¡Su kaxshigugulu.. ! ¡Su jaguar rojo! 

En las miradas de Meli-ang, Ubatashi-thor adivina sus esperanzas 
y se siente reconfortado. Sin mayores palabras, la alienta con actitud 
animosa y un desbordado derroche de caricias y ternura. 

La claridad en la boca de la gruta anuncia la llegada del nuevo 
día. Ubatashi-thor guía al grupo de mujeres y el chiquillo por los 
laberintos subterráneos en dirección a la otra salida. Se iluminan 
con hachones confeccionados con atados de nebelda, las secas hojas 
del frailejón. La ligera claridad resalta los costados de la caverna, 
revela el fin del recorrido bajo tierra. Sir dar tiempo a las despedidas, 
Ubatashi-thor las urge a salir y les señala los senderos a seguir para 
llegar sin tropiezo a la Cuchilla Sapapangiega; luego, con una pos- 
trera mirada a su mujer y al chico, quien no entiende por qué su 


El gran jaguar 221 


padre no-los acompaña, vuelve a sepultarse en los laberintos de la 
cueva. 

Cuando el resplandor ígneo se apaga en los picos del Tukumena, 
Seoname-maku, desde su observatorio en las rocas, advierte la pre- 
sencia del kaxshigugulu ambulando solitario por-entre los matorrales 
y vericuetos, como si en forma intencional lo invitara a perseguirlo. 
Agazapado en las escarpas, pensativo, sin adivinar las verdaderas 
intenciones del jaguar rojo, lo ve alejarse a paso rápido, a saltos, 
con la lanza en alto, blandiéndola como en un reto en dirección a 
lagakenka, el Suroeste, y hacia el alto Cerro Gonawindúa, pico 
grandioso sobre el lomo máximo de Keka-Bunkua. Desconcertado 
con el comportamiento del ubatashi, sólo le impide lanzarse tras él 
la ausencia de las mujeres. Así sean taironas, y una de ellas su 
hermana, su confianza no es total. Según cree, Meli-ang no fue 
raptada sino la primera vez; la posterior desaparición de Tayronaca 
tuvo su completo consentimiento. Otra consideración lo mantiene 
en su puesto de observación: los jaguares rojos, según Naoma-Kavi, 
son cuatro; y aquel, ya muy distante, puede no ser Ubatashi-thor, 
su objetivo primordial, sino otro con intención de atraerlo para 
permitir la huida de los restantes con las mujeres. : 

Desconfiado, Seoname-maku otea los contornos y tiende la mirada 
hacia los lomos de la Cuchilla Sapapangiiega. La visión de tres 
mujeres, una con un chiquillo a la espalda, recortadas sus siluetas 
contra el azul del cielo, lo saca de dudas: deja escapar un suspiro 
de alivio, los ojos le chispean, una mueca decidida y violenta le 
transforma el rostro. Vuelve la cara hacia el Cerro Gonawindúa, 
detrás de cuyo alto pico se elevan majestuosos los nevados: Ubatashi- 
thor apenas es un puntico lejano y rojizo sobre los filos del páramo 
de Surivaca. 

Y emprende la persecución... 


Nambo, el gran cóndor, dueño de los picos del Gonawindúa, presen- 
cia en las alturas de la Montaña Blanca el duelo de los dos jaguares: 
el rojo y el negro... Kaxshigugulu y Seiname... del-ubatashi y el 
tairona. 


VIT TA 


A Mo Ja Mas ds) 


222 Bernardo Valderrama Andrade 


En ese aire ligero y puro, posible de dominar con sus enormes 
alas punteadas de blanco, Nambo describe círculos, trazos invisibles 
contra la inmensidad azul. Primero ve al jaguar rojo: avanza a saltos 
sobre los pajonales del páramo de Surivaca, salpicado con el cristal 
de las lagunas; la intención es manifiesta: alejarse apresurado de los 
filos del Sapapangitega. Su presencia es desusada en un lugar donde 
los únicos visitantes de los parajes sagrados son los viejos naomas 
de cabello albo, de andar lento, venidos a dejar ofrendas en las 
lagunas, y a veces a bañarse en ellas para salir rejuvenecidos, otra 
vez con la cabeza alta, los pasos firmes, las pupilas centelleantes... 
Más atrás divisa al jaguar negro, rabioso por acortar distancias: 
refleja en sus movimientos una decisión inaplazable de alcanzar al 
kaxshigugulu; agresivo, le chispean coléricos los ojos, al serle im- 
posible superar de un salto el trecho que lo separa de su presa. 

Por días y días Nambo los ve acosarse, tenderse celadas, impro- 
visar atajos sobre los pajonales o entre las rocas, estrechar espacios 
para apresurar el encuentro. En su conducta, en la expresión resuelta 
de su rostro, en la fuerza de los ademanes, Seoname-maku refleja 
el deseo imperioso por llegar al enfrentamiento; Ubatashi-thor actúa 
de manera distinta: su estrategia es de desplazamiento para ganar 
tiempo y quizás debilitar a su hostigador; a veces, cuando mira hacia 
el frente y los picos nevados de Keka-Bunkua, ya muy cercanos, 
sus facciones, con inocultables muestras de fatiga, se tornan sonrien- 
tes y los ojos le brillan entre alegres y nostálgicos, porque la cercanía 
de la nieve es una forma de retornar en forma imaginaria a su lejano 
país. 

Avizor, paciente, a su vez calculador, Nambo observa desde las 
alturas el juego mortal de los jaguares: él será quien gane la batalla 
final. En ocasiones vuela muy bajo, casi a ras de sus cabezas, para 
observarlos mejor y determinar cuánto habrá de esperar todavía; y 
remonta a continuación el vuelo, con fuertes golpeteos de las alas 
que sorprenden e inquietan a sus futuras presas; el ubatashi y el 
tairona aún se mueven con celeridad y energía; los ve vigilarse el 
uno al otro, descansar tan próximos que pueden lanzarse insultos y 
retos, adivinarse con anticipación los movimientos siguientes y así 
hacer fracasar las estratagemas... Y las cumbres congeladas están 
cada vez más cerca. 

Nambo los ve bordear su montaña, el Gonawindúa, donde por 


El gran jaguar 223 


todos los tiempos, desde cuando lo creó Haba Séinekan, ha cons- 
truido los nidos. Ese cerro emergente sobre el propio lomo de Keka- 
Bunkua, sagrado, colocado allí por el prodigioso Seijankua, hijo de 
la Madre Universal, para depositar su primer semen, dar origen a 
las razas, y dividir en dos las vertientes de la Montaña Blanca, la 
una descendente a Noana-Mashika, el Norte, y al mar de agua... la 
otra hacia Noa-Nashika, el Sur, y al mar de tierra. Y Nambo los 
ve ascender, ya con esfuerzo, por la Cuchilla Nuncumalúe, en inmi- 
nente proximidad a los nevados. 

Para entonces las ventiscas se desatan con inusitado rigor y prin- 
cipian a arrastrar escarchas en ululantes torbellinos. El pajonal queda 
atrás: ahora se abren unos parajes de apariencia grisosa, desprovistos 
de vegetación, convulsión de rocas amontonadas y labradas por los 
glaciares, sucesión de concavidades en cuyos nichos se apoza el 
agua. La Laguna Carigua también queda atrás, enconchada entre 
peñones. Ya sólo tienen al frente la imponente majestad de las 
nieves, manto de los gigantes de roca que aparecen y desaparecen, 
según los vientos traigan y lleven las nubes en desbocados remolinos. 
Nambo a su vez los sigue y acecha. Los ve diminutos entre aquellas 
comarcas inhóspitas, sobreponiéndose a los castigos inclementes de 
la naturaleza. Los dos hombres-jaguares siguen uno en pos del otro, 
inmediatos o distantes, enemigos familiarizados: deben verse para 
estimular su empecinado acoso. Es una necesidad apremiante: les 
alimenta la voluntad, les impide desfallecer, les evita quedar aprisio- 
nados entre las alturas mortales del hielo. 

Arrojaron ya vacías las mochilas donde portaban las provisiones; 
tampoco ahora el Jaguar Negro tiene coca y se emparejan las con- 
diciones con el ubatashi. Sus movimientos se tornan lentos, como 
si les doliera desplazarse; el cabello, las pestañas, la piel de los 
vestidos, les blanquea de escarcha; tienen las manos enrojecidas, 
agarrotadas, soldadas a las lanzas; ya no requieren apretar los dedos 
para sostenerlas. 

El primero en llegar a la gruta con carámbanos es Ubatashi-thor. 
Con un supremo esfuerzo acelera los movimientos, se introduce en 
ella, avanza tambaleante unos pasos, se vuelve, levanta la lanza de 
macana, apunta hacia la entrada, espera... Piensa: ... Cuando Seo- 
name-maku pase frente a la boca de la cueva, lo traspasará de lado 
a lado, igual que él hizo con Walla; y será su última venganza en 


Yan 


pee 


224 Bernardo Valderrama Andrade 


estas tierras. También —sigue pensando— el Jaguar Negro pudo 
haberlo visto en el momento de introducirse a este escondrijo del 
nevado, y querrá entrar de un salto para a su vez sorprenderlo... 
pero él estará esperando y sólo el más rápido y certero obtendrá la 
victoria. Se prepara... 

Nambo hace otro círculo en el cielo y desciende hacia la gruta 
de cristal de hielo a donde vio entrar al kaxshigugulu... Seoname- 
maku, en el intervalo entre dos ramalazos de viento y nieve, alcanzó 
a observar a Ubatashi-thor en el instante de arribar a la boca de la 
cueva. Le exige a sus piernas un supremo esfuerzo, acelera la mar- 
cha, entrabado por el dolor y la rigidez de sus miembros. Ha llegado 
el fin de la persecución... no puede fallar ahora, así ya no desee 
hacerlo: será como matarse a sí mismo. La imagen del Naoma-Kavi 
le viene a la mente: debe cumplir sus mandatos... Y se abalanza al 
interior de la caverna. 

... Como una saeta negra, Nambo se precipita sobre sus víctimas. 


XXXIMN 


Frente a la Haggi-Koktuma, rodeado de la inmensidad de las mon- 
tañas, a la vista el profundo y sonoro cañón del Nyuba-Nyna, Ma- 
manosensio, maestro de maestros, mantiene con el suspenso de sus 
palabras la maravillada atención de los Kuivi, aprendices de sacer- 
dotes, en el gran centro ceremonial de Moraca. 

Entre ellos están Muyubi, Ulaban y Seiname, la niña y los dos 
varoncitos hijos del Jaguar Negro, el cacique guerrero libertador de 
los territorios invadidos por los ubatashi, los arranca-brazos y los 
arranca-cabezas. De hermoso rostro, piel clara y raros ojos grises, 
también se ve a Suku-thor, aprendiz y escucha. El relato de Mama- 
nosensio es apasionante: igual a cuantos se refieren a la historia de 
Keka-Bunkua. Ese día, lá narración atañe a lo ocurrido durante las 
guerras de consolidación de las fronteras, sus cruentas y heroicas 
batallas contra la gente de los ojos azules y los caribes. El desenlace 
final, el destino último del Jaguar Rojo y Seoname-maku, sólo él 
lo conoce; y mantiene en secreto por orden del Naoma-Kavi, a quien 
se lo reveló hace tiempo: 


El gran jaguar 225 


Subí al páramo a presentar ofrendas en las Lagunas Sagradas, 
mucho tiempo después: avanzaba por los lomos ondulados del Nun- 
cumalúe, esquivando los peñascos desperdigados entre los pajonales, 
azotado sin clemencia por las ventiscas ululantes: la gran montaña 
mítica de Gonawindúa había quedado atrás; en torno a su alto pico 
revoloteaban los nambos, pájaros de las nieves; pese a la fatiga, me 
interné en las regiones adyacentes a las cumbres blancas de Citurna, 
donde está Noabi-Due, la región del Más Allá. Algo, una fuerza 
misteriosa, extraña a mí, me inducía a seguir... el aire era ligero; 
de los nevados soplaban ventiscas acompañadas de espesas neblinas; 
quedé envuelto en torbellinos de frío. Ya sentía temor, cuando al 
frente, entre uno y otro ramalazos de nieve, divisé la boca de una 
gruta de cristal de hielo, con el arqueado dintel cuajado de carám- 
banos resplandecientes. Allí estaba mi refugio. Venciendo el fuerte 
viento, me aproximé y tuve una gran sorpresa: la entrada la obsta- 
culizaba un enorme cóndor congelado, de espaldas al exterior, en 
actitud de cruzar la portada, aún con sus potentes alas desplegadas. 
Bajo la piel de hielo que lo cubría, parecía conservar la vida... 
como si apenas estuviera atrapado en forma temporal. 

Casi temeroso con el gran pájaro, fatigado, pasé a su lado y 
penetré al interior de la cueva, laberinto estrecho de columnas de 
hielo, prendidas del techo a manera de lanzas: carámbanos gigan- 
tes... estalactitas de hermoso y refulgente cristal gélido, donde me 
vi reflejado como si fueran espejos. Ya en el fondo, en un espacio 
abierto en forma parcial, la escena era prodigiosa y épica: de pie 
en mitad de la gruta, a donde todavía llegaba la claridad del exterior, 
también congelados, uno frente al otro, estaban Seoname-maku y 
Ubatashi-thor con las lanzas de macana en alto, apuntándose; en la 
mirada, la última expresión con la:cual se midieron antes que Mon- 
saui, Dueño de la Nieve, se apoderara de ellos... 


ES 


Naoma-Kavi levanta el rostro hacia alliináuba, el firmamento: con 
lentitud, intrigado, sus ojos distinguen y analizan las posiciones de 
los cuerpos celestes en la Avenida de la Luz, esa noche esplendorosa 
como nunca... Quiere confirmar en las estrellas lo adivinado poco 


226 Bernardo Valderrama Andrade 


antes en Yatukua, con las burbujas desprendidas de las cuentas-kuit- 
si, en ceremonia acabada de realizar en la gran Nunhuañkala de las 
altas montañas, emergente con su Kama, en medio de la plazoleta 
con gárgolas faunísticas apuntando a las cuatro direcciones celes- 
tiales. 

La satisfacción reflejada en su rostro, una constante desde las 
victorias logradas sobre los invasores de Keka-Bunkua, esa noche, 
de pronto, se desdibujó cuando depositó las cuentas de cristal de 
roca en el recipiente de cerámica. . ¡No podía ser! De nuevo, en la 
interpretación de las burbujas, vio hombres rubios amenazando el 
futuro de las gentes de la Montaña Blanca. ¡Si ya los destruimos!... 
¡Si el último de los kaxshigugulu quedó aprisionado por Monsaui 
entre los hielos de una cueva en Citurna. 

Perturbado, con pasos atropellados por la angustia, Naoma-Kavi 
va de un lado a otro de la plazoleta, los brazos en alto señalan 
constelaciones, el rostro pálido, desencajado: ¡No puede ser!.. Fija 
posiciones, abanica las manos, hace medidas en el manto de las 
estrellas, forma figuras sólo entendibles para él. Tiene los ojos 
desorbitados y las pupilas afiebradas; se muerde los labios hasta 
sangrar. ¡No puede ser!.. Pero ahí están: ¡Otra vez marcados en el 
firmamento!: son un tropel... un ejército de estrellas que marchan 
por medio de la Avenida de la Luz. Vendrán de más allá del hori- 
zonte, procedentes de Mulkuaba, país al otro lado del mar, en 
enormes navíos de muchas velas: y ya ante nuestras costas, bajarán 
de ellos al son de trompetas y tambores, con vestidos y armas 
relumbrantes, donde se mirará Surli igual que en los picos del Tu- 
Kumena; algunos serán monstruos veloces de cuatro patas... en otros, 
su brazo tronará, despedirá fuego, y nuestros pueblos y ciudades 
serán incendiados; y arrasados los campos de cultivos; y derribados 
los bosques; y perseguidos y exterminados los animales; y secados 
los arroyos. y muchos, muchos de los Hermanos Mayores de las 
tres vertientes de la Sierra Nevada, perecerán en una guerra larga 
y cruel como ninguna otra; y la sangre restañada volverá a brotar, 
bajará confundida con el agua de los ríos, teñirá el mar así como 
en los ocasos, Mamashkaxa, la Boca de Fuego, pinta de rojo el 
horizonte... y ala vista de las riquezas de los habitantes de Keka-Bun- 
kua, los nuevos invasores enloquecerán de codicia, torturarán a 
naomas y caciques, les darán muerte, porque querrán apoderarse de 


o 


SAA CC 


El gran jaguar 227 


todo el oro de las ofrendas. y derribarán las nunhuañkalas para 
ahuyentar su Kama, prohibir nuestros ritos, y así borrar de la memo- 
ria, y arrancar del corazón, la creencia y el amor por Haba Séinekan, 
la Madre Universal, la Gran Creadora. 

Tambaleante, como herido de muerte por tan pavorosas prediccio- 
nes, el muru nakubi se dirige a la kalauka, se sienta, se integra a 
ella como una estatua. Su rostro, levantado al cielo, con la piel 
apergaminada, tiene un rictus trágico. Ensu pectoral de oro también 
chispean las estrellas. 


Sierra Nevada de Santa Marta 
Teyuna (Ciudad Perdida) —Valle de Tairona— 
Cañón del Nyuba-Nyna (Río Jerez) 1976-1989. 


quien al formar parte de la Comisión Oficial del Instituto 
Colombiano de Antropología, que en 1976 realizó el 
hallazgo de la Ciudad Perdida (Teyuna), en la parte alta 
del río Buritaca (Sierra Nevada de Santa Marta), se sintió 
atraído por cuanto representa el Mundo Tairona, conside- 
rado por los historiadores y científicos como una de las 
culturas clásicas de la América Precolombina. 


De nacionalidad colombiana, pero nacido en Bremen 
(Alemania) en 1928, es autor, además, de las siguientes 
publicaciones: Ciudad Perdida Buritaca 200 (Testimo- 
nio), 1981, Exploraciones en la vertiente norte de la 
Sierra Nevada, 1981, Oro precolombino, 1982; Tairo- 
naca (Testimonio), 1984; Sierra Nevada de Santa Marta, 
1984 (en idiomas español, inglés, francés y alemán), 
coautor; Ciudad Perdida Sierra Nevada de Santa Marta, 
1984 (en idiomas español e inglés), coautor; y la novela 
Torbellino del tiempo, una de las obras finalistas del V 
Concurso Nacional de Novela Plaza « Janés (1987), 
publicada en 1991 


Por publicar: El Valle de Tairona (Urbanismo precolom- 
bino en la Sierra Nevada); y Los ojos del cielo, correspon- 
diente al ciclo de novelas con temas relacionados con la 
historia de la Sierra Nevada de Santa Marta. 


(MU) 
ÑUI- ASHKUAN 
(ORIENTE) 


CONVENCIONES 


:cidentes Topográficos A 
Cerro Haggi- Ateima 
Cerro Buritaca -Gaka 
Cerro Guachaca-Gaka 
Cerro Tairona- Gaka 
Cerro Maromo- Gaka 
Cerro Maktú 
Cuchillo Nasukua 
Cuchillo Nukui 
Cuchilla Vainillal 
Cuchilla Manijí 
Valle de Laos Cascadas 
Cuchilla Sopopangiega 
Cuchillo Nuncumoloe 
Cerro Gonawindúa - Goka 


Picos Nevados 


Mamarongo 
Macotama 
Takina 

| Tominoka 

E Ulueiji 

2 Teyuna 


ampamento Ubatashi A 

ompamento Gulamena B 

impomento Sangaramena C 

uta de los Ubatashi A 

ta de los Caribe =— 

¡e del Valle Tairona 

ombate conlos Ubatashi + 

antanos Te 

io == 
100 


urvo de Nivel 


ocrano 
ATLANTICO 


El gran jaguar es una verdadera novela indigenista, ge- 
nuinamente regional, desarrollada en un período real, 
más o menos situada alrededor de la centuria catorce de 
la era cristiana, o sea antes de la conquista española. Su 
fundamental tema viene a ser un minucioso estudio del 
país tairona, territorio de la Sierra Nevada de Santa Marta 
(Colombia); y se analiza la grandeza de su habitante al 
abarcarlo en su mitología, religión, gobierno, régimen 
matrimonial, costumbres, usos, oficios, adiestramiento 
militar, alimentación y demás modos de vivir. Dentro de 
una acción a veces apacible en torno a las actividades de 
sus dirigentes, como astrólogos y urbanistas, en otras 
alternando la mayoría al recrearse en simples reuniones 
hogareñas, en diversas festividades comunes, en riguro- 
sas ceremonias solemnes, o en aquellas completamente 
activas, plenas de riesgos, inherentes al furor de contien- 
das bélicas. Está formada por un esplendoroso paisaje, 
compuesto de serranías, mesetas, mar, ríos, floresta, 
sembradíos, fauna, sol, luna, poblados; y de un escenario 
interior, integrado por exclusivos recintos para la oración 
y la reflexión de sus sabios sacerdotes, de cabañas en 
donde las mujeres se dedican a la crianza de sus hijos y 
a las labores manuales, y de campamentos en los cuales 
los hombres se ejercitan en maniobras guerreras. Sus 
personajes se encuentran bien caracterizados, distribuidos 
de acuerdo con el grado de su jerarquía y de las obliga- 
ciones ordenadas, diferenciadas por su estricta disciplina 
y el mérito alcanzado debido a su valentía en las batallas, 
por sus sentimientos en el amor y la amistad, por el 
innegable respeto a sus superiores, por el fiel cumpli- 
miento a sus legendarias creencias y en fin, por las varias 
reacciones en sus posiciones emotivas. Todo a través de 
un narrador-autor omnisciente, en tercera persona del 
singular, mediante una técnica narrativa tradicional, simi- 
lar a la acostumbrada en la sobresaliente y clásica novela 
del siglo diecinueve, con la sola variante de determinados 
monólogos directos de algunos protagonistas principales, 
con la especial finalidad de interpretar sus complejos 
estados de ánimo y sus respectivas preocupaciones coti- 
dianas. Esta obra, sin duda ni hipérbole, a causa de su 
cimentada estructura, originalidad, ardua investigación, 
conocimiento histórico, detenida lectura de la novelística 
continental por su autor y la convivencia de éste por 
unos lustros entre los descendientes de los primitivos 
moradores de la región y de oírles sus fabulosos relatos 
basados en la tradición oral, se convierte ya en un gran 
aporte dentro de la nueva narrativa hispanoamericana, 
surgida después de la década cincuenta del presente siglo. 


EDUARDO PACHÓN PADILLA 


q, ANA- MASHICA 
4 SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA "0. Fa, NO pas 
VERTIENTE NORTE A 


MAPA DE LOS TAIRONAS 
AÑO|: 1378 D.C ¿bel 


j SE!l-ASHKUAN 
SCALA (OCCÍDENTE) 


22, 


ELABORO: BERNARDO VA 
DIBUJO  ' PILAR PARRA A. 
FECHA —* MARZO DOE is 


> a Y 
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ESA (SUR) e 


CONVENCIONES 


Accidentes Topogróficos 
Cerro Haggi- Ateima 
Cerro Buritaca -( y 
Cerro Guachaca- ( 
Cerro Tairona- Gaka 
Cerro Maroma- Gaka 
Cerro Maktú 
Cuchilla Nasukua 
Cuchillo Nukui 
Cuchilla Vainillal 
Cuchilla Manijí 0 
Valle de Las Cascadan 
12 Cuchilla Sapapan: 
13 Cuchilla Nuncumalas 
14 Cerro Gonawindúa - Gaka 
I5 Picos Nevados 


FOOD 


Asentamientos 
Chairama 
Sincorona 
Ponkeica 
Tayronaca 
Buritaca 
Palanoa (Kashinguis) 
Savijaka 

Buya 

Tapiraguana 
Tokbi-Hagu-Kare 
Mamaice 

Moraca 

Avincuo 

Bongá 

Mamarongo 
Macotama 

Takina 

Toaminaka 

Ulueiji 

Teyuna 


Campamento Ubatashi  Á 
Campamento Gulamena  M 
Campamento Sangaramena € 
Ruta de los Ubatashi o 
Ruta de los Caribe — 
Eje del Valle Tairona .. 
Combate con los Ubatashi 
Pantanos Y, 
Rio 

Curva de Nivel 


SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA 
VERTIENTE NORTE 


MAPA ACTUAL 
. 


NORTE 


E e 
YCOMBNA 
Or salt, |I990 
OLIVIA! Y par E : 
AY Y" | e SCALA ESTE 
A a ELABORO - BERNARDO VALDERRAMA A. PA AP OEST 
Es DIBUJO ' PILAR PARRÁ A. E 
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E FECHA  ' MARZO DE 1990 j PEE A 
MOENT E da | 
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p 


' 


CONVENCIONES 


Accidentes Topográficos A 


AR Lomas del Fraile 
a / ul 24 Lomas de Buritaca 
- y 1053) Punta de los Lomas de Guachaca 


Remedios £ 


Termoeléctrica NÓ 
del Ceribjón. SE 


| a y a J in ( | ll ] 
NN A E 7 NS 


OÍ, : - - 


Lomas de Don Diego 
Lomas de Maroma 
: Cerro Maktú 
TAR | Cuchilla Nasukua 
MM e Pe Cuchilla Nukui 

w Cuchilla Vainillal 
Cuchilla Manijí 
Valle de Las Cascadas 
12 Cuchilla Sapapanguega 
13 Cuchilla Nuncumaláe 
14 Cerro Gonawindúa 
15 Picos Nevados 


On VIBOO Y 


pra 


Asentamientos Mm 
Pueblito 

Sitio Arqueológico 
Sitio Arqueológico 
Sitio Arqueológico 
Buritaca 

Sitio Arqueológico 
Sitio Arqueológico 
Dibulla 

Sitio Arqueológico 
Sabona Culebra 
La Cristalina 


inkudnero Y a 


Y IN oe nsityKtuo 
> y Antonio So limace-;> 
8 Pueblo Viejo 3 Y pe 


2 
IS did [124 = Moraca 
> ¡San Frangtsco >) Y“ A Sitio Arqueológico 
: y AZN San Pedro 
$ pr ¡ A Mamarongo 
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| M AN Tokina 
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| Don Diego 


20 Ciudad Perdida 


Rio 


a IN Curva de Nivel 
Nx a y 
a Corretera Povimentada 
% ' 
Ian , "a 
a NOAA |] 7 Corretera sin Pavimentar 


7 


El gran jaguar —según el jurado— es una especie 
de llíada precolombina, que muestra no solo un 
amplio conocimiento de las culturas taironas y ca- 
ribes, de sus mitologías y costumbres, sino también 
la voluntad de rescatar una parte muy rica del pa- 
sado aborigen de América Latina. Sin caer en el ya 
fatigado realismo mágico, el autor logra transmitir 
el mundo mítico primitivo, con sus ceremonias, epi- 
sodios bélicos, amores y luchas, en un tiempo y un 
lenguaje contemporáneos, y esto la convierte en 
una obra única dentro de la novelística colombiana. 
En la época en que se conmemora el V Centenario 
del encuentro de dos Mundos, esta novela recrea 
los valores de nuestra verdad indígena, lo cual la 
destaca como un trabajo literario sin antecedentes 
en la narrativa latinoamericana actual, y la señala 
como una obra llamada a permanecer.